Tres maduritos me follaron todos los orificios por error

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Tres maduritos me follaron todos los orificios por error
Tres maduritos me follaron todos los orificios por error
T. Lectura: 10 min.
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Relato

Han pasado tres meses desde que me acosté con el padre de mi mejor amiga. No por venganza directa tras la forma en que se aprovechó de mí, sino para grabarlo y tenerlo pillado por las pelotas. Literalmente. Admito que el tío está físicamente tremendo y sabe exactamente lo que hace en la cama. Mi chantaje era simple: follar a cambio de doscientos euros por sesión.

El problema es que mi amiga empezó a sospechar que había algo raro entre su padre y yo. Como no quería un drama bíblico que destruyera su familia, decidí cortar el chantaje. Pero, siendo sincera: no pensaba renunciar a ese dinero extra para mis caprichos ni tampoco al placer de andar con maduritos. Su nivel de entrega y motivación está en otra liga. Mi novio y mi hermano me lo hacen de lujo, no lo niego, pero la desesperación y el hambre de un hombre maduro al tener entre las manos a una universitaria de veintidós años no se compara con nada. Ahí es donde su necesidad y mi ambición se encuentran.

Por eso, cuando el padre de mi amiga me llamó para decirme que había una convención de directores de sucursal de su banco en la ciudad, le presté toda mi atención. Me contó que tres amigos suyos buscaban una escort de confianza para la noche del sábado y que estaban dispuestos a pagar trescientos euros por cabeza. Novecientos euros por hacer pasar un buen rato a tres tíos maduros. Ni me lo pensé: acepté al instante.

El sábado a medianoche me planté en el bar del hotel. Venían de un día maratoniano de reuniones y necesitaban desconectar. Escaneé el local hasta dar con mi objetivo: tres tíos rondando los cincuenta, impecablemente trajeados, pelo corto; uno moreno y dos canosos.

—Son ellos —murmuré para mí.

Me acerqué a la barra con paso firme, me planté frente a ellos y solté:

—¿Quién de vosotros es Antonio?

—Yo —respondió el moreno. Guapo, atlético y con una voz grave que me recorrió la columna.

Los tres me repasaron de arriba abajo como si me estuvieran desnudando allí mismo. Me puso a mil. Y no los culpo: llevaba una blusa con un escote de infarto y una minifalda roja que dejaba muy poco a la imaginación, con el pelo recogido en una coleta alta.

—Soy Laura. Vuestra sorpresa para esta noche —dije, disfrutando de la jugada.

Cruzaron miradas de asombro y volvieron a devorarme con los ojos. Lo hacían con un descaro tal que sentí cómo se me humedecían las bragas en segundos. Para mi sorpresa, lejos de ser tres babosos fofos, los maduritos estaban impresionantes.

Los novecientos euros más fáciles de mi vida, pensé, relamiéndome los labios.

Como no se decidían a tomar la iniciativa, les sugerí pedir una copa para romper el hielo.

—Me ha dicho quien ya sabéis que os gustan las jovencitas que lo dan todo —les susurré con voz melosa—. Tranquilos, vengo con ganas de conseguir que no me olvidéis jamás.

De pronto, uno de los canosos puso cara de póker. Se presentó como Bernat: acento catalán, ojos grises y una sonrisa fácil. El problema es que empezó a dudar de mi edad, temiendo que fuera menor. A ver, a todas nos gusta que nos echen menos años, pero a mis veintidós rozaba el insulto. Sonreí, saqué el DNI del bolso y se lo estampé delante.

—Descreído. Nací en 2004, como puedes comprobar.

Los otros dos le quitaron el carnet para examinarlo. Ese gesto me molestó más que el comentario inicial. Se lo arrebaté de las manos al moreno de mala gana, mirándolo fijamente a los ojos.

—Veo que no sois lo que esperaba —dije, dándome la vuelta con intención de marcharme.

—Ha sido sin mala intención, solo un acto reflejo —intervino el otro canoso, sujetándome del brazo con firmeza. Era justo el que más me atraía de los tres. Se presentó como Carlos y me suplicó que los disculpara.

Me giré, me pegué a él y, de forma discreta para no llamar la atención del bar, le puse la mano directamente sobre el paquete. Sentir su erección me encendió del todo.

—Os perdono si no me hacéis esperar más. Supongo que tenéis habitación.

Asintieron. Pagaron las consumiciones a toda prisa y me guiaron discretamente hacia los ascensores. Subimos a la tercera planta y entramos en una habitación espaciosa con cama de matrimonio, balcón hacia el puerto y un baño enorme.

Cuando les pedí los preservativos, se miraron entre sí y se encogieron de hombros. Un fallo garrafal. Pensaban que iba a entregarme sin protección, a pelo y por las buenas. Por suerte, soy precavida con los desconocidos. Saqué una cajita de condones del bolso y la dejé sobre la cama.

Al ver que no había problema, Carlos me rodeó la cintura por detrás con sus poderosos brazos. Empezó a besarme el cuello mientras metía sus manazas por debajo de mi blusa para acariciarme los pechos. Gemí de placer cuando rozó mis pezones, que se endurecieron al instante.

—Desabróchatela —ordenó, dándome un leve pellizco en el pezón que me hizo gemir más fuerte.

Antonio y Bernat se colocaron frente a mí, ajustándose el pantalón a la altura de la entrepierna mientras veían cómo me desabotonaba la prenda. Cuando terminó de abrirse, Carlos me quitó la blusa por los hombros.

—Menudo par de tetas —masculló Bernat, devorándome con la mirada.

—No son muy grandes, pero la forma es perfecta —añadió Antonio, empezando a desvestirse a toda prisa.

Carlos continuó amasándome los pechos con firmeza desde atrás. Los otros dos se quedaron desnudos en segundos, y casi se me salen los ojos de las órbitas al ver cómo venían armados.

—¡Madre del amor hermoso! —exclamé entre gemidos, sin poder apartar la vista de semejantes maravillas.

Juguetona, deslicé la mano hacia atrás y la metí por dentro del pantalón de Carlos. No podía verla aún, pero al tacto supe que no se quedaba atrás.

—Desnúdate tú también —le exigí en un susurro provocador.

Pero él tenía otros planes. Sabía que me tenía completamente entregada y quiso llevar el mando.

—Hazlo tú, pequeña —dijo con voz dominante—. Me pone que me desvistan las mujeres.

Acepté encantada. Le quité la americana, la camisa y me quedé fascinada con su torso atlético. Me arrodillé ante él, le desabroché el pantalón, deslicé la cremallera con dedos temblorosos y se los bajé hasta los tobillos. Lo apartó de una patada. Le bajé el slip y me encontré cara a cara con una verga gruesa y dura que apuntaba directamente a mi rostro. La tomé con ambas manos y me la metí en la boca hasta la mitad. Empecé a chupársela con ganas, completamente fascinada. Le acariciaba las pelotas con una mano mientras jugaba con la lengua en el glande, combinando lametones rápidos con succión profunda. En segundos, Antonio y Bernat se colocaron a los lados sosteniendo sus propias erecciones. Sin dejar a Carlos, agarré las otras dos pollas y empecé a pajeárselas. Fui alternando la boca entre los tres hasta que sentí los labios adormecidos.

Me puse en pie, agitada, y les pregunté cómo querían hacerlo. Carlos me puso un dedo sobre los labios para callarme. Sin darme margen de reacción, me giró y me obligó a arrodillarme en el suelo a los pies de la cama. Ese gesto autoritario me encendió todavía más. Cogió un condón, rasgó el envoltorio con los dientes y se lo puso. Se arrodilló detrás de mí y me empujó la espalda hasta que mis pechos se aplastaron contra las sábanas.

—Esta putita me vuelve loco —dijo posicionando el glande entre los labios vaginales—. Vamos a reventarla hasta que pida clemencia.

Los otros dos rieron con ganas. Carlos se hundió en mí de un solo empujón, hasta que sus pelotas chocaron contra mi piel.

Comenzó a embestirme con ritmo salvaje. Entre mis gemidos, se jactaba ante sus amigos de lo estrecha que estaba y de cómo le apretaba la polla. A los dos minutos, hambrientos por su turno, exigieron el relevo.

Carlos salió de mí, Antonio se enfundó un preservativo y se colocó en cuclillas sobre mi culo. Me la metió de golpe en el coño, hasta el fondo, y empezó a follarme con rabia mientras los demás lo jaleaban. Fue demasiado. Un orgasmo brutal me sacudió entera, haciéndome arquear la espalda mientras le pedía a gritos que me diera más duro.

—Esta zorra aguanta lo que le echen —comentó Bernat, pajeándose ya con el condón puesto.

Apenas se me pasaba la ola del clímax, Bernat le tocó el hombro a Antonio para pedir turno. Como si mis cincuenta y nueve kilos no fueran nada para él, me levantó en vilo y me tumbó bocarriba en el borde de la cama con las piernas abiertas de par en par. Luego clavó una rodilla sobre el colchón, el otro pie apoyado en el suelo, y empezó a follarme como un poseso.

—Sois unos putos cabrones —grité entre gimoteos, volviéndome a correr como una loca.

Tener a los tres pendientes de mí, devorándome con la mirada, me producía un morbo descontrolado. Mis pechos botaban sin control mientras me agarraba con las uñas a las sábanas. Al ver lo fácil que me corría, los otros dos se arrodillaron a los lados de mi cabeza.

—Esta puta nos va a dejar secos —soltó Antonio, presionando su glande contra mis labios.

Abrí la boca y empecé a mamársela mientras Bernat me destruía el coño desde abajo. A la vez, agarré la polla de Carlos con la mano y empecé a pajearlo para mantenerlo a tono. Tenía tres pollas a mi disposición y la situación era perfecta. Solté a Carlos para llevarme la mano libre al clítoris y tocarme desesperadamente. Volví a estallar en un orgasmo apoteósico.

—Vuestras mujeres se deben volver locas cuando os las tiráis —dije entre sollozos de pura felicidad.

Los tres soltaron una carcajada limpia.

—Querrás decir cuando se dejan —se burló Carlos—. La mía se abre de piernas de Pascuas a Ramos.

—La mía es una frígida —se lamentó Antonio—. Ya ni me acuerdo de la última vez.

—Yo prefiero no pensarlo ahora —añadió Bernat sin reducir el ritmo.

De pronto, Bernat sacó la polla de mi coño y la apoyó directamente en mi entrada anal, observando mis reacciones. Me le quedé mirando a los ojos, en silencio, respirando entrecortadamente.

—Hazlo sin miedo —le dije.

Sonrió con aprobación y empezó a deslizarse dentro, muy despacio. Cuando iba por la mitad, se jacto por la fuerza con la que mi ano lo apretaba.

—Deja de hablar y dale con ganas, que se lo vamos a dejar como la boca de un túnel —protestó Carlos.

Noté en su tono que se moría por darme por el culo. Y yo deseaba lo mismo. Para acelerar el proceso, empecé a moverme contra la polla de Bernat.

—Deja que me lo haga Carlos —le pedí al catalán tras unos minutos.

Pero Bernat no pensaba soltarme tan fácil. Se tumbó de espaldas en la cama y me indicó que me pusiera encima. Obedecí de inmediato. Me puse a horcajadas, guíe su miembro hacia mi vagina y me dejé caer. Mientras lo cabalgaba, miré a Carlos y le pedí que me entrara por detrás.

—La madre que la parió —bramó Antonio—. Esta chica es una joya.

—Calla y dame la polla, viejo verde, que luego vas tú —le respondí riendo.

Antonio se arrodilló para meterse en mi boca mientras Carlos me clavaba la suya por el culo. Bernat me embestía desde abajo en una sincronía perfecta.

—Os lo dije —presumió Antonio—. Esta zorra nos va a dejar secos.

No sabía qué me ponía más: si la penetración doble o las guarradas que soltaban por la boca. Cinco minutos después, un nuevo orgasmo me nubló el sentido. Las sensaciones en ambos orificios eran tan brutales que no sabía si el orgasmo era anal o vaginal.

—¡Qué manera de correrse! —exclamó Bernat, amasándome los pechos.

—Os lo digo yo, amigos —rugió Carlos desde atrás, mirando a Antonio, a quien yo me esmeraba en darle placer oral—. Esta es una profesional de primera. Dale tú ahora por culo, antes de que me exprima. No quiero correrme todavía.

Cuando Antonio ocupó su lugar en mi retaguardia, Carlos pretendía meterme la polla en la boca. Se lo impedí anteponiendo las manos y le quité el preservativo. No estaba dispuesta a chupar lo que había salido de mi culo.

—Luego te pones otro, amor —le dije, soltando esa palabra sin pensarlo.

Ahí estaba yo, dueña absoluta de tres pollas más que generosas ocupando todos mis orificios. No era mi primera vez, pero aquellos animales me estaban matando de gusto. Era como si aprovecharan a fondo aquella oportunidad de oro para gozar de una mujer ardiente y dispuesta a darles todo aquello que las suyas les negaban. Y era tanto el morbo que aquella situación me provocaba, que ni me acordaba de los novecientos euros que ganaría tan alegremente. Y permitirles que me dieran por el culo no era porque pagaran por ello, pues ni lo habíamos negociado, sino porque el sexo anal es lo que más me enciende y estaba dispuesta a explotarlo.

Les pedí otra ronda en esa posición y luego propuse ponerme a cuatro patas sobre la cama. Aceptaron encantados, con esa cara de niños pillos a los que les abren las puertas del paraíso.

—¿Nos dejas corrernos dentro? —preguntó Carlos.

—Ni de coña, amiguito —sentencié—. En el coño o en el culo, ni hablar. Donde queráis menos ahí. En la boca si queréis. Pero antes, condones nuevos.

Me puse a cuatro patas. Bernat volvió a sodomizarme mientras yo les alternaba las mamadas a los otros dos. Era jodidamente perfecto. El ritmo de Bernat fue empujándome poco a poco hasta dejarme tumbada boca abajo, apoyada en los antebrazos, sin parar de tragar polla.

Después le tocó a Carlos. Se sentó a horcajadas sobre mis muslos y me enculó con fuerza. Mis gemidos se convirtieron en auténticos alaridos. Temiendo que el ruido alertara a otras habitaciones, Antonio y Bernat se turnaban para taparme la boca introduciéndome sus vergas, convirtiendo mis gritos en gemidos nasales, ahogados y desesperados.

Antonio fue el tercero antes de iniciar una nueva ronda. Fue entonces cuando Carlos, el más inspirado y morboso de los tres, propuso un cambio.

—Amigos míos —dijo, poniendo ojitos pícaros—, yo no soy capaz de follarme a una tía cojonuda como Laura sin disfrutar de todo lo que tiene que ofrecernos.

Su comentario nos dejó perplejos a todos, pues ninguno comprendíamos lo que quería decir. Lo entendimos cuando me tomó del brazo, me ayudó a levantar de la cama, tiró de mí y me empotró cara a la pared. Me la metió por el culo sin miramientos, embestía como un salvaje mientras me agarraba las tetas y me pellizcaba los pezones. La combinación fue destructiva. Con la mano izquierda pajeaba a Antonio y con la derecha me castigaba el clítoris a toda velocidad.

—Eres un maldito hijo de puta —bramé cuando un orgasmo clitoriano brutal me dobló las rodillas.

Le suplicaba que me diera más duro, más rápido, más profundo. Bernat tomó el relevo al rato. Su polla era la más gruesa y me dilataba el ano hasta el límite. Luego le tocó a Antonio otra vez. Perder la noción del tiempo con tanto placer fue inevitable: llevábamos más de media hora de anal continua cuando decidieron que era momento de correrse.

Acordaron que el mejor sitio era mi boca. Me senté en la cama y ellos se colocaron en semicírculo delante de mí. Antonio fue el primero. Le agarré la polla, la introduje en la boca y la pajeé hasta que tres chorros calientes me llenaron la cavidad.

—Vaya forma de soltar leche —aluciné tras lamerle los restos y escupir todo en el suelo.

El siguiente fue Bernat, que cayó un par de minutos después de la misma forma.

Con Carlos fue diferente. Le chupé la polla con absoluta devoción mientras se corría, saboreando cada gota. No solo porque era el que más me ponía, sino por puro interés egoísta: me había enterado de que vivía en Sevilla, a tiro de piedra, y las posibilidades de repetir con él por puro placer eran altas.

—Bueno, chicos —les dije mientras me vestía—. Aligerad la cartera que se me hace tarde.

Se quedaron de piedra. Se encogieron de hombros y dijeron no saber de qué les hablaba. Mi cara cambió radicalmente. Les recordé lo hablado con el padre de mi amiga, pero juraron no tener ni idea. Pensaban que yo era un regalo de uno de los directivos del banco, un putero de cuidado, para premiar a los directores de sucursal que obtenían los mejores resultados al cabo del año.

Sin ganas de que me tomaran el pelo, saqué el móvil y llamé al padre de mi amiga delante de ellos.

—Estoy con tus colegas y dicen que no me van a pagar —solté, furiosa.

—Eso es imposible —respondió—. Me dijeron que no te vieron en el bar. Salimos tarde de una reunión de última hora y ya no estabas.

—Claro que nos vimos —repliqué—. Les dije que iba de tu parte, subimos a la habitación y acabamos de terminar.

Le conté lo que ellos habían dicho y él me preguntó sus nombres. Se los di y el muy cabrón se partía de risa.

—Esos son compañeros, pero no son los correctos. Y su historia me cuadra. Solo ha sido una confusión. Ponme con uno de ellos a ver si lo arreglo.

Cuando le pasé el teléfono a Bernat, que era el que tenía más a mano, Carlos se le adelantó, tomó el teléfono e interrumpió la llamada.

—No le des más vueltas —me dijo suavemente, limpiándome una lágrima del pómulo con el pulgar—. Ha sido una confusión, pero no me arrepiento de nada. Dime cuánto es y lo arreglamos como amigos.

—Trescientos por cabeza —dije sorbiendo por la nariz.

Carlos soltó una carcajada, sacó la cartera de la americana y me tendió tres billetes de cien euros. Luego miró a sus amigos:

—Aflojad el dinero, chicos. Consideradlo una inversión. Laura nos ha dado muchísimo más de lo que esperábamos.

Los otros dos pagaron sin protestar. Confirmé que Carlos no solo era un empotrador de primera, sino también un tío legal.

Me acompañó hasta el vestíbulo.

—Lo decía en serio: eres un demonio y he disfrutado como nunca —me dijo con una sonrisa magnética.

Tocada por el gesto, le confesé la verdad:

—En realidad no soy escort. Vi la oportunidad de ganar dinero fácil y me lancé. Pensaba darme la vuelta si no me gustabais, pero la verdad es que tú me has encantado. Como vivimos cerca, te dejo mi número. Llámame cuando quieras repetir. Te garantizo que no te costará un solo euro. Solo lo haré por puro placer.

Carlos soltó una carcajada que resonó en toda la recepción.

—Definitivamente eres peligrosa, Laura. Me encantará volver a verte.

Me tendió su móvil, anoté mi número y lo guardé como «Peligrosa».

—Tenemos un trato —le dije, dándole un beso rápido en los labios antes de alejarme con una sonrisa triunfal.

Ha pasado una semana y no me lo saco de la cabeza. Ni siquiera cuando estoy en la cama con mi novio. He tenido la tentación de llamarlo varias veces solo para tantear el terreno, pero me da un corte horroroso. Supongo que lo mejor será dejar pasar unos días más… si es que logro aguantar.

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