Nuevas experiencias

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Mi esposo, con el ceño fruncido por la preocupación, al ver que desde que estaba embarazada no podía tener orgasmo, toma una decisión repentina de ir a nuestro ginecólogo de confianza el Dr. Gabriel. En la consulta le explicaba al ginecólogo que desde que el embarazo avanzaba, yo parecía haberme desconectado de mi propio cuerpo.

El doctor, con una calma profesional que resultaba casi perturbadora, me examinó. Sus manos se demoraron más de lo habitual, recorriendo zonas que normalmente son solo de trámite, buscaba exhaustivamente mi clítoris, y hacía tactos constantes para ver si reaccionaba, los senos primero los tomó con pinzas, luego, con su mano comenzó a apretarlos completamente, y por último mojó sus dedos con saliva y comenzó a pellizcarlos en busca de algún estímulo . Al final, dictó su sentencia:

—Es una cuestión de salud mental —dijo, mirándonos a ambos—. Durante el embarazo, el cuerpo necesita niveles de placer extraordinarios para mantener el equilibrio. Tu esposa está bloqueada, y la solución es romper la rutina. Necesita contacto, variedad… estímulos de otras personas.

Mi esposo tragó saliva, pero su amor por mí era más grande que cualquier tabú. Por recomendación del doctor, esa misma noche nos reunimos en casa. Pero no estábamos solos. El doctor llegó puntual, y siguiendo su consejo, mi esposo había llamado a su mejor amigo.

—No tengas pena —susurró mi esposo al ver mi timidez cuando el amigo entró al cuarto—. Él está aquí porque nos quiere, y está dispuesto a ayudar en lo que haga falta.

El doctor tomó el mando. Me pidió que me desnudara y me tendiera en la cama. Comenzó con un masaje lento, usando un aceite tibio que olía a relajación, pero sus manos no buscaban solo relajar los músculos. Sus dedos se deslizaban con una precisión experta, deteniéndose una y otra vez en mis partes íntimas y, sobre todo, en mis senos. Al ver cómo mi respiración se agitaba, el doctor sonrió.

—Ves cómo reaccionas —comentó el doctor, mirándolos a ellos—. Los senos son la clave ahora mismo.

Me pidió que me colocara en cuatro, en el centro de la cama, rodeada por los tres. El doctor y el mejor amigo se acercaron a mi pecho. Empezaron a succionar con una fuerza y una constancia que nunca había sentido. Era un hambre voraz. De pronto, sentí un calor brotar desde lo profundo y, ante el asombro de todos, pequeñas gotas de leche empezaron a brotar, mezclándose con la saliva de ellos.

—Es perfecto —murmuró mi esposo, que estaba detrás de mí—. Estás radiante.

Sentí sus manos en mis glúteos, separándolos con suavidad.

—El doctor dice que necesitamos abrir nuevas vías de placer —me dijo al oído—. Te voy a poseer ahí por primera vez, para que sientas algo completamente distinto.

Sentí el frío del lubricante y luego la presión de su primer dedo en mi ano. Luego el segundo. La imagen de nosotros cuatro en esa cama, conmigo entregada a sensaciones que me hacían solo poder gemir y sonreír, era tan poderosa que el dolor se transformó en una excitación líquida. Mi esposo, viendo lo bien que mi cuerpo recibía el estímulo, introdujo un tercer dedo, y luego un cuarto, preparando el camino con una paciencia deliciosa hasta que sentí que estaba lista para recibirlo por completo.

Mientras él me penetraba con firmeza, el doctor me guio para que bajara sobre el mejor amigo, permitiendo que él me tomara por la vagina al mismo tiempo. Estaba conectada a los dos hombres que más confianza me daban, mientras el doctor seguía masajeando y succionando mis senos, extrayendo cada gota de esa esencia que el placer estaba liberando.

El cuarto se llenó de sonidos de piel chocando, respiraciones cortadas y el aroma del deseo puro. Cuando el clímax nos alcanzó a todos, fue como una explosión coordinada. Mi esposo se retiró justo a tiempo para marcar mi espalda con su rastro caliente. Luego, me pusieron boca arriba, agotada y satisfecha, mientras el ginecólogo y el mejor amigo decidieron uno a uno penetrarme la vagina, y sacarlo justo antes para marcar cada seno succionado, dejándome cubierta de la prueba de que su “terapia” había funcionado.

No sabía que embarazada podía sentir tanto placer… El doctor, limpiándose las manos con calma, me dio la última instrucción de la noche:

—Vas a dormir desnuda. Hoy en la madrugada, tu esposo volverá a cogerte para que el cuerpo procese bien el tratamiento. Nosotros nos quedaremos en un colchón abajo, dormiremos aquí hoy para supervisar que lo hagan bien y por si tus senos necesitan que le drenen otra vez la leche.

Esa noche, mientras me acurrucaba con mi esposo, supe que el bloqueo había desaparecido para siempre.

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1 COMENTARIO

  1. Me gustaría saber cómo sigue el sexo durante ese embarazo. Me excita que siga liberandose al goce. Gracias.

    B.

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