Sesión fotográfica: Final

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T. Lectura: 3 min.

A los que han llegado hasta acá, nos queda solamente agradecerles y esperar sus comentarios. No solo en este relato sino en todos los anteriores. Esos comentarios son los que me hacen seguir escribiendo. Ahora los dejo con el desenlace de esta historia.

José clavó los ojos en la entrepierna del fotógrafo. Viendo que seguía dura como una roca, pero ahora estaba brillante, empapada en un líquido espeso y transparente que claramente no era sudor. Pero solo atino a mirarme a los ojos con una hermosa sonrisa.

-Bien. El aislamiento sensorial ha funcionado, acotó el fotógrafo, con una calma espeluznante. Como si nada hubiese pasado.

Nacho dio un paso adelante, situándose bien cerca mío, intentando encuadrar desde arriba. -No funciona, dijo. El ángulo requiere que me pegue a Lau, pero mi pija se me cruza en la línea del objetivo y le hace sombra en el rostro.

-Sujétala, me ordenó, con una naturalidad devastadora, señalando su propia erección con un ligero gesto de la barbilla. Apártala a un lado para despejar el encuadre. Solo será un segundo.

Lentamente, casi con reverencia, extiendo mi mano derecha. Mis dedos no dudaron; se abrieron y buscaron el volumen firme y empapado todavía por mis jugos del pene de Nacho y ciñó los dedos alrededor de la carne erecta. Estaba peligrosamente resbaladiza, empapada en una capa densa de lubricación.

En lugar de obedecer la orden simple de desplazarlo a un lado, mi mano no solo sujetó; comenzó a trabajar sobre él. Con una lentitud deliberada y casi ceremonial, mis dedos empezaron a masajear la longitud del miembro de Nacho.

La carne latía bajo mi palma, palpitando en respuesta directa a mi mano que la dominaba.

Mi mirada, difusa por el agotamiento orgásmico, se fijó con una intensidad desesperada en la escena: José, envolvió mi mano como símbolo de su aprobación para que la tomáramos como si fuera un trofeo ganado, frotándolo lentamente y extendiendo esa capa brillante de mi propia humedad.

Mi interior se tensó de nuevo, secretando una cascada lenta pero constante de lubricación fresca, mientras esperaba, la próxima orden.

El movimiento del masaje lo intensifiqué, lo hice más profundo, hasta que José retiro su mano hacia mi rostro. Sus ojos febriles se clavaron en los míos. En esa mirada había una furia silenciosa, un desafío implícito.

Con decisión feroz, ese masaje lo fui guiando hacia mi rostro, contra mis labios. Abro la boca y dejó que la carne se hundiera sin resistencia hasta tocarme el fondo de la garganta, donde la saliva se mezcló violentamente con los restos de mi propio lubricante, mientras Nacho, levantaba la cámara para capturar la escena en pleno clímax.

José me tomo y me indicó -Túmbate boca arriba, acostándose él mismo encima de mí. Al revés.

Nos posicionamos en un sesenta y nueve perfecto. Mi intimidad empapada quedó suspendida justo sobre el rostro de José, mientras yo subía la cabeza para tomar la pija de mi marido con la boca.

José no esperó. Hundió su lengua en el centro de mi vagina. Para luego presionar su erección contra mi paladar húmedo. Nacho, que observaba la escena a través del visor de su cámara, no desaprovechó el encuadre. Flexionó ligeramente las rodillas, inclinando su propia erección brillante y dura hacia mi cara. Al hacerlo, su pija caliente rozó la de José para encontrarse en mi boca. Ahí José levanta su cuerpo que se encontraba sobre el mío. Con sus manos firmes me levanta de las caderas, guiando mi chorreante argolla al miembro de Nacho.

Para que me penetrara lentamente, deliberada, como si José estuviera supervisando una instalación artística. La carne se hundió todo lo que pudo en mi interior. Al sentir esa invasión, reaccioné como un animal acorralado, mis manos se aferraron a los muslos de José y comencé a succionarlo con voracidad, desesperada.

Entonces comenzó el golpeteo. Con cada embestida de Nacho, sus pesados testículos chocaban con mis labios vaginales que deglutían esa pija que parecía un cristal de dura. José ya no era un espectador; era parte del engranaje. Su lengua salió disparada, comiéndome la boca, saboreando el gusto que me habían dejado las dos pijas que estuvieron hacía segundos.

El ritmo implacable de Nacho, las embestidas se hicieron más rápidas, pura violencia mecánica. lo que le indicaba que el fotógrafo estaba al borde.

La combinación de estímulos fue insoportable. La fricción constante de boca, convergieron en un punto de quiebre. Un gruñido ronco escapó de la garganta de José. Su cuerpo se tensó como una cuerda y, con un empujón violento, se liberó. Su clímax inundó mi cara, mientras mis manos masajeaban la base palpitante para sacar hasta la última gota.

El éxtasis de José fue el detonante. Mi cuerpo, saturado por el orgasmo de mi marido, comenzó a convulsionar. Mi canal se apretó alrededor de Nacho con la ferocidad de un torno, expulsando ráfagas de lubricación. Nacho perdió toda compostura. Soltó un rugido primario, sus músculos se tensaron al máximo y, sintiendo mis contracciones, retiró su miembro en el último segundo.

El desborde fue violento. Una cascada espesa y caliente brotó con una presión inusitada, cayendo mi intimidad, abdomen y llego a mis pezones.

En ese instante preciso, Nacho levantó la cámara. El clic del obturador fue seco y triunfal, capturando las imágenes finales.

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3 COMENTARIOS

  1. Excelente Laura, muero por una de esas fotos. Falto la parabólica humana ! . Estupendo relato lo leí varias veces y hasta hice dibujitos!

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