Una mano amiga

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T. Lectura: 12 min.

Regresaba del gimnasio como todos los sábados, entro al edificio y de ahí directo al departamento donde vivo sólo con mi madre. -¡Ya llegué! -Le grito sin esperar respuesta, mientras emprendo camino a mi habitación.

Escucho una charla mansa y sorda. Seguramente mi mamá está platicando con la vecina, pues últimamente se ha hecho costumbre a esta hora del día, tal parece que su amistad ha florecido y eso me parece bien, por ella, ya que siempre me sentí mal por dejarla sola desde que mi padre falleció hace ya cinco años.

Entro al baño, perdiéndome en mis pensamientos debajo de la ducha, al tiempo que escucho como la charla que se desarrollaba en la sala comienza a desvanecerse. -¡Julio!, voy a la tienda, enseguida regreso. -Escucho a mi madre gritándome desde la puerta del baño. -Está bien. -Le respondí asertivo.

Tardé unos pocos minutos más, cuando salgo del baño, asumiendo que mi madre se había ido con la vecina al mercado. Sin embargo, al salir, me llevé la sorpresa de que todavía estaba su amiga ahí, sentada en la sala.

Normalmente no me habría importado, sé que es una mujer de confianza, pero el momento se tornó incomodo debido a que yo estaba desnudo, es decir, únicamente con mi toalla envuelta alrededor de mi cintura, y no era una toalla muy grande.

-Buen día señora. -Le saludo apenado, mientras camino cohibido a través de la sala, pues esa señora siempre me ha intimidado mucho. No piensen mal, no es por su carácter, sino, por su semblante. Pese a ser mayor que mi madre y de paso haber tenido dos hijos, aún posee un cuerpo envidiable, pues, además de cuidar su alimentación y hacer ejercicio, ciertamente goza de buena genética.

La idea era regresar a mi recamara para vestirme, pero me pareció incorrecto dejarla sola después del saludo, por lo que decidí crear una pequeña charla para hacer tiempo en lo que mi madre regresaba. -¿Cómo está? -Le lancé la pregunta más retorica que se me vino a la mente, torpe y muy ansioso, a lo que ella me respondía muy amble como siempre, aunque, ahora, visiblemente incomoda.

Aunque siempre he sido muy torpe con las mujeres en general, era que ella quien puntualmente me ponía muy nervioso, pese a que no se vestía llamativa, ni mucho menos sensual, era evidente que, debajo de sus ropas viejas y holgadas de señora, escindía un cuerpo que aún conservaba el glamur de sus días de oro. Y yo que por ese tiempo no había tenido ni mi primera vez, no me podía contener la emoción de platicar con ella. Así es, a los 22 años aún no tenía novia, quizá por eso es que me dedico tanto a mi cuerpo, en busca de combatir un poco esa inseguridad que siempre me ha aquejado.

-¿Qué dice la familia? -Pregunté de nuevo, ya desesperado por avivar la charla, cual parecía caer presa de un inminente silencio incomodo. -Ya sabes hijo, aquí abandonada. -Me responde con una falsa tristeza, más bien burlesca, a lo que remato diciendo: -Pues estamos igual. -Atino a decirle con una risa un tanto forzada al tiempo que observo la mirada temblorosa de mi vecina en su rostro sonrojado.

Y es que, al estar sentado en tan incómoda posición, noté que mi vecina me miraba de una forma un tanto indiscreta, como buscando espiar debajo de la pequeña toalla, cual seguramente había dejado ver mi desnudez.

Sin embargo, había algo más. Uno como hombre sabe perfectamente cuando una mujer te mira con curiosidad y otra muy diferente, cuando te mira con deseo. Inclusive, me atrevo a decir, que la pillé relamiéndose los labios un par de veces.

Creí que sería mi imaginación, pero, al acomodarme un poco la toalla con nulo recato, lo comprobé, pues su mirada se clavó en mi entrepierna con deseo de mirar un poco más. No había duda, realmente lo deseaba, esa mirada de excitación genuina no se puede disimular. Me gustó, no voy a negarlo, quise repetirlo nuevamente, pero, en ese momento, mi madre regresó, por lo que se me acabó el tiempo.

La amiga de mamá también es mi amiga

Habrían pasado unos cuantos meses desde aquel momento de exhibicionismo, cuando mi vecina llegó un día a invitarnos a una fiesta, ya que uno de los hijos se casaría y se celebraría una ceremonia religiosa.

Aquel día fue genial, no recuerdo haber bebido tanto, ni con mis amigos. Nos divertimos por horas, hasta la madrugada. Lo que mejor recuerdo es que, entre el calor de las copas, mi vecina se acercó a bailar conmigo. Nada extraño, la fiesta había madurado lo suficiente como para que todos comenzamos a hacer locuras, fruto de las bebidas alcohólicas.

Lo cierto es que, entre baile y baile, nos dimos un buen agasajo. Recuerdo que le agarre sus nalgas en más de una ocasión. Fue rápido y sutil, pues nos estarían mirando al centro de la pista de baile, pero fue suficiente para que se me pusiera como mástil, y ella lo notó, pues pude sentir como me restregaba su cadera en mi pantalón, incluso llegando a rosar su mano en mi verga al ponerse de espaldas, momento que también aprovechaba para embarrarme en su culito sobre su ajustado vestido de fiesta.

El camino estaba marcado, me gustaba y a ella le gustaba, pese a que los años de diferencia. El problema era que no podíamos avanzar más, sin que se viera tan obvio. No podríamos vernos discretamente en ningún momento, pues casi siempre estaba con mi madre en la casa ya que ella no trabaja, pues vive de su pensión y la de mi difunto padre.

Sin embargo, justamente era mi madre, quien nos proporcionaba el pretexto perfecto para vernos más seguido, siendo que mi vecina nos visitaba cada vez más y más a menudo. Es verdad que nunca nos veíamos a solas, pero ya era algo.

Echándome la mano

Recuerdo el día perfectamente. Era lunes, mi día favorito pese a su mala reputación. Y es que sucede que ese día descansaba del trabajo por lo que podía quedarme en casa todo el día.

Regresaba de correr, pues los lunes me toca cardio, y ese día no sería la excepción, si saben a lo que me refiero. Entre a mi departamento y, adrede, dejé la puerta sin seguro, tal como solía hacerlo mi madre, quien ese día tenía cita con el especialista, por lo que, por primera vez en mucho tiempo, tendría la casa sola.

Ni si quiera tenía el número telefónico de mi vecina y, a decir verdad, no se me ocurría nada. No era como ir a su casa y decirle “buenos días vecina, gusta pasar a coger mientras mi madre no está”. Lo mejor que pude hacer fue dejar la puerta sin seguro, esperando que, con algo de suerte, mi vecina cayera en la indirecta, pues eso mismo hacía mi madre cuando esperaba su visita, ya que nunca le han gustado las puertas cerradas con llave cuando está en casa, no sé por qué.

Así lo hice. Entré a bañarme con la esperanza de que mi vecina entrara y me viera completamente desnudo, sin embargo, no tuve suerte. Ciertamente no lo esperaba, pero, por alguna razón, ese día puntualmente estaba caliente como el infierno, tenía las hormonas a tope y estaba que no me apagaba ni con agua helada.

Estaba tan caliente que, al salir de la ducha, me fui a mi habitación a mirar videos para adultos desde mi teléfono, haciéndome una manuela de lo más deliciosa, de esas que te dejan toda la mano pegajosa.

En esas estaba, cuando escucho que abren la puerta. -¡Hola, hola! -Exclamaba mi vecina buscando la respuesta de mi madre, ya que también la llamó por su nombre. -¿Puedo pasar? -Preguntó. Y mi corazón explotó.

De normal, me levantaría de mi cama y me pondría aceptable para recibir visitas. Pero no. Ese día estaba bien cachondo y me valió madre la decencia. En cambio, me acomodé en mi cama, cubriendo apenas un poco mi parado falo con mi toalla, haciéndome el sordo, con un ojo en mi celular y el otro en mi puerta, donde, en ese momento, apareció.

Sí, ahí estaba mi vecina, asomándose momentáneamente por la esquina de mi puerta. -Hay hola, pensé que no había nadie. -Se disculpaba, desviando su mirada de asombro, antes de regresar rápidamente tras sus pasos, rumbo a la sala. -Perdón, no la escuche. -Le respondo, regocijándome en el excito de mi plan.

Estaba a punto de vestirme, lo juro, cuando veo que se asoma de nuevo, sin darme tiempo ni de disculparme. -Este… Mi mamá no está, pero puede pasar. -Le extiendo amablemente la oferta, esta vez sin inmutarme, al tiempo que ella aceptaba la invitación, entrando a mi recamara.

-¿No está tu mami? -Pregunta con falsa ingenuidad. -Fue a su cita con el terapeuta. -Le respondo impúdico, deslizando un poco mi toalla mientras me recostaba de nuevo en mi cama, dejando que mi palo la levantará como casa de acampar. -¿Tardará en llegar? -Cuestiona de nuevo, desviando la mirada al regalo que le esperaba debajo de mi toalla, casi como rogándome porque se lo dejara ver.

-Un par de horas. -Le respondo, corroborando que tendríamos tiempo de sobra. -¿Gusta algo? -Le pregunto con amabilidad, aunque con un evidente doble sentido, pues, mientras le soltaba la pregunta, me pasé la mano sobre pene. -No. -Me responde nerviosa, aunque visiblemente excitada. -Solo venía a platicar un poco, ya sabes. -Añadió al final.

-¿A sí? ¿Qué tal la están pasando los recién casados? -Abro el dialogo para que se quedara a platicar conmigo. -Ya sabes, cosas de recién casados. -Me responde, picara. -Dichosos ellos que pueden, uno que no tiene con quién, se las tiene que arreglar solo. -Le lanzo la flecha, ya bien caliente, mientras me metía la mano bajo mi toalla para tocarme un poco el pito que comenzaba a flaquear, levantándolo enseguida con unos sutiles roces en la entrepierna.

-Pero tú eres muy joven y guapo, no te deben faltar pretendientes. -Me insinuaba, con la vista fundida en mi palo levantando la toalla, momento que aproveché para deslizarla un poco más hasta mi abdomen, provocando que finalmente emergiera mi verga erecta el cien, ondeando libremente con la luz de la mañana, provocando que brillara con mis secreciones seminales resplandeciendo con los rayos del sol.

En cuanto lo vio, se estremeció, sin embargo, intento disimularlo como si todo aquello hubiese sido un “accidente” haciéndose como que no se había dado cuenta. -Ya quisiera. -Le respondo con una risa trivial. -No tengo tanta suerte. Nadie se anima. Siempre termino consolándome yo solo. -Aviento la indirecta de una vez por todas, sobándome el pene con extrema sensualidad, como invitándola a que se comiera el desayuno.

-Qué cosas dices. -Se sonrojaba, intentado despegar la mira de mi mano subiendo y bajando mi jugoso glande que tanto degustaba a distancia. -Pero sé a lo que te refieres, yo también lo hago. -Me confesaba. Palabras que inmediatamente me volvieron loco, revolucionando mi corazón a mil por minuto. -¿Verdad que sí? -Lanzo la retórica, al tiempo que enfatizo mis eróticos movimientos con total descaro, comenzándome a masturbar explícitamente, provocando que me volteara a ver la verga que tenía ya toda pegajosa. -No queda de otra. -Finalizo, disfrutando como mi vecina se relamía los labios, visiblemente nerviosa.

-Aunque, siempre hay otras opciones. -Se rendía finalmente, acercando su mano para sujetar mi falo con delicadeza y nervios, puesto que claramente se podía notar la duda en sus movimientos temblorosos. Aún así, fue hermoso. Apenas sentí sus delgados dedos tibios, me sentí en el paraíso, luchando por no venirme en segundos al paso de su mano deslizándose en mi virgen pene.

Por suerte aguanté, apenas. Al menos hasta que acercó su cabeza a mis piernas y supe que me la iba a chupar. Por primera vez en la vida alguien se comería mi verga, y sin preservativo. Nunca olvidaré la excitante sensación de su boca caliente abrazando mi endurecida carnosidad con sus húmedos labios mientras su lengua la acompañaba hasta lo profundo de su garganta.

En ese momento tuve un espasmo. No sé si me vine, pero fue mágico. No sentí el orgasmo, es decir, no sentí como si hubiese terminado, por lo que seguía erecto y sin exceso de sensibilidad. Sin embargo, pude sentir la boca de mi vecina “llena”, ya saben, extremadamente ensalivada y lubricada, provocando que tuviese que escupir un poco para no ahogarse, de paso mojándome toda la riata con todas esas secreciones.

Fue la mejor chupada que me han dado, claro, había sido la primera, pero ni antes ni después he experimentado algo igual. Tan solo atiné a acariciarle la cabeza, peinando un poco su largo cabello teñido de castaño claro, acariciando de paso sus mejillas que succionaban mi pene por dentro. Y aguanté.

Seguí tocándola por la espalda, los hombros y su cuello. Lo estaba disfrutando mucho. Nunca había tocado a una mujer con tal descaro, sin miedo a recibir una buena bofetada a cambio y, ahora, estaba ahí, con mi vecina a mi total placer. Quería llegar a sus tetas, pero no podía, no alcanzaba en esa posición. Por fortuna, ella lo entendió y se acomodó para que pudiese tocarla, y no sólo eso, sino que, en un momento se sacó mi pene de su boca para que, de un veloz movimiento, se quitara la blusa negra, poco favorecedora que casi siempre solía vestir. Y santa madre cuando la vi con esa lencería negra de encajes aprisionando sus tetas.

Fue casi surrealista verla quitándose su sostén, sentada frente a mí. Esa primera vez mirando un par de senos reales en vivo, son de las cosas que un hombre nunca olvida en la vida, especialmente uno que no ha tenido tanta suerte en el amor y en el sexo. Además, hacer hincapié para justificar ese par de pechos naturales que, pese a la edad y su tamaño, seguían firmes y duros. Era una delicia ver sus pezones café oscuro bamboneándose libremente, antes de que se clavara de nuevo a chuparme el pito.

No tarde un solo segundo en agarrárselas al tenerlas al alcance, además desnudas esta vez. Esa calidez y la suavidad al rosar mis dedos en sus pezones me llevó al cielo. Para mí, ya era demasiado, había sido suficiente para ser la primera vez. Era más de lo que había tenido en 22 largos años de ayuno, por lo que ya estaba más que satisfecho. Pero sabía que se pondría mejor, y solo de imaginar que pronto iba a penetrarla, hacía que todo mi cuerpo se estremeciera de la excitación.

Sin embargo, lo cierto era, que no sabía qué hacer. Lo único que sabía de sexo lo había aprendido de videos porno y no era mucho, por lo que me limitaba a disfrutar del momento, aguantando firme como soldado para no venirme enseguida.

Lo único que se me ocurrió fue intentar un “69” y, aunque no me atreví a pedírselo en voz alta, bastó con girarle un poco las nalgas para que lo entendiese. Entonces, se puso de pie bajo la cama y, ante mi mirada perpleja se quitó su pantalón de mezclilla con todo y calzones, para montarse de regreso sobre mí, esta vez de espaldas, donde continuó chupándome el pito, mientras me acomodaba las nalgas en la cara.

Ese olor. Nunca lo voy a olvidar. Era fuerte, pero tremendamente excitante, olía a… bueno a coño de señora, ustedes seguramente sabrán a lo que me refiero. No resistí un solo segundo para comenzar a chupárselo. El sabor era increíblemente intenso, pero me gustó.

Apenas podía respirar. No creía lo mojada que estaba. Me llenaba toda la boca con su tibio flujo que no dejaba de escurrirle del fondo de su vagina, el cual era difícil de tragar, tanto por su consistencia, como por su acides extrema.

Siendo mi primera vez, quise intentar todo lo que había visto en los videos para adultos, pero, una vez en la práctica, no pude, en esa posición no alcanzaba a cubrir mi boca todo su coño, por lo que me limitaba, más bien, a besarle los labios de su concha, tal y como si fuesen los de su boca.

No obstante, esto parecía gustarle mucho, pues estaba gimiendo bien rico, y su vagina seguía mojándose muchísimo. Entonces quise meterle un dedo, pero, como estaba muy dilatada e increíblemente mojada, casi me come la mano entera, por lo que pude meterle tres dedos sin problemas, con los que hacía juego como si se tratase de un pene entrando y saliendo, algo que le gustó tanto que comenzó a gemir más fuerte.

En ese momento no lo sabía, pero mi vecina estaba teniendo un orgasmo. En un principio no lo creí, sonará estúpido, pero pensaba que eso solo pasaba en las películas, de hecho, creí que estaba fingiendo, pues gritaba con demasiada sensualidad, casi falso. Cuál fue mi sorpresa cuando su vagina comenzó a convulsionar en mis dedos, mojándome toda la mano.

Por supuesto que le seguí chupando todo lo que le escurría, pero, en ese momento me di cuenta de algo “peculiar”. Y es que cuando tuvo su orgasmo, me di cuenta de que su culito se abrió mucho por un momento, así que quise intentar ver si le gustaría que le metiera un dedo por ahí, aprovechando que tenía toda la mano lubricada.

Entonces, metí los dedos índice y medio de regreso en su vagina, mientras encaminaba el dedo anular en su orificio más chiquito. Diablos, estaba tan excitada que no tuve ningún problema para metérselo por completo.

Y comenzó, a gemir. Y muy fuerte. Increíblemente excitante y ruidosa, mientras movía la colita como motivándome a que acelerara mis movimientos, obligándome a hacer mi mejor esfuerzo por meter y sacar mis dedos de sus dos orificios tan fuerte, rápido y profundo como podía.

Ya me había cansado, no mentiré, pero valió totalmente la pena, pues pude presenciar el más potente e intenso orgasmo que he visto jamás, el cual me apretó los dedos dentro de su vagina cual escurría un flujo blanquecino, pegajoso y con un fuerte olor, al tiempo que mi vecina gemía riquísimo a todo pulmón.

Ahí supe que ya estaba listo para recibir lo mío. No podía aguantar un momento más sin cogerme a mi vecina, por lo que me reincorporé, la acomodé de espaladas a mí y encaminé mi verga entre sus nalgas.

Había tanto semen, saliva y lubricación en nosotros que no tuve que hacer ningún esfuerzo para deslizar mi pene hasta el fondo de su vagina, el cual, aunque no es grande, tampoco es chico. Esa primera vez, es lo mejor que me ha pasado, se los digo en verdad. Fue muy intensa, aún me estremezco al contarla, pero inexplicablemente placentera.

Enseguida supe que me iba a venir en segundos, por lo que me vi obligado a desacelerar un poco, haciéndome tonto al besarle su cuello y hombro desde su espalda, algo que me agradecía al gemirme extremadamente delicioso, al tiempo que movía sus caderas exprimiéndome el pene en cada vaivén, lo que, pese a todos mis esfuerzos, me hizo eyacular inevitablemente dentro de ella.

No me culpen, era mi primera vez, estaba muy excitado y el coño de mi vecina estaba tan lubricado y tan caliente como no tienen idea. Simplemente no pude aguantarme y ahí mismo me dejé venir. No obstante, creo que ella ni cuenta se dio, o no le importó, porque no me dijo nada. En cambio, seguía en lo suyo y, ciertamente yo aún seguía erecto, por lo que, pese a tener el pene medio sensible, seguí como si todavía no hubiese terminado, aprovechando que mi glande estaba un poco adormilado por toda la lubricación que impedía la más mínima fricción.

De esta manera pude seguir por más tiempo sin problemas, pues, en realidad nunca perdí la erección, gracias a que seguía muy excitado. Y entonces en ese momento, me tenté a hacerlo por su culito. Ahora sabía que eso le gustaba y, aunque no estaba seguro de que quisiera, no me resistí a intentarlo, por lo que, mientras le metía la verga en su vagina, le inserté un dedo en su hoyito a modo de prueba. Le gustó, lo disfrutaba, por lo que aproveché para sacarle el dedo en repetidas ocasiones hasta que, en una de esas pude meterle dos dedos. Rayos estaba tan caliente que no tuve problemas. Ahí supe que estaba lista, así que me salí de su vagina y encaminé mi pene en su nudo de globo. No dijo nada.

Costó un poco, no lo voy a negar, era inexperto. En un momento casi desiste, pero, acariciando sus senos y besándola en el cuello, logré que resistiera y, en cuanto pude meterlo por completo se volvió loca. Gemía más excitante, se movía más rápido y me decía cuanto le gustaba con la voz más erótica que he escuchado jamás.

En ese momento supe que nos haríamos venir por última vez, así que le dejé ir todo mi pene y con mi mano derecha le metí los tres dedos medios con la milenaria técnica del Spiderman, mientras con la otra mano aprisioné el clítoris con mis dedos en forma de pinza para masturbarlo como si se tratase más bien de un pene pequeño. Y entonces, mi vecina, explotó a todo pulmón.

Fue un squirt muy corto pero potente, como un disparo rápido de una pistola de agua, no creía que fuese posible, pero me mojó toda mi habitación, en serio, el día siguiente descubrí que hasta la pantalla de mi computadora estaba mojada, por suerte no se descompuso nada, pero dios, el orgasmo de mi vecina se impregnó por todos lados.

Al final se relajó y, mientras yo le llenaba el culo de semen, su vagina terminó de escurrir el resto de su orgasmo, está vez en un flujo lento pero constante, mojándome toda la cama como si alguien hubiese derramado un vaso de leche caliente en las cobijas.

Lo malo fue que al último la escena se puso muy incomoda, pues mi vecina se vistió en completo silencio, con un semblante que mezclaba vergüenza y arrepentimiento. -¿Estás bien? -Atiné a preguntar con toda caballerosidad. -Sí. Es tarde. -Respondió, avergonzada, terminando de malponerse su ropa. Pero lo peor estaba por pasar, pues, al salir de la habitación, encontramos a mi madre sentada en la sala del apartamento, con un rostro colérico como nunca se lo había visto antes.

No sé qué tanto habrá escuchado, o visto, pero no le quedaba duda de que su vecina y mejor amiga se acababa de coger a su hijo, llevándose la mejor cogida de su vida de regreso a su departamento.

Desde ese día, la relación con la vecina se fue deteriorando cada vez más, hasta llegar el día en que ya ni nos hablábamos. Una lástima.

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Mi nombre es Tania, y deseo que tengas muy felices fantasías.

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