Sesión fotográfica (1)

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T. Lectura: 12 min.

La cena del otro día con un grupo de amigos de la secundaria en un bar de una ciudad vecina había entrado en esa fase de risas y anécdotas donde las botellas de vino se vaciaban cada vez más rápidas y las conversaciones se volvían más íntimas, sin embargo, todas relajeábamos al hombre sentado al otro extremo de la mesa.

Nacho era amigo de uno de nuestros amigos de la secundaria, que vino a nuestra cena no sé porque motivo, pero bueno estaba ahí. Prácticamente no emitía palabra, hablaba lo justo, pero tenía una presencia magnética. Vestía muy bien, su mirada era penetrante y analítica. Todas nos habíamos dado cuenta de que, cuando Nacho miraba a alguien, no parecía estar escuchando sus palabras, sino estudiando nuestros movimientos.

Al preguntar por él, Arturo cuenta que Nacho acaba de llegar de Barcelona, que es fotógrafo artístico y que pensaba instalar su estudio en la ciudad. E insta que nos muestre algunos de sus trabajos, al que accedió con una sonrisa leve y educada, sacando su notebook del maletín de cuero que descansaba junto a su silla.

Así con voz tranquila, deslizando la pantalla hacia el centro de la mesa. Nos decía que sus trabajos son pura anatomía. Lo primero que apareció en la pantalla nos dejó a todos en un silencio reverencial. No eran simples fotografías; eran esculturas de carne y luz. Cuerpos entrelazados en blanco y negro, músculos en tensión, curvas femeninas y ángulos masculinos capturados con una crudeza elegante. Había desnudez total, explícita y rotunda, pero estaba desprovista de cualquier vulgaridad.

Todos murmurábamos en cada foto que pasaba y en cada explicación que daba sobre ella. -El truco está en despojar al sujeto de su pudor social. Cuando entiendes que la piel es solo un lienzo que reacciona a la luz, el cuerpo deja de ser un tabú y se convierte en arte. Miren los labios y techos de esta chica. Eso es lo que busco. La verdad física. Decía.

Una de las chicas comentó: -Debe ser difícil conseguir que la gente se relaje así frente a una cámara. Yo soy un tronco para esas cosas, me sentiría ridícula.

—No te creas, todo el mundo tiene luz propia —dijo Nacho, de hecho, tú tienes una luz fantástica y serías una modelo perfecta para mi cámara.

—¿Yo? nooo, y un color repentino broto en sus mejillas. Al que todos a esa altura empezamos a reírnos y cargar para que se anime a ser la modelo de Nacho.

-Nadie se anima a ser mi modelo, preguntó Nacho. Nos sorprendió por el atrevimiento, pero no había ni un ápice de malicia o doble intención en su rostro. Su propuesta sonaba tan profesional, que ofenderse habría parecido una muestra de complejo de inferioridad.

—Nosotros no somos modelos, bromeábamos, aunque mi postura se había enderezado, junto a mis pensamientos, al tiempo que recordaba que siempre con José fantaseamos con alguien que nos fotografía cuando hacemos el amor.

Nacho sacó varias tarjetas negras y sobria del bolsillo de su chaqueta y la deslizó por la mesa para que la tomáramos. -Podría llevar mi equipo a su casa. Montamos un lindo estudio, abrimos una botella de vino y vemos qué sale. Sin presiones. Pura estética.

Al tomar la tarjeta levanto la vista y me encuentro con los ojos de Nacho. Había un desafío silencioso en el aire, disfrazado de arte.

—Cuando quieras me llamas, entonces —sentenció él, sin sacarme los ojos de encima, cuando yo recogía la tarjeta guardándola en mi bolso, sin saber que acababa de abrirle la puerta a un huracán.

Al llegar a casa, lo primero que hago es contarle a José todo lo ocurrido en la cena. Pasaron unos días y la idea de que nos fotografiaran no salía de mi cabeza. Hasta que lo encaré a José proponiéndole seriamente que Nacho nos haga fotos sensuales, que todavía a nuestra edad podemos quedar muy bien. Si bien no tenemos el cuerpo de nuestra juventud, todavía nos mantenemos bien para hacerlo, al que de inmediato respondió con una afirmación. Rápidamente me pongo en contacto para poner fecha a la sección fotográfica.

Era sábado y cerca el mediodía, el timbre sonó. Yo había elegido un vestido ajustado, bordo, de tirantes finos, que caía por debajo de la rodilla; elegante pero sugerente. José llevaba un pantalón oscuro y una camisa blanco con rayas muy finitas, desabrochada en el cuello, intentando transmitir una tranquilidad que sus manos, inquietas en los bolsillos, desmentían.

Nacho entró cargado con dos pesados maletines y unos trípodes colgados a la espalda. Vestía de negro de pies a cabeza, con una remera que se ajustaba a su cuerpo. Sin perder tiempo después de un saludo y presentación profesional con José, de inmediato desparramo sus objetos en el suelo.

—Buenas noches. Tienen un espacio excelente —dijo, evaluando el living comedor de casa. Vamos a apartar la mesa de centro, quiero usar la textura de la pared y el sofá de cuero.

En un rato, nuestro living comedor se transformó en un estudio fotográfico profesional. Apagó las lámparas de techo y encendió potentes focos con paraguas difusores. Una luz dura, teatral y muy focalizada cruzó la habitación, creando sombras profundas y dramáticas. El ambiente cambió al instante; de repente, ya no estábamos en casa. Estábamos en su terreno.

Encendiendo su cámara, nos dice: – Ignorad los focos. Ignoradme a mí.

Era fácil decirlo, pero difícil hacerlo. Nos situó juntos frente a su cámara, ambos rígidos como estatuas de bronce.

Sus cuerpos no están naturales, están posando. Yo no quiero esa foto, con voz de tranquilidad, desprovista de burla, puramente técnica. No son maniquíes. Tienen que tocarse de verdad, no para que la abraces como a un perchero le dijo a José.

Caminó hacia nosotros. Extendió ambas manos. Con la izquierda, tomó la mano derecha de José, y la poso en mi cintura. -Baja la mano, José. Ponla aquí, en la curva de su cadera. Agárrala con fuerza. Quiero que la tela se tense. Que se marque el pliegue. Si no hay tensión física, la foto muere.

Luego, levantó una mano y, con la yema del dedo índice, me apartó con infinita delicadeza un mechón de pelo que le caía sobre mi hombro, dejándolo detrás de mi oreja. El roce duró apenas un segundo, pero fue una cosquilla que recorrió mi cuerpo.

—Sube el mentón, ordenó, y no mires a la cámara. Míralo a él. Para retroceder rápidamente, se parapetó tras el visor y empezó a disparar. Clic, clic, clic, clic. El sonido del obturador era rítmico, rápido, exigente.

Bajo la presión de la mano de mi marido, que ahora me agarraba con una firmeza, sentí que el pulso se me aceleraba. José, seguia las instrucciones de apretar y sostener a su mujer bajo la atenta mirada de un profesional. La indicación técnica se estaba convirtiendo en una excusa perfecta para tocarme con hambre.

Nacho nos hace un gesto para que nos acercáramos a ver la pequeña pantalla de la cámara. Lo que vimos nos dejó sin aliento. En el monitor, en un blanco y negro de contrastes brutales, aparecimos como dos amantes sacados de una película. La mano de José sobre mi cadera se veía dominante, posesiva. La tensión que Nacho nos había exigido se traducía en una imagen que destilaba un erotismo feroz y elegante, al ver lo increíblemente deseable que aparecía bajo el agarre de mi marido, sentí un calor húmedo naciendo en mi bajo vientre.

Nacho apagó la pantalla, rompiendo el hechizo, y nos miró con su habitual calma. Tienen mucha fuerza juntos, es hora de subir la apuesta e irnos poniendo más sensuales tal cual lo que me pediste Lau. Si de verdad quieren ver lo que la luz puede hacer con Ustedes, vamos a tener que empezar a quitar capas.

Sin dudar, ni esperar, llevo mis manos hasta la espalda y tiró de la cremallera. Mi vestido resbaló por mis hombros, cayendo al suelo y dejándome en un exquisito conjunto de lencería negra. José, contagiado por mi valentía y la frialdad de la situación, se desabrochó la camisa y la tiró sobre una silla. Luego se desabrochó el cinturón, Nacho nos frenó ahí.

José pidió un minuto para ir al baño, y desapareció por el pasillo hacia el dormitorio.

De repente, un silencio sepulcral, que solo fue interrumpido por el zumbido de los focos que apuntaban a mi ropa interior.

Ven aquí, me dice Nacho, vamos a aprovechar mientras José no está, siéntate de lado en el reposabrazos del sillón. Las piernas cruzadas hacia dentro y sin pedir permiso, puso su mano grande y cálida sobre mi muslo desnudo, y tiró de mi pierna hacia él, abriendo ligeramente mi postura. Relaja el músculo. Deja caer el peso.

La cercanía era embriagadora. Yo estaba sentada en el reposabrazos, lo que dejaba mi rostro casi a la altura de la cadera de Nacho, que seguía de pie frente a mí. Su mano seguía apoyada en mi muslo, ajustando la piel con pequeños movimientos firmes para ver cómo reaccionaba a la luz.

—Inclínate hacia atrás, apoya el peso en la mano izquierda, murmuró en voz baja. Y respira con naturalidad. En el momento, se escucharon los pasos de José volviendo por el pasillo. Nacho retiró la mano del muslo con total indiferencia y se giró para recoger su cámara.

José al entrar. Se detuvo en seco al ver la estampa de su mujer sentada en el reposabrazos del sillón, arqueada hacia atrás, con la piel brillante por el incipiente sudor, iluminada como una diosa, y Nacho frente a mí, encuadrándome con frialdad. -Siéntate en el sillón. Húndete en el respaldo, le dijo a José. Y tú Lau, deja caer tu pierna derecha sobre él, ordenó el fotógrafo, moviéndose en semicírculo para buscar el ángulo. Agarra su tobillo con la mano izquierda, y con la derecha, acaricia la parte interna de sus muslos. Mira al foco.

No parezcas asustado de tocar a tu propia mujer, la voz de Nacho era un látigo suave pero exigente. Sube esa mano. Húndela en su piel. Quiero ver pasión.

José deslizó su mano muslo arriba, rozando el borde de la lencería, apretando la carne con fuerza. Lo que hizo que soltara un jadeo sorpresivo. Clic. Clic. Clic. El flash rebotó en la habitación, inmortalizando el momento exacto en el que el juego dejó de ser solo unas fotos.

A la alfombra, ordenó Nacho apenas terminó. Nos sentamos en el centro. La habitación estaba ahora mucho más caliente, cargado con el olor del equipo eléctrico y el aroma de la piel de ambos, que empezaba a brillar por una fina capa de sudor bajo el calor de los proyectores.

Nacho se acercó, evaluando la escena desde arriba. José aún llevaba los pantalones negros desabrochados sobre el slip. -José, quítate los pantalones del todo.

Nacho se arrodilló frente a nosotros, apenas a medio metro de distancia. -Tumbaos. José, boca arriba. Lau, tú encima de él, pero no de frente. Cruza tu cuerpo sobre el suyo en diagonal. Quiero una composición en “X”, explicó, moviendo las manos en el aire para trazar la estructura.

El contacto total de nuestros cuerpos sobre la alfombra fue un latigazo de adrenalina. Yo sentía la respiración de José contra mi cuello, Nacho dejó la cámara a un lado y se acercó para “esculpir” la pose. Se metió literalmente entre nosotros, apoyando una rodilla en la alfombra para ganar estabilidad.

-José, abre más las piernas. Lau, deja que tu muslo derecho caiga entre los suyos, agarrando mi pierna moviéndola con firmeza, encajándola entre los muslos de José. Ahí. José, pon tus manos en su espalda, debajo de la tira del corpiño y tira de ella hacia ti.

Nacho se inclinó sobre ellos para comprobar el ángulo. Su rostro estaba tan cerca mío que podía ver las motas de luz en sus iris. -Lau, arquea la espalda. No te hundas en él, quiero ver el aire pasando entre Ustedes. José, no la mires a ella. Mira hacia arriba, hacia la luz. Deja que tu cuello se estire.

Nacho volvió a coger la cámara, pero esta vez no retrocedió. Se quedó a ras de suelo, disparando casi pegado a nosotros desde todos los ángulos. El sonido del flash era como un latido constante que marcaba el ritmo de nuestras respiraciones.

La proximidad física de Nacho era tan intensa que su presencia se sentía como un tercer cuerpo en la alfombra.

-José, estás volviendo a ponerte rígido, dijo Nacho. Estás encogiendo las rodillas hacia dentro por pudor. Tienes que abrir la cadera desde la base. Sin pedir permiso, extendió el brazo derecho y deslizó su mano grande y firme por la cara interna del muslo de José, buscando el hueso de la cadera para forzarlo a abrir la pierna.

Pero para llegar a la ingle de José, el antebrazo de Nacho tuvo que deslizarse apretado contra el muslo desnudo mío. La fricción fue directa, uniendo a los tres en un solo punto de presión. José contuvo el aliento al sentir la mano del fotógrafo tan cerca de su sexo.

-Tienen que entender que no son marido y mujer, susurró Nacho, sin retirar el brazo, manteniendo esa llave física sobre ambos mientras nos miraba a los ojos. Aquí son formas, luz y deseo. Si no aceptan ceder el control, nunca tendremos la foto que este momento merece. Esas palabras flotaron en el aire, densas y pesadas. Formas, luz y deseo.

-Bien, dijo Nacho, volviendo a coger la cámara. Quiero que te posiciones sobre ella, sosteniendo tu peso, pero transmitiendo poder, no pesadez.

José lo intentó torpemente, al intentar no aplastarme, encogió los hombros y dejó caer la cadera hacia un lado, perdiendo por completo el equilibrio y la estética de la postura.

-Para, para, ordenó Nacho, bajando la cámara. El problema es que estás intentando imitar una pose desde tu inseguridad, no desde la anatomía, explicó el fotógrafo, con un tono clínico, casi profesoral. Te estoy pidiendo una postura de poder y vulnerabilidad al mismo tiempo. Necesitas ver cómo se conectan los músculos del abdomen con la tensión de las piernas para sostenerla.

-Levántate. Te voy a enseñar exactamente cómo tiene que verse, ordenó Nacho, agarrando su remera negra y se la sacó por la cabeza, lanzándola a un lado. Seguidamente, se desabrochó los vaqueros y se los bajó, pateándolos fuera del encuadre.

Se quedó únicamente en unos bóxer oscuros y ajustados.

Nos sorprendió su actitud. Yo, desde el suelo, largue una exclamación sorda. El físico de Nacho no era imponente, aunque cada músculo estaba definido bajo la luz, pero lo más atrapante era su absoluta falta de pudor.

-No puedo enseñarte si estoy escondido bajo el algodón y el jeen, dijo Nacho, justificando su desnudez con una naturalidad aplastante. Si tú estás expuesto, yo también. Mírame.

Adoptando la postura exacta que le había pedido a José, ignorando por completo la mirada fascinada de mi cara. -El poder no está en esconderse, está en ocupar el espacio. Esta es la tensión que quiero en la foto. Ahora, cópiala, le dijo a José. Y una vez que estábamos como él quería con su cámara nos dio unos cuantos disparos.

-Suficiente de suelo, sentenció Nacho, dejando la cámara. Tomó una silla de madera tallada y respaldo alto que estaba en un rincón, arrandola hasta el centro del set, bajo la luz del foco principal. José, se levantó de la alfombra y se sentó en ella, sintiendo el aire frío en su piel desnuda.

-Lau, siéntate encima, de frete a él, dijo, moviéndose con esa libertad absoluta que su desnudez le otorgaba.

Obedecí. El contacto directo con José, protegidas solo por el fino encaje de mi tanga y el slip, hizo que ambos nos besáramos. Nacho levantó la cámara, encuadró y disparó un par de veces.

Luego se acercó a la silla. Al estar nosotros sentados y Nacho de pie, la anatomía desnuda del fotógrafo quedó justo a la altura de nuestra mirada. Nacho se metió en el espacio mínimo que quedaba entre nosotros con su mano para poder corregir nuestras posturas.

-Agárrala por los glúteos y tira de ella hacia ti, obligándola a arquear la lumbar, dijo Nacho y puso sus manos sobre las de José, guiándolas con firmeza. Mientras lo hacía, se pegó aún más a mi espalda para poder ver el encuadre por encima de mi hombro. En ese movimiento, hizo sienta la dureza cálida y palpitante de la erección presionando directamente contra mi espalda baja y nalgas.

Me ordena a echar la cabeza hacia atrás, mi nuca quedó apoyada en el hombro desnudo de Nacho, mientras sentía el aliento del fotógrafo en mi oreja. Las manos de Nacho que seguían guiando las de José en mis glúteos, hizo endurecer al máximo a mi marido bajo su slip.

-Perfecto, susurró Nacho. Se separó de nosotros con la misma rapidez con la que se había acercado. Caminó hacia su cámara, sin mostrar la más mínima turbación por el roce o por su erección notoria. Nos dijo: -No se muevan. Esa es la foto y con el dedo ya en el disparador, nos retrató con incontables disparos.

Descansamos un minuto y seguimos, dijo Nacho, mientras se acercó a la silla, sin una pizca de duda o pudor, se sentó en el borde, ocupando el lugar que José acababa de dejar con una erección pesada y evidente.

-Siéntate, me dice, con esa voz que no admitía réplica. Baje lentamente, hasta que mis nalgas se asentaron sobre los muslos de Nacho, un latigazo de calor me recorrió la espina dorsal. La tela diminuta y transparente de mi tanga, apenas servía de barrera entre mí ya húmeda vagina y ese trozo de carne palpitante de Nacho, que parecía desesperada por perforar los confines de sus boxers.

-Fíjate bien, José, empezó a explicar, mirando directamente a mi marido, que estaba a dos pasos. Tienes que ir a la base y deslizó sus manos por mis muslos hasta llegar a mis glúteos. Sus dedos largos y expertos se hundieron en mi piel con firmeza. Hizo que soltara un gemido sorpresivo que rebotó en el silencio del salón.

Continuó, tirándome hacia él para que su pelvis chocara por completo con la mía, a la vez que me dejaba caer hacia atrás, arqueando la espalda, dejando que mis brazos cayeran y mi pecho se proyectara hacia la luz. Al hacer esto, mi peso se hundió sobre esa erección palpitante de Nacho, la pija parecía estar buscando un hueco en mi tanga, presionando contra la tela. La presión no era solo física; su respiración se cortaba en un jadeo superficial, y por dentro, yo pensaba, quiero que me atraviese ahora mismo.

José observaba la escena, hipnotizado con una erección que desbordaba el slip. Ahí aprovecho con la excusa de encontrar un mejor equilibrio, ajustar el peso de mis caderas en un movimiento minúsculo, casi imperceptible, apenas unos milímetros hacia delante y luego regresando con lentitud calculada. Pero esa fricción no fue accidental; fue pura, cruda deliberación. Cada milímetro era una promesa, cada roce contra la dureza caliente de Nacho era una súplica silenciosa. Me estaba frotando contra él, marcándolo, reclamándolo en medio del set.

La voz de Nacho se cortó durante una fracción de segundo, sus dedos firmes se hundieron con más fuerza en mi carne, delatando que ese roce no había pasado desapercibido. Sin embargo, por fuera, el profesionalismo era un muro monolítico; su rostro se mantuvo de granito, impasible ante la oleada interna de deseo que le acababa de golpear en pleno trabajo.

-¿Lo ves, José?, logró decir, con la voz un tono más grave y rasgada.

-Lo veo, murmuró José, con una cara picara mientras me miraba con una leve sonrisa. Su bulto bajo el slip negro no dejaba lugar a dudas sobre el efecto que la demostración estaba teniendo en él.

Nacho apartó las manos de mi cola. Se levantó de la silla con un movimiento fluido, obligándome a ponerse de pie.

-Tu turno, ordenó el fotógrafo, caminando hacia su cámara.

José ocupó la silla sin dudarlo un solo instante; me siento sobre él, abriendo las piernas encajándolas sobre su cadera. Sus manos fueron directamente a mis glúteos, agarrándome con fuerza. Arqueo mi cabeza hacia atrás, aplastando mi entre piernas contra el núcleo duro de la suya, liberando un gemido real, profundo. Estaba ardiendo, no solo caliente, sino en llamas incandescentes. La sensación residual del roce voraz con Nacho seguía latiendo como una descarga eléctrica en mi piel, y el agarre posesivo de José actuó como la gasolina esa hoguera ya encendida. Nacho se llevó la cámara al rostro, ajustando el visor, y desde ese punto privilegiado capturó a dos personas completamente devoradas por la lujuria.

El flash estalló repetidamente, congelando a José con los músculos del cuello tensos, hundiendo sus dedos en mis nalgas, y yo brillante de sudor, rota de placer bajo la mirada del hombre que nos estaba orquestando.

La ráfaga del obturador era el único sonido en el salón, marcando los latidos de una escena que había dejado de ser inocente hacía mucho tiempo.

Sentada sobre José que se aferraba a mis glúteos, provocaban casi un dolor dulce y exigente. Su erección, dura como un monolito de granito bajo el delgado slip negro, no solo presionaba; estaba exigiendo entrar, estaba pidiendo permiso para perforar la barrera entre nosotros.

Yo, flotaba en un limbo de pura adrenalina. Sentía la humedad entre mis piernas. Mi mente era un torbellino, el calor de mi marido latiendo contra mis pechos, y el recuerdo fantasma de la erección del fotógrafo, contra la que me había frotado deliberadamente minutos antes, hacía que ardiera. Me sentía el centro del universo de ambos hombres.

Detrás del visor de la cámara, Nacho respiraba de forma pausada, su mente analítica empezaba a resquebrajarse. Observar a través de la lente seguramente era un espectáculo hipnótico. Una y otra vez repetía que solo estaba capturando la luz sobre la humedad de la piel, pero la realidad era que el olor a sexo inminente inundaba la habitación.

-Suficiente, anunció Nacho, bajando la cámara. Lau, quédate en la silla. Siéntate normal, con la espalda apoyada. José, levántate.

José, aflojó sus manos lentamente, separando su cadera de la mía. Se puso de pie. Su respiración era pesada, y su excitación, sin el escudo de mi cuerpo, quedó expuesta bajo la implacable luz blanca.

-José, quédate de pie entre sus piernas, ordenó el fotógrafo, moviendo el trípode del foco principal para que la luz cayera en picado. Al estar yo sentada y él de pie, su bulto desbordante quedó exactamente a la altura de mi rostro. Mientras Nacho evaluaba nuestras posturas. -Lau, inclínate hacia delante. Quiero que uses su centro como apoyo. Apoya la mejilla contra él.

Me inclinó, permitiendo que el lateral perfecto de mi rostro se hundiera directamente contra la dureza palpitante de la erección de José. La tela negra del slip estaba caliente, casi febril. Era como apoyar la cabeza sobre una piedra viva que palpitaba.

José soltó un gruñido ahogado, cerrando los puños. Sentir mi suave mejilla, mis pestañas rozando la tela, y mi aliento caliente acariciándolo, supongo que una tortura exquisita para él que ya me murmuraba su deseo de cogerme.

-Quietos, advirtió Nacho, Lau, pasa tus brazos por detrás de sus muslos. Atráelo hacia ti. Acato la orden, pegando aún más el rostro a su masculinidad. Con solo girar un poco mis labios, podría devorarlo. Seguro José en su mente rogaba que abriera la boca.

Clic. Clic.

Continuará.

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