La mazmorra es estrecha y el aire no circulaba. Las paredes de chapa tienen un brillo grasiento bajo la luz baja, y las cortinas negras de un lado cuelgan pesadas, absorbiendo cualquier eco. Al fondo, el baúl metálico sostiene un cráneo da un aspecto lúgubre al aposento; unas cadenas cuelgan de un gancho que no se usan, solo tintinean si alguien roza el soporte. El suelo de baldosa está frío como toda la estancia, solo el calor de los cuerpos de sus usuarios y de los trajes lo va templando. Huele a látex nuevo, a abrillantador de silicona y al sudor que ya no puede evaporarse.
Yo llevo puesto el catsuit desde hace rato. Me lo cerraron despacio, cremallera desde el tobillo hasta la garganta, y cada diente que subía me recordaba que después no habría holgura, el material de mi traje es grueso, negro, de un brillo casi líquido, que me ciñe el abdomen y me mete los muslos uno contra el otro y me deja la entrepierna completamente delineada antes incluso de que algo ocurra. Las botas forman parte del mismo traje; no hay costura visible en los tobillos. Me dejaron encadenado de pie en medio de la estancia, con aislamiento total en una espera entre agonizante y gozosa.
Cuando me encadenaron, vi mis captoras me colocaron una capucha, que me calzaron con las dos manos, estirando el látex sobre la frente, metiendo las orejas, sellando la boca. Los agujeros de los ojos son estrechos y la abertura de la boca es apenas una ranura. Al primer aliento ya noté la diferencia, por cuanto el aire entra caliente, sale más caliente, y el sonido de mi propia respiración me llena la cabeza como si estuviera bajo el agua. Ahora, de pie en el centro, el interior de la capucha está húmedo. El sudor nace en el cuero cabelludo y baja por la nuca sin poder escapar. Cada inhalación profunda hace que el látex se pegue un segundo a la piel y vuelva a separarse con un ruido mínimo.
Había dos mujeres en la estancia dispuesta para mi suplicio placentero, a mi izquierda había una hermosa mujer de pelo negro cortado recto a la altura de la mandíbula, flequillo que le roza las cejas, ojos oscuros delineados y labios de un rojo tan cerrado que parece casi negro cuando la luz le da de lado.
Usaba un top blanco de manga larga hasta justo debajo de las costillas; la tela, fina, se le pegaba al estómago por el calor y deja ver el movimiento de la respiración, ajustados con unos largos guantes de látex negro que le llegaban hasta su hombro, usaba unos pantalones del mismo material de talle alto, le marcaban la cadera con una línea dura y le dibujan los muslos hasta la rodilla, donde el brillo se quiebra en pliegues pequeños cada vez que flexiona.
Usaba un cinturón estrecho que le partía la cintura. Usaba unas botas que le llegan a media pantorrilla y crujen cuando apoya el peso en una pierna. Se coloca tan cerca que su cadera roza la mía. Su perfume es dulce, casi empalagoso, y se mezcla con el olor químico de mi traje.
A mi derecha, había otra mujer, una sumisa fetichista la otra está sellada como yo, usaba un catsuit negro le sube en cuello alto, su cabeza totalmente cubierta por una capucha del mismo material de su traje, con espacio para sus ojos y boca, una cremallera desaparecía entre los pechos, y guantes largos le cubren los brazos hasta perderse bajo la manga. El látex le ciñe los pechos, le marca la cintura y le redondea las caderas con un brillo continuo. Cuando respira, el cuello del traje se tensa. Su mano enguantada descansa primero en mi hombro, comprueba la tensión del material, y luego baja por el brazo hasta el codo, lenta, sin apretar todavía.
La de la cara descubierta me toca, empieza por el pecho. Posa la palma enguantada abierta sobre la cremallera de mi traje, justo donde el metal hace relieve bajo el látex. No hablaba. Solo deja los dedos quietos un momento para que yo sienta el calor, y después los mueve. Sigue la costura hacia abajo, centímetro a centímetro. Pasa por el esternón, donde mi respiración levanta el traje, y llega al abdomen.
Allí el látex ya está tirante. Sus yemas presionan lo justo para que la presión se transmita a la piel de debajo. Yo inhalo más hondo. La capucha se llena de vaho, los agujeros de los ojos se empañan un segundo, y el sonido de mi aliento me retumba en los oídos. Ella lo nota y repite el recorrido, más lento, deteniéndose donde el vientre empieza a marcarse.
La erección no pidió permiso. Primero es un calor bajo, después un engrosamiento que el catsuit registra al instante. El pene se endurece contra la entrepierna sellada, empuja el látex hacia fuera y queda atrapado en una vaina que no cede. La costura central me roza el glande con cada mínimo movimiento. El pulso se siente amplificado porque no hay espacio y cada latido separa un poco el material y vuelve a pegarlo. Trago saliva. El gesto mueve la capucha contra la garganta y me recuerda lo cerrada que está.
Ella baja la mano sin apartar la mirada de los agujeros de mis ojos. Apoya los dedos sobre el bulto y lo recorre de la base hacia la punta con la yema del índice, muy despacio, siguiendo la forma que el látex dibuja. No hay piel contra piel. Solo goma contra goma, y aun así la sensación es precisa. La de negro se pega más a mi costado. Su pecho de látex roza mi brazo, su muslo se apoya contra el mío, y su mano enguantada me rodea la cintura para mantenerme quieto, por cuanto me movía pese a las cadenas me contenían. El chirrido de los dos trajes negros es constante, bajo, casi íntimo. Huelen igual, a calor y a abrillantador.
La mano descubierta abre un poco los dedos y envuelve el contorno. Aprieta justo lo bastante para que yo sienta mi propio pulso contra su palma. Sube, baja, hace un círculo pequeño sobre el glande atrapado. Cada pasada hace que el látex interior, ya húmedo de sudor, se deslice un milímetro y vuelva a adherirse. Yo intento no mover las caderas y no lo consigo del todo. Un avance mínimo. Ella lo contiene con la otra mano en mi cadera y sigue el ritmo, paciente. La de negro inclina la cabeza; su aliento cae sobre el hombro cubierto y su guante sube otra vez hasta el pecho, acompañando la respiración que ya no controlo.
El sudor me corre por las sienes bajo la capucha, está pegada a las mejillas. La visión por los agujeros es estrecha y borrosa. Todo el cuerpo se reduce a la presión entre las piernas, al calor que no sale, al sonido de mi propia respiración rasposa. Ella aumenta apenas la presión, circular, constante, sin prisa. El glande late contra la goma caliente. Las rodillas quieren ceder. Un gemido se me escapa dentro de la capucha y me rebota en los oídos, húmedo, ahogado.
El orgasmo llega sin aviso claro, solo como una tensión que ya no admite más. El primer pulso me recorre desde la base hasta el vientre y el semen empapa el interior del catsuit en oleadas largas, espesas. Siento cada contracción contra el látex que no perdona, el calor se queda atrapado, la humedad se extiende por la entrepierna y sube un poco por el abdomen, y el material se pega todavía más, frío un segundo y después otra vez caliente.
Sigo eyaculando en espasmos que no tienen salida. Gimo otra vez, más largo, y la capucha se llena de vaho hasta que casi no veo. Las piernas flaquean de verdad. Ellas me sostienen, una por la cintura y la cadera, la otra por el brazo y el hombro, firmes, sin soltar, hasta que los pulsos bajan y solo queda el temblor y la respiración entrecortada.
Me quedo de pie, pesado, con el látex interior encharcado y adherido a la piel, la capucha empañada y pegada a la boca, el corazón golpeando contra el traje. Sus manos no se apartan del todo. Una sigue apoyada sobre el bulto húmedo, sin moverse ya, solo registrando el calor que queda. La otra me mantiene erguido.
El cuarto sigue en silencio salvo por el roce mínimo del material y mi aliento rasposo dentro del rojo.
Entonces la mujer de pelo negro ordena a la mujer enfundada en látex, que abra la cremallera de mi traje y le ordena que con su lengua me limpie la suciedad, la mujer en forma solicita me limpia con su lengua y quita todo material, mientras lo hace se me produce una nueva erección entonces la mujer enmascarada me hace una felación, por un momento que se me hizo eterno hasta que me corrí en la boca de la mujer, la mujer me limpia y me pone el cierre y me enfunda totalmente en mi segunda piel.
Entonces la mujer de pelo negro me obliga a tomar agua, mucha agua, me dijo en forma irónicamente para hidratarme, y me dejaron solo, al cabo de un tiempo, me dieron unas ganas locas de orinar, me movía dentro de mi encierro, por cuanto no deseaba orinar dentro de mi traje, debo haberme movido mucho por cuanto el ruido de la cadena hizo llegaran mis dulces captoras, entonces se me ordeno mirar de frente y sentí me abrieron el cierre de la entrepierna, entonces sentí una succión en mi entrepierna, mi captora me indico- me diste pena, orina, antes que me arrepienta.
Entonces orine en forma profusa y evacue mi vejiga, cuando termine, la mujer río estruendosamente, y me hizo mirar hacia abajo y vie el embudo llegaba directamente a un mecanismo que legaba a la boca de la mujer enmascarada, quien aún se encontraba bebiendo de mis orines , la vista me sorprendió, entonces la mujer de improvisto soltó mis cadenas y me dejo tirado en el suelo y me dijo, ahora descansa que mañana tendremos una nueva jornada de placer enfundado, y me dio de comer, me observo sonriendo y antes de salir me dijo – te dejare con la enmascarada para que se haga cargo de tus deposiciones, ya que en tu comida coloque un laxante, – entonces riéndose cerro estruendosamente la puerta de la mazmorra.
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