Necesidades de Lara

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T. Lectura: 4 min.

Soy Lara, una maestra de primaria de 25 años. Llevo apenas dos años dando clases, y aunque amo mi trabajo, a veces me siento sola. Me encanta vestirme de manera formal, pero también añadir un toque coqueto a mi atuendo. Mis estudiantes me adoran, y creo que es porque pongo mucho esfuerzo en hacer que cada clase sea interesante y divertida.

Hoy, después de terminar mis clases, siento un ligero malestar en el estómago. La falda lápiz que elegí esta mañana, se siente incómoda. Salgo de prisa despidiendo al último niño. El peso de mi bolso, lleno de libros y papeles, no ayuda a aliviar la tensión en mis hombros.

El sándwich que tomé en el recreo, parece haberse asentado en mi estómago como una piedra. El aire de la tarde no me hace sentir refrescada, por el contrario me siento más cansada y vulnerable. Mientras camino, pienso en lo lejos que está mi casa. Las calles parecen interminables, y cada esquina que doblo me recuerda cuánto falta aún.

Me detengo brevemente para tomar aliento, apoyándome en una farola. Cierro los ojos y respiro profundamente, tratando de calmar mi estómago revuelto. Solo deseo llegar a casa, quitarme estos zapatos incómodos y acostarme en la cama. Con un suspiro, reanudo mi camino, decidida a llegar lo antes posible.

Sin embargo, siento como si algo dentro de mí luchara por salir, y mis intestinos crujen y se esfuerzan. El sudor empieza a formar gotas en mi frente, y mi respiración se vuelve más rápida. La presión en mi abdomen es casi insoportable, y siento una urgencia creciente que me hace querer detenerme. Mis manos tiemblan ligeramente mientras aprieto mi bolso contra mi cuerpo, como si eso pudiera aliviar el dolor. Mis pasos se vuelven más inestables. Cierro los ojos, siento una oleada de náuseas que sube por mi garganta, y me las arreglo para tragarla.

La idea de llegar a casa se desvanece, reemplazada por la urgencia. Miro a mi alrededor, desesperada, buscando algún lugar. Las calles se sienten como un laberinto del que no puedo escapar. En medio de mi desesperación, un recuerdo emerge en mi mente: un terreno baldío cercano, lleno de escombros y basura. Aunque no es el lugar más atractivo, en este momento parece la opción más razonable para mi sufrimiento.

Me dirijo hacia ahí, mis pasos más rápidos y urgentes. El sudor sigue corriendo por mi rostro. La presión en mi esfínter es tremenda, como si mi cuerpo estuviera jugando contra mi mente. Apenas puedo contenerme, tratando de evitar lo inevitable. La sensación de que mi ano está a punto de ceder es inminente.

Puedo sentir una dureza que empuja contra mis paredes, tocando el hilo de mi tanga. En este momento, lamento profundamente haber elegido una prenda tan minimalista. Una ropa interior más cubierta habría sido mucho más adecuada, pero ahora es demasiado tarde para arrepentimientos.

Finalmente, entro en el terreno baldío, mis ojos escaneando desesperadamente en busca del mejor lugar, necesito encontrar un rincón que ofrezca un mínimo de privacidad. Mis ojos se posan en un grupo de matorrales que ofrecen una pequeña barrera visual. Con un último esfuerzo, me dirijo hacia allí, mis piernas temblando con cada paso.

Con urgencia máxima, arrojo mi bolso al suelo, y levanto mi falda tan aprisa como puedo, porque mi culo no puede más y mi cuerpo no da tregua. Bajo mi tanga de un tirón rápido y desprolijo, quedando a media pierna. Noto cómo se ha manchado el hilo fino, pero no hay tiempo. Todo ha ocurrido en segundos, y ahora estoy en cuclillas.

La sensación de alivio es inmediata, como una pequeña batalla ganada que sabe a gloria. El momento se desvanece rápidamente, reemplazado por una necesidad aún más intensa. Mis intestinos se contraen con fuerza, y siento una oleada de calor que sube por mi cuerpo. Mi ano, que ya estaba parcialmente abierto, se rinde y se ensancha, dibujando el contorno de una mole compacta y rígida. Cada centímetro que sale es como si desgarrara el anillo de mi culo, una sensación de quemazón y presión que me hace apretar los dientes.

Un quejido se escapa de mí, quizás un gemido, porque al pujar, encuentro un extraño placer en medio del dolor. Es una sensación contradictoria, donde el alivio se mezcla con el tormento. Mis músculos se tensan y relajan en un ritmo frenético, cada contracción empujando más y más de lo que mi cuerpo ha estado conteniendo.

Mis piernas tiemblan, y me agarro con fuerza a mis rodillas, tratando de mantener el equilibrio mientras mi cuerpo se libera. Una vista externa daría la impresión de que tengo una cola de animal, larga y café, que no para de crecer ni se corta. La sensación es obscena, y me doy cuenta de lo vulgar que es todo esto, pero en este momento, no me importa. Mi cuerpo necesita esto, y lo estoy dando todo, sin reservas.

Un atisbo de conciencia se asoma cuando siento el primer corte que hace mi culo, como si mi propio cuerpo me estuviera marcando con su huella. Me asomo, sorprendida por el tamaño de lo que salió de mí. Es como una serpiente, que yace inerte, mezclada con la propia tierra. Comprendo que eso era imposible que siguiera dentro de mí.

En este momento de relajación siento el líquido amarillento brotar de mi vagina, intenso incluso en su olor, chocando rápido contra el suelo. Mi vejiga ha decidido acompañar este momento vergonzoso. Me siento casi orgullosa de la cantidad de mierda que he soltado. Mi culo se activa de nuevo, acompasando en sincronía, pero ahora es menos avasallante. Otro trozo sale de mí. Es como si mi cuerpo estuviera celebrando y cada contracción fuera un recordatorio de lo que he pasado.

Me quedo en cuclillas, observando la escena con una mezcla de asco y fascinación. La tierra debajo de mí está manchada, y todo parece perfecto.

Me incorporo lentamente. Busco algo que pueda usar para limpiarme, y por suerte, entre mis cosas, encuentro un rollo de papel higiénico. Con manos temblorosas, arranco algunas hojas y comienzo a limpiarme, empezando por mi vagina. Seco el rastro de orina y el sudor que se aloja en mi vello púbico, perfectamente delineado y corto.

Me inclino un poco hacia adelante, estirando mi cuerpo para poder limpiar a conciencia ese culo tan proveedor que no sabía que tenía. Ahora, cerrado y comprimido, puedo sentir cada pliegue a través del papel, una sensación extraña pero satisfactoria. Me tomo mi tiempo, asegurándome de que no quede nada. Por último, limpio el hilo de mi tanga, que ha resultado herido en batalla.

Con una sonrisa en mi rostro, arrojo los restos de papel sobre mi anterior obra, coronándola con un toque final. Subo mi ropa interior, acomodándola en su lugar, y luego bajo mi falda hasta que queda impecable, como si nada hubiera pasado.

Escapo de ese lugar, volviendo a la calle, Solo yo y ese espacio sabemos la marca que dejé. Mis pasos son más ligeros ahora, y aunque el recuerdo de lo ocurrido aún está fresco en mi mente, siento una especie de satisfacción perversa mezclada con un poco de vergüenza.

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