El recordatorio llegó un martes por la tarde. Los dos lo leímos al mismo tiempo. Ella sonrió de esa forma lenta que me derrite.
—¿Vamos juntos otra vez?
—Por supuesto.
La sala de espera olía igual. Cuando nos llamaron, el doctor Vargas nos recibió con la misma sonrisa contenida. La bata impecable, el cabello peinado hacia atrás, esos ojos claros que no se apresuraban.
—Bienvenidos de nuevo. Hoy la revisión será completa para ambos. Quiero que empecemos distinto. Van a desnudarse frente a mí, uno al lado del otro. Sin biombo. Y mientras lo hacen, me cuentan exactamente lo que sienten al quitarse cada prenda.
Empezamos juntos. Yo me desabroché la camisa. Cada botón sonaba demasiado alto.
—Siento el aire frío en el pecho —dije mientras la dejaba caer—. Y sé que ella me está mirando. También usted. Me pone tenso de una forma que no es solo nervios.
Ella se bajó los tirantes del vestido. El tejido blanco se deslizó por sus hombros y cayó al suelo. Quedó en ropa interior negra.
—A mí me tiemblan un poco las manos —admitió—. Sabía que íbamos a terminar así, pero decirlo en voz alta mientras me desvisto… me acelera el corazón. Y me humedece.
Yo me quité los pantalones y la ropa interior. Mi pene ya estaba semierecto. Ella se quitó el sostén y las bragas con un movimiento deliberadamente lento. Quedamos los dos completamente desnudos frente a él.
Vargas nos miró un segundo más de lo estrictamente necesario. Noté cómo su respiración se hacía un poco más profunda. La tela de su pantalón, bajo la bata, se tensó de forma casi imperceptible.
—Perfecto —dijo con voz grave—. Ahora uno de ustedes se apoya de pecho sobre la camilla, piernas abiertas. El otro permanece de pie, mirando. Empezamos por usted —señaló a mi novia.
Ella se inclinó. Pecho y abdomen contra el cuero fresco, nalgas al aire, piernas abiertas. El arco de su espalda me dejó sin aire. Yo me quedé de pie a un lado.
El doctor se colocó detrás de ella. Se puso guantes con el chasquido suave de siempre. Aplicó lubricante.
—Voy a examinarla. Usted —me miró a mí— no deje de observarla. Dígame qué ve y qué siente.
Sus dedos separaron los labios de ella con precisión. Un dedo entró, lento. Ella exhaló un sonido ahogado.
—La veo temblando —dije, con la voz ronca—. Está mojada. Y sé que le gusta que yo la mire así, completamente abierta para usted. Hay un morbo muy fuerte en esto.
Vargas movió el dedo en círculos, presionando puntos que la hacían arquearse. Un segundo dedo se unió. Luego el tacto rectal. El contraste del gel frío la hizo jadear. Yo no podía apartar la vista. Mi erección ya era completa.
Cuando terminó con ella, la ayudó a incorporarse. Sus pezones estaban duros, las mejillas encendidas. Ella me miró con una intensidad que casi dolía.
—Ahora usted.
Me coloqué igual: pecho apoyado, piernas abiertas, nalgas expuestas. Sentí el aire frío y, detrás de mí, su presencia. Ella se quedó de pie a mi lado, respirando agitadamente.
Nuevos guantes. Lubricante. Sus dedos rodearon mi pene, lo levantaron, lo examinaron con esa firmeza cuidadosa. Luego bajaron a los testículos. Cuando su dedo presionó la entrada y entró buscando la próstata, solté un gemido bajo. Un segundo después sentí cómo añadía otro dedo. Los dos entraron juntos, gruesos, llenándome. Empezó a meterlos y sacarlos con un ritmo lento pero constante, rozando exactamente el punto que me desarmaba.
—Dígame —pidió él, sin dejar de mover los dedos dentro de mí—. ¿Qué siente ahora, con ella mirándolo?
—Siento que me está viendo el culo abierto… y sus dos dedos entrando y saliendo —respondí entre dientes, la voz rota—. Que sabe exactamente cómo me está follando con la mano. Y que le gusta. Eso me pone al límite. El morbo de ser revisado así, de no poder esconder cómo me pone, de que ella lo vea todo…
Él no se detuvo. Siguió metiendo y sacando los dos dedos con esa calma profesional que ahora resultaba imposible de sentir como algo meramente médico. Yo apreté la mandíbula y gemí más fuerte, el pene latiendo contra el cuero de la camilla.
Ella se había acercado tanto que casi podía sentir su aliento. Su respiración se había vuelto irregular, entrecortada. Una de sus manos bajó casi sin darse cuenta y se apretó contra el bajo vientre, como si intentara contenerse.
—Y usted —le preguntó el doctor a ella, sin apartar los dedos de mí—. ¿Qué le produce verlo en esta posición, con mis dos dedos dentro, entrando y saliendo mientras tiembla?
Ella soltó un sonido ahogado. Sus piernas temblaban. La voz le salió rota, casi al borde.
—Me produce… ganas de correrme. Ahora mismo. Verlo así de vulnerable, con el culo abierto y sus dedos follándolo… es demasiado. Estoy empapada. Me estoy apretando sola de solo mirarlo. Hay un morbo enorme… si sigue así un poco más… me vengo solo de verlo.
Vargas no aceleró del todo, pero el ritmo de sus dedos se volvió un poco más profundo, más deliberado. Yo gemía contra la camilla. Ella tenía los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, el cuerpo tenso al borde del orgasmo. Se sostenía apenas, las piernas temblando, a punto de correrme solo con la imagen.
Por un segundo la bata del doctor se abrió un poco al moverse. Bajo la tela del pantalón se marcaba claramente una erección gruesa, tensa. Él no intentó ocultarla. Solo sostuvo nuestra mirada con esa misma calma profesional que ahora tenía un borde distinto.
—La respuesta de ambos es clara —dijo con voz un poco más grave, sin dejar de mover los dedos dentro de mí—. El examen clínico terminó. Pero la otra parte… la que tiene que ver con lo que sienten al verse mutuamente en esta posición… y con lo que me genera a mí verlos así… parece que apenas está empezando.
Continuará.
Nota del autor: Vos decime como te gustaría seguir.
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