¡Vamos a jugar! (2)

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La cita esta vez había tardado mucho después del primer encuentro, pero después de haber convenido cómo se llevarían los juegos, en lo cual se tardaron mucho en acordar, tocó el turno de Chayo. Ella colocó todas sus tarjetas en una bolsa negra y después sacó la tarjeta elegida, la leyó en silencio y se la dio a Andrés.

Andrés al leerla arqueó las cejas, suspiró y aceptó. Como parte de las reglas no podía cuestionar o modificar la tarjeta. Subieron al auto y se enfilaron a un drive thru. El reto contemplaba como escenario previo esa salida, por lo que comieron hamburguesas, alitas, boneless y papas a la francesa que acompañaron con enormes refrescos sin azúcar. Cuando Andrés se terminó el primer refresco se tomó otro igual de grande, escucharon música de la década de los ochenta y conversaron.

En el lugar había gente alrededor de la entrada y salida, eran las ocho y media de una noche de sábado, pero pocos en el estacionamiento. Se enfilaron a esa parte donde había unas jacarandas y había menos luces. Estaban a desnivel, pero por las ramas y la sección no se podía ver desde la banqueta.

“Él era capitán del equipo americano, su invitación me sorprendió porque era de los populares y yo de las artistas de danza, aunque siempre estaba ocupada con el trabajo y no tenía mucho tiempo”, fue una invitación rara, pero acepté. Sus músculos eran amplios al igual que su espalda, pero no tenía nalgas.

“¿Ya?” preguntó Rosario, “Ya Chayo”, respondió Andrés. Elevó las ventanillas y la altura de la camioneta para evitar miradas curiosas, puso la música que ella pidió: “Sugar, sugar” como decía la tarjeta, acomodó la camioneta para hacer una especie de diagonal y procedieron a bajar de la camioneta, cada uno volteo de manera discreta para ambos lados de la camioneta. Todo el mundo estaba en lo suyo.

Andrés bajó el cierre de su pantalón, acomodó su miembro en las manos. Rosario le dijo que esperara un poco más, que dejara salir pequeños chorritos y que al final dejara salir todo. Cuando Andrés estaba a la mitad de la “operación” ella le pidió sostenerlo, Andrés sonrió y la dejó hacerlo. “Se siente el paso” dijo Rosario. Ahora sacudelo varias veces, le dijo Rosario, luego Andrés pronunció las palabras que ella quería escuchar: “perdón, pero es que ya me hacía”.

Al finalizar cerró el cierre. Ella le dio toallitas desinfectantes para las manos y antes de salir del drive thru, las dejó junto con los restos de unicel y refrescos en el bote de basura.

De regreso, Andrés condujo despacio y le preguntó sobre el origen del juego. Rosario le contó que la primera vez que vio orinar a un hombre, llegaban de una fiesta y su pretendiente, apenado y apurado, orinó atrás de un auto, ella pudo ver sólo un poco, le hubiera gustado sostenerlo en esa ocasión. Después él ya no la buscó, quizá porque se apenó por haber tenido que orinar en la cita. “Durante años la idea de que me hubiera asomado a verlo me inquietó, si él me lo hubiera pedido yo lo hubiera sostenido.

Algunos años después con la ducha, le quité la regadera al tubo y experimenté primero ver cómo caía el chorro sobre mi cuerpo y después sentir los chorros en la vagina y el clítoris. La sensación orgásmica fue fabulosa, pero esto es el origen de aquello, pero también es otra historia”.

“¡Bien jugado!” le dijo Andrés. La camioneta rodaba con gran estabilidad y comodidad por el camino. Andrés se dirigió a llevar a Rosario a su casa. Esa noche Rosario se bañó en paz y durmió muy tranquila, “pero eso es lo padre”, se dijo, “no es que sea muy extravagante, sino que a veces lo cotidiano es lo más excitante”.

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