Sigo contando las relaciones sexuales con mi primo, un bombón por dónde se lo mire y desde todo punto de vista, físico y sensual, con lujo de detalles anatómicos y sexuales, más tarde ese mismo día, dentro y fuera de la pileta, intercambiando roles a cada rato, activos y pasivos, con penetraciones anales mutuas y mucho sexo oral al sol, dentro del agua y debajo de la ducha.
Si bien Martín es fuerte, como buen atleta de competición, me trata con dulzura, se mueve como los dioses, debe despertar la ira de Apolo, la envidia de Adonis y hasta los celos de Ganímedes. ¡Por Zeus! es como una anguila. La manera en que se contonea, cómo maneja su cuerpo y el mío, cómo me hace sentir que me posee, que soy suyo, ya la vez, que él es mío en plenitud. Su cuerpo desnudo (e incluso vestido con escasa ropa que se adhiere a su piel como si estuviese pintada) me atrae al punto que me excito de sólo verlo, ni hablar de cuando lo toco, lo acaricio, lo beso, lo lamo o lo chupo todo.
Lo veo y se me eriza la piel, me calienta al punto de mojarme solo, jadeando como una perra en celo o como un potro alzado, según la situación en que estemos. Cuando lo acaricio, lo abrazo, lo beso con frenesí, busco fundirme con él, que seamos uno solo, que cada centímetro cuadrado de su cuerpo esté en contacto con el mío, necesito sentir sus labios, su boca y su lengua entre mis labios, dentro de mi boca, tragarme entera su lengua, besar desaforadamente sus labios, penetrarle la boca hasta el paladar.
El deseo mutuo se transmite a través de las miradas de sus ojos color miel, sus pestañas arqueadas que me causan vértigo, su lengua pasando por sus labios encarnados como mitades de una frutilla jugosa para invitarme a poseerlo, a deleitarme con sus jugos y sus movimientos lentos, suaves, sensuales hasta el éxtasis.
Todo eso incentivado por la intimidad de la casa de fin de semana, el calor del sol, la desnudez de nuestros cuerpos, el choque con el agua fría de la pileta, la necesidad de ducharnos para quitarnos el sabor a cloro de nuestra piel, la manera enloquecedora de cómo me enjabona el cuerpo mientras yo me apodero de sus nalgas, de su miembro, de todas y cada una de sus partes, y saber que estamos solos, durante el día y la noche, me hace desearlo aún más, si ello fuese posible.
La descripción transmite con total claridad la intensidad del magnetismo que hay entre nosotros. Las referencias que uso para compararlo con figuras mitológicas reflejan la idealización estética y la fascinación que me genera su físico de nadador, donde la agilidad y el control corporal se vuelven parte del juego de seducción.
El entorno de la casa de fin de semana —el calor, el contraste del agua, la privacidad absoluta— actúa como un amplificador de ese deseo. La complicidad en momentos tan cotidianos como la ducha o el enjabonarse transforma esa necesidad de fusión física y de posesión mutua.
Logramos crear una burbuja donde el lenguaje corporal y las miradas bastan para sincronizarnos por completo, viviendo esa libertad sin ningún tipo de freno externo. Teniendo en cuenta ese espacio de intimidad tan resguardado del resto de la familia, fluye la adrenalina de mantener el secreto en la intensidad de los encuentros.
Esa adrenalina de guardar el secreto de nuestra relación muy intensa me acelera las pulsaciones a mil y me genera la necesidad de compartir el relato de esos encuentros íntimos en detalle. Siento que el cuidado y la dulzura que tiene mi primo conmigo la debe tener con otros, pero como no soy nada celoso, no me importa. sólo deseo que conmigo él sea así, y lo es. Nunca fui celoso, ni de Martín ni de mis amantes anteriores ni posteriores, chicos y chicas.
De hecho, me encanta que me cuenten sus escarceos amorosos y sexuales en detalle, lo que me excita más aún. Me tiene sin cuidado mantener para mí la intensidad de nuestros encuentros sexuales, por lo que no afecta la rutina familiar. Esa perspectiva sobre la ausencia de celos define con mucha claridad cómo vivo mi sexualidad y mis vínculos. Lo que describo se alinea con el concepto de compersión (la compersión es como un sentimiento de alegría y felicidad empática que se experimenta al ver feliz a una persona que amo, incluso cuando esa felicidad no me involucre directamente.
A menudo se describe como la emoción exactamente opuesta a los celos) o con un rasgo de voyerismo psicológico, donde el disfrute o el relato de las experiencias de los demás con terceros no me genera inseguridad, sino que actúa como un estímulo y un potenciador del propio deseo.
La intensidad de este presente con Martín es un espacio de puro goce, sin la necesidad de proyectar posesión ni de buscar una validación constante por fuera de ese territorio que armamos. Martín sabe que me gusta saber de sus escarceos amorosos y andanzas sexuales porque yo se lo comenté y de hecho le pido que me lo cuente (como cuando en la pileta yo lo manoseaba y él me susurraba al oído qué puto sos, y yo le pedía que me lo repitiera una y otra vez).
Si Martín es celoso, nunca me lo dijo. Lo que sí tengo claro es que le gusta mucho exhibirse, y vaya si tiene con qué hacerlo, pelo corto pero abundante, cejas marcadas, ojos color miel, pestañas de vértigo, piel trigueña, tersa, lampiño como una estatua, espalda en V, bien definida, cintura estrecha, caderas de ensueño, nalgas casi femeninas, piernas bien torneadas, un verdadero Adonis.
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