Mi nombre es Juan, tengo 40 años, un buen apartamento y un magnífico empleo con el que me gano la vida más que bien y, junto a mí mujer, Angela de 38, formamos un matrimonio feliz de, podríamos decir, clase media alta. No tenemos hijos ni está en nuestro proyecto de vida tenerlos.
Desde hace un par de años, mi mujer, junto a su hermana, Nuria, un par de años menor, casada con un alemán Karl, de 37 años, residente en nuestra ciudad, y mi hermana Mirta, de 36, divorciada, formaron lo que ellas llaman el club de las mujeres. La finalidad de dicho club consiste en que cada jueves noche se juntan las tres y salen por ahí a su aire, como ellas dicen, sin los pelmas de sus maridos. La paternidad o, en este caso mejor sería decir, maternidad, corresponde, como no, a mi hermana desde que se divorció. Mirta es lo que los simples llamarían “una caliente”, los pacatos una “lanzada” y yo simplemente una mujer libre, desinhibida y de su tiempo.
Yo sé —bueno, más que saber intuyo— que durante alguna de esas correrías nocturnas alguna canita al aire habrá caído, incluida Angela, mi mujer, pero a decir verdad es algo que no me preocupa demasiado. Yo mismo, durante algunos de mis viajes de trabajo, también tuve algún rollo; el ultimo, con la delegada en Bilbao de mi empresa, una rubia nacida en Iparralde, como ellos llaman al país vasco francés , que rompe los arquetipos más socorridos sobre las mujeres vascas: es decir que son difíciles de follar. Nada de eso, Arantxa es una loba que el primer día que me conoció ya me llevo a su casa y pasamos una noche de las que hacen época, tal vez por haber nacido en la parte francesa… bueno, yo qué sé, no vengo aquí a hacer sociología.
Estaba contando las andanzas del club de las mujeres, y decía que las posibles aventuras, si las hubo, de mi mujer era algo que no me quitaba el sueño, como yo sé que a ella tampoco le preocupa demasiado las cosas que yo pueda hacer durante algunos de mis viajes de trabajo; y, precisamente, yo creo, eso es lo que hace que nuestro matrimonio vaya rodado y sin problemas: Nos queremos, así como somos y así vivimos felices.
Bien, pues resulta que uno de esos jueves, bueno, ya más bien viernes, pues eran las cinco de la mañana, al regresar Angela del “día de las mujeres”, como ellas dicen, además de un poco bebida la noté mas excitada que en otras de esas ocasiones, tanto que me despertó con una felación.
—Pero cariño, ¿qué ocurre?
Pregunté yo, mientras pensaba para mí «a esta zorrita le han echado un mal polvo y ahora viene a rematar conmigo».
—Ya te cuento luego —dijo ella, sacándose mi polla de la boca lo justo para responder—. Ahora déjame, tengo ganas de devorarte la polla.
—¡Uf! Por mí puedes comértela hasta que toda, mi amor, pero si quieres que te folle vas a tener que parar, porque me la estás mamando de una manera como hace tiempo que no recuerdo y si sigues un minuto más me corro en tu boca.
—Pues córrete, joder, es lo que quiero.
Pero, a pesar de lo magistral de la mamada, no me corrí en un minuto, no. La muy putita me conoce de sobra, y cuando notaba que mi polla empezaba a palpitar que yo bajaba la intensidad o paraba unos segundos y entonces pasaba a lamerme los huevos o morrearme la boca y, al poco continuaba. Y así durante unos veinte minutos, hasta que, al fin, inevitablemente, estallé en un corrida descomunal que le llenó la boca de leche.
—¡Oh, mi vida! ¡Me corro, joder! ¡Toma leche, mi amor!
Entonces ella se la sacó de la boca y empezó a lamer con fruición la leche que arroyaba por mi polla hasta no dejar ni gota.
Después se derrengó a mi lado mientras seguía acariciándome la polla con la mano.
Fue cuando yo le pregunté:
¿Y entonces, qué fue?
Ella aún tardó un minuto en responderme, hasta que se tragó la leche que le salía a borbotones por la comisura de los labios, después se limpió la boca con el dorso de la mano y al fin se explicó:
—¿Qué te parecería un intercambio de pareja?
—¡Joder, Angela! —respondí con incredulidad. Ciertamente era algo que no esperaba—. Seguro que una ocurrencia así es cosa de mi hermana, conociéndola como la conozco —añadí—. ¿Qué pasó, se echó un novio nuevo y ya quiere intercambiarlo? Conmigo no se os ocurrirá contar, supongo…
—Pues no, mira, la ocurrencia fue de la mía —me cortó.
—¡Hostia, tú! ¿Estas sugiriendo un intercambio con Nuria y tu cuñado?
—Pues sí. ¿Qué pasa? ¿No te gusta mi hermana?
—Joder, Angela, sí que me gusta, tu hermana está cojonuda, pero coño, es tu hermana.
Precisamente. ¿Con quién podemos estar más tranquilos que con mi hermana y Karl? Hay confianza absoluta, ¿no?
A mí, aquella platica tórrida estaba empezando a ponérmela gorda de nuevo. Ya empezaba a visualizar a su hermanita recibiendo mi nabo de mil maneras diferentes. Lo cierto es que la Nuria esta cañón, tenía un culo espectacular y sus tetas nuevas, regalo de su marido, estaban como para meter la polla entre ellas. De todos modos, aún opuse:
—Y al alemán, ¿qué crees tú que le parecerá la cosa?
—Eso déjalo de cuenta de mi hermana. Según confesó ayer, durante los dos años que vivieron en Hamburgo, eran habituales de los clubes de intercambio. Al parecer los alemanes son muy aficionados a follarse las esposas unos a otros.
—O sea que te vas a tirar al alemán, ¿eh zorrita? —añadí yo, cada vez más caliente, con ganas de seguir caldeando la conversación—. Ya te estoy imaginando debajo del cabeza cuadrada. Ten cuidado, no te aplaste, que debe de pesar al menos 100 kilos.
—Sí, pero no me digas que no son 100 kilos bien puestos.
Para mi pesar, Angela estaba en lo cierto. El fulano un rubio de 1,90, salvo un poquito de barriga cervecera estaba de bastante muy buen ver, tuve que reconocer.
Bueno y ¿cuándo tenéis pensado debutar? y, sobre todo, ¿dónde?
—Debutar nosotros, Juanito, ellos ya están más que debutados. El sábado de la semana que viene, y, lógicamente, en su casa, que tienen piscina.
Karl y Nuria vivían en un chalet, en los alrededores de la ciudad, un distrito de gente pija, en las proximidades del club de tenis.
Inevitablemente, aquella conversación tan caliente hizo que ambos nos pusiéramos a cien, y yo me disponía montar a Angela, cuando ella me paró.
—Espera amorcito, no creerás que me vas a empalar así, de buenas a primeras, tienes que ganártelo, vida mía —y quitándose el vestido, donde se veían algunas manchas de leche de mi corrida anterior, se tendió, atravesada, al borde de la cama, ofreciéndome el coño—. Cómemelo tesoro —ordenó con voz ronca.
—Yo te como todo lo que tú quieras, mi amor, el coño el culo, lo que te apetezca —dije al tiempo que le retiraba las bragas—, pero, ¿no me encontraré en tu coñito con restos de algún fulano? ¿Verdad cielo?
—No, mi vida, otra noche igual no diría que no. Pero esta sí. Puedes lamer a gusto mi coñito.
—Qué zorrita estas hecha, mi vida —dije un segundo antes de sumergir mi cabeza entre sus piernas y lamer el clítoris y entre los labios con delectación.
—Y a ti que no te gusta… humm, que rico, que rico… que sea una zorra, verdad cielo… oh, así, así, que bien me lo comes joder.
—Me encanta que seas así de zorra. vida mía.
Estaba un poco salado y con un leve olor a pis, cosa lógica, habiendo salido de casa a las nueve de la noche y regresado a las cinco de la mañana, pero lejos de provocarme ninguna repulsión, me acorde de alguna vez que comiéndoselo se había orinado en mi boca. Lo que me puso más cachondo y apure en los lametones. Después la penetré y acabamos corriéndonos al unisonó entre gritos de placer.
Al fin llegó el gran día. Llegamos en torno a las doce del mediodía, hacía un tiempo magnifico y Karl y Nuria nos recibieron en traje de baño. Estreché la mano de Karl, mientras con la otra me ofrecía una cerveza, que tomé, más por tramite, que por apetencia. Después el cabeza cuadrada beso a Angela del mismo modo que se besan dos desconocidos cuando son presentados, ya sabes, apenas rozándose las mejillas.
La verdad es que, a mí, aquella apariencia de formalidad, como si fuéramos dos matrimonios que quedan para comer en vez de para follar, me procuraba una excitación mezcla de nerviosismo y calentura, yo miraba a Karl y al tiempo que estrechaba su mano me lo imaginaba ensartando a Angela, y cuando Nuria me acercó la mejilla no puede evitar pensar en ella mamándomela.
—Poneos cómodos —dijo Nuria—. Si no trajisteis traje de baño Ahí, en el vestidor tenéis, y un par de albornoces por si os apetece, aunque con este calor yo no me pondría nada encima.
Nosotros ya íbamos preparados y llevábamos en una bolsita de lona, que cargaba Angela, nuestros bañadores, así que nos quitamos la ropa interior y nos los pusimos, y, a continuación, tomamos dirección al jardín y la piscina, donde nos esperaban Nuria y Karl. Fue entonces cuando descubrí a mi hermana sentada en una hamaca, ya desnuda. hasta le pude ver el coño rasurado. La verdad, me quedé helado.
—Pe… pero bueno, ¿tú qué haces aquí? —Solo se me ocurrió decir eso, al tiempo que los demás estallaban en una carcajada. Los muy cabrones me lo habían ocultado.
—No te preocupes hermanito, que aquí hay hombre para todas —dijo, la muy puta, al tiempo que tirando del pantalón de baño de Karl se lo bajó y hecho mano a su miembro, ya visiblemente inflamado, asomándole el glande por fuera del prepucio.
Bueno, la verdad es que, ante el cachondeo que se trían todos, no me quedó otra que transigir, no sin antes advertir a mi hermana Mirta: —Ni te aproximes a mí.
—Tranquilo, hermano, no te enfades, coño.
Acabamos las cervezas y después, desnudos, nos tiramos todos a la piscina y enseguida empezaron los juegos. Nuria, bajo el agua, me agarraba de la polla y me masturbaba.
Mi hermana, le comía las tetas a mi mujer, mientras Karl le morreaba la boca y le arrimaba la polla por detrás. Se notaba que el cabrón le tenía ganas a Angela.
Enseguida nos salimos de la piscina hacia el césped y las hamacas. Mi hermana se sentó en una y ofrecía el coño a mi mujer que lo lamía con fruición mientras el cabeza cuadrada la ensartaba por detrás con su polla enorme y yo no puede menos que maravillarme ante la capacidad del coño de mi mujer, que culeaba hacia atrás para que el alemán la empalara aún más adentro.
Yo estaba tendido en una toalla mientras Nuria me chupaba la polla con un ansia solo comparable a la que ponía su hermana cuando me la mamaba; en eso se notaba que eran hermanas.
Cerré un momento los ojos conteniéndome para no echarle todavía toda la leche a Nuria, mi cuñadita cojonuda. No quería correrme, aquello tenía que durar. Durante un momento cesó Nuria de mamármela y yo interpreté que había captado las palpitaciones de mi polla a punto de escupir, y por eso se había detenido, ella tampoco quería que me corriera todavía, pero enseguida noté que me montaba. Sentía mi nabo, a punto de reventar, deslizándose en el coñito caliente y húmedo y entonces abro los ojos y veo a Mirta, mi hermanita, cabalgándome, alzándose sobre las piernas hasta dejar dentro solo la cabeza de la polla y luego derrumbarse para que le entrara hasta los huevos, al tiempo que me decía: —Hola, hermanito.
Abrí los ojos como platos, pero lejos de afectarme negativamente la situación, hizo que me pusiera mucho más caliente y entonces, todos los intentos de contenerme se desvanecieron como un azucarillo en agua caliente y me corrí como un animal, una corrida inmensa que lleno de leche el coño de mi hermanita, ahora más adorada que nunca.
Ella se retorcía encima de mi polla y me decía: —Así, hermanito, así, lléname el coño con tu leche.
A un par de metros de mí, Angela, a cuatro patas gritaba de placer con la polla enorme del alemán ensartada en el culo.
—Me vas a destrozar el culo, hijoputa, pero me muero de gusto. ¡Joder! —decía la zorrita mirando como mi hermana y la suya me comían la polla al alimón ,hasta que la volvieron a poner dura.
—Ahora me toca a mí follarte, cabrón —decía la Nuria, acaballándose sobre mi nabo, aún húmedo de la lechada y el coño de mi hermana.
Mientras, Mirta le comía los huevos por detrás al cabeza cuadrada, que después de correrse en el culo de mi mujer aún le quedaba polla dura para joder a mi hermanita. La muy puta gemía ante las embestidas de él, que se corrió otra vez, esta vez en el coño de mi hermana.
Luego, como ella no había quedado satisfecha, la pobre tenía el coño lleno de leche, pero aún no se había corrido, el alemán, que además de grande era también un caballero, la sentó en una de las hamacas y le comió el coño con los restos de su leche y de la mía, hasta que la muy putita, soltando un alarido de gusto que debió de oírse a un kilómetro a la redonda se corrió como una perra: —¡Uf! ¡Joder, menos mal! Ya pensaba que ibais a dejar en albis, hijoputas.
Justo en el mismo momento en que yo y Nuria acabábamos también.
Después nos dimos otro baño en la piscina que, supongo debió de quedar perdida de leche y espermatozoides. Menos mal que la depuradora funcionaba a todo ritmo.
Después de comer, exhaustos, dormimos los cinco una pequeña siesta en las hamacas del jardín y luego, ya al atardecer, regresamos a casa y a la noche, en la cama mi mujer se empeñó en que tenía que follarla por el culo. Era la primera vez que yo la montaba por ahí. Al día siguiente telefoneé a Karl y le di las gracias por haberme abierto el camino.
—Nada, hombre, para eso estamos la familia. Oye, para el sábado que viene, ¿qué prefieres, chuletillas de cordero o churrasco?
Sí es que es un amor el cabeza cuadrada este, ya me lo decía mi mujer.
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