Mientras ellos se duchaban me dediqué a limpiar y ordenar todo como la buena puta sumisa que ahora era.
Pensé en quitarme el traje y limpiarme el semen de Kim del pecho… pero no pude. El morbo me tenía atrapado. Esa sensación de ser solo un objeto, una esclava más de sus caprichos, me quemaba de placer. De día soy una persona seria, cerrada, casi antisocial. Esa noche, para él, yo no era más que otra de sus putas. Y me encantaba.
Cuando terminé de dejarlo todo impecable (algo que jamás hago ni en mi propia casa) me di cuenta de que llevaban demasiado tiempo en la ducha. Me acerqué a la puerta y pregunté si todo estaba bien.
Solo escuché su voz fría y autoritaria:
—Silencio. Si ya terminaste, prepara las habitaciones. Ahora.
El mensaje era clarísimo: la boca de mi esposa estaba demasiado ocupada tragándose la verga de 23 centímetros como para contestar.
Preparé la habitación principal como si estuviera armando el set de la mejor escena porno de mi vida. Sábanas suaves, luces apagadas, todas las velas encendidas. La otra habitación la arreglé rápido y dejé bebidas listas. Quería que todo estuviera perfecto… por si acaso me dejaban participar.
Cuando por fin salieron, Kim se sentó en el sofá solo con la toalla. El agua todavía le resbalaba por los abdominales y el pecho, resaltando cada músculo. Mi esposa caminaba como si aún sintiera la verga dentro. Los ojos vidriosos, las piernas temblando. Él sonreía con esa sonrisa de depredador que ya conocía demasiado bien.
La ayudé a ponerse un pijama de seda que se le pegaba a cada curva. Al acomodarle la tela vi sus nalgas completamente rojas, marcadas por las nalgadas. Con su piel blanca parecían haber sido azotadas a propósito. Me estaba volviendo loco.
—¿Cómo te sientes? —le pregunté casi sin voz.
Ella me miró de arriba abajo, todavía vestida de Sofía y con el semen de su amante seco en el pecho, y sonrió de oreja a oreja:
—Espectacular… ha sido mil veces mejor de lo que imaginé.
Ni siquiera se le ocurrió preguntarme cómo me sentía yo.
Más tarde, ya muy entrada la noche, Kim la invitó a la habitación principal. Ella vio las velas y dijo con voz suave pero cruel:
—Muy bien, señorita Sofía… eres mejor sirvienta de lo que pensaba. Como premio te dejo descansar vestida como te gusta y con mi recuerdo pegado a tu piel. Ahora lárgate a tu cuarto. Nosotros vamos a disfrutar lo que queda de la noche.
Y me cerró la puerta en la cara.
Me fui humillado, excluido, con el corazón latiéndome en la garganta. Solo una pared delgada nos separaba.
Intenté dormir. Imposible.
Al poco rato empezaron los gemidos. Primero suaves, después cada vez más desesperados. La escuché pedirle que le metiera la lengua más profundo, más rápido. Su primer orgasmo llegó rápido y fuerte. Yo ya me estaba tocando por encima del calzón de hilo, sin poder controlarme.
Luego lo oí ordenarle:
—Ponte en cuatro.
Y ella, con una voz que jamás me había dedicado a mí en todos nuestros años juntos, respondió:
—¿Quieres que sea tu perrita… con la colita bien empinada para ti?
Mi mundo se vino abajo y se reconstruyó en el mismo segundo. Ella nunca me había ofrecido algo así. Nunca. Con él se había convertido en otra mujer. En su puta.
Lo que siguió fue una sinfonía obscena: gemidos, nalgadas secas, el sonido húmedo de la verga entrando y saliendo, cuerpos chocando. Yo me masturbaba con desesperación, imaginando su cara, su coño abierto, su boca abierta.
De pronto Kim gruñó:
—Ya no aguanto… de rodillas.
Ella obedeció al instante y le suplicó con voz rota:
—Sí, papi… dame tu leche. Tírame toda adentro de la boca. La quiero toda, no desperdicies ni una gota.
Él rio bajo y ordenó:
—Abre bien esa boquita de puta.
El orgasmo de Kim fue largo, violento, casi interminable. Se escuchaba el sonido de ella tragando y jadeando al mismo tiempo.
Cuando terminó, solo dijo con voz satisfecha:
—Muy bien, mi putita… así me gustan. Ahora a dormir.
Yo ya no pude más.
Me corrí con un gemido ahogado, el mejor orgasmo de mi puta vida. Me incliné hacia adelante y terminé sobre mi propio pecho, mezclando el semen seco de Kim con el mío fresco. Lo junté con los dedos… y por primera vez en mi existencia me lo llevé a la boca. El sabor salado y amargo de los dos juntos me hizo temblar otra vez.
Después de eso solo pude caer rendido.
A la mañana siguiente, al abrir los ojos, encontré una carta sobre la mesa:
“Nos fuimos a la ciudad a pasar el día antes del vuelo de Kim. Deja todo limpio y ordenado. Nos vemos en casa.”
No me quedó otra. Limpié cada rincón, cada sábana, cada rastro. Cuando por fin pude entrar a la ducha y quitarme el traje de Sofía, el agua se llevó el último resto de maquillaje, el último resto de semen… y el último resto de la mujer que había sido esa noche.
Por ahora.
Pero los dos sabíamos que esto no había terminado.
Solo había empezado.
Fin.
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