Regalo

0
3106
T. Lectura: 3 min.

Él era mi amigo desde siempre, de esos que comparten silencios cómodos y risas que no necesitan explicación. Durante meses había hablado de sexo con esa mezcla de fanfarronería y curiosidad que tienen los dieciocho años recién estrenados: detalles que soltaba como quien tira migas a los pájaros, esperando que alguien las recogiera. Yo sabía lo que quería regalarle para su cumpleaños. No era un secreto entre nosotros; era una promesa muda que flotaba en el aire cada vez que nos quedábamos solos. Le iba a hacer una paja. Simple, directa, sin adornos ni promesas de más. Solo aquello que los dos sabíamos que nos gustaba.

Cuando por fin lo dije, con la voz un poco temblorosa por dentro aunque la cara la mantuve firme, él sonrió con esa descarada alegría que le iluminaba los ojos. No hubo rodeos, no hubo vergüenza fingida. Se tumbó en la cama de su habitación, la luz de la tarde filtrándose por las persianas a medio bajar, y me miró como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar todo.

Me senté a su lado, le bajé los pantalones con lentitud deliberada, y allí estaba: su pene ya duro, cálido, latiendo contra mi palma como un corazón ajeno que de pronto se me entregaba. Lo rodeé con los dedos, subí y bajé con un ritmo que parecía venir de muy lejos, de todas las veces que habíamos hablado de esto sin decirlo. Él gimió bajito, arqueó la espalda, y cuando terminó fue con un suspiro largo, casi de alivio, como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida.

Durante las semanas siguientes repetimos el ritual. A veces yo era el primero en recibir. Me tumbaba boca arriba, él se sentaba a horcajadas sobre mis muslos o se acomodaba a mi lado, y sus manos —grandes, seguras— me envolvían con una precisión que me hacía cerrar los ojos. Otras veces era él quien se entregaba, y yo me perdía en la textura de su piel, en el modo en que su respiración se aceleraba hasta volverse un jadeo entrecortado.

Lo que más nos gustaba era esa alternancia: uno se dejaba llevar por completo mientras el otro hacía el trabajo, sin prisas, sin exigencias. Nunca quisimos besarnos, ni chuparnos, ni penetrarnos. No había necesidad. Bastaba con eso: la mano del otro sobre el sexo propio, el calor compartido, el placer que se construía despacio y se derramaba de golpe.

Hacérsela a él nunca fue un deber. Al contrario: me frustraba que se corriera tan rápido, que el momento se agotara antes de que yo pudiera saborearlo del todo. Se lo dije una tarde, medio en broma, y él me miró con sorpresa genuina. «A mí tampoco me gusta que termine ahí», confesó. «Cuando me vengo, no quiero que pare. Pero no sé cómo decírtelo». No tenía idea. Para mí, el orgasmo siempre había sido el final: después, cualquier roce era insoportable, como si la piel se hubiera vuelto de cristal.

La siguiente vez lo probamos. Mientras eyaculaba en mi mano —chorros calientes, espesos—, seguí moviéndome sin detenerme. Al principio se retorció, soltó un gemido que era mitad placer, mitad protesta. El semen se volvió espuma entre mis dedos, cremoso, blanco, pegajoso como nata batida que se acumula y se deshace. Siguió gimiendo, arqueando la espalda como si algo dentro de él se abriera de par en par. Y entonces volvió a venirse, un segundo orgasmo más débil pero más profundo, que le hizo temblar entero. Intenté una tercera vez, pero ya no pudo; su cuerpo dijo basta.

Nos costó un año entero de práctica, de ensayo y error, de risas nerviosas y silencios cómplices. Conmigo fue distinto. Él aprendió a ser suave después del primero: caricias cortas, lentas, apenas un roce de yemas sobre la piel hipersensible. Al principio me tensaba, quería apartarme, pero él insistía con paciencia infinita. No me ponía flácido; al contrario, el pene seguía erguido, vulnerable, respondiendo a ese toque ligero como si fuera una caricia nueva.

Cuando vio que me calmaba, que respiraba hondo y volvía a entregarme, aumentó la longitud de los movimientos, la presión, la velocidad. Y llegó el segundo orgasmo: largo, intenso, casi doloroso de tan puro. Me vine temblando, con los ojos cerrados, sintiendo que algo en mí se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.

Hoy, años después, seguimos viéndonos cada semana o dos. Nuestras esposas salen de compras, se van al cine, hacen lo que sea que las ocupa fuera de casa. Nosotros nos encerramos en la misma habitación de siempre, o en la mía, y practicamos. No hablamos mucho; no hace falta. Nos tumbamos, nos tocamos con la misma lentitud de entonces, exploramos los límites que hemos aprendido a respetar. A veces me pregunto si ellas también tienen su versión secreta de esto: dos cuerpos que se entienden sin palabras, que se dan placer sin pedir nada a cambio. Me gustaría creerlo. Pero en el fondo sé que no. Lo nuestro es raro, antiguo, nuestro. Un pacto de piel y memoria que nadie más entendería.

Y sin embargo, cada vez que su mano me rodea o la mía a él, siento que volvemos a ser aquellos chicos de dieciocho años: asustados, excitados, infinitamente curiosos. El tiempo no ha borrado nada. Solo ha hecho que el placer sea más lento, más hondo, más nuestro.

Loading

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí