Mi primo Martín volvió de participar en el torneo de natación y me sorprendió lo fuerte que se había puesto luego de un par de años que no lo veía. Me atrajo al instante, lo pude seducir con caricias, besos y mamadas y tuvimos un par de intensas sesiones de sexo, dando y recibiendo dentro y fuera de la pileta de la casa de fin de semana.
Acostado a su lado, viendo y acariciando su desnudez, noté cómo me había enamorado de mi primo, de su cuerpo de nadador, de su pelo teñido de rubio, de sus ojos color miel, sus largas pestañas arqueadas que me daban vértigo, sus mejillas sonrosadas, sus labios encarnados y generosos, su barbilla hendida y con ese hoyuelo que daban ganas de tenerla entre mis labios para saborearla, chuparla y morderla una y otra vez, su cuello largo, musculoso, despejado de toda imperfección, que lamí y besé con fruición, sus hombros anchos que acaricié y abracé para fundirme con su cuerpo de Adonis.
Adoraba la piel bronceada y aterciopelada de su torso, sus pectorales de acero, trabajados por el diario entrenamiento, sus deliciosos pezones que chupé y mordisqueé con ansia una y mil veces, sus abdominales perfectos que recorrí con mis manos, dedos, labios y lengua como si fueran el más exquisito de los manjares, su ombligo ovalado, superficialmente femenino, su pubis angelicalmente depilado, su poronga ligeramente curvada hacia arriba, que recorrí cien veces con mis manos, labios y lengua, atrapándola entera hasta provocarme arcadas, desde el pubis hasta la uretra, concentrándome en su glande, de un rosado fuerte, tan delicadamente suave al lamer.
Tan apetitoso que me daban ganas de comerlo y tenerlo en mi boca por siempre, que chupé con ansiedad hasta saborear el líquido seminal que emanaba y que me sabía al néctar de los dioses, los huevos, tan compactos y firmes, envueltos en su saco apenas cubierto de pelusa que tan bien pude acariciar con mis manos y gustar en mi boca.
Me atraían sus piernas musculosas, tan duras al tacto como flexibles para cabalgarme cuando me montaba él y tan firmes para soportarme las veces que debía apoyarme en ellas cuando lo penetraba hasta el fondo de su ser, su culo firme, redondo, empinado, acariciable, adorable, ávido de recibir y espectacularmente deseable cuando lo veía a través del espejo o en la pantalla del celular cuando me cogía, subiendo y bajando para penetrarme hasta mis entrañas, sintiendo cada milímetro de su falo resbalando por las paredes de mi ano, provocando en mí una oleada tras otra de placer anal, entrando y saliendo rítmicamente de manera incansable.
Justo como para sentir su pelvis y huevos golpear contra mis nalgas y para tratar de atrapar su pija cuando estaba a punto de salir de mi interior, pidiéndole más y más cada vez, deseando que sus cogidas fuesen eternas, que no acabara nunca pero a la vez deseando que me llenara el recto con su esperma joven y jugoso hasta sentirlo como chorreaba por mis muslos hacia el piso.
Deseaba verlo mientras me hacía el amor, acariciarle sus abdominales, pectorales y glúteos mientras me cogía en todas las posiciones y lugares posibles, aferrándome a sus brazos, piernas y tobillos cuando lo tenía sobre mí, cruzando mis piernas sobre su cintura cuando me penetraba de frente acostado sobre mí, al tiempo que nos besábamos con frenesí lujurioso en una lucha de labios y lenguas que pugnaban por penetrar y saborear la boca del otro hasta perder el aliento, mirándolo a los ojos cuando me cogía, suplicándole más a cada embestida suya, más adentro de mí, si ello fuese posible.
Llenándome los ojos de lágrimas cuando lo hacía mío y horadaba su precioso trasero con mi pija ávida de placer abrazado a su cuello ora, a su cintura luego, entrelazando mis manos a través de su torso escultural para aferrar su poronga siempre enhiesta, siempre dispuesta, chorreante de líquido pre seminal primero y de esperma ya líquido, con el que untaba mis manos y le embadurnaba los flancos hasta acabar en un éxtasis de pasión y locura prohibida, mientras mi primo me susurraba al oído lo puto que era yo y cómo le gustaba cogerme cada vez más.
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