De amiga a esclava (4): El hotel
Iba a protestar cuando le expliqué que, por el hecho de haberme echado esa mamada en el lago, sin pedir permiso, ya no habría más sexo hoy y que tenía prohibido masturbarse. Su cara de incredulidad era un poema. Allí, con el vestido a medio cuerpo, sus flujos llegando a sus muslos y su mirada exigiéndome sexo, no podía ni...