Desde que tengo uso de razón, la relación con mi prima ha sido sumamente cercana, al punto de contarnos intimidades sin reparo. Ya desde pequeños la vida nos complementó: ella con una piel clara y yo de tez morena; ella con dulzura y yo más hostil. Siempre la miré con ojos de enamorado, aunque a temprana edad no fuera consciente de ello. Con los años, su belleza floreció y esculpió sus curvas con la suavidad de las dunas. Por mi parte, con el tiempo desarrollé una contextura imponente, siendo beneficiado con una gran verga.
Cada uno fue sumando experiencias amorosas por separado, hasta que la pandemia nos volvió a reunir. Compartimos el confinamiento en un mismo apartamento, sin posibilidad de salir ni ver a nadie más. Solo nos teníamos el uno al otro, consolándonos en noches de conversación y copas.
Una de esas noches, me confesó que con su única pareja desde la adolescencia jamás había experimentado un orgasmo. La frustración y la congoja de haber pasado años insatisfecha sexualmente me partieron el alma. Nos fundimos en un abrazo tan estrecho que terminó sentada en mi regazo. Hacía calor y la cercanía de su cuerpo, tras meses de abstinencia, me erizó la piel por completo; la reacción de mi cuerpo no tardó en evidenciarse bajo mi short. Al reacomodarse, percibió el roce con mi pene erecto. Se sonrojó con cierta complicidad; le pedí disculpas, pero comprendió de inmediato la reacción natural de mi miembro.
Esa misma noche fuimos a descansar a la misma habitación. Antes de acostarse se quita la ropa que traía puesta, quedando en ropa interior de encaje, que resaltaba su culo y tetas firmes. El momento no tardo en generarme una erección incontrolable, habiéndolo notado se recostó a mi lado, aumentando la tensión física entre los dos. Me miró con asombro al notar mi anatomía y decidió acercarse para abrazarme. Descendió con su mano lentamente, recorriendo mi miembro como si intentara corroborar con el tacto lo que sus ojos habían evidenciado.
Respondí acariciando su espalda y sus nalgas, sintiendo su piel encendida. Mi corazón latía a mil por hora. Al deslizar mis manos hacia su entrepierna, me encontré con su tanga empepada de jugos. No me detuve y continué el recorrido hasta sus pechos firmes como limones, que se erizaban con cada una de mis caricias.
Ella cerró los ojos como adentrándose en su imaginación y sin soltar mi polla comenzó a masturbarme con un movimiento lento, mientras su respiración agitada expulsaba orgasmos mentales. Siguiendo su ritmo, empecé a acariciar con delicadeza su clítoris. No tardó en llegar sus primeros e intensos gemidos que la hicieron soltar mi pija para tratar de contener su sensación de orinarse. La sensación de orinarse la avergonzó, apartando suavemente mi mano al sentir la cercanía del clímax.
El deseo pudo más y le pedí que nos entregáramos por completo, que acabara conmigo, ella solo accedió pidiendo mi verga dentro suyo. Me posicioné sobre ella e inicié una penetración lenta y pausada. A pesar del gran tamaño de mi pene, que no llegaba a entrar completamente en la primer embestida, su estrecha vagina fue cediendo gradualmente, cediendo ante la intensidad del momento. Sentir cómo se dilataba a cada movimiento marcaba un ritmo fluido y envolvente.
Estaba experimentando un placer desconocido para ella, nunca la habían tratado con tanta ternura y pasión desenfrenada, nunca había sentido su vagina dilatarse pidiendo más de una enorme polla. La intensidad fue tal que el desenlace se volvió inevitable; iba a terminar y ella entre suspiros pidiendo más y más, no me pude contenerlo y acabe por completo en su interior, mezclando sus fluidos con los míos, empapando su tanga y las sábanas.
No pasaron muchos minutos cuando la abstinencia acumulada la llevó a descender. Sin dar tiempo a que la tensión decayera, sus labios de puta lograron recuperar la firmeza de mi pija. Devolviendo el favor con mi lengua acaricié su clítoris, envuelto entre semen y flujos que brotaban de su interior, haciéndola temblar de placer cada lamida.
Dimos rienda suelta a la pasión, el calor y el deseo. El deseo acumulado durante años resultó ser mutuo. La conexión fue tan profunda que transcurrieron horas de entrega total, convirtiendo la fantasía en realidad. Terminamos la noche durmiendo abrazados, con la piel transpirada por el calor compartido y el deseo intacto de volver a repetir noches tan intensas como esa.
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