Estoy exhausta por todo lo acontecido esta noche. De nuevo no quiero moverme, quiero quedarme así. Bajo la vista hacia ella, su cabeza descansa sobre mi pecho. Parece agotada. Vuelve la vista hacia mi y se dibuja una tímida sonrisa en su rostro. Se la devuelvo y, aunque mi boca refleja una cosa, mis ojos no lo reflejan. Ella lo detecta, se le borra la sonrisa, se incorpora, me da un tierno beso, que acojo encantada y susurra:
-Vámonos, tenemos mucho en que pensar las dos. -a la vez que me caricia el cabello.
Suspiro, asiento y ella se viste a la vez que yo recoloco el asiento y arranco en dirección a su casa.
Una vez llegamos, paro el coche frente a su portería, nos quedamos en silencio un rato, ella mira por el cristal. No parece querer irse. Si supiera todo, saldría corriendo.
Gira el rostro hacia mí y traga saliva, como si pidiera ayuda para salir. No voy a besarla aquí, nos podría ver cualquiera, de modo que estiro mi mano hasta su mano, la aprieto y ella me corresponde igual. Sus ojos cristalinos vuelven al reflejo del vidrio, abre la puerta lentamente y se va hacia la portería. Quiero que se gire. Pero si lo hace significará que habremos ido demasiado lejos. Su vida tras esa puerta habrá cambiado por mi culpa.
La llave gira y se vuelve hacia mí, su rostro es melancólico, como el primer día de cole que no quieres dejar a tus padres.
No debería sentirse así, no por mí.
Yo no valgo ni una sola lágrima.
Alzo la mano a modo de despedida, me devuelve el gesto y desaparece en la oscuridad del portal.
Aún me quedo un par de minutos ahí parada, por si volviera, pese a que sé que no lo hará. Finalmente me voy a casa.
Han pasado 2 semanas desde el encuentro con Janet. Trabajar con ella es algo incómodo, pero es fácil dentro de los rangos que tenemos, yo soy una simple cocinera y ella es jefa de sala, así que pocas palabras cruzamos de normal.
Me ha estado mandando mensajes para quedar, no soy capaz de enfrentarme a ello. Ya le hice daño la otra vez, no puedo ponerla más en peligro. Le he estado dando largas y en el último mensaje parece que acepta que no voy a seguir con esto:
“Tranquila, no te molesto más. Cuidate.”
Ese mensaje fue hace de hace dos días. Me rompió, pero a la vez me alivió. Tengo que protegerla de mí. Marchito todo lo que toco. Si la arrastro, no cae sola.
Mi turno se acaba pronto hoy, son las 17 h y me voy a cambiar. En el vestuario oigo unos sollozos, sigo el sonido y ahí está Janet, sentada en una silla con el rostro bajo sus manos.
-Janet…
-Nada. Déjame por favor.
-Janet, puedes…
-¿Qué puedo hacer? ¿Contar contigo? ¿Contarte lo infeliz que soy? ¿No es lo que ya he hecho, acaso?
Se me queda mirando, temblando.
-¿A qué hora sales?
-¿Que te importa? -cada vez chilla más.
-Por favor, contesta. Te llevo a tomar algo y hablamos. -intento mantener la calma, me cuesta, pero ni me puedo ir dejándola así.
-A las 20 h. -me espeta.
-Te esperaré en la esquina de abajo con el coche. -no me mira, asiente a la vez que se suena y se seca las lágrimas. Se levanta y se marcha del vestuario sin mediar palabra. Estiro el brazo para alcanzarla, quiero abrazarla, consolarla. Pero en cuanto siente el roce de mis dedos sobre su antebrazo, lo aparta bruscamente.
Ese gesto me dolió. No insistí.
Me vuelvo para cambiarme, me desabrocho la casaca frente al espejo. Mis dedos se detienen en el sujetador. El mismo de aquella noche.
“Con el dedo recorro el borde del sostén, cierro los ojos. Un leve sonido me hace girarme y allí está ella. Los ojos cristalinos de tanto llorar, la nariz roja de sonarse. Y aun así, está guapísima. Contengo el aire al verla, ella se acerca cautelosa. Como si fuera un imán me aproximo, su mano recorre mi sujetador y dibuja un mapa sobre mi vientre. No me mira, así que alzo su cara. Me inclino y le doy un largo beso. Ella gime y se aprieta contra mi, quiere más, lo sé. Mis manos se despliegan por su cuerpo atentas a cada reacción. Cuelo una mano bajo su pantalón, buscando su humedad. Está lista. Joder… lo está. Su respiración se entrecorta con cada movimiento.
Sus gemidos suben de tono. Intenta acallarlos contra mi cuello. Mi corazón va a mil por hora. Aparto con facilidad sus bragas y al fin entro en ella. Me muerde el cuello, se arquea. Sus movimientos de cadera se acompasan con mi mano. Alza el rostro hacia el mío, me inclino y nuestras frentes se encuentran. Después lo hacen nuestras bocas. Se tensa. Ahí viene…”
La puerta del vestuario se abre.
Abro los ojos.
Me devuelve a la cruda realidad.
Y aun así, a las 20 h estaré en esa esquina.
Aunque esta vez no sé si voy a huir… o a caer.
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Lexa. Lexa. Esto se pone cada vez más delicioso.