Primera vez con mi vecina

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T. Lectura: 7 min.

Este es mi primer relato, hace poco conocí la página y también quisiera compartir mis experiencias, a la vez que hago el ejercicio de escribir.

Esta es la historia de como me culeé por primera vez a mi vecina..

Soy un hombre de 32 años, tengo una altura de 175 cm y una contextura fornida, peso alrededor de los 90 kg y me considero un hombre fuerte. Mi color de piel es mestizo, mis ojos son claros, color miel, y estoy seguro de que tengo una sonrisa y miradas seductoras. No soy un sex-symbol, pero sí suelo llamar la atención. Me gusta usar lociones finas y vestir bien, eso me ha ayudado mucho.

Por allá en el año 2023 inicié una relación abierta con una chica de 22 años en ese momento, de un color de piel muy parecido a la mía, pelo liso, de una altura aproximada de 155 cm y un peso de 45 kg, una mujer bella, que se dedicaba al ejercicio profesional del baile y a ser profesora de gimnasia. Tenía un cuerpo espectacular, unas nalgas tan bien formadas, de una redondez y firmeza perfectas. No tenía mucho seno, pero no importaba, en lo personal las flacas me vuelven loco, y esta no era la excepción.

Durante mucho tiempo solo fuimos dos vecinos que se saludaban. Hasta aquella noche.

Un día iba regresando a casa, pasé por el frente de ella. La encontré sentada afuera de su casa, sola, inquieta, con esa expresión que mezcla frustración y vulnerabilidad. La calle estaba vacía, y el silencio hacía que todo se sintiera más íntimo.

Me acerqué.

Sin siquiera pensarlo, le pregunté qué hacía, a lo que ella me respondió que las llaves de su casa se le habían quedado donde su novio y que estaba esperándolo para que se las regresara (creo que para ese momento llevaban como 3 años). Yo le ofrecí que, para que no esperara en la calle insegura, fuéramos a mi jardín, a unas 4 casas de la suya, y ahí podía esperar tranquila.

Ella aceptó y nos sentamos en unas escaleras externas que tenía mi casa y empezamos a conversar sobre su trabajo, sus gustos y demás. También, por cuestiones de nuestras mascotas, nos compartimos los números. En un punto de la conversación, ya no recuerdo por qué, hablamos de su relación sentimental y me confesó que su relación no estaba bien. No recuerdo preguntarle los detalles, pero sí recuerdo sentir la necesidad de conocer de forma más profunda a mi vecina.

No fue una gran conversación, pero sí fue suficiente. Lo que empezó como un gesto de cortesía terminó siendo el primer paso hacia algo distinto.

Esa noche, en mi habitación, me preguntaba a mí mismo si su confesión tenía las intenciones de provocarme, ya que no había sido solo eso: sus miradas y la forma en que mojaba sus labios cuando hablaba me hacían pensarlo. Sentí que esa había sido su invitación para involucrarnos en una aventura.

Desde ese primer encuentro, durante los siguientes dos meses, me encontré casualmente con Liz solo un par de veces en las calles del barrio. Las pocas veces que nos cruzábamos después ya no eran iguales. Había una pausa más larga en las miradas, una intención que antes no existía. Yo respetaba su relación, a pesar de haber sentido lo que dije antes.

Un día cualquiera me llega un mensaje de Liz contándome que está un poco triste porque su relación finalmente terminó y que estaba buscando a alguien que la escuchara. Yo había terminado una relación meses atrás y ella lo sabía, quizá pensó que podía entender un poco su situación.

Le propuse que nos tomáramos un par de cervezas y habláramos del tema, ella aceptó y me invitó a su casa. Pasó poco tiempo mientras me alisté y llegué a su apartamento, un lugar pequeño, acogedor, muy suyo, donde ella vivía sola hace 4 años.

Al llegar, lo primero que noté fue su agradable aroma, usaba una colonia para bebés que me ponía a pensar por qué, pero a la vez me gustaba la imagen de ternura que daba de ella. También ese día me llamó mucho la atención la textura de su piel, era firme, nunca había notado tal detalle en una mujer.

Iniciamos a hablar de muchas cosas, creo que lo que menos mencionamos fueron nuestras relaciones fallidas, de eso se trataba, de olvidar. Ese día nos conocimos un poco más. Le hablé de mi pasión por las motos y también le confesé que me gustaba fumar marihuana para mantenerme relajado, a lo que ella dijo que siempre tuvo la curiosidad de probar, pero hasta el momento no lo había hecho.

Yo me ofrecí a ser su puente de conexión, pero que lo dejaríamos para otra noche. El día terminó con nosotros hablando de muchas cosas, hasta que llegó la hora de irme y nos despedimos con un beso en la mejilla. Al llegar a casa, a pocos metros de la suya, recibo un mensaje donde me dice que mi compañía fue muy agradable y que desea que se repita. Yo afirmo lo mismo y cada uno se desconecta.

Pasaron 15 días en los cuales nos vimos un par de veces para conversar y seguir conociéndonos, pero ese día el mensaje llegó con una propuesta de parte de ella. Me dijo que estaba lista para probar la tan famosa marihuana de la que yo le había hablado maravillas.

Eran como las 8 pm y armé de afán un porro con una yerba que tenía un sabor muy rico y me dirigí a su casa. Cuando llegué, la puerta estaba abierta, ya me estaba esperando sentada en el sofá de la sala. Tenía puesto un short de jean corto y una blusa blanca de tiras que llegaba un poco más abajo de su ombligo y que se ajustaba a sus senos dándoles una forma perfecta.

Entré, cerré la puerta y me acerqué a saludarla de un beso en la mejilla. Al tocarnos la piel sentí cómo la mía se erizaba y pensé qué rico sería poder recorrer con mis manos toda esta mujer. Me senté junto a ella y empezamos a conversar como por una hora.

Cuando llegó el momento de prender el porro, yo insistí en que debíamos hacerlo en la habitación para evitar que el olor incomodara a los vecinos. Ella aceptó y nos trasladamos a su habitación. Estaba un poco nerviosa, iba a ser su primera vez…

Yo le expliqué los efectos que podía tener y traté de hacerla sentir segura. Ella se sentó en el borde de la cama con las piernas cruzadas entre sí, y yo me senté frente a ella en la silla del escritorio.

Ya llevábamos aproximadamente 10 minutos y la habitación ya estaba llena de humo. Teníamos ambos los ojos muy rojos y nuestras mentes se habían conectado con todas las sensaciones que la marihuana libera en el cuerpo. Nos olvidamos del entorno y disfrutamos de ese espacio.

De fondo sonaba una canción de reguetón de esas que inspiran tener sexo. Por unos pocos segundos nuestras miradas se conectaron y, de forma calmada, acerqué mi rostro al suyo con la intención de besarla en la boca, pero me detuve sin dar el 100 % del paso. No quería aprovecharme de la situación, quería que ella también fuera consciente de lo que iba a suceder.

Casi de inmediato ella completó el beso, como si también lo hubiera estado esperando toda la noche. Acerqué el resto de mi cuerpo a ella y le tomé el rostro con mis manos para poder besarla con más intensidad. Ambos jugábamos con nuestras lenguas en las bocas del otro, haciendo el momento cada vez más ardiente.

Pasaba mis dedos por sus ojos, cejas y cabello. La estaba explorando con los ojos cerrados mientras disfrutaba de sus labios. Empecé a besarle el cuello mientras gozaba de su aroma y sentía su piel. Me fui inclinando poco a poco sobre ella hasta que todo mi cuerpo la cubría.

Al ser más pequeña que yo, la tenía completamente entre mis brazos. Continué besándola por el cuello y con mis manos abracé fuerte sus caderas y arrimé mi entrepierna hasta la suya para que sintiera mi excitación, mientras hacía movimientos sexuales como si ya estuviéramos en el acto.

Apreté sus senos con mis manos, en las que cabían completamente, y con delicadeza los descubrí de esa tela blanca y delgada que nos apartaba. Sus pezones eran grandes, duros, muy bien formados, color café oscuro. Empecé a chupárselos, mi boca en un seno y en el otro la mano apretando fuerte, e intercambiando para no dejar ni un solo centímetro sin besar.

Seguí avanzando hacia abajo con mi boca, besando sus costillas, abdomen, ombligo, e inhalando fuerte en cada parte de su cuerpo porque su aroma de verdad me enloquecía. Pero no era el aroma de su loción, era ella, el aroma natural de su cuerpo lo que hacía que me excitara tanto.

Cuando llegué hasta su short de jean y quise desabrocharlo, me detuvo y me dijo que no estaba lista, que no había tomado las medidas necesarias para estar presentable. A lo que yo la miré a los ojos, me sonreí y si decirle nada continué con mi tarea.

No le desabroché los pantalones, pero sí acerqué mi nariz e inhalé profundamente como si fuera una droga que me tenía adicto. Le besé los muslos, sus rodillas, pantorrillas y pies, y empecé a subir de nuevo.

Volvimos a quedar con los rostros de frente y los besos apasionados siguieron elevándonos cada vez más. Ella me volvió a afirmar que no estaba lista. Yo le dije una frase muy cliché: “no va a pasar nada que tú no quieras que pase”, a lo que me respondió con una sonrisa muy pícara que me invitaba a no detenerme.

Con una mano empecé a desabrochar su short y a bajarlo lentamente. Ahora tenía a mi vecina acostada sobre la cama, solo usando sus tangas rosadas y un poco viejas, y yo con todo mi cuerpo sobre ella, acercándole con fuerza todo mi miembro erecto.

En este momento ya se escuchaban algunos de sus gemidos suaves y ahogados, que también eran melodías para mí. No desaproveché la oportunidad y metí mis brazos debajo de sus muslos, empujándolos hacia arriba para que me dieran acceso a su entrepierna dejando su paraíso completamente expuesto y servido para mí.

Instintivamente, lo primero que hice fue poner mi nariz e inhalar fuerte. Sentí como si todo ese aire se fuera directo a la erección de mi verga. Con mis dedos corrí para un lado su tanga y se asomaron sus vellos, un poco largos, a lo que ella me explicó que a eso se refería cuando dijo que no estaba lista.

Yo volví a sonreír y esta vez le dije que a mí no me importaba. Ella cerró sus ojos, se mordió los labios e inclinó su cabeza hacia atrás para poder disfrutar de lo que iba a pasar.

Volví a inhalar y con mis labios húmedos empecé a besar los suyos, que eran un poco más grandes y gruesos que los que yo había conocido antes. Busqué con mi lengua su clítoris, que era pequeño y estaba escondido. Cuando empecé a besarlo, sus gemidos se intensificaron y yo estaba inundado de placer solo de escucharla.

Con mis dedos sentí la humedad interna de su vagina e introduje toda mi lengua en ella. Quería que el sabor de mi vecina se quedara guardado en mi memoria. No recuerdo cuánto tiempo duró ese momento, pero me esforcé mucho por hacer un trabajo excelente.

Cuando terminé con mi lengua, la volví a besar en su boca y nos enfrentamos a otro problema: no teníamos condones. Era como si ninguno de los dos hubiera planeado tener sexo esa noche.

Nos detuvimos por un par de minutos a pensar qué podíamos hacer, pero la excitación ya no nos permitió parar. Continuamos besándonos y ella empezó a quitarme la camisa, arañando suavemente mi espalda, entrando en contacto nuestros cuerpos piel a piel.

Yo le ayudé a desabrocharme y bajarme los pantalones, para quedar solo en bóxer y que ella terminara de realizar el trabajo de desnudarme. Lo hizo sin dudarlo, usando sus pies para quitarme por completo mi ropa interior.

Con su mano tomó mi pene, lo palpó, apretó y acercó mi glande hasta su clítoris, sobándolos y gimiendo con más intensidad. Después acercó la punta de mi pene a la entrada de su vagina y, con sus piernas que rodeaban mi cadera por la parte de atrás, me empujó suavemente para que entrara en ella…

Sentí su vagina caliente, apretada y muy húmeda. Era una sensación indescriptible. Cada embestida que le daba y cada gemido que me regalaba me hacían perder cada vez más la conciencia. Estaba sumergido en el placer.

Poco a poco fui introduciendo todo de mí, hasta llegar al límite profundo de su vagina, donde con cada embestida su rostro me dejaba ver que sentía un poco de dolor, pero mucho más placer.

Esa noche le di cachetadas, nalgadas y le escupí la boca, y me la cogí en muchas posiciones. La puse a sentir mi verga en todo su interior hasta hacerla venirse a chorros, mientras sus gemidos ya se convertían en gritos de placer que no solo me tenían enloquecido a mí, sino también a los vecinos que fueron testigos de la verguiza que le metí esa noche.

Cuando terminamos, habían pasado 3 horas desde el primer beso. Ninguno había calculado el tiempo, solo nos dejamos llevar. Ya era hora de irme de nuevo a casa.

Yo me vestí y ella se puso una salida de baño, y me acompañó hasta la puerta. Nos besamos con pasión y nos despedimos.

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