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Laura: Una mujer diferente

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  • Entró hasta el fondo sin problemas, lo esperaba una húmeda vagina deseosa de ser penetrada sin piedad, tomándome de las nalgas, clavaba una y otra vez su verga en mí, y yo con las piernas en sus glúteos y mis manos en su cuello, empujaba para provocar mayor penetración de su parte

    Después de varios encuentros llenos de placer con Don Gustavo, mi vida sexual cambio por completo, me di cuenta que era una mujer capaz de atraer a los hombres, que, a pesar de no ser una mujer voluptuosa, y parecer una chica insignificante. La hermosa experiencia de tener sexo con placer y por placer, me habían dado una mayor seguridad en mi trato con el sexo opuesto. Había aprendido a recibir y a dar placer, a la vez de saber cuidarme para no embarazarme nuevamente y lo más importante, aprendí a vestir tan sexy como para provocar que los hombres voltearan a verme y me desearan. Además, aunque mucha gente y mi ginecóloga digan que no, estoy cierta que el semen de los hombres produce tal alboroto en las hormonas femeninas que modifica sustancialmente el cuerpo femenino dándole volumen a los senos y ampliando las caderas. Me consta en mi y en mi hija, que sin necesidad de que me lo dijera, supe perfectamente cuando se convirtió en mujer.

    Debo reconocer que también descubrí a la mujer deseosa que habitaba muy dentro de mi y esa fue la principal razón, para buscar a otros hombres además de Don Gustavo, y de aquí se genera el siguiente relato.

    Cuando mi hija cumplió los 18 años, con toda la tristeza de mi corazón, la tuve que dejar partir a cumplir uno de sus objetivos, estudiar la universidad, en la capital de México. Los últimos nueve años había ahorrado para ayudarla en sus planes, además de contar con el apoyo económico del mismo hombre que había hecho de mí, otra mujer.

    Al mismo tiempo, a mis 44 años, tomando en cuenta, un consejo profesional, decidí dejar de trabajar en casas ajenas y busqué un trabajo de tiempo completo. Hacía varios años que mi madre había fallecido, por lo que a partir de ese momento tendría que acostumbrarme a vivir sola.

    No tarde mucho en conocer a Ricardo, era el propietario de una pequeña cadena de lavanderías, que estaba por inaugurar otra sucursal muy cerca de mi casa y al que desde el principio le parecí la persona adecuada para hacerse cargo de la misma.

    El trabajo era sencillo y me gustaba, solo era estar al pendiente de la operación de las maquinas por las personas que hacían uso de ellas y realizar el lavado de la ropa de las personas que solamente pasaban a dejárnoslas para su limpieza.

    Ricardo pasaba diariamente a supervisar cada sucursal, en ocasiones hasta dos veces en un día. Se notaba el gusto por su negocio, pues siempre estaba al pendiente de las necesidades de cada tienda además de tratar a sus empleados con mucha educación y cortesía.

    Una vez al mes, se hacía una junta con todos los responsables de sucursal, ahí pude conocer a los cinco encargados, dos hombres y tres mujeres, todos mayores de 40 años, curiosamente, las tres mujeres coincidentemente, éramos o viudas o divorciadas. Y al pasar de las reuniones, fui enterándome que las otras dos compañeras, también eran amantes del dueño. Lo platicaban abiertamente y sin disimulo entre ellas, sabían de las ventajas que eso les daba en su trabajo.

    Después de seis meses de laborar en la lavandería y luego de la reunión mensual, mis compañeras de trabajo me advirtieron que no tardaba el día en que Ricardo empezara a acosarme, pues sabían bien que yo era el tipo de mujer que a él le fascinaban.

    Ricardo era un hombre de entre 35 y 40 años, más joven que cualquiera de sus empleados, pero que gracias a una cantidad considerable de dinero que como herencia le dejo su padre, más las ventajas que obtenía con los conocimientos adquiridos con sus estudios había logrado acrecentar su negocio. Nadie sabía si era casado y mucho menos le conocían a alguna mujer o pareja (además de sus empleadas). Como hombre era muy común a los hombres del norte, alto, moreno claro, complexión muy normal, tirándole a ligeramente gordito, siempre vestía semi formal y nunca presumía de ser un hombre con dinero.

    La verdad es que desde que lo conocí, me pareció atractivo y honestamente, ya había pensado en seducirlo aun antes de saber sus aventuras con las empleadas, pero luego al conocer este detallito de su parte, había optado por dejarle la iniciativa, es más, trataría de hacerle un poco (solo un poco) difícil su objetivo. En realidad, en ese momento, mi vida sexual era completa, Don Gustavo seguía manteniendo su libido, a pesar de sus casi 60 años y normalmente dos veces al mes nos citábamos en algún hotel, para pasar una o dos noches juntos, además había entre mis amigos, uno o dos a los que ocasionalmente me entregaba, por el puro gusto y placer de tener sexo con hombres de mi edad. Pero la oportunidad de tener un amante más joven, no me molestaba en lo absoluto y por lo que platicaban las otras chicas, me daba cuenta de que buen amante, si lo era.

    Así llego un día, en que Ricardo llego a supervisar una hora antes del cierre de la sucursal, algo que nunca antes había pasado. Reviso rápidamente la cuenta y el estado que guardaban las máquinas y el local, como ya no había clientes a esa hora, yo estaba ocupada con la limpieza del mismo, aun así, en más de una ocasión me pidió ayudarle con la revisión de las instalaciones, por lo que teníamos que ingresar a los pequeños cuartos donde estaban todas las mangueras y ductos, habitaciones que de por si eran estrechas y que provocaban que nuestros cuerpos en varias ocasiones se rozaran entre ellos. Ricardo no dejaba pasar ninguno de estos, sin tocarme o agarrarme de forma que, aunque parecía ser cortes, yo adivinaba que lo hacía de manera planeada para ver mis reacciones. Si quería jugar, yo le daría motivos para ello, por lo que en uno de esos momentos en los que dos cuerpos no cabían en el mismo espacio, me voltee, quedando de frente a él y pasando totalmente embarrando todo mi cuerpo en el suyo y para hacer más caliente el momento, justo cuando estábamos frente a frente, me detuve por unos instantes para poder sentir su hombría y con la nariz pegada a su cuello olerlo y dejarlo olerme. Justo en ese momento, pude sentir a la altura de mi estómago, como su miembro empezaba a tomar forma y dimensiones, sus manos reaccionaron y de forma supuestamente involuntaria, tocaron mis tetitas, produciéndome a la vez, una rica humedad en mi cuquita.

    Después de eso, me dejo terminar mis labores de limpieza, sin quitarme los ojos de encima, mientras de forma descarada, yo me empinaba frente a él, para no dejarle nada a la imaginación.

    Cuando cerramos, me ofreció ir a un café a tomar algo, pero como mi casa estaba muy cerca, preferí pedirle que me acompañara hasta ella, yo creo que pensó, que tal vez pudiera invitarlo a pasar, pero al llegar a la puerta, con un saludo de manos, me despedí, dejándolo con las ganas.

    Mi plan funciono perfectamente, sus visitas se hicieron cada vez más frecuentes a la hora del cierre, yo aflojaba en algunos aspectos y en otros me hacía más difícil, había que hacerlo sufrir un poco, sabiendo de sus gustos, empecé a vestirme con ropa cada vez más provocativa, pantalones entallados, vestidos coquetos (a los que les había subido un poco el dobladillo). También nuestro saludo se convirtió en un beso en la mejilla, aunque en ocasiones el beso se acercaba demasiado a la comisura de los labios. Pero sucedió un día, después de casi un mes de iniciar sus coqueteos. Justamente un fin de semana, donde yo cumplía tres semanas de total e involuntaria abstinencia sexual, cuando decidí, que esa era la oportunidad de conseguir una buena verga, que me llenara la falta de sexo por tanto tiempo.

    Así que opté por vestirme con unos leggins super sexys y un sujetador deportivo, cubiertos ambos con una blusa larga semitransparente, de ropa interior, escogí una tanguita del mismo tono que los leggins, que en ciertas posiciones se marcaban claramente. Sabía que, con ese atuendo, no habría hombre que se mantuviera ecuánime.

    Dos horas antes del cierre, le avise a los pocos clientes que había, que por razones personales, ese día cerraría una hora antes, esto me daría la seguridad de estar totalmente sola, cuando llegara Ricardo.

    Y así fue, poco antes de la hora de cierre llego mi jefe, tan solo de verme, note que entre sus piernas crecía su deseo por mí. Sin perder tiempo en revisar absolutamente nada, tomo asiento, mientras yo terminaba las labores de limpieza que a él tanto le encantaba verme hacer. Cada vez que me empinaba, sus ojos se le iban, tratando de adivinar hasta donde llegaba el hilo que se perdía entre mis nalgas. Tan solo de provocarlo, yo ya estaba al 100, dos veces le pedí se parará, supuestamente para limpiar, aunque la verdadera razón era observar aquella carpa que se formaba en su pantalón y que me indicaba que ante mi tenia a un hombre con una larga y gruesa pija entre las piernas.

    Ricardo camino hasta la puerta del negocio y cerró la puerta por dentro, sin ningún reparo, se dirigió hacia mí y me tomo entre sus brazos intentando besar mi boca, yo evite su boca y haciéndome la inocente le pregunte sobre sus intenciones, me contesto que me deseaba, que durante un mes había intentado seducirme sin logarlo, pero que ahora estaba seguro que también yo lo deseaba, que mi forma de vestir y de actuar me delataban y que estaba dispuesto a ofrecerme cualquier cosa con tal de aceptar en ese momento coger con él.

    Sin más, su boca volvió a buscar la mía, esta vez con mucha más suerte, pues el beso que siguió a continuación fue largo y húmedo, agresivo y lleno de lenguas que se enmarañaban una con la otra. Nuestras manos buscaban el cuerpo del otro, el deseo y la pasión nos envolvían, al tiempo que desabrochaba su pantalón y sacaba aquel bello instrumento, que con el solo tocarlo, adivinaba largo y grueso, casi negro y cubierto con tupido pelambre, el bajaba hasta los tobillos, la poca ropa que cubría mi sexo, me tomo de las axilas y me subió de un tirón a una de las lavadoras, donde sin ninguna objeción de mi parte, clavarme hasta el fondo aquel fierro candente. Entro hasta el fondo sin problemas, lo esperaba una húmeda vagina deseosa de ser penetrada sin piedad, tomándome de las nalgas, clavaba una y otra vez su verga en mí, y yo con las piernas en sus glúteos y mis manos en su cuello, empujaba para provocar mayor penetración de su parte. No paso mucho tiempo para vaciarme en un riquísimo orgasmo, mientras el eyaculaba en mi interior, llenándome de sus mocos calientes y en abundancia.

    Mientras tomábamos un respiro, acomode uno de los cobertores que teníamos lavados y que el cliente no había pasado por él, para usarlo como cama. Mientras me desnudaba, mire como Ricardo hacía lo propio, y pude apreciar como aquella verga que apenas tenía unos minutos de haberse vaciado, tenía un tamaño impresionante aun en estado de reposo, lo tome de la mano para recostarlo y así poder llevarme aquel pedazo de carne a mi boca, quería que pronto recuperara su tamaño máximo, para poder disfrutar nuevamente de su intrusión en mi cuerpo, él se acomodó no solamente para recibir, sino también para dar, un 69 que por sí solo, provoco un nuevo orgasmo de mi parte, su lengua se hundía tan dentro de mi que pensaba que era poseída nuevamente, lo hacía con tal maestría que con ella lograba darme total placer, mientras yo, con muy poco de mi parte, veía como su miembro viril, volvía a tomar dimensiones increíbles, mi mano no alcanzaba a rodearlo por completo y mi boca no daba suficiente apertura para poder meter por completo su glande.

    Me acomode nuevamente para recibir mi dotación de carne, Ricardo se puso encima mío, tomándome de los tobillos para abrir mis piernas completamente, y esta vez poco a poco hundirme su miembro hasta topar con mi útero. Ahora no hubo salvajismo, con ternura fue metiendo y sacando aquello que tanto me complacía, besaba mi boca y mis senos al tiempo que sacaba por completo y hundía nuevamente hasta el fondo se caliente garrote, a la quinta o sexta intrusión, mi cuerpo no aguanto más y por tercera vez descargue mi tensión sexual en un inacabable orgasmo, esta vez acompañado de fuertes contracciones de mi pelvis y múltiples espasmos musculares en todo mi cuerpo, sin dejar de temblar, seguía recibiendo verga, parecía que Ricardo jamás se vaciaría nuevamente, se notaba tranquilo mientras me bombeaba suavemente. De repente, hundió su arma lo más profundo que pudo y con largo grito de placer, se vacío por completo durante casi medio minuto. Era como si estuviera orinando dentro de mí, sentía como me llenaba de líquido sin parar, cuando por fin termino de eyacular, se dejó caer sin fuerza encima de mí. Así, como muerto estuvo otros diez minutos, mientras su inerte verga, poco a poco se contraía hasta retirarse de mi interior, el cual aprovecho el momento para vaciarse de la cantidad de líquido que tenía dentro. Más de una lavada, necesitaría ese cobertor para volver a quedar limpio.

    Pensé que todo había terminado ahí, él se acomodó a un lado para descansar, no emitía ninguna palabra, con cierto desasosiego empecé a pensar en vestirme e iniciar mi retirada, ya había tenido suficiente para sentirme complacida. Esperé un poco más a su lado y cuando pensé que dormía, intente levantarme, pero aparte de que mis piernas no respondían, una mano me tomo del brazo evitando que me terminara de levantar, mientras que mis incrédulos ojos, observaban como aquel pedazo de carne, nuevamente empezaba a tomar vida. Ricardo me jalo hacia su boca para nuevamente iniciar un beso candente y placentero mientras al oído me susurro que ahora me rompería el culo.

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