Videollamada para provocar celos

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2014
T. Lectura: 2 min.

Cuando la videollamada se volvió puro fuego.

Estaba en la fiesta, el teléfono en una mano, la cámara apuntándome mientras me acercaba a mi amigo. Tú, desde el otro lado, mirando cada uno de mis movimientos con esa mezcla de deseo y celos que tanto me gusta provocarte. No había sillas, el suelo estaba frío, y yo quería una excusa perfecta para hacer lo que ya había planeado.

—No hay sitio, amor —dije, con una sonrisa que sabía que te ponía alerta—. Voy a sentarme aquí un rato.

Mi amigo, ajeno a todo, abrió las piernas ligeramente para darme espacio. Y yo, sin apartar la mirada de la cámara, empecé a bajar.

No fue un sentarse rápido. Fue un descenso lento, deliberado, casi tortuoso. Mis pompas encontraron sus muslos y se hundieron con un movimiento suave, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela de su pantalón. Pero no me quedé quieta. Incliné mi cuerpo hacia atrás, apoyando mi espalda contra su pecho, y dejé que mis nalgas se deslizaran hacia adelante, justo hasta sentir la presión de su entrepierna contra mí.

Y entonces, empecé a moverme.

No era un movimiento inocente. Era un roce lento, profundo, con mis pompas presionando contra su miembro. Podía sentirlo a través de la tela, la forma de su erección creciendo bajo mi peso, el calor de su piel quemando contra la mía mientras me movía en círculos lentos sobre él. La cámara, desde el ángulo en que la tenía, captaba cada detalle: cómo mis nalgas subían y bajaban, cómo se separaban apenas para luego presionar de nuevo, cómo el roce de su entrepierna se marcaba contra la tela de su pantalón mientras yo seguía moviéndome.

En la pantalla, te vi apretar los labios. Te vi inclinar el teléfono, acercándolo más a tu rostro, como si quisieras grabar cada milímetro de lo que estaba haciendo.

—¿Ves esto, amor? —dije con una voz baja, casi un susurro—. Siento su miembro contra mis pompas. Cada vez que me muevo, lo siento más duro.

Y entonces, para rematar, dejé de moverme en círculos y empecé a deslizarme. Mis nalgas se movían de arriba a abajo, rozando su erección en cada ascenso, presionando contra ella en cada descenso. Podía sentir cómo se endurecía bajo mí, cómo su respiración cambiaba, cómo sus manos se tensaban a los lados sin atreverse a tocarme. Pero yo no necesitaba que me tocara. Necesitaba que “tú” lo vieras.

—Mira, amor —dije, arqueando la espalda para empujar mis pompas hacia arriba, mostrando claramente cómo se separaban de su entrepierna, para luego caer de nuevo con un movimiento lento y húmedo que hacía que su miembro se presionara contra el hueco de mis nalgas—. Mira cómo lo froto. Mira cómo se marca contra mí.

La cámara captaba todo: el roce de la tela, la forma en que mis nalgas se movían sobre él, cómo mi cuerpo se inclinaba para presionar más fuerte, cómo el bulto en su pantalón se marcaba claramente cada vez que yo bajaba. Y tú, al otro lado, solo podías mirar, con los dedos apretando el teléfono y la respiración cada vez más agitada.

—¿Te gusta verme así? —pregunté, con una sonrisa pícara— ¿Te gusta ver cómo froto mis pompas contra su miembro mientras te miro a ti?

Y sin esperar respuesta, seguí moviéndome. Más lento, más profundo, sintiendo cada centímetro de su erección deslizándose entre mis nalgas a través de la tela. El roce se volvía más caliente, más intenso, y yo podía sentir cómo mi propio cuerpo empezaba a responder al movimiento, cómo la humedad empezaba a formarse entre mis piernas mientras seguía frotándome contra él, mirándote fijamente a través de la pantalla.

Cuando la videollamada terminó, cuando salí de la fiesta y llegué a casa, te encontré esperándome. Antes de que pudiera decir nada, tu mano encontró mi cadera y me giraste contra la pared.

—¿Disfrutaste frotarte contra él? —preguntaste con la voz ronca, tus dedos clavándose en mis pompas.

Y yo, sintiendo tu erección presionar contra mi vientre, solo atiné a susurrar:

—Disfruté más saber que tú lo estabas viendo.

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