Todo comenzó con un coreano (1)

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T. Lectura: 2 min.

Kim. Veintinueve años. Un metro noventa. Cuerpo de Adonis: pecho ancho, abdomen marcado, brazos que parecían esculpidos a propósito para agarrar una cintura. Al lado de él yo era solo un gordito de un metro sesenta y siete. Era lógico. Era demasiado lógico. Ella se sintió atraída. Y yo lo supe desde el primer día en que me mostró su foto.

Al principio era solo un juego. Mensajes. Fotos. Risas. Hasta que un día él le escribió que ya tenía los pasajes en la mano. Que venía desde Corea del Sur hasta Chile solo para conocerla. Que no era broma.

Esa noche ella entró al dormitorio con los ojos hinchados y la voz rota. Se sentó en la orilla de la cama y me lo contó entre lágrimas de culpa.

—No era mi intención… juro que no era mi intención. Solo era un juego. Nunca pensé que se volvería real. Pero… ya no puedo dejar de sentir esa atracción. Y eso no cambia el amor que siento por ti. Por favor, créeme.

La conversación dio vueltas una y otra vez alrededor de lo mismo: ella no quería serte infiel. Nunca había pensado que ese juego virtual pudiera materializarse en un hombre real cruzando el océano solo por ella.

Yo la miré en silencio un rato. Sentía el corazón golpeándome las costillas, pero no de dolor. Era otra cosa. Era esa vieja fantasía que siempre había guardado como un secreto sucio: la de compartirla. La de verla entregarse a otro.

Cuando por fin hablé, mi respuesta la dejó sin aire.

—No necesito tu exclusividad —le dije con voz baja y firme—. Solo necesito que no me mientas. Y que te cuides. Si quieres acostarte con otros… mi única condición es que me lo cuentes todo. Con lujo de detalles. Con fotos. Con videos. Necesito verla. Necesito ver cómo te conviertes en la puta de otro. Cómo haces con él las cosas que conmigo no haces.

Ella me miró incrédula. Los ojos muy abiertos. La boca entreabierta. Como si no pudiera creer que las palabras salieran de mi boca. Como si el mundo se hubiera dado la vuelta de golpe.

Se quedó callada un largo rato. Solo respiraba. Yo veía cómo su pecho subía y bajaba rápido bajo la camiseta. Cómo se le marcaban los pezones. Cómo apretaba los muslos uno contra el otro sin darse cuenta.

—¿De verdad…? —susurró al fin.

—De verdad.

El silencio se volvió denso. Casi se podía tocar. Afuera llovía. Adentro solo se oía su respiración agitada y el latido de mi propia polla, que ya empezaba a endurecerse solo de imaginar lo que vendría.

Kim ya casi tenía fecha de viaje. Ya no había tiempo para pensarlo demasiado. El juego había dejado de ser juego. Y yo, por primera vez, no tenía miedo de lo que estaba a punto de pasar.

Al contrario. Estaba deseándolo.

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