Mi prometida se convirtió en la esclava del líder del Gremio (2)

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Capítulo 2: Invitación

La habitación privada en la posada más cara del distrito de gremios era un lujo que pocos podían permitirse. Velas de cera de abeja ardían en candelabros de hierro forjado, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra oscura. El aire estaba cargado con el aroma pesado de incienso, sudor y sexo.

El hombre estaba sentado en una silla de respaldo alto, completamente desnudo. Su cuerpo era muestra y obra del combate y de largos años viajando en diversas aventuras: músculos densos y definidos bajo piel bronceada, marcados por cicatrices que contaban historias de batallas que habrían matado a cualquier otro. Algunas eran finas, líneas plateadas como arañazos de garras; otras gruesas, protuberancias rosadas que cruzaban su abdomen y brazos. La más impresionante era la que recorría su pecho desde la base del cuello hasta las costillas: una herida profunda, irregular, que casi lo había matado años atrás. Ahora era solo otra prueba de su invencibilidad, una marca que hacía que su torso pareciera aún más imponente.

Su polla descansaba semi erecta contra su muslo grueso, aún brillante de fluidos, gruesa y venosa, con una cabeza bulbosa que palpitaba levemente.En la cama amplia, revuelta con sábanas de seda arrugadas, una elfa hermosa se retorcía. Su piel pálida como la luna brillaba con sudor; orejas puntiagudas temblando, cabello plateado pegado a su rostro en mechones húmedos. Sus pechos firmes subían y bajaban con respiraciones agitadas, pezones duros y rosados apuntando al techo. Una mano entre sus muslos abiertos, dedos moviéndose frenéticamente sobre su clítoris hinchado, el otro pellizcando un pezón mientras gemía de frustración.

“Por favor…” jadeó, voz ronca y quebrada. “Ven… necesito… te necesito dentro de mí. No aguanto más…”

El hombre soltó una risa baja, cruel, desde su silla. Tomó un trago de la botella de licor casi vacía en la mesa a su lado, el líquido ámbar quemando su garganta.

“Vaya, escúchate. La noble lady Sylvana, heredera de la Casa Estelar, rogando como una puta barata.” Su voz era grave, burlona, cargada de diversión oscura. “Recuerdo cuando llegaste aquí hace algunas semanas, toda altiva y fría. ‘Solo un poco de placer mortal’, dijiste. ‘No te encariñes’. Y mírate ahora. Masturbándote como una zorra en celo, desesperada por la polla del mismo humano que despreciabas.”

La elfa gimió más fuerte, dedos acelerando, pero no era suficiente. Sus caderas se alzaban solas, buscando algo que no estaba ahí.

“¡Por favor! ¡Lo necesito! ¡Tu verga… la necesito dentro de mí… es la única que me llena… la única que me hace sentir viva!”

Él se levantó lentamente, cuerpo imponente moviéndose con tosquedad animal. Cada paso hacía que sus músculos se flexionaran, cicatrices tensándose. Su polla colgaba entre sus fibrosas piernas meneándose con cada paso, se endureció completamente balanceándose pesada, gotas de precúmulo brillando en la punta.

Se detuvo junto a la cama. La elfa se arrastró de inmediato sobre las sábanas, como un animal hambriento. Su rostro quedó frente a la verga gruesa, nariz rozando la piel caliente. La tomó con una mano y se la restregó en la cara, la frente, las mejillas. La olió como si aquella gruesa polla fuera un manjar que había estado esperando durante largas noches sin probar ningún alimento. Inmediatamente empezó a besar la punta, labios suaves presionando reverentes, lengua lamiendo la hendidura para saborear el sabor salado. Bajó a los huevos pesados, lamiéndolos con devoción, succionando uno en su boca mientras gemía.

“¡Cógeme! ¡Por favor, cógeme ya! ¡Haré lo que sea!”

El hombre agarró su cabello plateado con una mano grande, tirando su cabeza hacia atrás para que lo mirara.

“¿Lo que sea? Entonces suplica mejor, zorrita élfica. Dime qué eres. Dime cuánto necesitas que un humano sucio como yo te folle como la puta que siempre has sido en secreto.”

Lágrimas de vergüenza y deseo rodaron por sus mejillas. Respiró hondo, voz temblorosa.

“Soy… soy tu puta. Tu zorra élfica adicta. Por favor… por favor, méteme esa polla gruesa… rómpeme… lléname hasta que no pueda pensar en otra cosa mas que en tu hermosa polla rompiéndome por la mitad…”

Él sonrió, dientes blancos reluciendo.

“Buena chica.” La empujó de espaldas sobre la cama. “Por someterte tan patéticamente… mereces que te folle toda la noche.”

La montó sin más preámbulos. Entró de un empujón brutal, estirándola hasta el límite. La elfa gritó, mezcla de dolor y éxtasis, uñas clavándose en su espalda marcada. Él la folló sin piedad: embestidas profundas, rápidas, el sonido de carne contra carne llenando la habitación junto con sus gemidos ahogados y súplicas. La giró, la puso a cuatro patas, la levantó contra la pared, la hizo cabalgar mientras la abofeteaba las tetas y le pellizcaba los pezones. Cada orgasmo de ella era más intenso, más humillante; cada vez rogaba más, cada vez sus burlas más crueles.

La folló hasta que el alba tiñó las cortinas de rosa. Hasta que la elfa quedó hecha un desastre tembloroso, coño rojo e hinchado, semen goteando por sus muslos, murmurando su gratitud entre sollozos.

El hombre se vistió con calma, ajustándose la armadura ligera, y salió sin mirar atrás.

Al día siguiente, el salón principal del gremio bullía de actividad. El hombre estaba sentado solo en una mesa apartada, botas sobre otra silla, bebiendo cerveza tibia mientras observaba el ir y venir de aventureros. Sabia que tenia asuntos pendientes: un encargo mayor en las montañas, reclutar miembros… pero nada lo excitaba realmente. Se sentía… aburrido.

Entonces algo captó su atención.

En el mostrador, un tipo joven y anodino discutía con la dependienta. Aventurero de bajo rango, armadura barata, espada común. Nada interesante. Sostenía un pergamino —una solicitud de encargo— y reclamaba su recompensa. La dependienta, amable pero firme, explicaba que las hierbas no cumplían las condiciones exactas: debían estar recolectadas bajo luna llena, sin magulladuras. El tipo protestaba, pero era inútil.

Lo que hizo que el hombre se enderezara fue la mujer a su lado.

Hermosa. Tetas grandes que tensaban la tela de su túnica bajo la capa de viaje, caderas anchas que se adivinaban incluso con la ropa holgada. Cabello castaño cayendo en ondas, ojos verdes brillantes de frustración contenida. Un cuerpo delicioso, curvas que prometían placer. Ella ponía una mano en el brazo del tipo, calmándolo, voz suave.

El hombre se lamió los labios lentamente. Su mente trabajando a toda velocidad.

Se levantó pesadamente, silla raspando el suelo. Caminó hacia el mostrador con pasos seguros, presencia llenando el espacio. La dependienta lo vio y se sonrojó al instante, ojos bajando, voz volviéndose dulce y temblorosa ignorando por completo al aventurero que discutía con ella.

“¡Hola, señor! ¿En qué puedo ayudarle?”

Él ignoró la pregunta, enfocándose en la pareja.

“Vaya, parece que tienen problemas con un encargo, ¿eh?” Su voz era cálida ahora, profunda, carismática. Sonrió, esa sonrisa que desarmaba. “Quizá yo pueda ayudarles, permítanme presentarme. Soy Darius, líder del gremio Lanza de plata”

El joven —Evan— parpadeó, sorprendido. La mujer —Elise— levantó la vista, mejillas tiñéndose de un leve color rosado.

“Un placer,” dijo Darius, extendiendo una mano grande y callosa. “¿Y ustedes son…?”

Continuará…

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