Pareja de inquilinos y becario

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Vanesa, siguiendo instrucciones, esperaba a su hombre en el salón, en pijama, tumbada boca abajo a lo largo de un sofá de dos piezas de tela desgastado. Cerró los ojos durante unos instantes, no tenía sueño y aunque lo hubiese tuviese, la tensión, la espera la mantenían despierta.

Con los ojos cerrados, el resto de sentidos se agudizaba. Podía oler su propio perfume, suave, floral. Podía escuchar el silencio, que a veces contaba cosas de uno mismo. Podía sentir el calor del hogar que, en invierno, se notaba especial. Y podía saborear en su paladar la copita de vino blanco que acababa de beber y que le daba un punto de felicidad.

La cena estaba preparada, a falta de calentar, la mesa puesta, pero antes, antes tenía que someterse a lo que su compañero de piso le pidiese. Era su forma de abonar la demora en el alquiler.

Juan, que así se llamaba el inquilino con el que compartía piso, era mucho más que eso. Se conocieron por casualidad y disfrutaron de un día primaveral tirados sobre el césped de un parque. Allí, tumbados, entre caricias y besos, habían hablado mucho de todo y habían decidido probar a vivir juntos. Pero el tiempo había transformado esa prueba en algo más profundo, más retorcido.

Vanesa había perdido su trabajo temporal en la cafetería, y el alquiler se acumulaba como una deuda silenciosa. Juan, con su sueldo estable en la agencia de marketing, había propuesto una solución: ella pagaría con obediencia, con entrega. Al principio, fue un juego, un roce de poder que avivaba la chispa entre ellos. Ahora, era rutina, pero una rutina que la hacía vibrar de anticipación.

¿Qué sería hoy? ¿Un azote que dejara su piel caliente y marcada? ¿La obligaría a arrodillarse y tomar su miembro en la boca, sintiendo el pulso del henchido pene en su lengua? ¿O simplemente pellizcaría su culo hasta que ella gimiera, mezclando dolor con placer?

El clic de la llave en la cerradura rompió el silencio. Vanesa no se movió, manteniendo la postura sumisa, el corazón latiéndole con fuerza contra el cojín del sofá. Escuchó los pasos de Juan en el pasillo, el crujido de una bolsa de plástico. Olía a comida recién comprada, fruta… mientras que una corriente de aire frío, por fin la alcanzaba haciéndola tiritar.

—Llego tarde —dijo Juan, su voz grave, con ese matiz de anticipación que ella conocía tan bien. Dejó la bolsa o lo que trajera sobre la mesa del salón con suavidad, y Vanesa imaginó sus ojos recorriéndola, tumbada allí vulnerable. Luego giró la cabeza ligeramente, abriendo los ojos para verlo. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire autoritario, Juan sonrió cínico. Sacó algo de la bolsa: un tubo de nata de montar, de esas con “spray”.

—Hoy quiero empezar por el postre —murmuró, acercándose al sofá.

Su mano rozó la espalda de Vanesa, bajando hasta el borde del pijama. Ella sintió un escalofrío, el calor de su palma contrastando con el fresco de la habitación. Sin decir nada, Vanesa levantó un poco las caderas, lo justo para bajarse los pantalones del pijama y las bragas en un movimiento fluido, exponiéndose.

El aire besó su piel desnuda, las nalgas al aire, esperando. Juan destapó el contenedor con un pop, lo agitó y presionó el botón de plástico. Vanesa sintió el chorro frío aterrizando en su culo, extendiéndose como una caricia helada. Luego, la lengua de él, cálida y húmeda, lamiendo, explorando. La mujer se retorció, un cosquilleo eléctrico subiendo por su espina dorsal. La lengua se aventuraba más, rozando el ano, enviando ondas de placer que la hacían jadear. El sonido de su propia respiración entrecortada, el lamido suave, el sabor imaginado de la nata en su boca… Todo se arremolinaba en su mente, una mezcla de sumisión y deseo que la hacía mojarse.

Entonces… el timbre sonó, un ding-dong agudo que cortó el momento como un cuchillo.

Vanesa levantó la cabeza, mirándolo con confusión, el corazón acelerado por la interrupción. ¿Quién podría ser? Juan se incorporó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, una sonrisa misteriosa en los labios.

—Es una sorpresa —dijo, ajustándose la camisa antes de dirigirse a la puerta.

Vanesa se subió las bragas y el pijama rápidamente, el residuo pegajoso de la nata aún en su piel. Escuchó voces en el pasillo: la de Juan, calmada, y otra, más joven, nerviosa. Entraron en el salón, y ella vio al desconocido: más joven que Juan, con barba incipiente, delgado como un junco, ojos evasivos. Llevaba una chaqueta arrugada, como si viniera directamente del trabajo.

—Vanesa, este es Pablo, el nuevo becario en la agencia —explicó Juan, sentándose en el sofá como si nada—. Ha metido la pata hoy. Un error en un informe que casi nos cuesta un cliente. Pensé que podría… redimirse aquí.

Pablo se sonrojó, mirando al suelo. Vanesa sintió una punzada de curiosidad, mezclada con una excitación inesperada. ¿Era esto parte del juego? Juan siempre empujaba los límites, pero esto era nuevo.

El olor a hombres, de alguna manera, flotaba tentador, mientras ella se sentaba erguida, observándolos.

—No es nada grave —añadió Juan, con esa autoridad natural—. Pero necesita una lección. Y tú, Vanesa, podrías ayudarme. ¿Qué te parece si salimos? Hay un club especial que conozco. Podríamos… castigarlo allí.

Ella tragó saliva, el vino blanco aún en su paladar, ahora con un regusto a aventura. Asintió, sintiendo el pulso en sus sienes.

Se cambiaron rápidamente.

Vanesa optó por un vestido negro ajustado, sin sujetador, sintiendo el roce de la tela contra sus pezones endurecidos por la anticipación.

El trayecto en taxi fue tenso, el silencio roto solo por el zumbido del motor y el olor a cuero de los asientos. Pablo nervioso, no paraba con las manos quietas; Juan, sereno, con una mano en el muslo de ella, prometiendo más.

El club estaba en una calle discreta, sin letrero, de esas que parecen jugar al escondite, solo una puerta negra y anónima. Juan tocó un timbre oculto, y les abrieron. Dentro, la oscuridad envolvía todo, iluminada por bombillas rojas que proyectaban sombras. El aire olía a cuero, a sudor, a fluidos y a algo prohibido. Una chica pasó junto a ellos, vestida en cuero negro: las tetas al aire, firmes y expuestas, las nalgas desnudas moviéndose con cada paso. Vanesa sintió el calor subiendo por su vientre, una mezcla de envidia y excitación. ¿Sería ella así algún día, bajo la mirada de extraños?

Pasaron por estancias abiertas: en una, una mujer atada a un poste recibía golpes de cinturón, el chasquido resonando como un eco de placer doloroso. En otra, prácticas más intensas, gemidos ahogados, el olor a cera caliente de velas derramadas.

Juan se inclinó hacia su pareja. —Este club es ligerillo —susurró, su aliento cálido en su oreja—. Nada extremo, solo…exploración.

Otra chica, con el culo tapado pero el coño peludo al aire, vestida en cuero granate, les guio a una habitación privada: paredes acolchadas, un potro de madera en el centro, látigos colgados como trofeos, strapons de diferentes tamaños en una mesa, y un gran colchón en el suelo, invitando a dejarse llevar.

El aire estaba cargado, con un leve aroma a perfume e incienso bajo el de la excitación latente.

—Desnúdate —ordenó Juan a Pablo, su voz firme.

El becario obedeció, temblando, su cuerpo delgado expuesto bajo la luz roja. Juan lo ató al potro, las muñecas y tobillos seguros. Vanesa observaba, el corazón latiéndole con fuerza. ¿Qué sentía Pablo? ¿Miedo? ¿Excitación? Ella misma lo sabía: esa rendición mental, el abandono del control.

Juan tomó un látigo ligero, y azotó las nalgas de Pablo, chasquidos suaves que dejaban marcas rosadas. Pablo gimió, un sonido bajo, vulnerable. Vanesa sintió una oleada de poder, inesperada.

Juan le hizo un gesto. —Ahora tú —dijo—. Lámele. Haz que se arrepienta… y disfrute.

Desataron a Pablo, que quedó de pie frente a ellos.

Ella se acercó, arrodillándose. El pene de Pablo estaba semierecto, el olor a piel limpia y sudor. Su lengua rozó la punta, salada, y lo tomó en la boca, sintiendo cómo crecía. La mente de Vanesa daba vueltas: era sumisa con Juan, pero ahora dominaba, un giro que la hacía sentir viva, poderosa. Luego, Juan le tendió un strapon. Ella se lo ajustó, el cuero contra su piel caliente. Pablo inclinado, ofreciendo su ano. Tras lubricar el agujero, le penetró con cuidado, el movimiento rítmico, los gemidos de él llenando la habitación. Era un castigo, pero también una liberación, un borrón de roles que la excitaba mentalmente. ¿Quién era ella en esto? ¿Víctima o verdugo?

Finalmente se quitó el strapon.

Se desnudaron todos y se acostaron en el colchón, piel contra piel en la penumbra roja. Juan penetró a Vanesa primero, estilo misionero, profundo, el olor a sexo inundando el aire. Pablo, liberado, se unió: lamiendo sus tetas, el pezón endurecido bajo su lengua, luego bajando a su vagina, el cosquilleo húmedo mientras Juan empujaba. Vanesa se retorció, sonidos de placer escapando de sus labios, sabores mezclados en su mente —nata, vino, sudor—. Era un torbellino: el placer físico, pero también el mental, el abandono total, la conexión en lo prohibido.

Al final, exhaustos, yacían en el colchón, respiraciones entrecortadas. Vanesa cerró los ojos, sintiendo el calor de dos cuerpos junto al suyo. El silencio ahora contaba una historia diferente: de límites cruzados, de deudas pagadas no solo con dinero, sino con deseo. Mañana, volverían al piso, a la rutina. Pero esta noche, en el club ligerillo, habían probado el postre primero, y era dulce, intensamente dulce.

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