Tarea en pareja

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La tarea era en pareja, la elección debía ser estratégica. Así que lo elegí a él —el amigo divertido que vivía a solo tres manzanas, una decisión cómoda. 18 años, polos y jeans como uniforme, pero bajo el algodón mi cuerpo se estaba transformando en un reloj de arena: cintura ajustada, caderas redondeando a 90, pechos rellenándose a un 32D. No intentaba seducir a nadie, no realmente, pero me gustaba cómo la tela rozaba mi cintura, la confianza silenciosa de saber que me veía bien incluso cuando solo resolvía ecuaciones.

Terminando las clases fuimos a su casa, espere el leve ruido de la rutina de cocina de una madre. En cambio, la casa estaba en silencio. “Mamá está trabajando”, dijo encogiéndose de hombros. Extendimos libros de texto en su cama. Durante una hora nos inclinamos sobre álgebra, con los hombros chocándose de vez en cuando. Entonces las matemáticas dieron paso a la conversación: profesores tontos, planes de fin de semana, cosas triviales.

No recuerdo quién se movió primero. Pero de alguna manera el espacio entre nosotros se disolvió. Su brazo rodeó mi cintura, primero tímido, luego firme. Me acerque, lo suficiente para sentir su aliento en mis labios. El beso fue suave y espontáneo. Respondí presionando mi cuerpo contra el suyo, mi pecho rozando su cuerpo , profundizando el beso como si fuéramos muy cercanos.

Sus manos bajaron por mi espalda, sujetando mi culo. Sentí cómo se endurecía contra mí, una descarga de poder, pánico y puro deseo. Se quitó la camiseta por la cabeza; hice lo mismo, la tela enganchándose brevemente en mi antes de tirarla a un lado. Luego vino el sujetador, los ganchos torpeando un segundo antes de caerse. El aire fresco sobre mi piel desnuda me hizo estremecer, pero el calor en sus ojos se sintió aún más.

Su boca encontró mis pechos —probando, lamiendo, succionando de una forma que me arqueaba la columna. Nadie había hecho esto nunca. La sensación era una corriente que iba desde mis pezones hasta mi cabeza.

Se levantó, quitándose su pantalón y los calzoncillos de un solo movimiento impaciente. Y ahí estaba —su polla, erecta y esperando. No tenía un marco de referencia, no sabía si era chico o grande, pero sabía una cosa con absoluta certeza: la quería dentro de mí.

Sus manos impacientes quitaron mis zapatillas, luego mis jeans y por último quito mis bragas, con una urgencia desesperada que reflejaba la mía. No hubo ceremonia, ni preámbulo suave. Se colocó entre mis piernas y luego empujó hacia dentro.

El dolor era agudo, un desgarro repentino que me hizo jadear. Pero tan rápido como lo hizo se fundió en otra cosa —un placer profundo y resonante que arrasó con todo lo demás. Se movió por encima de mí, al principio torpe, luego encontró un ritmo que hizo que mis caderas subieran para encontrarse con las suyas. La habitación se llenó con los sonidos de nuestra respiración, el roce resbaladizo de piel contra piel, el crujido de la cama. Era frenético, sin pulir y absolutamente embriagador. Cuando llegó al orgasmo, sentí el calor de su interior derramándose, Un calor extraño e íntimo. Se quedó quieto, luego se retiró, y por un momento, el único sonido fue nuestra respiración entrecortada.

Pero yo no había terminado. Quería más. Me di la vuelta, presentándome ante él de espaldas y me incliné, y él volvió a penetrarme por detrás. Esta vez fue diferente —más profundo, más brusco, sus manos agarrando mis caderas mientras me penetraba. Perdimos la noción del tiempo, moviéndonos juntos en una neblina de sudor y sensaciones hasta que el lejano tintineo de un reloj me recordó la realidad. Su madre llegaría pronto a casa.

Nos vestimos rápido, los dedos aún torpes, el aire cargado con el olor a sexo. Salí justo, mi cuerpo zumbando, mi mente repasando cada momento. De camino a casa, el sol de la tarde se sentía diferente en mi piel. Era la misma chica que se había ido esa mañana, pero algo había cambiado. Había cruzado una línea, y no había vuelta atrás. ¿Y sinceramente? No quería.

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