Sol, río y octubre

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El sol de octubre caía sobre el Delta del Paraná como una manta pesada, húmeda, envolviendo todo en esa luz dorada característica de la primavera argentina. Yo —Viviana, treinta y nueve años, escorpiana hasta la médula— sentía cómo la humedad se adhería a mi piel morena mientras Jorge, mi pareja desde hacía seis años, cargaba las mochilas desde la lancha colectivo hasta el deck de madera de nuestra cabaña.

—¿Trajiste el vino? —preguntó Jorge, cuarenta y uno, taurino obstinado, con esos hombros de músico sesionista que habían cargado tantos teclados y amplificadores a lo largo de los años.

—En la bolsa negra —respondí, secándome el sudor de la frente.

La puerta de la cabaña contigua se abrió con un chirrido seco, y emergió una mujer que parecía irradiar luz propia. Alta, pelo castaño lacio que le llegaba hasta la cintura, pecas dispersas sobre pómulos altos y unos ojos verdes que me atravesaron desde veinte metros de distancia. Estaba en bata, claramente recién salida de la ducha, y besaba a una rubia joven que llevaba una mochila colgada.

Los besos no eran de despedida amistosa. Eran besos de lengua, de manos que se aferran a cinturas, de cuerpos que se reconocen. La rubia —una chica de ojos claros, veintitantos, vestida con ropa deportiva— se separó finalmente, sonrió con complicidad, y caminó hacia el muelle donde esperaba la lancha colectivo que nosotros acabábamos de abandonar.

Nuestras miradas se cruzaron —las de la mujer alta y las mías— y algo eléctrico, inmediato, pasó entre nosotras. Un reconocimiento. Una pregunta. Una promesa. Se acomodó sus anteojos de carey y levanto su mano elegantemente

—Viviana —llamó Jorge, ajeno al intercambio—. ¿Trajiste los fósforos?

—Sí —murmuré, sin apartar los ojos de ella.

Ella se quedó en el umbral de su puerta, la bata apenas cerrada, y me sonrió. Una sonrisa lenta, escorpio contra escorpio, aunque todavía no supiéramos eso.

Dos horas después, ya instalados, con la ropa guardada y el mate circulando, salimos al espacio común que compartían las cabañas.

El río murmuraba detrás de los sauces, y el aire comenzaba a oler a humo de parrilla y a flores silvestres. Caminamos por la orilla del rio mientras mirábamos el transito fluvial, un gran buque tanque con bandera de Paraguay, barcazas de dragado, lanchas y si prestabas atención veías como bajaban los aviones rumbo al aeropuerto internacional de Ezeiza. Una tarde deseada, en cámara lenta con sonido ambiente.

Tras el recorrido vimos a nuestros vecinos.

La mujer —Marcela, supimos después— vestía ahora un pantalón de lino blanco y una camiseta negra que dejaba ver la piel bronceada de su espalda. Junto a ella, un hombre de cincuenta y nueve años, plateado, elegante, con el cuerpo de alguien que hace ejercicios a diario. Amador, presentó ella con una reverencia, a su marido.

—Vimos que llegaban en la lancha colectiva —dijo Amador, con una voz profunda, tranquila—. Nosotros vinimos en la nuestra. Una Canestrari 225, amarrada ahí atrás. ¿Les gustaría dar una vuelta mañana?

Jorge, siempre sociable, aceptó de inmediato. Yo seguía sintiendo la mirada de Marcela sobre mi piel como si fuera tacto físico. Había algo allí, algo que ella había visto en mí y que yo había visto en ella. Una familiaridad peligrosa.

La cena fue en la parrilla común. Carne, vino tinto, charla sobre música —Jorge y Amador descubrieron que ambos habían tocado en la escena jazzística de Buenos Aires en los noventa— y silencios cómplices entre Marcela y yo.

—¿Hacen yoga? —preguntó ella, dirigiéndose específicamente a mí.

—A veces —respondí—. Pero prefiero el baile. El contacto físico sin filtros.

—Interesante elección de palabras —dijo Marcela, y sus ojos verdes brillaron.

Amador y Jorge intercambiaron una mirada. Los hombres siempre captan antes de lo que creen. Hay una frecuencia, un código entre varones que se activa cuando el ambiente se carga de posibilidades.

—Nosotros… —empezó Amador, girando su copa de vino—. Tenemos una relación abierta. Desde hace años – soltó sin mucho preámbulo-.

Jorge tomó mi mano sobre la mesa. Él experimento conmigo mi bisexualidad, esa necesidad que a veces me despertaba de sentir el cuerpo de una mujer bajo mis manos, de esa rabia contenida que solo el sexo salvaje podía disipar.

—Nosotros nos tentamos… recientemente —dije yo, y mi voz sonó más firme de lo que sentía—. Por mi…digamos, naturaleza. Mientras enrulaba mi pelo con la mano libre.

Marcela se inclinó hacia adelante. Sus pechos, maduros y pesados, se presionaron contra el borde de la mesa.

—¿Te gustaría ver la lancha? —preguntó—. Ahora. Antes de que oscurezca del todo.

La Canestrari 225 era hermosa, impecable, con capacidad para ocho personas. La cubierta de popa era amplia, con cojines blancos y una mesa plegable. El río oscurecía a nuestro alrededor, y los sonidos de la naturaleza se intensificaban.

Estábamos los cuatro en la cubierta. La tensión era palpable, una red eléctrica que nos conectaba a todos. Jorge y Amador hablaban en voz baja de cuerdas y acordes, mientras Marcela y yo nos habíamos quedado en silencio cerca de la baranda.

—La chica de esta mañana —dije finalmente—. Era…

—Una amante —completó Marcela, sin pudor—. Estudiante de yoga vital. Veintitrés años.

—¿Y Amador?

— Disfruta. A veces observa. A veces participa. A veces tiene sus propias… distracciones.

Me volví hacia ella. Estábamos tan cerca que podía sentir su aliento, podía ver las motas doradas en sus ojos verdes.

— Hace poco estuvimos con una personita especial, una coloradita de ensueño — confesé, y la verdad me sabía a liberación—. Luego de contenerme durante muchos años, me solté definitivamente y este fin de era para consolidarnos más, necesitábamos más tranquilidad, menos recitales y esa vorágine pero nunca se sabe…

Marcela levantó la mano y tocó mi mejilla. Su piel estaba cálida, seca, firme.

—Entonces es hora de continuar —dijo, y sus labios se posaron sobre los míos.

El beso fue como caer al agua después de años de sed. Sus manos —manos de profesora de yoga, fuertes, conscientes de cada músculo— se deslizaron por mi espalda, aferrándose a mis caderas, presionándome contra ella. Sentí sus pechos contra los míos, la dureza de sus muslos, la urgencia de su lengua buscando la mía.

Cuando nos separamos, jadeando, vi que Jorge y Amador nos observaban. No con celos, sino con esa complicidad masculina que es pura energía sexual contenida. Jorge y Amador, se dieron la mano, sonrieron y se frotaban las mismas y reconocieron en silencio: “estamos aquí, somos parte de esto, pero esto es de ellas”.

—Vamos adentro —dijo Amador, y su voz era un gruñido bajo—. Vamos a la cabaña de nuevo. Y partimos por el camino de graba, todos abrazados y sonriendo.

El dormitorio olía a madera barnizada y agua de río. Había una cama amplia, casi un tatami elevado, con sábanas blancas y almohadones esparcidos. La luz de la luna entraba por las ventanas, pintando todo de plata.

Marcela me tomó de la mano y me guio hasta el centro de la cama. Jorge y Amador se quedaron en los bordes, sentados en sillas bajas, observando. Había algo ritual en eso, algo de templo y sacrificio. Ellos eran los sacerdotes que presenciaban el reencuentro de dos diosas.

Marcela desabrochó mi blusa con dedos expertos. Yo hice lo mismo con su camiseta. Cuando nuestros pechos desnudos se encontraron —los míos morenos y firmes, los suyos pálidos y pesados, con pezones oscuros y grandes— gemimos al unísono.

—Dios —suspiré, y fue una plegaria.

Ella me empujó hacia abajo, sobre las sábanas, y su boca comenzó un viaje descendente. Besos en mi cuello, donde mi pulso latía desbocado. Besos en mis clavículas. Besos en la curva de mis senos, hasta que capturó mi pezón entre sus labios y succionó con fuerza.

Mis caderas se arquearon involuntariamente ante el beso de la hembra hambrienta de carne femenina.

Marcela descendió más. Su lengua trazó un camino húmedo por mi estómago, se detuvo en mi ombligo, y luego encontró el borde de mi pantalón corto.

—Míralos —susurró contra mi piel—. Mira cómo nos observan.

Giré la cabeza. Jorge y Amador se habían desvestido parcialmente. Sus manos se movían sobre sus propias erecciones —Jorge grueso y oscuro, Amador largo y pálido— mientras nos observaban. No se tocaban entre sí; había una línea invisible que ninguno cruzaría, una masculinidad que se respetaba incluso en la licencia. Pero sus ojos… sus ojos devoraban lo que Marcela hacía conmigo.

Marcela me despojó de los shorts y la ropa interior en un movimiento fluido. Quedé desnuda ante ella, ante ellos, y en lugar de vergüenza sentí un poder salvaje. Era la exhibición de mi verdadera naturaleza, la puesta en escena de mi bisexualidad no como defecto sino como arte.

Ella separó mis muslos con sus manos y su lengua encontró mi centro.

El grito que solté no fue teatral. Marcela sabía exactamente qué hacer: no la timidez torpe de los primeros encuentros, sino la precisión de alguien que conoce el cuerpo femenino porque comparte sus secretos. Su lengua trazaba círculos alrededor de mi clítoris, luego descendía para penetrarme, luego volvía. Dos dedos —largos, fuertes, con callos de años de esterillas de yoga— se deslizaron dentro de mí mientras su boca seguía trabajando.

—Más —gemí—. Por favor, más.

Ella aceleró el ritmo. Mis caderas se movían contra su rostro, buscando fricción, buscando ese borde del precipicio. Vi a Jorge acercarse, arrodillarse junto a la cama, y tomar uno de mis pechos con su boca. La combinación —Marcela entre mis piernas, Jorge en mi pecho, la mirada de Amador desde la silla— me llevó al límite.

Cuando me vine, fue con un sollozo que parecía arrancarse de lo más profundo de mi ser. Marcela no se detuvo; siguió lamiendo, succionando, prolongando el orgasmo hasta que tuve que empujar su cabeza, demasiado sensible, demasiado expuesta.

—Ahora vos —dije, y mi voz sonó extraña, ronca, posesiva.

La invertí sobre la cama. Ella se dejó hacer, una sonrisa de anticipación en sus labios húmedos con mi propia esencia. Yo me posicioné entre sus piernas, maravillándome de la vista: su sexo, más pálido que el mío, con vello castaño y labios gruesos, ya hinchados de deseo.

Comencé a lamerla sin timidez. Había algo de venganza en mi acción, de reclamo. La saboreaba profundamente, metiendo mi lengua en su vagina, luego subiendo para rodear su clítoris con la punta. Ella gemía, sus manos agarrando las sábanas, sus caderas rotando contra mi boca.

—Dios, Viviana —jadeó—. Sos buenísima…

No dejé que terminara la frase. Introduje dos dedos en ella, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto rugoso que sabía que haría que se deshiciera. Con mi otra mano, busqué a tientas y encontré la pierna de Jorge. Lo guie hasta nosotras, hasta la cabecera de la cama donde Marcela yacía.

—Cogetela —ordené, mirando a mi pareja a los ojos—. Mientras yo la como.

Jorge no dudó. Se posicionó entre las piernas abiertas de Marcela, y vi cómo su pene —duro, familiar, mío— se hundía en ella. Marcela gritó, una mezcla de sorpresa y placer, y yo seguí lamiéndola, ahora con el sabor adicional de su excitación mezclada con la humedad de su cuerpo.

El movimiento de Jorge sobre ella hacía que su pelvis se empujara contra mi boca. Era un ritmo perfecto, una sinfonía de tres cuerpos. Amador se había acercado también, y ahora estaba de pie junto a la cama, masturbándose lentamente mientras observaba a su mujer ser penetrada por mi marido y comida por mí.

—Cambio —dijo Amador de repente, y su voz era un látigo de autoridad.

Jorge se retiró de Marcela, brillante y duro. Amador tomó su lugar, pero en lugar de penetrar a su esposa, me tomó a mí desde atrás. Estaba a cuatro patas sobre la cama, mi rostro todavía entre los muslos de Marcela, cuando sentí la punta de Amador presionando contra mi entrada.

—¿Sí? —preguntó, y era una cortesía, un chequeo final.

—Sí —gruñí—. Cógeme. Cógete a las dos.

Entró con una lentitud torturante. Era diferente a Jorge —más largo, menos grueso, con un ángulo que me hacía ver estrellas—. Comencé a moverme entre ellos: mi lengua en Marcela, mi concha siendo reclamada por su marido. Era una cadena de placer, un circuito cerrado de electricidad erótica.

Jorge se acomodó de costado y ofreció su amigo a los labios sedientos de Marcela y ella accedió hasta su garganta. Si quería un plano fotográfico, no había una mejor desde mi posición. Como mamaba esa mujer y como me taladraba su marido.

Marcela se vino primero, con un grito que debió haberse escuchado en las cabañas vecinas. Su cuerpo se contrajo, sus muslos se cerraron sobre mi cabeza, y sentí el pulso de su orgasmo contra mi lengua. Eso me empujó al borde, y cuando Amador aceleró el ritmo, golpeando ese punto profundo dentro de mí, me vine con fuerza, con un grito ahogado contra el vientre tembloroso de Marcela.

Amador se retiró en el último segundo, y su semen cayó sobre mi espalda en calientes chorros. Jorge, que se había retirado por el grito orgásmico de Marcela, se acercó y me tomó por las caderas. Él no preguntó; me conocía lo suficiente para saber que quería más, siempre más.

Me penetró con una urgencia salvaje. Yo estaba todavía sensible, casi dolorida del orgasmo anterior, pero mi cuerpo respondió a él como siempre lo hacía: con entrega total, con esa mezcla de amor y lujuria que nos había mantenido juntos durante seis años. Marcela se deslizó de debajo de mí y se posicionó a mi lado, besándome mientras Jorge me daba “matraca” con fuerza, sus manos agarrando mis caderas con esa posesión taurina que tanto me excitaba.

—Mirame —susurró Marcela contra mi boca—

Gire un instante y en el espejo del armario vi nuestra imagen: yo, morena y despeinada, entre el cuerpo pálido de ella y la fuerza oscura de Jorge. Amador observaba desde un lado, ya recuperándose, ya listo para la segunda ronda. Éramos una pintura de sexo sin censura, de adultos que habían decidido que el deseo no tenía por qué caber en cajas pequeñas.

Jorge se vino dentro de mí, con ese gemido ronco que conocía tan bien, y me dejó caer sobre Marcela. Los tres nos quedamos allí, enredados, jadeantes, mientras el río seguía su curso indiferente y la brisa suave mecía los sauces.

El fin de semana se convirtió en un torbellino de carne y confesiones.

A primera hora del sábado y con un tacto propio de caballeros, Jorge y Amador subieron a la lancha y partieron a pescar. Marcela y yo nos devoramos en el altar ya inaugurado, utilizando almohadas, almohadones, cojines para montarnos la una sobre la otra, tribalismo salvaje, búsqueda frenética de clímax sobre clímax. Ella me enseñó posiciones que solo dos cuerpos femeninos pueden lograr: la tijera, el 69 profundo, el roce de clítoris contra clítoris hasta el borde del desmayo, besos negros estimulantes y fatales.

En un loco instante de nuestra ronda amatoria, Marcela dijo:

—Tengo otra amante fija — mientras yo la penetraba con un consolador que ella guardaba en el cajón —. Una exalumna del Instituto. Veinticinco años. Amador, no sabe.

-No te creo- dije. –Si mamita y me parece que encontró competencia, parece-

-Mmm, que jugadora- susurre en su oído

—Yo tengo fantasías —admití, jadeando—. Con quien mamucha – Con compañeras de trabajo. Con la dentista. Con cualquiera que me mire de cierta manera.

—Que putita resulto mi nueva amante— La rabia —siguió, y sus ojos verdes brillaron—. Canalízala. El sexo es el único lugar donde la rabia es sagrada. El frenesí duro mucho y nos dejó de cama.

Luego del almuerzo, caminata, siesta y atención a mi torito, nos dispusimos a cenar el pescado fresco, producto de nuestros proveedores y hubo más vino.

Los cuatro nos reunimos en nuestra cabaña —más amplia— y el sexo se volvió más salvaje, complejo y coreografiado. Los hombres nos observaban mientras Marcela y yo montábamos un espectáculo: ella acostada, yo sobre ella en posición inversa, nuestras bocas en los sexos de la otra, nuestras manos explorando cada pliegue, cada orificio.

Jorge y Amador se masturbaban juntos, a centímetros de distancia, sus hombros casi tocándose, sus manos moviéndose en sincronía. No se tocaban entre sí —esa era la regla tácita, la frontera invisible— pero sus miradas se cruzaban, y había algo profundamente erótico en esa complicidad masculina, en ese reconocimiento de que ambos estaban allí por nosotras, para nosotras.

Cuando no pudieron más, nos tomaron. Jorge me penetró por detrás mientras yo seguía comiendo a Marcela; Amador tomó a su esposa por el otro extremo. Nos movíamos como un solo organismo, un animal de ocho extremidades y cuatro centros de placer. Los gritos se mezclaban, las manos se aferraban a caderas, a pechos, a cabellos.

En algún momento, Marcela y yo nos besamos mientras éramos penetradas, nuestras lenguas encontrándose en un espacio compartido de abandono total. Fue entonces cuando ambas nos vinimos, en un orgasmo doble que pareció durar minutos, nuestros cuerpos convulsionando en ondas sincronizadas.

Los hombres terminaron sobre nosotras, marcando nuestras espaldas, nuestros vientres, con su posesión líquida. Y luego, retomaron aprovechando nuestro estado. Hicieron intercambio y nos penetraron analmente ambas, mismo frenesí. Amador me cabalgaba frenéticamente, me decía cosas muy sucias sobre su mujer y Jorge destrozaba a esa Diosa que admiraba. Yo me mantenía firme en cuatro aguantando las embestidas y ella se relajó, se recostó boca abajo y se entregó a ese animal, que parecía poseído, que la tenía tomada del cuello y mordía su oreja intermitentemente, que embestía ciegamente y que ella gozaba ciegamente. Todos terminamos al unísono y esta vez como venganza por el espectáculo de posesión deje que la leche de Amador quedara adentro, quería un trofeo líquido en mi culo.

En la quietud posterior, yacimos enredados, cuatro cuerpos brillantes de sudor y semen, respirando el mismo aire cargado de feromonas, y allí la coreografía se volvió más perversa.

La doble penetración se imponía y sin consultar monté a Amador y Jorge me tomo de atrás, ya estaba como loca hablándole al oído a Amador sobre como me cogía a su mujer cuando me levantan de los pelos y veo a Marcela con el cinturonga. De inmediato me puse a chupar ese falo artificial, mientras chupaba esa herramienta puesta en la cadera de Marcela, Amador abajo y Jorge arriba, era la “head line” del cuento. Luego toco que Jorge fuera montado por Marcela, mientras recibía a su hombre por detrás y yo me colocaba el arnés y recibía una felación digna de ser real aunque fuera artificial.

Cuando nuestros soldados comenzaron a descansar, Marcela se recostó y ofreció su cuerpo de par en par y loca por el instante cabalgue tipo amazona sobre ella. Ella tenía el arnés pero yo el control. Fue increíble.

Luego que nuestros mutuos amantes se fueran a su cabaña y estábamos por dormir, escucho al oído —Esto no cambia nada — era Jorge en la oscuridad, y su voz era suave, taurina, segura—. Y lo cambia todo.

Tenía razón. No éramos una pareja de swingers tradicionales, buscando intercambios mecánicos, los encuentros con mi sobrina Catalina nos habían fogueado pero esto era algo más peligroso: dos parejas que habían encontrado en el sexo salvaje una forma de habitar verdades que la vida cotidiana no permitía.

El lesbianismo oculto de Marcela, contenido en su matrimonio respetable de barrio porteño de alcurnia. Mi propia bisexualidad, que había amenazado durante años con corroer mi relación con Jorge hasta que decidimos abrirla, primero con Catalina y ahora en una isla del Delta del Paraná. Expuesta a la luz, dejar que respirara.

Despertamos tipo 10 y nos fuimos a desayunar con Marcela y Amador. Allí continuamos sin tapujos, hasta usamos manteca recreando la famosa escena de la película. El sol de la mañana era suave, prometedor. Hicimos el amor con la lentitud de quienes saben que el tiempo se acaba pero la memoria persistirá.

Hasta reclamamos nuestro espacio. Marcela y yo, esta vez sin espectadores, simplemente nos acariciamos, nos besamos, nos dijimos cosas que no tenían nombre pero que ambas entendíamos. La rabia que ella mencionaba —esa rabia de mujeres que han tenido que contenerse, dividirse, ocultarse— se transformó en ternura, en reconocimiento mutuo.

—No estamos rotas —dijo ella, aferrándose a mi cabello—. Estamos completas. Simplemente en pedazos que no encajan en el rompecabezas normal.

—El vínculo —dije yo, entendiendo—. No la relación. El vínculo es lo que importa.

Al terminar, Jorge y Amador estaban en la lancha con todo preparado para el almuerzo. No había celos, solo la certeza de que habíamos encontrado algo raro: una forma de ser fieles a la verdad de nuestros cuerpos sin traicionar el amor que nos había traído hasta allí.

Luego almuerzo, ordenamos nuestras cosas. Se ofrecieron a llevarnos hasta las guarderías náuticas pero preferimos esperar la lancha colectivo.

Al despedirnos con abrazos y apasionados besos, escuchamos la pregunta, de boca de Marcela:

—¿Nos vemos de nuevo? — Su voz sonaba esperanzada, no posesiva.

—El fin de semana que viene —dije yo, antes de que pudiera pensarlo—. Vengan a nuestro PH. Más privado. Más espacio para… todo.

Marcela sonrió, esa sonrisa lenta de escorpio que había iniciado todo.

—Traeré a mi amante — me susurro—. Para que conozcas a alguien más joven. Más… salvaje y señuelo para estos hombres sedientos (riendo como loca)

Jorge y Amador intercambiaron esa mirada cómplice. Dos hombres que habían aprendido que compartir no era perder, sino multiplicar. Que la frontera de su masculinidad no estaba en quién tocaban, sino en cómo permitían que sus mujeres fueran completamente ellas mismas.

Cuando la lancha colectivo llegó para llevarnos de vuelta a la civilización, nos despedimos con promesas vagas, números de teléfono anotados en los celulares de época. Marcela y yo nos miramos una última vez, y en esa mirada había todo: el sexo salvaje de la noche anterior, la ternura de la mañana, y la promesa de más.

El vínculo, pensé mientras el bote se alejaba del muelle. Eso era lo que sosteníamos. No las estructuras rígidas de la monogamia, no las etiquetas de “pareja” o “amante”. Solo el vínculo, el hilo invisible que nos conectaba a los cuatro en un secreto compartido, en una rabia canalizada hacia el placer más puro.

Jorge tomó mi mano en la lancha, y supe que habíamos cruzado un umbral. No había vuelta atrás, ni la queríamos. El Delta se alejaba detrás de nosotros, pero lo que había sucedido allí —la liberación, la verdad, el sexo sin censura— nos acompañaría para siempre.

Ya nada fue igual luego de octubre de 2010 y el Delta del Paraná.

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