Recién que llegué a vivir a mi nueva casa me fijé en una hermosa nalgona, de piel pálida y un poco alta. La primera vez que la vi calculaba que tenía entre 33 y 35 años, se veía bastante cuidada a pesar de tener una hija pequeña.
Siempre andaba muy bien arreglada; falda corta, blusita entallada y zapatillas, pero me gustaba más verla leggins porque resaltaban sus enormes nalgas.
Solo la veía cuando llegaba del trabajo, bajaba del Uber y entraba a su casa rápidamente, no tenía tiempo de acercarme a ella. Pensaba en cómo hablarle. La llegaba a encontrar en la calle y la saludaba pero ella respondía indiferente, fría.
Supe que está “soltera” porque en el tiempo que la conozco he visto entrar a su casa a tres weyes diferentes, entonces pensaba que daba el “servicio” en su casa o ningún wey le aguanta el ritmo, si saben a lo que me refiero.
De pronto dejé de ver al último sujeto que entraba a su casa. Supuse que lo había dejado y también la veía seguido en la tarde hablando por teléfono afuera de su casa o cuando salía de noche, siempre con una mini falda, tacones abiertos y bien maquillada.
Recuerdo que un día pasé a comprar a un super y la encontré ahí, llevaba varias bolsas y una maleta grande, me acerqué a ella y le dije que si quería podía llevarla a su casa. Primero me vio asustada y evasiva.
—Soy Ángel, su vecino de enfrente.
—¿?
—Mi casa es la del portón negro, junto a la señora que tiene dos pitbull…
—Aahhh sí, ya sé cual casa.
—Sí, esa.
—Bueno, si me haces el favor.
Quedé maravillado con su suave voz. Metí sus cosas en la cajuela y ella se subió en la parte de atrás.
Al principio no hablamos mucho, la noté un poco temerosa. Llevaba un vestido muy corto, resaltaban sus anchas piernas, y unas zapatillas negras.
—¿En qué trabaja?
—Soy maestra, ¿y tú?
—Trabajo en una empresa que se llama Forvia.
—Ah que bien.
—Sí. ¿En qué escuela da clases?
—No me hables de usted, me haces sentir vieja.
—Lo siento jajaja es por respeto.
—¿Cómo dijiste que te llamas?
—Ángel.
—Yo soy Alejandra.
—Mucho gusto.
—Sí. Sí te he visto, ¿vives solo?
—Sí, ¿y tú?
—Vivo con mi hija.
Llegamos. Estacioné frente a su casa y bajamos sus cosas.
—Déjalas en la puerta por favor. Y muchas gracias vecino.
Rápidamente metió las bolsas y se despidió, cerró la puerta casi en mi cara.
Por lo menos ya sabía su nombre y tenía el precedente para poder hablarle con confianza cuando me la encontrara en la calle. Pero no fue así, la veía y la saludaba pero ella siempre respondía evasiva, solo era:
—Ah, hola… esteee adiós.
—Nos vemos—. Le respondía un poco agüitado.
Un día iba llegando a mi casa y vi que Alejandra estaba fumando sola en su puerta.
—Hola.
—Hola—. Respondió distraída.
—¿Qué haces?
—Fumando.
—¿Sí verdad? Qué torpe soy.
No me hizo caso y siguió revisando su teléfono.
—¿Tienes otro?
—No—. Me dio su cigarro sin apartar la vista de la pantalla.
Sonó su teléfono y caminó un poco para poder hablar, me quedé parado mientras veía que hablaba con enfado. Cuando quise caminar para regresar a mi casa colgó.
—Discúlpame, estaba hablando con el papá de mi hija, tenía que venir a dejármela a las 4 pero el infeliz está con su novia y dice que la van a llevar al cine, entonces va a venir más tarde.
—Oh ya veo.
—Sí, siempre sale con sus mamadas.
Siguió revisando su celular.
—Bueno, creo que ya me voy.
—¿No querías el cigarro?
—Bueno.
—OK ven.
Entramos a su casa.
—¿Levantas pesas?
—Sí.
—¿A qué gym vas?
—Al Tres 420.
—No lo conozco, yo voy al Empire—. Encendió otro cigarro.
Le dije que si quería una cerveza o un refresco, escogió cerveza y fui a comprar unas. Bebimos y seguimos platicando, me dijo que tenía 35 años y sin novio. Yo no le quitaba los ojos de encima, no dejaba de ver sus nalgas duras y apretadas y me preguntaba si le olían los pies porque parecía que había hecho ejercicio, volvió a sonar su teléfono.
—Era ese wey, dice que ya viene.
—¿Viene con su novia también? Jajaja.
—Ay ojalá y no.
—¿Estás celosa?
—¡No! Solo no quiero que mi hija esté con ella.
—Jajaja bueno.
—Sí, y tú tienes que irte.
—Nos vemos después.
—Va, nos vemos.
Intercambiamos números y comenzamos a hablar, algunas veces le daba aventón en mi auto. Empezamos a agarrar confianza y me contaba cosas de su vida. Después Alejandra empezó a venir a mi casa, yo iba a la suya, bebíamos y platicábamos sólo faltaba un paso para andar con ella.
Recuerdo que un sábado en la mañana me asomé por la ventana, vi que un auto se paró frente a mi casa y Alejandra bajó descalza, llevaba sus zapatillas en la mano y rápidamente se metió a su casa.
Ese día en la tarde me mandó un mensaje y me preguntó que si quería que comiéramos juntos, le dije que sí, me respondió que me esperaba en su casa. Preparó de comer y yo llevé algo de alcohol. Después nos sentamos en el sofá a fumar y seguir bebiendo.
Tenía una falda corta y unos flats cafés, hacía dangling, luego se los quitó y subió sus pies, se masajeó la planta y los dedos, por fin pude ver sus hermosos pies; pequeños, pálidos y sus uñas al natural, empecé a excitarme pero traté de disimular.
—¿Y qué ibas a hacer hoy? —. Dijo.
—Pues no tenía planes.
—Estuvo bien que te mandé el mensaje, ¿no?
—Sí. ¿Tú qué ibas a hacer?
—Nada, ayer fui con unas amigas y nos amanecimos, hoy no tenía ganas de salir, mi hija se fue con su papá, estoy cansada y me duelen los pies
—Te los sobo—. Dije inmediatamente.
—¿Qué? Ay no, no quiero que me toques los pies, los tengo sucios.
—No me da asco y sé dar masaje.
—Jajaja ya te dije que no.
Se acercó a mí, me jaló del cuello de la playera y me besó, acaricié sus muslos y pantorrillas buscando sus pies, los apartó. La acosté en el sofá pero me dijo que mejor fuéramos a su habitación.
Metió su mano en mi pantalón buscando mi verga, vi cómo se saboreaba, acerqué su cabeza y se la metí en la boca, comenzó a mamármela lentamente.
La puse de pie para desvestirla, se subió la falda por encima de la cintura, llevaba un cachetero de encaje muy coqueto.
—¿Sabes qué puedo hacer con estas?—. Dijo agitando sus nalguitas.
—Quiero ver…
Restregó sus nalgas contra mi verga bailoteando, se me puso más dura.
—No te vayas a venir eh jajaja.
—No, aún falta lo mejor.
Me tiró en la cama, se deslizó sobre mí, su respiración acelerada en mi oído y sus besos en mi pecho me excitaban cada vez más. La acosté boca abajo, le quité las bragas y hundí mi cara entre sus enormes y duras nalgas, las abrí y llevé mi boca hacia su vagina, lamiendo hasta su culo, redondito y pequeño.
Alejandra gemía fuerte. Encorvó la espalda levantando la cadera, ofreciéndome su altar. La penetré lentamente sujetándola firmemente de la cadera.
—Así… aahhh… Más rápido, más rápidooo—. Imploraba.
La tomé por el cabello y la jalé hacia mí, Alejandra gemía más fuerte.
—¿Te gusta así gatita?
Asintió con la cabeza inundada de placer.
—Acuéstate—. Dijo.
—¿Antes te puedes poner esas?—. Le señalé unas zapatillas beige abiertas.
—No me gusta coger con zapatillas.
—Ándaleee.
—Ay está bien.
Se subió en mí y frotó mi verga contra sus labios antes de metérsela.
Se inclinó hacia mí y comenzó a subir y bajar las nalgas frenéticamente, ella me besaba el cuello, la cara y me jalaba del cabello sin parar de mover las nalgas.
—Aaah —. Gemía Alejandra más fuerte con cada embestida que me daba, parecía que quería sacarme toda la leche. Empezó a correrse, sentí cremita caliente en la verga, tensó las piernas y quedó exhausta sobre mí.
Le di la vuelta, abrí sus piernas y puse sus tobillos en mis hombros, Alejandra dirigió mi verga hacia su vagina y la inserté despacio.
Ella estaba exhausta pero con su mirada me pedía que siguiéramos.
—Si quieres te puedes correr adentro, ya casi me va a bajar.
—¿Quieres que te llene de chele?
—Me gusta que me digan guarradas.
—¿En serio zorrita?
—Sí papito.
Seguí embistiéndola con fuerza mientras lamía sus pies por sobre sus zapatillas pero después se las quité para poder probar mejor sus piecitos. Puse sus plantas en mi cara, estaban un poco raspositas y tenían un rico sabor salado, lamí desde el talón hasta sus deditos, me perdí en sus ricos pies.
—¿Qué les haces a mis pies?—. Me interrumpió.
—Me encantan.
—Tengo callos y me huelen.
—No importa—. Y continúe lamiendo sus piecitos.
—Guacala, no me vayas a besar.
—Tú me besaste después de chuparme la verga.
—No es lo mismo.
—Nislumismo.
—Ayyy bueno, nada más porque coges rico.
—Lo sé muñeca.
—Siéntate—. Me llevó a una silla.
—OK pero ponte otra vez los tacones.
Me obedeció y se sentó en mí de espaldas, movía deliciosamente la cadera, subía y bajaba más rico las nalgas.
—Aahhh —. Gemía Alejandra sin dejar de mover la cadera en círculos.
—Así zorrita, mueve ese rico culo—. Le di una fuerte nalgada.
Llevó mis manos a sus tetas, las apretaba y jugueteaba con sus pezones parados y duritos, la dedeé y metí mis dedos en su boca.
Después de un rato se giró y quedamos de frente. Metí los brazos por debajo de sus piernas y me puse de pie levantándola, ella se insertó mi verga, la subí y bajé penetrándola firmemente, Alejandra gemía más fuerte y yo estaba a punto de acabar.
—Aguanta, quiero que acabemos juntos—. Me pidió con el rostro húmedo, tensó el cuerpo y me enterró las uñas en la espalda, soltamos un fuerte gemido al mismo tiempo, la abracé con fuerza mientras me corría dentro de ella y nos tiramos en la cama.
Vivimos un tiempo en mi casa, pero me dijo que no estaba buscando algo “serio” porque había tenido malas experiencias. La verdad es que el hecho de que ella tuviera una hija no fue un problema, nos llevábamos bien y sentí que Alejandra estaba empezando a cambiar de opinión respecto a lo que en verdad quería conmigo.
Pero después Alejandra decidió ser scort los fines de semana, regresó a su casa y ya casi no nos veíamos, estaba implícito que lo nuestro estaba terminando.
También empecé a coquetear con otra vecina y Alejandra nos vio un par de veces, me escribió reclamándome que la había cambiado por otra y cosas así.
Al principio no tenía problema con que se dedicara a ese oficio pero yo quería exclusividad porque empecé a enamorarme de ella.
Una vez me escribió enojada:
—Sabes que yo soy mejor que esa morrita.
—Uhmmm tal vez, pero tú no quisiste algo más formal conmigo.
—Yo no soy de nadie.
—Entonces no es mi culpa que todo haya terminado.
Fue lo último que nos dijimos.
Sé que me odia. No me arrepiento de nada pero de seguir con ella me hubiera enculado bien cabrón y yo hubiera salido perdiendo, y yo nunca pierdo.
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