Mi tía y mi prima me dan la mejor noche de mi vida (1/3)

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T. Lectura: 7 min.

Después de haberme graduado de la universidad me tuve que mudar a la ciudad de México por motivos de trabajo. Como aquel primer empleo me pagaba muy poco y no tenía dinero para arrendar un departamento decente, mi madre habló con su prima, a quien yo había visto sólo algunas veces durante mi infancia, para pedirle que me dejara vivir en su casa.

Vanessa, mi tía, era una mujer a punto de cumplir cincuenta años. Era de piel morena, un poco bajita, rostro redondo y con unos kilos de más, pero siempre se arregla de manera impecable, usaba perfumes muy finos y sobre todo tenía unos enormes pechos y nalgas que captaron mi atención en cuanto la volví a ver después de tantos años.

En la misma casa vivía Jackie, mi prima e hija de Vanessa, una joven que acababa de cumplir dieciocho años. Estudiaba el último año de preparatoria y comenzaba a prepararse para entrar a la facultad de veterinaria. Físicamente era todo lo opuesto a su madre: alta, de tez muy clara y pechos y nalgas muy pequeños. Ambas mujeres me recibieron con gusto ya que vivían solas. El esposo de mi tía había fallecido cuando Jackie era apenas una niña y desde entonces no hubo otro hombre en la casa.

Los tres nos adaptamos rápidamente a la rutina. Yo trabajaba casi todo el día y era el primero en salir de la casa. Al llegar casi siempre les llevaba algo a ambas. Algún detalle sencillo como un chocolate, un dulce o incluso unas flores, sobre todo a mi tía, en agradecimiento por permitirme vivir en su casa. Ella además era cariñosa conmigo: me hacía de cenar y me preguntaba cómo había estado mi día. Solíamos ver películas en la sala por las noches y a la hora de dormir nos despedíamos con un abrazo y me iba a mi cuarto a dormir. Por su parte, Jackie era todo un encanto.

Me gustaba mucho platicar con ella y como en realidad sólo era cuatro años más grande que ella, aún teníamos cosas en común. A veces me invitaba a salir con ella y sus amigas y otras veces nos íbamos los dos juntos por una cerveza así que pronto nuestra relación se volvió fuerte. Los fines de semana solíamos pasarla juntos, incluso llegamos a salir de la ciudad con su grupo de amigos. En uno de esos viajes a Cuernavaca, Fabiola, una de sus amigas estuvo coqueteando conmigo y la verdad es que yo me dejé querer. Su novio no pudo asistir a ese viaje y por la noche Fabiola se escabulló en mi cuarto e hicimos el amor en silencio.

Como yo no tenía la intención de coger aquel fin de semana no llevé condones pero de todas maneras Fabiola me dejó terminar dentro de ella. Al terminar me dio un beso y se perdió en la oscuridad con dirección a su cuarto.

A la mañana siguiente mi prima Jackie se comportaba extraña conmigo, de alguna manera se había enterado de lo que hice con Fabiola y se puso celosa. No hablamos en todo el viaje de regreso. En la casa, antes de que llegara mi tía, quien también había salido con sus amigas, entró a mi cuarto y me dijo:

—Quiero mucho a Fabiola, pero no te conviene, primo. Es una puta que se anda acostando con cualquiera. Espero que hayas usado protección.

Me conmovieron los celos de mi prima. La verdad es que a mí también me gustaba mucho. Cuando salíamos a bailar la tomaba de la cintura para sentir su figura pegada a la mía y constantemente buscábamos el tacto del otro. Nos abrazábamos o nos tomábamos de la mano. Siempre la trataba como a una princesa, pagando las cuentas y sirviendo los tragos, incluso espantando a algún indeseable que se le acercara, pero nunca se me ocurrió que ella me viera como algo más que su primo lejano que había llegado a vivir con ellas.

—No sabía que eso te molestaría, prima. Lo siento, no volverá a pasar. Y en definitiva sé que Fabiola no me conviene, para empezar tiene novio. Sólo que se presentó la oportunidad y la aproveché. ¿Me perdonas?

—Sí, pero te va a costar, primito —dijo en tono pícaro.

—¿Ah sí? ¿Cuál es el precio?

Sin decir nada se me acercó y me dio un beso fugaz en los labios para luego alejarse en dirección de su cuarto.

—Ese es sólo el primer pago —dijo cuando escuchamos que mi tía abría la puerta de la casa.

Pasé los siguientes días pensando en aquel beso. Como tenía mucho trabajo esa semana llegué tarde a casa y no encontré a nadie despierto. Para relajarme, me masturbé con furia pensando en las tetitas de mi prima y en el sabor de sus labios.

Una noche, mientras apenas empezaba a acariciar mi verga pensando en Jackie, escuché que tocaron a mi puerta. Pensé que sería ella y que vendría por el segundo pago de mi deuda. Yo estaba en bóxers y con una erección monumental.

Abrí la puerta en silencio y vi la figura de mi tía frente a mí. Me quedé estupefacto. Llevaba una pijama ligera y podía ver toda su figura. Sus pechos, sus nalgas y también su barriguita que a mí me provocaba mucho morbo.

—Sobrino, qué bueno que te encuentro despierto —dijo en un susurro. La casa era lo suficientemente grande pero igual no quiso despertar a su hija —Necesito tu ayuda, creo que hay un ratón en mi clóset.

—Con gusto, tía. Vamos.

En efecto, había un pequeño roedor que de alguna manera se había perdido en el clóset de mi tía Vanessa. Lo capturé sin lastimarlo y lo lancé al jardín trasero.

—Muchas gracias, sobrino. Ahora sí podré dormir en paz. Que tengas buenas noches. —me dijo y se acercó para darme mi abrazo habitual.

Sentir la piel de sus brazos, hombros y escote desnudos sobre mi pecho provocó una reacción potentísima en mí. Mi verga reaccionó de inmediato y rozó el muslo de mi tía. Nos separamos con lentitud para darnos el beso correspondiente en la mejilla pero ninguno giró la cara. Sus labios eran carnosos, maduros y eso me excitó más. De un beso tierno pasamos a besarnos con pasión. Posé mis manos en sus caderas y sus nalgas para después empezar a buscar sus pezones por debajo de su camisón. Ella daba gemidos quedos. Le quité la blusa y me lancé a lamer esos enormes pechos de hembra madura.

—Ay sobrinito, ¿pero qué haces? —me dijo con un tono que demostró que no era queja.

—Tía, perdóname, me estoy dejando llevar, es que luces muy hermosa y sexy.

—¿Me lo dices en serio?

—Pero claro que te lo digo en serio, tía querida. Eres una mujer muy hermosa que seguro tiene muchos hombres a sus pies.

—Me encanta que me veas así, aunque en realidad no tengo ningún hombre que me intente cortejar. Pero me da igual. Ya te tengo a ti, eres el hombre de la casa y ahora vas a cumplir con una de tus múltiples responsabilidades —ordenó, quitándose los pantalones cortos de su pijama.

Su coño era una maraña de vello muy espeso que me encantó. Mi tía era toda una mujer a quien la sociedad la había relegado a contener su deseo sexual tras la muerte de su esposo y sólo estaba esperando la oportunidad de sentirse deseada para liberar todo el amor y la lujuria que durante años se había visto forzada a ocultar.

—Te amo, mi tía hermosa. Ahora yo seré tu hombre —dije desnudándome por completo también.

En realidad tenía esas intenciones: complacer a esta hembra que por años había sido ignorada. Demostrarle que todavía era digna de amor y un premio a ganar por el que cualquier hombre mataría.

La acosté boca arriba y pasé mi lengua por su vagina. No pudo evitar soltar un grito.

—Ay cabrón, qué rico.

Le comí el peludo coño durante veinte minutos, quizá media hora. No me importó nada y concentré todos mis esfuerzos en el clítoris y los labios de mi deliciosa tía. Ella me retroalimentaba con gemidos y espasmos. También con algunas frases e indicaciones.

—Ay así, así, sobrino. No pares, mi amor —susurraba a veces, acariciando mi nuca.

—Uy —soltó de repente y al cabo de un rato comenzó a venirse deliciosamente en mi cara.

Su squirt fue una locura. Abundante, saliendo a chorros que cayeron en mi rostro, en las sábanas e incluso en el piso. No dejé de lamer hasta que ella se quedó inmóvil en la cama. Subí hacia ella y nos abrazamos con mucho amor incestuoso.

—Ha sido el mejor orgasmo de mi puta vida, mi amor. Te agradezco.

—Nada que agradecer, tía hermosa. Es mi placer. Le dije cubriéndole el rostro de besitos. Además, no hemos terminado.

—¿Qué? —dijo con interés morboso.

—Pues tía —le dije en tono de broma y señalando hacia mi verga erecta. ¿Qué vamos a hacer con esto?

Ella sólo rio y me atrajo hacia ella.

Antes de penetrarla me detuve y lamiendo sus pezones le pregunté: —¿No quieres que me ponga un condón, mi amor?

—Ay no, no mames. Quiero sentir tu reata al natural, sobrinito. Estás sano, ¿verdad?

—Claro que sí, tía. Sano y listo para ti.

—Okay, pues métesela a tu tía. Pero eso sí, termina afuera, no tomo ningún anticonceptivo.

—De acuerdo, tía.

Hicimos el amor de misionero, luego ella se montó en mi verga. Posteriormente lo hicimos de lado, acostados ambos en la cama y para perder más el control. Me puse de pie a la orilla de la cama, poniendo sus pies en mis hombros y embistiéndola con locura.

Ver sus tetas rebotando sin control me prendía todavía más. Ella estaba empapada y mi verga resbalaba dentro y fuera de ella sin esfuerzo. El sonido de la humedad lubricando mi piel al natural dentro de la vagina de mi tía era un éxtasis indescriptible.

—Tía, mi amor —dije con muchísimo esfuerzo por controlarme —Ya me vengo, ¿dónde quieres que eyacule? —pregunté sin dejar de moverme dentro de ella.

—Ay sobrino, no sé, no deberías terminar adentro, está mal, pero se siente tan rico que no sé…

—Déjame hacerlo adentro, tía —aventuré —me encantaría llenar a mi tía amada con mi semen.

—Ay, no me digas, que yo también quiero sentir la lechita de mi sobrino en mi vagina, pero es súper peligroso, podrías dejarme embarazada.

La idea me hizo entrar un poco en razón. De verdad en estos meses había llegado a amar y a desear a mi tía como una mujer, pero una cosa era hacer el amor con ella y otra muy diferente preñarla. De todas maneras, la sensación de estar dentro de ella sin protección era intoxicante. Bajé el ritmo de mis embestidas.

—Tú dime, tía hermosa. Yo voy a hacer lo que tú me ordenes. Soy tuyo.

—Ay mi vida, de verdad eres un caballero. Ya, vamos a controlarnos, échamelos en las tetas, ¿vale, mi amor?

—Sí tía.

Bombeé algunas veces más y cuando sentí que comencé a eyacular la saqué, apuntando mi gruesa verga hacia los pechos morenos de mi tía Vanessa. Los lechazos no se hicieron esperar. Disparos de semen espeso, le cubrieron las tetas. Algunos cayeron sobre su cara y otros en las sábanas, llenando la habitación del inequívoco aroma de un brutal orgasmo.

—Así, nene, dale toda la lechita a tu tía, qué rico sabe —gimió relamiéndose los labios para consumir unas gotas que le habían caído en la boca. No me dejes ni una gota, quiero toda en mis tetitas.

—Así, tía, así me gusta, cubrirte de mi semen. ¿Ya la querías verdad, putita?

Ante la última palabra mi tía Vanessa se quedó de piedra, mirándome a los ojos. Luego sonrió.

Así es sobrino, ya no soy sólo tu tía. Soy tu puta y tu mujer y cuando te lo ordene, me darás toda la leche, ¿entendiste?

—Claro que sí, tía hermosa —volví a los términos dulces.

Nos quedamos dormidos abrazados. Antes de cerrar los ojos, nos besamos tiernamente y nos dijimos las más hermosas palabras de amor.

—Te amo, tía. No volverás a estar sola, yo siempre te voy a cuidar.

—Yo te amo a ti, mi niño. Me siento protegida por un hombre como tú. Sólo tengo que pedirte algo.

—Lo que sea.

—Guardemos este secreto. El mundo jamás lo entendería.

—Te lo prometo.

Desperté antes del amanecer para volver a mi cuarto a alistarme para el trabajo. Mi tía dormía profundamente después de haber tenido el primer orgasmo en quién sabe cuánto tiempo. Lucía hermosa dormida bocarriba, con las tetas al aire subiendo y bajando al ritmo de su respiración y rastros de mi semen seco aún aquí y allá. Me sentí feliz. Pero también quería más de aquellas dos mujeres que me abrieron la puerta de su casa.

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