Mi vecinovia Berenice

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Berenice vive a 3 casas de la mía. Es morenita, bajita y lo que más me gusta de ella es su hermoso cabello lacio completamente negro.

Cuando voy para el trabajo ella también sale, muy bien arreglada; falda por encima de las rodillas y con unos tacones que dejan al descubierto sus hermosos pies o con jeans ajustados que resaltan sus duras nalgas y torneadas piernas. Siempre lleva su cabello suelto por debajo del hombro. A veces coincidimos exactamente en mi puerta, solo para admirarla por escasos segundos.

Mis mañanas comienzan viéndola caminar deprisa por la banqueta y pienso en que si sabe que existo.

A veces en las tardes la veo paseando a su perro en un parque que está muy cerca de la casa. Siempre lleva un mini short, sandalias y una playerita, se ve deliciosa y no puedo evitar pensar en sus ricos pies, en el sabor que tendrán y en que no hay nada más que desee que probar esos hermosos pies morenitos.

Recuerdo que en enero no la vi durante 3 semanas seguidas. Me preguntaba qué había pasado con ella porque tampoco la vi en la tarde con su perro, pensaba que tal vez se había mudado o que había cambiado de trabajo o algo.

Pero una mañana salí de mi casa y vi que venía acercándose deprisa hacia mí.

—Buenos días—. Dijo con prisa.

—Buen día—. Respondí con gusto mientras ella continuaba caminando.

Había vuelto. Subí a mi auto y arranqué tratando de alcanzarla para ver hacia donde se había ido pero no la encontré.

Las siguientes tardes la volví a ver en el parque con su perro pero también estaba con un wey, era la primera vez que la veía con ese sujeto y cada que la veía en el parque el vato estaba con ella, no había duda de que era su novio, porque se metían a su casa o se iban en el auto del vato. Me decepcioné. Pero cuando salía para ir al trabajo y ella pasaba cerca de mí me saludaba medio alegre.

Un día pasé frente a su casa y vi que en su entrada, a lado de unas macetas, estaban unos flats cafés, sabía que eran de ella porque recuerdo haberla visto con ellos puestos.

La lujuria se apoderó de mí, hice como que algo se me había caído frente a su puerta, me aseguré de que nadie me observara, cogí los flats y me metí a mi casa. Inmediatamente me los llevé a la nariz y aspiré lo más hondo que pude, el olor era exquisito. Me saqué la verga y empecé a jalármela mientras inhalaba profundamente cada uno de los flats, me corrí pensando en que lo hacía en sus pies. Pero no era suficiente, quería probar sus pies.

Una tarde fui al parque para fumar un cigarro, de repente vi que venía con su perro, se acercó más hasta que el perro quedó a mi lado oliendo entre el pasto. Ella me vio a los ojos y sonrió.

—Hola, ¿cómo se llama tu perro?—. Pregunté inmediatamente.

—Blackie—. Respondió un poco tímida.

—Tiene lógica—. Fue lo primero que se me ocurrió responder porque es negro.

—Mi hermano se lo puso —dijo mientras el perro la jalaba para que caminaran—. Adiós

—Adiós—. Respondí.

Los siguientes días la veía pero ya no me saludaba, de hecho ni siquiera me notaba, ¿se habrá dado cuenta de que robé sus flats? Me hubiera dicho la primera vez que hablamos.

Un vez regresé del trabajo y vi que estaba con su perro en el parque, caminé hacia ella.

—Hola.

—Hola—. Respondió medio distraída.

—Esa vez se me olvidó preguntar tu nombre.

—Me llamo Berenice, ¿y tú?

—Ángel.

—¿Vives en esta calle verdad?

—Sí, en esa casa.

Empezamos a caminar y seguimos platicando.

A partir de ese día cuando nos encontrábamos en la calle nos saludábamos y medio platicábamos porque siempre se iba con prisa.

Un día me ofrecí a darle un aventón, ella aceptó.

—¿Vas para el trabajo?—. Pregunté.

—Sí, ya se me hizo tarde, con que me dejes sobre el Circuito está perfecto.

—¿En dónde trabajas?

—En Quinta Real, ¿y tú en dónde trabajas?

—¿El Quinta que está atrás del Liverpool? Yo en una empresa que se llama Forvia.

—Ándale ese.

—A pues a mí me queda de paso, puedo dejarte enfrente.

—¿De verdad? Gracias.

Se despidió y me dio su número.

A parte de vernos en las mañanas nos escribíamos, me dijo que tiene 26 años y el wey con el que la veía en realidad es su medio hermano.

Evidentemente después salimos algunas veces a beber algo o a comer, en las tardes nos veíamos en el parque, me gusta más así porque siempre sale con sandalias y un mini short y me encanta fantasear con sus pies cuando hace dangling con sus sandalias. Creo que una vez se dio cuenta porque me preguntó que por qué le veía mucho los pies, respondí que si no le daba frío porque casi siempre la veía con sandalias, respondió que para ella era muy cómodo así y que en su casa le gustaba andar descalza o nada más con calcetines.

La vez pasada me invitó a una fiesta en la casa de una de sus amigas.

Después de unas horas me di cuenta de que ya estaba un poco movida por el alcohol, estaba muy risueña y chapeada, y me lanzaba miradas coquetas, se veía hermosa.

Nos sentamos un rato, se recargó en mi pecho, se acomodó y me tomó de la mano.

—¿No te lastimo?—. Preguntó un poco tímida.

—No, estoy muy bien.

—Creo que estoy mareada jajaja.

—UH que poco aguantas—. Respondí con tono de burla.

Se incorporó y dijo:

—No soy responsable de lo que pueda hacer después.

Me miró a los ojos, me acarició la mejilla y me besó, fue un beso lento, húmedo con chasquidos que comenzaron a excitarme, su respiración se aceleraba y yo acariciaba su rostro.

Se apartó, se mordió los labios.

—Me gustas niño—. Dijo con temor.

—Tú también me gustas linda.

—Jajaja, ¿en serio?

—Obvio—. Dije besándola otra vez.

—¿Y si vamos a mi casa?

—Va.

Llegamos, abrió la puerta.

—No hay nadie —dijo traviesa pero temerosa a la vez—, ven, entra.

Cerré la puerta tras nosotros, sabía que no había vuelta atrás.

—Espérame aquí, voy ponerme más cómoda—. Subió a su habitación.

Regresó con su mini short y descalza, noté que no llevaba sostén.

—¿Quieres ir a mi cuarto?

—Claro.

—¿Te importa si sólo nos acostamos? No estoy en condiciones para hacer tú sabes qué… A parte no somos novios.

—Eso se puede arreglar…

—Sí pero no ahorita.

Respeté su decisión y amanecimos juntos.

Como todo terminó con Alejandra me enfoqué en Bere. Empecé a ser más detallista con ella, casi todos los días la iba a dejar al trabajo, cuando no estaba su mamá o su hermano me invitaba a su casa o ella venía a la mía.

Hasta que nos hicimos novios. El día que pasó la invité a cenar, regresamos a su casa y bebimos un poco.

Estábamos en el sofá besándonos, yo le acariciaba las piernas y cuando estaba a punto de tocar sus senos se incorporó y se sentó en mis piernas frente a mí.

—¿Qué tratas de hacer?

—Tú sabes…

—Estás loquito.

Me dio un beso y se levantó.

—Vamos a mi cuarto—. Dijo jalándome.

Me tiró en la cama y comenzó a bailar para mí, movía la cadera, jugaba con su cabello, se mordía los labios y se lamía los dedos mientras se desnudaba, por fin pude contemplar su cuerpo desnudo; se veía más pequeña pero deliciosa, resaltaban sus pequeñas pero firmes y redondas tetas, su esbelta cintura y sus nalgas paraditas. Fue hacia mí y comenzó a desvestirme, después llevó su boca a mi verga y empezó a chupármela, lentamente, con delicadeza y con los ojos cerrados, yo solo me entregué a ella.

La llevé hacia mí, la puse boca arriba y me dirigí a su vagina perfectamente depilada y con la punta de mi lengua acaricié su clítoris y sus labios.

Vi que tenía una caja llena de zapatillas y flats, observé unas zapatillas negras de plataforma, le pedí que se las pusiera, se veía hermosa. Inmediatamente la puse de misionero y entre en ella lenta y apasionadamente, gemía y se mordía los labios. Puse sus tobillos en mis hombros y lamí sus pies por encima de las zapatillas.

—¿Quieres que me ponga otros zapatos?—. Dijo sonriendo.

—Sí, esos rojos.

Cambiamos de posición, se subió en mí, comenzó a mover la cadera lentamente y fue aumentando de intensidad, yo acariciaba sus tetas y la tomaba de la cintura jalándola hacia mí para que la penetración fuera más profunda.

—¿Quieres que me ponga otros?

—Sí, esos cafés de tiras.

—Oki.

Esta vez me pidió que me sentara en una silla, se subió en mí quedando de frente, volvió a dirigir la penetración. Lo que amo de ella es que le gusta cerrar los ojos y morderse los labios cuando hace el amor.

Regresamos a su cama, la puse en cuatro y hundí mi cara entre sus nalgas saboreando su culito y sus jugos. La embestí con fuerza tomándola del cabello y nalgueándola, la saqué y me corrí en sus nalgas.

Quedamos exhaustos.

—Abrázame de cucharita—. Se volteó y yo la abracé.

Me quedé contemplando su cuerpo desnudo, acariciando sus muslos, sus nalgas y sus tetas. Se me comenzó a parar y froté la verga por entre sus nalgas, se despertó, sin decir nada la penetré de lado, luego se incorporó y se subió en mí, moviendo deliciosamente la cadera y mordiendo sus labios. Seguimos haciendo el amor casi hasta las 4 a.m.

A la mañana siguiente nos duchamos juntos y lo hicimos en la regadera.

—La próxima vez toca en tu casa cariño.

—Sabes que sí preciosa, el día que quieras, el tiempo que quieras.

Y así ha sido hasta ahora, viene y nos entregamos el uno al otro a la lujuria y pasión.

Y también tuve que regresar sus flats, no se dio cuenta de nada, solo lo hice porque dejaron de oler a sus piecitos.

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