Todo comenzó por un coreano (3)

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El resto del viaje fue más tranquilo… pero no del todo.

Kim empezó a referirse a mí como “el esclavo”.

Lo decía con naturalidad, casi con cariño cruel, mientras hablaba con mi esposa. Dejaba claro que yo solo sería alguien de utilidad para ellos y para sus caprichos. Que tenía un par de ideas para que yo entendiera de una vez cuál era mi lugar… y para que ella, por fin, supiera lo que era estar con un hombre de verdad.

Lejos de sentirme humillado, esa sensación de no poder decir ni hacer nada me gustaba. Dentro de mí estaba naciendo un gusto por la sumisión que nunca había explorado.

Llegamos al Valle del Elqui. Kim había arrendado una cabaña privada con jacuzzi y paredes delgadas. Apenas entraron las maletas, me entregó una tarjeta de crédito y, con voz de mando, me ordenó ir al pueblo por provisiones. Sin “por favor”. Como si yo no fuera más que un sirviente.

Miré a mi esposa. Estaba hipnotizada con él. Tomé la tarjeta y salí.

Ese tiempo que pasé comprando todavía me persigue. Nunca supe con certeza qué hicieron en su primer rato a solas… y esa incertidumbre solo me excita más.

Cuando volví, ellos reían al borde de la piscina. Kim me miró y dijo:

—Muy bien. Eres toda una sirvienta… aunque te falta algo para estar 100 % a mi gusto. Ordena las compras. Ya sabrás qué será.

Terminé de guardar todo. Entonces se dirigió a ella:

—Tengo una idea para que nuestro esclavo adopte su rol a cabalidad… si a ti no te molesta.

Mi esposa solo asintió y me dijo:

—Haz caso en todo para que nuestro huésped esté cómodo y contento.

Kim rio con una risa perversa y me entregó un bolso.

—Toma lo que está dentro. Es para ti. Ve a tu habitación y no salgas hasta que termines de usar eso.

Dentro había un equipo de depilación completo y un traje de sirvienta rosa con lencería, portaligas y zapatos de charol. Sentí una mezcla peligrosa de humillación y excitación. Nunca me había vestido de mujer. El traje era exacto de mi talla. ¿Ella le había dado mis medidas?

Pude haber parado e irme. Pero no lo hice.

Me depilé entero, me cremé y me vestí. Al mirarme al espejo algo cambió. La tela contra mi piel, el corsé, el calzón de hilo clavándose, las medias… me hacía sentir como una puta sumisa. Y, inexplicablemente, me gustó.

Mi esposa entró, me miró con una sonrisa de orgullo y me tomó de la mano.

—Amor, te presento a Sofía… nuestra sirvienta a tiempo completo.

Kim soltó una leve risa.

—Como primera orden de tu amo… alista el jacuzzi para mí y para tu esposa.

—Sí, amo —respondí sin pensarlo.

Ellos se besaron festejando mientras yo cumplía la orden.

Entraron al jacuzzi solo en ropa interior. Yo los miraba desde afuera, con la verga a punto de estallar bajo el calzón de hilo, viendo cómo sus cuerpos se rozaban bajo la espuma. Cada risa, cada movimiento bajo el agua, me dejaba imaginando cosas que todavía no había visto.

Ya entrada la noche, después de varias rondas de champaña que les serví en silencio, Kim me señaló una silla frente a ellos.

—Siéntate. En silencio. Sin moverte. Sin usar las manos.

Obedecí.

Me senté.

Las manos sobre las rodillas.

La mirada fija en ellos.

El corsé apretándome el pecho.

El calzón de hilo clavándoseme.

Ellos se miraron.

Sonrieron.

Y el agua del jacuzzi empezó a moverse de una forma distinta…

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