Pureza robada

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T. Lectura: 6 min.

Sábado, último día laboral de la semana de mi trabajo actual, un asco… Antes decía que currar es ir perdiendo vida, pero ahora ese pensamiento se invierte, siendo el trabajo lo que me da la vida desde que convivo con mi nueva compañera de piso, pesadumbre. La olvidé pasados 6 años del deceso de mis padres, tiempo en el que mi abuela se hizo cargo de mi, aunque no la daría mucha guerra, pues ella también fallecería a los dos años después; para mi pírrica suerte, yo ya tenía 17 y aprendí a valerme por mi mismo sosteniéndome en las nostálgicas nociones de la yaya.

Desde aquel entonces pensé que estaría preparado para soportar otra pérdida, pero mi necia osadía fue cercenada por la afilada guadaña cuando Verri, mi única compañía en mi austero pero acogedor hogar, se fue para siempre, dejando ese hogar igual de austero pero para nada acogedor.

Una madrugada laborable tan cotidianamente calmada, yo me dirigía a desempeñar mis ocho horas de peón, hasta que, apenas llegando a la autovía, el haz de luz disparado por los faros de mi coche me ayudó a distinguir lo que parecía ser un animal moribundo. Sin pensármelo dos veces, decidí frenar casi en seco, provocando una estridulante pitada del camión que venía detrás de mí, aunque en ese momento, toda mi atención se centraba en aquella criatura estertórea.

Tomé otra imprudente a la par que sensata decisión, llevarme a ese animal a casa para ralentizar su agonía y posteriormente a un veterinario, siendo consciente de que tenía que ir a trabajar; Verri fue la causa de mi primer despido, y aunque era un conejo ya viejete, los 3 años que pasé junto a él fueron suficientes para cogerle cariño.

Aparco un poco lejos de mi puerta, afortunadamente estamos en vísperas estivales, así que en mi hora habitual de llegada a casa, las 22:40 redondeando, la temperatura es apropiada para mi gusto. Saco las llaves encadenadas, siempre las llevo así para no perderlas, y giro la cerradura 4 veces para dar paso al oscuro ritual: entrar a mi habitación, tirar la mochila, cambiarme, entrar al baño, lavarme las manos y cenar entre sombras sobras que tengo por el frigo, esta vez, ramen.

Desde la muerte de Verri, no me apetecía cocinar, y aunque el ramen sea laborioso, intentaba no preparar comidas que me enseñó mi abuela porque sus aromas se inmiscuían en mis recuerdos. Antaño comía y saboreaba, ahora como porque es necesario, dejando algo como es normal últimamente. Pongo el cuenco en el fregadero formando la cúspide de una irregular pirámide de vajilla que parecía erosionada por el agua; mañana tendré tiempo para recogerlo.

Después de haber saciado el poco hambre que tenía, me siento en el sofá con ausente mirada esperando a que Hipnos se persone en este parco salón. Oigo un sonido leve pero no le doy importancia, vivo en una casa que tiene una edad; comienza a entrarme la modorra… Mis ojos se abren en respuesta al ruido de la puerta al cerrarse y, de repente me acuerdo, la serie de robos que ha habido por mi zona. Seguramente, el ladrón haya pensado que no hay nadie debido a la ubicua oscuridad de mi casa, aunque dudo que se pueda llevar algo que le interese de un sitio donde hay plantas muertas, oloroso a sobaco y con el fregadero a rebosar de platos y cubiertos con restos de alimentos.

Aun así, estoy asustado, pues se sabe que mató a las personas que descansaban tan tranquilamente en sus hogares, envenenadas con batracotoxina, supongo que para que no dieran testimonio en caso de que le descubrieran. Rápidamente me tumbo en el sofá, instantes antes de que el criminal encendiera su linterna. ¿Qué hago? ¿Me marco un Byron Smith?

Qué tontería… ha sido un acto reflejo, pero estoy tan familiarizado con la parca que muchas veces he pensado: «solo falto yo», y esta es la ocasión perfecta para acabar con todo este sinsentido, que alguien lo haga por mí, encima alguien ya experimentado; más por suerte que por desgracia, el destino al fin se porta bien conmigo. Me deslumbra la luz, mas logro ver como el asaltante se lleva a la boca una especie de tubo apuntándome con él:

—Me niego a morir virgen. —Célebres últimas palabras, me salieron del alma, sin pensar.

—¡Espera! —dice una voz femenina al verme reaccionar— ¿Qué edad tienes?

—Aparentes casi 30, reales 21.

—¡jajajah!

Sin saber si el motivo de esa carcajada fue mi comentario o el hecho de que siguiera siendo virgen a los 21, la chica deja la linterna y la cerbatana en el polvoriento y astillado palet que coloquialmente yo llamo mesa. La linterna ilumina todo el sofá, me dio la impresión de que la colocó así a propósito.

—Pues parece que de aquí solo robaré tu pureza —dice mientras se me sube encima— con la condición de que no soples nada.

Ojiplático, contesto lo siguiente: —Supongo que te refieres a que no te delate.

Me responde con un beso. No soy boquerón, ya había besado a una chica en la secundaria, Débora se llamaba; me acuerdo del nombre pero no de la sensación de besar. Esta individua me lo recuerda lentamente, su lengua busca la mía hasta que se encuentran y entrelazan de forma sucesiva, con sutileza y fluidez, en ambos sentidos, degustando frutos silvestres en su aliento. De pronto, caigo en que no me he lavado los dientes pero ella parece demasiado entusiasmada como para percatarse y termina mordiendo y estirando mi labio inferior.

Al retirarse hacia atrás, es cuando contemplo su aspecto: piel caramelizada, pelo oscuro no muy largo, por los hombros, y disidente, similar al de un personaje de anime, piercing de aro en la fosa izquierda de una aquilina pero coqueta nariz, y ojos melifluos. Decido comenzar a besarle el cuello, las clavículas, parece que estoy consumiendo canela y empieza a picarme. Lleva ropa holgada pero poco a poco se desprende de ella, mostrando un cuerpo desbordante de lujuria. Si esta mujer hubiera sido Eva, no hubiese hecho falta manzana para que, en su lugar, Adán cayera en la tentación.

A medida que desciendo de su cuello a sus pechos, me quita la camiseta y a continuación acaricio los senos, de un tamaño medio, pellizco sutilmente los morenos pezones, me agarra de la cabeza y me guía hacia ellos para que los estimule con mi boca y así hago: primero el izquierdo, cuya erección es sentida por la punta de mi lengua, de igual modo que su entrepierna, sin duda, estaba sintiendo la erección de mi miembro. Ella comienza a emitir los primeros gemidos con su mano izquierda tras mi cabeza y su derecha intentando desatar los cordones de mi pantalón.

Paso a chupar y mordisquear con suavidad su pezón derecho mientras con la otra mano pellizco y rodeo el izquierdo. Me empuja hacia atrás provocando que me tumbe, se pone de pie para quitarse el pantalón de chándal y acto seguido las bragas, a la vez que me condena con una mirada lúbrica. Se acerca, tiene un tatuaje en el costado izquierdo descendente hasta el pubis; literalmente se sienta sobre mi boca y comienzo a practicarle sexo oral. Sus gemidos se intensifican, me agarra el pelo mientras se mueve hacia atrás y adelante.

—Succiona —me dice, yo obedezco.— Así, muy bien…

Escucho aún mejor sus gemidos, se me ocurre volver a acariciar sus pechos y parece que le gusta, ya que agarra mis manos. Aunque está sentada sobre mi cara, no tengo dificultades para respirar, ella sabe lo que hace.

Leí que el clítoris es un órgano cuya exclusiva función es proporcionarlas placer, así que mi lengua se dirige a la unión de los labios menores y creo que lo localizo cuando ella empieza a arquearse y su respiración se alterna con sus gemidos. Saca mi pene erecto, lo agarra con su mano izquierda y comienza a masturbarme a velocidad media, provocando mis primeros gemidos. Recuerdo lo de succionar, así que se me ocurre otra idea: succionar mientras empleo la lengua; una buena idea puesto que sus gemidos son cuasivociferados.

—Sigue así —me dice mientras continúa masturbándome y asiendo mi pelo con más vehemencia; por mi parte, yo sigo lamiendo y succionando su sexo a la par que mis dos manos juegan con sus senos.

Se aparta para besarme de nuevo, noto el roce de mi pene con el de su húmeda y cálida vulva. Mis manos pasan de sus senos a caer en cascada por su espalda y cintura, atreviéndose a llegar hasta las nalgas. Termina de besarme, de nuevo, se levanta del sofá para rebuscar entre sus cosas.

—Aquí están —dice

—¿Condones robados?

—Por supuesto —me responde con una sonrisa traviesa— los invisibles extrafinos me parecen muy caros, y además —comienza a disfrazar a mi pene— soy una ladrona ducha, los paquetes de condones son como la editorial, Debolsillo.

Logra arrancarme mi primera sonrisa en mucho tiempo, convirtiéndose en una expresión de dolor al sentir el calor infernal de su vagina. Empieza a impulsar su cuerpo de arriba a abajo, con cuidado. El dolor muta a satisfacción y actuamos gemebundos, pasa su mano derecha por mi sien y me acaricia con el pulgar; su izquierda se encarga de apretar el mullido respaldo del sofá. Por mi parte, mis manos ascienden de su cintura a sus pechos. Aumenta el ritmo ergo nuestros gemidos. Se detiene, nos besamos.

Ahora yo tomo la iniciativa generando una serie de movimientos pélvicos a velocidad moderada, acompañados de la humectación de sus pezones con mi boca; me detengo, ambos expulsamos profundos gemidos, nos besamos. Se inclina hacia atrás, cegándome con impúdicos destellos sudorosos y comienza a botar. Toda su imagen es una exhibición, pero en los primeros instantes de esta postura incipiente, lo que más llama mi atención es su semblante: en una vista casi de perfil, ojos cerrados y labio inferior mordido; algún día me esforzaré en retratarlo. La hago saber mi tremenda excitación comunicándome con gemidos.

Para de botar para moverse en círculos, acto en el que al cerrar los ojos, me siento observado por los suyos. Vuelve a botar, quiero que se sienta igual o más excitada que yo, por lo que, recordando el clítoris, mi mano derecha accede a masturbarlo.

—Tienes buenas ideas —farfulla entre gemidos que se mezclan con los míos.

Se detiene, contemplo como mi pene sale de su vagina; se arrodilla ante el sofá.

—Siéntate.

Respondo haciendo lo que me dice. Me quita la gomita para poder masturbarme a un ritmo paulatino mientras se lleva a la boca mis testículos, mirándome. Su curiosa lengua bífida sube de los testículos al pene, también de manera paulatina y empieza a hacer movimientos circulares sobre el glande. Introduce el pene en la boca, mamándolo, su mano también participa. Mi cara debe ser para enmarcar.

—Avísame cuando te vayas a correr —asiento

Lame por los laterales hasta que termina instando sobre el frenillo; vuelve a mamar con la variante de la succión, le aparto unos mechones de pelo espontáneos que dificultan la acción.

—No puedo más —digo

Su respuesta es introducir mi miembro entre sus pechos y comenzar a masturbarlo. Mi eyaculación origina una amplia sonrisa en su rostro.

—¿Cómo te llamas? —dice mientras va hacia el baño.

—Héctor.

—¿Qué dirás cuando te pregunten por tu primer polvo, Héctor?

—Allanamiento de morada.

—Mmmm… de acuerdo, te dejo con vida si no pormenorizas más.

—Te doy mi palabra.

—A lo mejor me estoy metiendo donde no me llaman, ahora moralmente hablando, pero independizarse con 21 es excepcional, ¿cómo acabaste viviendo en esta sentina?

—Seguro que no quieres escuchar una respuesta aburrida.

—No.

—Solo te diré que se independizaron de mí.

Ya vestida, decide marchar.

—Ha sido un auténtico placer, Héctor —saca su excéntrica lengua.

—¿Tú cómo te llamas?

—Eva —me quedo elucubrando— Quizá nos volvamos a ver, pero en esa próxima lávate los dientes.

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