Vicky y Diego

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La lluvia caía sobre Posadas con una insistencia monótona, envolviendo la ciudad en un manto gris y sonoro. En una habitación de hotel del centro, con las ventanas empañadas por el contraste del calor interno y el frío de la tarde, Vicky esperaba. A sus treinta y cinco años, rubia, esbelta y con una elegancia que la lluvia no lograba despeinar, revisaba un informe sin ver las palabras. Su mente estaba a cientos de kilómetros, con Martín, su esposo, y también aquí, en este cuarto, anticipando lo que estaba a punto de suceder. Había accedido. Después de varios encuentros a tres, donde la curiosidad y una química eléctrica la habían llevado al borde, por fin había dicho que sí a verse a solas con Diego.

Él llamó a la puerta con un golpe firme. Al abrir, la presencia de Diego llenó el marco. Moreno, de casi un metro noventa, con un cuerpo trabajado que delineaba cada músculo bajo la camisa mojada, tenía una sonrisa que era a la vez tímida y audaz. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, y el aire se espesó al instante.

“Tenía que verte”, dijo él, su voz un rumor grave que se coló por entre el sonido de la lluvia.

Sin mediar más palabras, Diego cerró la puerta y la atrajo hacia sí. El primer beso no fue una pregunta, fue una afirmación. Sus labios se encontraron con una urgencia contenida durante semanas. Ella sintió el sabor a café y a lluvia en su boca, sus manos grandes en su cintura, tirando de ella contra su cuerpo duro y excitado. Vicky respondió con igual fervor, sus dedos enredándose en su cabello oscuro y húmedo, olvidando por completo el mundo exterior.

La llevó hacia la cama en un torbellino de besos y manos ansiosas. La ropa, una barrera absurda, fue desapareciendo. Él desabrochó su blusa con dedos sorprendentemente diestros, descubriendo su piel clara, y enterró su rostro en el cuello de ella, mordisqueando suavemente la línea hasta su hombro mientras sus manos liberaban el cierre de su sostén. Ella, por su parte, arrancó los botones de su camisa, ansiosa por palpar el torso definido, la piel morena y caliente bajo sus palmas.

Cuando estuvieron desnudos, Diego se detuvo un momento a admirarla. Ella yacía sobre la colcha, rubia y luminosa contra la tela oscura, sus curvas de 1.70 metros una invitación que él no pudo resistir. Bajó su cuerpo sobre el de ella, y el contacto piel con piel fue una descarga. Sus bocas se encontraron de nuevo en un beso profundo, húmedo y lascivo, mientras su mano recorría su costado, su cadera, para detenerse en el calor entre sus muslos. Vicky arqueó la espalda con un gemido ahogado, sus propias manos explorando la espalda ancha de Diego, bajando hasta apretar sus nalgas firmes, atrayéndolo más cerca.

La penetración fue lenta y deliberada al principio, un deslizarse profundo que hizo que ambos contuvieran el aliento. Diego la miraba a los ojos, buscando y encontrando permiso para continuar. Luego, el ritmo cambió, guiado por una necesidad animal y compartida. Cada embestida era una afirmación de la atracción que los consumía. El sonido de sus cuerpos uniéndose se mezclaba con el golpeteo de la lluvia en la ventana. Él la tomó de las caderas, ajustando el ángulo, y un nuevo y más intenso oleaje de placer la recorrió, haciendo que sus uñas se clavaran en sus hombros.

Cambiaron de posición, y Vicky, con una fogosidad que la sorprendió a ella misma, se montó sobre él. Desde arriba, cabalgando con un ritmo que nacía de sus entrañas, ella controlaba la profundidad, viendo cómo los ojos de Diego se oscurecían de deseo. Él sentía cada contracción de su interior, sus manos en sus pechos, sus pulgares rozando los pezones erectos. Se inclinó hacia adelante para besarla de nuevo, un beso salado y desesperado, mientras sus caderas se encontraban en un baile perfecto.

La culminación los alcanzó como un relámpago que parte el cielo gris de la tarde. Un temblor profundo, un grito de Vicky ahogado en el hombro de Diego, y la explosión caliente y prolongada de él dentro de ella. Se derrumbaron juntos, jadeantes, pegados por el sudor, en un nudo de extremidades.

El silencio que siguió solo fue roto por su respiración entrecortada y la lluvia, que comenzaba a amainar. No hubo promesas, ni planes. Diego la rodeó con un brazo, dibujando círculos en su hombro. Vicky apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el rápido latido que lentamente volvía a la calma. Sabía, con una certeza que la entristecía y la excitaba a la vez, que esto era solo un encuentro fugaz y ardiente, robado a la rutina y a la distancia, un secreto húmedo y cálido en una tarde lluviosa de Posadas. Cuando él se fuera, solo quedaría el aroma a sexo y a tormenta pasada, y el recuerdo imborrable de una química que, por unas horas, los hizo dueños de un mundo propio.

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