Todo comenzó por un coreano (2)

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La llegada de Kim fue en el aeropuerto de Santiago, a seis horas en auto de nuestra ciudad.

Fuimos los dos a buscarlo.

El viaje de ida fue una mezcla extraña de ansiedad y lujuria. Ella no hablaba mucho, pero se le notaba en cada gesto: nerviosa, inquieta, y al mismo tiempo excitada de que por fin hubiera llegado el día. Se mordía el labio, revisaba el teléfono, se acomodaba el pelo una y otra vez. Yo solo manejaba en silencio, sintiendo cómo la anticipación le tensaba el cuerpo al lado mío.

Cuando salió por la puerta de llegadas internacionales, lo reconocimos al instante. Un metro noventa de coreano atlético, piel clara, mandíbula marcada, cuerpo trabajado como si hubiera sido tallado a propósito. Ella dio dos pasos hacia adelante… y se besaron.

No fue un beso de saludo. Fue un beso profundo, hambriento, como si yo no existiera. Como si el aeropuerto entero hubiera desaparecido. Yo me quedé de pie a un metro de distancia, simple espectador en primera fila, viendo cómo se conectaban a primera vista con una intensidad que nunca había sentido entre nosotros.

Después paseamos por Santiago. Almorzamos en un restaurante elegante, de esos que yo ni en mis mejores sueños pensé que pisaría. Todo pagado por él. Cada plato, cada copa, cada gesto de atención. Y mientras más generoso era, más me sentía disminuir. El contraste era brutal: él, un joven de veintitantos, cuerpo perfecto, bien posicionado económica y socialmente; yo, el petizo sin casi estabilidad económica, sentado a la misma mesa como un invitado incómodo.

En un momento Kim preguntó por nuestra ciudad. Le dijimos que estaba a seis horas en auto. Él solo rio con cinismo, miró a mi esposa y después me miró a mí como si fuera poco más que un mueble.

—Para eso tenemos chófer particular —dijo, sonriéndole a ella.

No pude decir nada. Y, para mi propia sorpresa, esa sensación de sumisión me gustó. No quería arruinarle el momento. Preferí tragarme la humillación y seguir siendo el conductor silencioso.

Emprendimos el regreso. Llevábamos apenas una hora de camino cuando, desde el asiento trasero, empezaron a hablar de los planes del fin de semana: una cabaña perdida en alguno de los complejos de la región, con tinajas, jacuzzi, privacidad total y cielo lleno de estrellas. Cada sonrisa, cada plan, los iba acercando más. Yo solo manejaba, escuchando cómo se iban enamorando del fin de semana que iban a vivir sin mí.

De pronto el auto empezó a moverse de una forma distinta.

Primero fueron los besos. Apasionados, urgentes, como si ella tuviera miedo de no volver a verlo nunca más. Empezó a gemir solo con la boca de él. Yo escuchaba el sonido húmedo de las lenguas y el roce de la ropa. Apenas pude mirar por el espejo retrovisor: ella ya le había desabrochado la camisa y estaba besando y lamiendo ese abdomen perfecto, marcado por años de gimnasio. Bajaba cada vez más. Desabrochó el cinturón. Abrió el pantalón. Y entonces la escuché exclamar con asombro puro.

Había aparecido.

Veintitrés centímetros. Recto. Duro. Grueso. Apuntando al techo del auto como un monumento. Nunca en mi vida me sentí más pequeño. Mi pene de tamaño promedio pareció esconderse solo de verlo.

Sin más preámbulo ella se lanzó sobre él. Empezó a lamerlo y a mamárselo con una desesperación que jamás me había dado a mí. Según ella, el sexo oral le daba asco. Según ella, no le gustaba. Pero esa tarde se lo devoró como una perra en celo que por fin encontraba lo que le habían prometido. Escuchaba cómo le llegaba hasta el fondo de la garganta, cómo jadeaba, cómo gemía y solo se separaba un segundo para poder respirar antes de volver a tragarlo entero. La escena duró más de una hora. Kim apenas se movía. Estaba recostado, mirando el techo, dejándose servir, solo acariciándole el pelo de vez en cuando.

Hasta que, cerca del final, le agarró la cabeza con fuerza y empezó a embestir su boca. Sin pedir permiso. Sin avisar. Sin contemplación. Le dijo que se venía… y explotó. Un orgasmo largo, espeso, que se derramó en lo más profundo de la garganta de mi esposa. Ella, la misma que juró que nunca haría algo así, se tragó cada gota como si fuera un elixir. Gemía mientras lo hacía. Gemía como la puta en la que se había convertido en ese momento.

Cuando terminó, limpió la verga con la lengua hasta dejarla brillante. Kim se dejó caer hacia atrás, rendido, a descansar. Yo miré una última vez por el retrovisor: mi esposa semi desnuda en el asiento trasero, pasándose los dedos por la comisura de los labios para asegurarse de que no quedara ni una gota, y después chupándoselos con una sonrisa coqueta dirigida solo a él.

Seguí manejando en silencio.

Todavía faltaban horas para llegar a casa.

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