Visitando con sus amigos a la tía (2)

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T. Lectura: 11 min.

Empezaron. Al principio eran preguntas inocentes: “Yo nunca nunca he viajado fuera del país” (todos tomaron menos Elena, que sí había ido a Cancún una vez). “Yo nunca nunca he reprobado una materia” (Luis y Mateo tomaron). “Yo nunca nunca he mentido a mis papás sobre dónde estaba” (todos tomaron, incluidas risas y anécdotas breves).

Poco a poco las preguntas se volvieron más personales, pero seguían en terreno seguro: “Yo nunca nunca he tenido un crush con alguien que no debía” (Elena dudó un segundo, pero tomó con una sonrisa enigmática; los chicos se miraron entre sí, curiosos, pero no preguntaron). “Yo nunca nunca he besado a alguien en una fiesta sin saber su nombre” (Mateo y Diego tomaron, y contaron versiones editadas de la historia).

Después de varios rounds y otros dos shots, el juego derivó naturalmente a verdad o reto, porque “el yo nunca ya se estaba poniendo aburrido” según Mateo.

—Verdad o reto, pero nada heavy —aclaró Elena desde el principio, con tono firme pero juguetón—. Nada de besos ni quitarse ropa ni esas cosas de película gringa. Masajes, shots, confesiones tontas… eso sí.

Los chicos asintieron, aunque las sonrisas decían que estaban dispuestos a estirar los límites lo que se pudiera sin romper la regla.

Primer turno: Mateo a Elena.

—Verdad o reto, Elena.

Ella pensó un segundo, con los ojos brillantes por el tequila.

—Reto.

—Te reto a que me des un masaje de un minuto en los hombros. Como el que Diego te dio antes, pero al revés.

Elena rio, se levantó y se colocó detrás de él. Puso las manos en sus hombros con naturalidad, presionando con los pulgares en círculos lentos. Mateo cerró los ojos y soltó un “ufff… qué buena mano tienes”. El minuto pasó rápido, y cuando terminó, Elena volvió a su lugar con las mejillas un poco más sonrosadas.

Siguiente turno: Diego a Luis.

—Verdad o reto.

—Reto.

—Toma un shot y haz diez sentadillas cantando el himno nacional.

Risas. Luis lo hizo, tambaleante pero con dignidad.

Luego le tocó a Elena elegir. Apuntó a Diego.

—Verdad o reto.

—Reto.

Ella sonrió, sintiendo esa desinhibición cálida que el alcohol le daba sin quitarle el control.

—Te reto a que me des un masaje de un minuto… en los pies. Tengo los pies cansados de tanto andar de un lado a otro hoy.

Diego no dudó. Se arrodilló frente a ella. Elena estiró las piernas, apoyando los talones en el borde del sofá. Diego tomó uno de sus pies con cuidado, presionando con los pulgares en la planta, subiendo hacia el arco. Elena dejó escapar un suspiro largo, genuino, y cerró los ojos.

—Madre mía… eso se siente increíble.

Los demás miraban en silencio, sonriendo, pero con esa tensión sutil creciendo. Cuando terminó el minuto, Diego se sentó de nuevo, un poco más cerca de ella que antes.

Elena se sentía ligera, divertida, con el cuerpo relajado y la mente sin filtros. El tequila le quitaba las capas de precaución habituales, y le gustaba esa sensación de fluir, de dejar que la noche la llevara.

—¿Siguiente? —preguntó con voz suave, sirviéndose otro shot pequeño y ofreciendo a los demás.

La botella seguía bajando, las risas se volvían más bajas y prolongadas, y el juego continuaba, cada reto un poco más íntimo que el anterior, pero siempre dentro de los límites que ella misma había puesto. Nadie forzaba nada; todo se daba con naturalidad, como si la noche misma estuviera decidiendo el ritmo.

El juego continuó con esa energía relajada pero cada vez más cargada, el tequila bajando lento de la botella y los ventiladores zumbando como un fondo constante. Elena se sentía flotar un poco, el alcohol desinhibiendo sus pensamientos sin hacerla perder el control; simplemente se dejaba llevar, disfrutando la compañía de estos chicos que, a pesar de su juventud, la trataban con un respeto teñido de curiosidad. Los retos seguían siendo inocentes en la superficie, pero cada uno agregaba una capa de intimidad, un roce casual, una risa compartida que hacía que el aire en la sala se sintiera más espeso.

Después del masaje en los pies que Diego le dio a Elena, fue el turno de Luis de elegir. Se rascó la cabeza, un poco sonrojado por el tequila, y miró a Mateo.

—Verdad o reto.

Mateo se inclinó hacia adelante, con esa sonrisa confiada que siempre llevaba.

—Reto, obvio. ¿Qué me vas a poner, un baile ridículo?

Luis pensó un segundo y rio.—Te reto a que tomes un shot de tequila… pero sin manos. Ponlo en la mesa y bébelo como puedas.

Todos estallaron en risas. Mateo se levantó, se arrodilló frente a la mesa y, con torpeza exagerada, intentó lamer el shot del vasito, derramando un poco en la mesa y en su camiseta. Elena se tapó la boca para no reír tan fuerte, pero sus hombros temblaban.

—Eres un desastre —dijo ella, negando con la cabeza—. Pero lo intentaste, vale.

Mateo se limpió la boca con el dorso de la mano y se sentó de nuevo, jadeando.

—Mi turno. Elena… verdad o reto.

Ella sorbió un poco de su shot, sintiendo el calor bajar por su garganta.

—Reto otra vez. Vamos a ver qué se te ocurre.

Mateo miró a los demás con picardía.

—Te reto a que le des un masaje de un minuto en la espalda a Luis. Él siempre se queja de que le duele por el fútbol.

Elena alzó las cejas, pero aceptó con una sonrisa. Luis se volteó en el sillón, y ella se acercó, arrodillándose detrás de él en el suelo para tener mejor ángulo. Sus manos delgadas pero firmes empezaron a presionar en la parte media de la espalda, subiendo hacia los hombros. Luis soltó un gemido bajo de alivio, nada exagerado, solo genuino.

—Dios… eso se siente bien, Elena. Tienes manos de oro.

Ella rio suavemente, continuando el masaje hasta que el minuto terminó. Cuando volvió a su lugar en el sofá, se acomodó con las piernas cruzadas, sintiendo un cosquilleo en las palmas por el contacto.

Diego, que había estado observando todo con una sonrisa tranquila, intervino.

—Oigan, nadie ha elegido verdad todavía. ¿Qué pasa? ¿Todos tienen tanto miedo de confesar algo?

Los demás rieron, pero hubo un acuerdo general. Mateo asintió.

—Tiene razón. Vamos a meter verdades para que no sea puro reto.

Fue el turno de Elena de nuevo. Apuntó a Diego.

—Verdad o reto.

Diego dudó un segundo, mirando la botella de tequila casi vacía.

—Verdad, para variar. A ver qué me preguntas.

Elena inclinó la cabeza, pensando con una sonrisa juguetona. El alcohol la hacía sentir valiente, pero no agresiva; solo curiosa de una manera natural.

—Está bien… ¿cuál es la cosa más loca que has hecho en una fiesta? Nada muy personal, solo algo divertido.

Diego rio, rascándose la barba incipiente.

—Una vez en una peda de la Uni, me retaron a saltar a la piscina con ropa y todo. Pero estaba en invierno, y terminé congelado. Mis amigos me sacaron y me dieron tequila para calentarme. Casi termino como Javier hoy.

Todos rieron, imaginando la escena. Elena soltó una carcajada genuina, sintiéndose cada vez más cómoda, como si el juego estuviera tejiendo una red invisible de confianza entre ellos.

Siguiente turno: Luis a Elena.

—Verdad o reto, Elena.

Ella se mordió el labio inferior un segundo, el tequila haciendo que sus decisiones fueran más impulsivas.

—Verdad. Sigamos con la variedad.

Luis pensó, un poco nervioso pero animado por el ambiente.

—¿Cuál es tu recuerdo favorito de cuando tenías nuestra edad? Algo que te haga sonreír.

Elena se recostó un poco en el sofá, mirando al techo con una expresión nostálgica pero divertida. El alcohol la desinhibía lo suficiente para ser honesta sin filtros.

—Uf… cuando tenía 20, fui a un concierto con mis amigas. Bailamos toda la noche, conocí a un chico lindo y terminamos besándonos bajo la lluvia al salir. Fue de esas noches que sientes que el mundo es tuyo. Nada serio, solo puro divertimento.

Los chicos la miraron con admiración, y Mateo soltó un silbido bajo.

—Suena épico. Nosotros nomás tenemos pedas en casas ajenas.

El juego seguía girando con esa lentitud deliciosa que da el alcohol cuando ya no empuja, solo acompaña. La botella de tequila estaba casi en las últimas, los vasitos con restos de limón y sal esparcidos por la mesa, y las risas ahora eran más bajas, más prolongadas, como si nadie tuviera prisa por terminar la noche.

Después de la verdad de Elena sobre su noche bajo la lluvia, le tocó a Mateo elegir de nuevo. Se recargó en el sofá, con los ojos entrecerrados por el tequila y una sonrisa perezosa.

—Diego, verdad o reto.

Diego soltó un bufido divertido.

—Verdad. Ya me cansé de hacer sentadillas y contar chistes.

Mateo pensó un segundo, mirando de reojo a Elena, que seguía sentada con las piernas recogidas, los tirantitos de la blusa un poco desacomodados por el movimiento constante.

—Ok… ¿cuál es el masaje más raro que le has dado a alguien? O que te han dado. Sin detalles cochinos, eh.

Diego rio, rascándose la nuca.

—Una vez una ex me pidió que le masajeara la cabeza con los dedos… tipo como si fuera un mono acicalándose. Dijo que le relajaba el cuero cabelludo. Yo lo hice, pero me sentí bien idiota. Ella terminó durmiéndose en mi regazo. Fue raro, pero tierno.

Elena soltó una carcajada suave, cubriéndose la boca.

—Qué lindo. Yo también me dormiría con un masaje en la cabeza. Hace años que nadie me hace uno.

Hubo un silencio breve, pero no incómodo. Luis, que había estado más callado los últimos rounds, levantó la vista.

—Elena… verdad o reto.

Ella lo miró, con los ojos brillantes y un leve sonrojo en las mejillas.

—Reto. Me siento valiente esta noche.

Luis dudó un instante, pero luego sonrió tímidamente.

—Te reto a que nos des un masaje de un minuto en la cabeza a cada uno. Como el que dijo Diego. Nada más… para probar si es tan relajante.

Elena alzó las cejas, pero no se negó. El tequila le daba esa ligereza que hacía que todo pareciera inofensivo, natural.

—Está bien… pero uno por uno, y cronometren bien el minuto. No quiero favoritismos.

Empezó con Luis, porque él lo había propuesto. Se acercó, se sentó en el borde del sillón donde él estaba, y metió los dedos en su cabello corto. Empezó a mover las yemas en círculos lentos, presionando el cuero cabelludo con suavidad. Luis cerró los ojos casi de inmediato y soltó un suspiro largo.

—Joder… sí que relaja.

El minuto pasó rápido. Elena se movió al siguiente: Mateo. Él se inclinó hacia adelante con dramatismo, como si fuera a recibir un premio. Ella repitió el movimiento, los dedos deslizándose por el cabello un poco más largo de él, presionando en la nuca y subiendo hacia la coronilla. Mateo gimió exageradamente, haciendo reír a todos.

—Elena, cásate conmigo. Esto es mejor que cualquier peda.

Ella rio y le dio un golpecito suave en la cabeza antes de pasar a Diego.

Con Diego fue un poco más lento. Él tenía el cabello más grueso, y ella tardó en encontrar el ritmo. Sus dedos se enredaron un momento, y él soltó un “uf” bajo cuando ella presionó justo detrás de las orejas. Elena sintió un cosquilleo en las puntas de los dedos, pero lo dejó pasar como parte del juego.

Cuando terminó, se recostó de nuevo en el sofá, sacudiendo las manos como si le dolieran un poco.

—Listo. Ahora me deben uno a mí.

Diego, todavía con los ojos medio cerrados por el placer del masaje, sonrió.

Hace mucho que no me sentía así de cómoda con gente. Y el tequila ayuda, claro —agregó con una risita autocrítica.

Los chicos asintieron en silencio, como si entendieran exactamente lo que quería decir. No hubo bromas inmediatas. Mateo simplemente levantó su vasito vacío en un brindis mudo, y los demás lo imitaron.

Elena suspiró, estirando los brazos por encima de la cabeza, lo que hizo que la blusa se subiera un poco y dejara ver un tramo de piel en la cintura.

—Siguiente. ¿Quién va?

Luis levantó la mano con timidez.

—Yo. Mateo… verdad o reto.

Mateo sonrió.

—Reto. Pero que sea bueno.

Luis miró a Elena un segundo, luego de vuelta a Mateo.

—Te reto a que le des un masaje de un minuto en los hombros a Elena. Como al principio.

Elena sonrió y se inclinó un poco hacia adelante, dándole espacio a Mateo.

—Que barbaros ustedes con sus retos de masajes.

Él se colocó detrás, puso las manos con cuidado en sus hombros y empezó a presionar, esta vez con más confianza que antes. Los pulgares encontraron los nudos de siempre, y Elena dejó escapar un gemido bajo, involuntario, de puro alivio.

—Ay… justo ahí. Perfecto.

El minuto se estiró un poco más de lo necesario, pero nadie protestó. Cuando Mateo terminó, se quedó un segundo con las manos quietas antes de apartarlas, y Elena se giró para mirarlo.

—Gracias. Estás contratado para siempre.

Las risas volvieron, pero más suaves. El juego seguía, pero ya no se sentía como un juego con reglas estrictas; era más bien una excusa para seguir tocándose, para seguir hablando, para dejar que la noche se deslizara hacia donde quisiera ir. Nadie forzaba nada. Solo fluía. Y Elena, con el cuerpo caliente por el tequila y las caricias, no tenía ninguna intención de frenarlo.

Elena se recostó de nuevo en el sofá, dejando escapar un suspiro largo y satisfecho mientras se acomodaba los tirantitos de la blusa que se habían deslizado un poco por los hombros. La piel se le había erizado ligeramente por el roce de las manos de Mateo, y aunque no lo dijo, el calor del tequila y las caricias acumuladas la tenían en un estado de relajación profunda, casi flotante.

Miró a Mateo con una sonrisa lenta, perezosa, y luego recorrió con la vista a los otros dos.

—Es más… todos están contratados —dijo con voz suave, casi ronca por las risas y el alcohol—. Que sigan como hace rato. Hombros y pantorrillas. No me quejo si me miman un rato más.

Lo dijo con naturalidad, como si estuviera pidiendo que le pasaran la sal en la mesa, pero el aire en la sala cambió al instante. No fue un cambio dramático, solo una sutil densificación: las respiraciones se hicieron un poco más conscientes, las miradas se demoraron un segundo extra, y las sonrisas se volvieron más pequeñas, más cargadas.

Mateo fue el primero en moverse. Se colocó detrás de ella otra vez, sin decir nada, solo apoyando las manos en sus hombros con esa misma presión firme pero cuidadosa de antes. Los pulgares encontraron los mismos nudos, y Elena dejó caer la cabeza hacia adelante, exponiendo la nuca, el cabello ondulado cayéndole en mechones sueltos a los lados. Un gemido bajo, casi inaudible, se le escapó cuando Mateo presionó justo en la base del cuello.

Diego y Luis se miraron un instante —un intercambio rápido, silencioso, de esos que no necesitan palabras— y luego se movieron al unísono. Diego se arrodilló frente a ella, tomó una de sus pantorrillas con delicadeza y empezó a masajearla desde el tobillo hacia arriba, con movimientos largos y lentos. Luis hizo lo mismo con la otra pierna, sentándose en el suelo para tener mejor ángulo. Sus manos eran más tímidas al principio, pero pronto encontraron el ritmo: presión en la pantorrilla, deslizamiento hacia la corva, vuelta a bajar. Nada apresurado. Nada invasivo. Solo el roce constante, cálido, de palmas contra piel.

Elena cerró los ojos. El ventilador seguía girando arriba, moviendo el aire tibio sobre su cuerpo, y el zumbido se mezclaba con las respiraciones de los cuatro. No hablaba; solo respiraba profundo, dejando que el placer del masaje se extendiera por sus músculos. Sus hombros se aflojaban bajo las manos de Mateo, sus piernas se relajaban por completo en las de Diego y Luis. De vez en cuando soltaba un suspiro más largo, o un “justo ahí…” murmurado, y los chicos respondían ajustando la presión sin que nadie tuviera que pedirlo.

La tensión crecía de forma casi palpable, pero nadie la rompía. Era como si todos supieran que decir algo demasiado directo rompería el hechizo. Mateo deslizaba los pulgares hacia abajo, rozando apenas el borde superior de la espalda, deteniéndose justo donde empezaba la tela de la blusa. Diego y Luis subían un poco más en las pantorrillas, deteniéndose en la curva de la rodilla, sin cruzar la línea, pero dejando que el roce se prolongara. Las manos se volvían más seguras, más conscientes del contacto, y cada vez que alguien cambiaba de posición, había un leve roce accidental —un dedo que rozaba el interior del muslo, una palma que se demoraba en la nuca— que hacía que la piel de Elena se erizara de nuevo.

Ella abrió los ojos un momento, los miró a los tres con una mirada vidriosa, relajada, casi soñolienta.

—Esto… es peligroso —pensó para ella misma, con una media sonrisa, sin moverse—. Me van a dejar dormida.

Mateo rio bajito, su aliento cálido cerca de su oreja.

—Nosotros también estamos disfrutando, Elena. No te preocupes.

Diego levantó la vista desde abajo, sus manos quietas por un segundo en la pantorrilla.

—Dinos si quieres que paremos.

Elena negó con la cabeza despacio, los ojos entrecerrados.

—No… sigan. Solo… sigan.

Y volvieron a moverse. Las manos retomaron su ritmo lento, constante. El silencio se llenó solo de respiraciones, del roce de la piel, del zumbido lejano del ventilador. Nadie apresuraba nada. La tensión seguía creciendo, espesa como el calor de la noche, pero nadie la explotaba. Aún no. Solo se dejaba acumular, como una corriente subterránea que todos sentían pero nadie nombraba. Elena estaba ahí, en el centro, relajada por completo, disfrutando cada segundo, sabiendo —sin admitirlo en voz alta— que la noche podía girar en cualquier momento, pero sin prisa por empujarla ella misma.

La tensión en la sala ya era casi tangible, como un hilo invisible que se tensaba un poco más con cada roce, cada suspiro ahogado, cada mirada que se demoraba un segundo de más. Elena seguía en el centro del sofá, con los ojos entrecerrados, el cuerpo completamente entregado al masaje colectivo. Mateo en los hombros, Diego y Luis en las pantorrillas, sus manos moviéndose con un ritmo lento, casi hipnótico. Nadie hablaba mucho ya; solo respiraciones, el zumbido del ventilador y el ocasional gemido bajo de placer que escapaba de los labios de Elena.

Ella abrió los ojos despacio, como si despertara de un sueño ligero, y miró a Mateo primero —el que estaba más cerca, el más audaz siempre—. Él le devolvió la mirada, y por un instante sus ojos se encontraron de verdad: no como antes, con bromas y risas, sino con algo crudo, directo. Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no de frío, sino de esa electricidad que ya no se podía ignorar.

Mateo no apartó las manos de los hombros; en cambio, bajó los pulgares un poco más, rozando apenas el borde de la clavícula, el inicio del escote. Elena no se movió para detenerlo. Solo respiró más profundo, y eso fue suficiente. Él se inclinó un poco, solo un poco, como si estuviera probando el agua. Su aliento cálido rozó la oreja de ella.

—¿Estás bien? —murmuró, voz baja, casi un susurro que solo ella oyó.

Elena giró la cabeza apenas, lo suficiente para que sus narices casi se tocaran. No dijo nada; solo asintió despacio, los labios entreabiertos. El movimiento fue mínimo, pero suficiente para que Mateo entendiera.

Entonces, sin prisa, sin palabras, él se inclinó más y rozó sus labios contra los de ella. No fue un beso agresivo ni devorador; fue suave, tentativo, como si le diera tiempo a retroceder. Elena no retrocedió. Cerró los ojos y correspondió, un beso lento, exploratorio, con el sabor residual del tequila y limón en ambos. Sus labios se movieron con calma, abriéndose un poco más, lenguas que se rozaban apenas, probando.

El beso duró lo que tenía que durar: no eterno, pero lo suficiente para que Diego y Luis se detuvieran en seco, las manos quietas en las pantorrillas de Elena, observando. La sala se llenó de un silencio pesado, roto solo por el sonido húmedo de los labios y la respiración acelerada.

Cuando se separaron, Elena abrió los ojos y miró a Mateo con una sonrisa pequeña, casi tímida, pero sin culpa. Luego giró la cabeza hacia Diego, que estaba arrodillado frente a ella, mirándola con los ojos oscuros y brillantes. No hizo falta decir nada. Diego subió despacio, apoyando una mano en el sofá para equilibrarse, y se acercó. Elena lo recibió igual: un beso suave al principio, que se profundizó cuando ella pasó una mano por su nuca, atrayéndolo un poco más. Diego besaba con más urgencia contenida, pero seguía respetando el ritmo lento de la noche.

Luis fue el último. Cuando Elena se giró hacia él, ya estaba más cerca, sentado en el suelo pero inclinado hacia adelante. Ella extendió la mano, le rozó la mejilla con los dedos, y él se acercó. El beso con Luis fue el más tierno, casi dulce, con manos que se quedaron quietas en las piernas de ella, solo sosteniendo.

Ninguno de los besos fue largo ni intenso; fueron como sellos, confirmaciones mudas de que la línea ya se había cruzado, pero sin prisa por ir más allá. Elena se recostó de nuevo en el sofá, el pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas, las mejillas sonrojadas. Los chicos se quedaron en sus posiciones, manos todavía en su cuerpo, pero ahora inmóviles, esperando.

Ella soltó una risita baja, nerviosa pero feliz.

—Esto… se salió un poco del juego, ¿no? —dijo.

Mateo sonrió, todavía detrás de ella, rozando con los pulgares la base de su cuello.

—Un poco. Pero nadie se quejó.

Diego, desde abajo, le apretó suavemente la pantorrilla.

—¿Quieres que paremos?

Elena negó con la cabeza despacio, mirándolos uno por uno sin decir nada.

Y volvieron a moverse, pero esta vez con una intención diferente. Las manos ya no solo masajeaban; exploraban con más lentitud, más curiosidad. Mateo bajó los besos por la nuca, ligeros, apenas roces. Diego y Luis subieron un poco más en las piernas, deteniéndose en la cara interna de los muslos, sin presionar, solo dejando que el calor se acumulara.

La noche ya no tenía frenos, pero nadie corría. Todo seguía fluyendo orgánico, inevitable, como si la tensión acumulada durante horas —días, tal vez— hubiera encontrado por fin su salida natural, beso a beso, roce a roce. Elena estaba en el centro, relajada, deseosa, sin empujar ni resistir; solo dejando que pasara.

Continuará.

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