Un sueño nada más (2)

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T. Lectura: 5 min.

Volví a casa. De algún modo ya sabía lo que hacía este caramelo pero antes de usarlo, quería intentar una última vez. Mi última alternativa. Sería directo.

—Gabriela. Esta noche vas a acostarte conmigo, yo sé que puedo complacerte y cumplir con todas tus fantasías. Te voy a hacer gritar como ningún hombre te lo ha hecho. Pero si hoy me rechazas. Jamás volveré a tocarte ni a pedirte nada. —Gabriela me mira y poco a poco comienza a fruncir el ceño.— Dime de una si de verdad me amas o no.

—No. No te amo. Desde niños yo solo tenía ojos para tu hermano pero él salía con chicas más jóvenes qué él. Tú no tienes idea de lo bien que lo pase cuando me cogió. Me hizo sentir como tú no pudiste en todos estos años. Luego llegó con esa maldita zorrita joven a comprar una casa y mi jefe me obligó a atenderlos. Y tuve que mostrarles la maldita habitación con cama matrimonial porque iban a casarse. Ahora mismo seguramente están cogiendo y yo tengo que resignarme a pasar mis noches contigo. Un miserable perdedor qué tuvo mucha suerte de que una mujer lo usará al menos. No sabes cuanto te odio. Cuanto me repugnas. Me das asco, cada vez que te acercas. Preferiría que tu hermano me golpeara hasta sacarme los ojos y me rompiera los huesos con sus manos antes que acostarme contigo otra vez.

Esas palabras me destrozaron y por mi mejilla corrió una lagrima. Mi mente estaba conectando todo. Al fin entendía por qué esta mujer se fijaría en alguien como yo. Todas las fotos donde salíamos juntos y ella salía con su rostro serio o mirando a otro lado mientras yo la miraba. Todos esos silencios incómodos a la hora de comer, o por que escogió el turno vespertino en su trabajo cuando aún había vacantes en el matutino.

No dije nada. De algún modo, ella era la mujer que más he amado en este mundo. Pude haber hecho muchas cosas en ese momento pero tenía la venganza perfecta para ella preparada en este dulce. Solamente me quedé callado.

—Y ahora no vas a decir nada. Eres tan poco hombre. Acabo de confesarte qué te odio y te quedas ahí sin hacer nada. Qué bueno que esta casa está a mi nombre. Mañana mismo te vas. Y te juro que me voy a acostar con todos los hombres que pueda. Esa cirugía que me pagaste me ha hecho conocer a muchos hombres que me desean y que estoy dispuesta a hacérselo. Y tú nunca, nunca vas a tocarme de nuevo.

Gabriela azota la puerta del cuarto dejándome fuera. Pone seguro. Después solo silencio.

De mi bolsillo saco el caramelo. Le quito la envoltura y lo meto en mi boca. Tiene un sabor extraño. Se siente como si no tuviera sabor, pero deja una sensación en la punta de mis dedos. Como estática. Sé que no me va a dejar dormir en la habitación así que me dirijo a la sala. Pero antes voy a la cocina a ver que alcanzo a escuchar. Logro distinguir unas palabras.

—De verdad te amo mucho…

Eso dice ella, pero esta noche dudo que piense lo mismo. —digo para mi mismo.

Me acuesto en el sillón cierro los ojos. Conciliar el sueño no fue nada difícil. Pero espere a que mi compañera también durmiera. Esta vez no hablo de mi esposa.

Entonces el fuego verde y púrpura se hace presente. El ojo gigante de pescado aparece para observarme y presentarme a mi pareja. Ella y yo frente a frente totalmente desnudos con la piel azulada. Cristina está ahí delante de mí. Cuando nos acercamos nuestros cuerpos cambian. Cada uno toma la forma del deseo del otro. Yo recupero mi cabello, mi panza se convierte en pectorales y mis brazos adquieren una heroica musculatura. Mi cuello se adelgaza, pero a pesar del cambio sigo siendo yo mismo.

El cambio más radical fue mi falo qué se vuelve largo y grueso con dimensiones fuera de lo normales. Parece una viga de construcción, casi que necesitaría una carreta para cargarlo. Pero entiendo que en la deformación casi liquida del espacio flota y se mueve para mi pareja.

Ella sigue viéndose igual. Los cambios son minúsculos, la piel se le aclara un poco más. Su rostro se maquilla automáticamente, pero me pongo creativo. Sus pechos crecen más, su culo aumenta de proporciones. Lo suficiente para ser aún más dulce a mi vista. Sus hermosos lunares siguen por sus pechos, su abdomen y sus caderas.

Ambos nos acercamos felices de vernos. Ella toca mis brazos y mi rostro, yo tomo su hombro y su cintura, para poder besarnos de la manera más lasciva posible. Los dos nos tocamos y nos embarramos los labios entre nosotros. Cada beso hace que nuestras bocas se vuelvan uno en este “sueño” y se desborden como líquidos que burbujean. Es todo un espectáculo morboso entre gemidos, besos, y piel rebotando por todas partes. Ella rápidamente toma con ambas manos el enorme falo y lo agita para que choque con su vulva, enorme y abierta como una flor, pero caliente y húmedo. Ella siente mi corazón palpitar a través de la sangre qué corre por las venas del pene.

Ella lo acomoda para ser penetrada. El falo entra entre sus piernas sin problema y puedo sentir el cuerpo dentro de ella deformarse para producir solo placer. Ella grita de placer al ser clavada. Cada vez que la envisto puedo ver su vientre levantarse y su voz gritar como bruja. Nuestros cuerpo se deforman con el movimiento y se combinan haciéndonos líquidos, revoloteando y burbujeando. Además su cuerpo parece absorberme hacia adentro con cada vez más velocidad. Subiendo rápidamente la velocidad y la fuerza. Ella grita y grita.

—¡Soy una zorra! ¡Soy una puta! ¡Maldita sea, mierda puta! —hasta que su voz se escucha como una especie de sonidos parecidos a rugir de un jaguar. Y mi acelerada respiración como el forcejeo de un lobo.

Ella se corre como un río. No deja de secretar un líquido negro como una fuente mientras sigo penetrándola. Yo disparo mi eyaculación sin parar dentro de ella sin perder fuerza ni energía. Le saco el falo para bañarla en mi semen morado, que se fusiona con su negro líquido interior. Comienzo a morder su cuello con fuerza hasta arrancarle un pedazo, y de inmediato se regenera, esto solo la hace excitarse más. Con sus garras ella destruye mi espalda obligándome a embestir con mayor velocidad, pero de la piel abierta no sale sangre ni nada.

Hicimos de todo lo que una pareja puede hacer. Las espaldas acabaron desgarradas, las mordidas cubrían nuestros cuerpos y las burbujas que se formaban de la amalgama que estábamos provocando quedaban flotando. Algunos del azul de nuestras pieles, otras negras y otras moradas encapsuladas.

Entre la fuerza de la acción y la velocidad del movimiento en medio de sus gritos y rugidos, de sus garras lacerantes pude escuchar una voz normal de humana…

—Te amo. —muy suave. Casi imperceptible. Para este punto los dos armamos una sola amalgama de un solo cuerpo del que no dejaba de brotar placer a toda velocidad y con tanta fuerza que el movimiento podía notarse hasta el medio de sus enormes senos revoloteando.

El ojo gigante de pez se posicionó frente a nosotros mirando con atención los movimientos y la violenta fuerza, de olas embistiéndose y causando su placer.

Desperté justo a la hora para irme a trabajar. Al día siguiente Gabriela no estaba. No estaban sus cosas. Me quedé solo en casa. No dejó nota, no se despidió, a pesar de que la casa está a su nombre, ella es la que se fue. Nunca más volví a saber de ella.

Cuando salí para ir a trabajar la vecina salió. Cuando la miré, ella me volteó la cara. Nunca más me volvió a dirigir la palabra. Supe que se divorció de Cristian una semana después y se fue de la ciudad.

Cuando fui a buscar a Sonia, su edificio estaba en renta, no quedaba nada de ella y tampoco la volví a ver.

El daño que hicimos con el crimen fue más de lo que esperaba. Nunca más volví a soñar. Siempre qué dormía despertaba justo a la hora de ir a trabajar como si hubiera sido un parpadeo.

Mi hermano se casó con una chica joven y en su boda no vi a Gabriela. Supongo que quizás el amor no es tan poderoso como esa cosa que vi en mis sueños. El ser gigante con ojo de pescado.

A veces intento convencerme de que quizás fue solo una mala coincidencia y que en realidad todo fue un sueño.

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