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Chus y Cholo

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Recuerdo que era un sábado lluvioso del mes de diciembre de 1971, y sé que era el 1971 porque yo tenía 18 años. Estaba tomando un kas de naranja, de pie, delante del mostrador de la tienda del Barrigas, cuando llegó mi amigo Cholo. Al ponerse a mi lado vi que tenía unas ojeras que le llegaban a los pies. Le pregunté:

-¿Pasaste una mala noche?

-Con la lluvia machacando los cristales, los truenos, los rayos, los perros aullando y el mochuelo ululando en el saliente de la ventana no pegué ojo. -habló con en tendero- Ponme una tónica, Miguel.

Cholo tenía mi edad y era un chavalote moreno, de estatura mediana muy guapo y algo mariconcete. Vivía en una casa al lado del monte con sus padres y su hermana Chus, y no me extrañó que no pegara ojo, ya que en Galicia los mochuelos son considerados aves de mal agüero, y cuando ululan en una aldea se tiene la creencia de que se va a morir alguien y si además se oyen a los perros aullando, acojona de verdad. Cambié de tema y le pregunté:

-¿Va un tute para ver quien paga las consumiciones?

-Mejor un chinchón.

-Como quieras. Vas a perder igual.

Sin pedírselas, el Barrigas, nos dio un mazo de cartas. Las cogí y nos fuimos a un apartado donde había media docena de mesas y un futbolín. Eran las doce del mediodía y estábamos solos. Ya sentados y después de repartir Cholo las cartas, le dije:

-Debió acojonarte una cosa mala sentir al mochuelo ulular en el saliente de tu ventana.

-No lo hizo en el saliente de mi ventana, lo hizo en el de mi hermana Chus.

Chus era una pelirroja pecosa, con carita y sonrisa de ángel. Tímida. Tenía buenas tetas y buen culo. Llevaba siempre las faldas y los vestidos por debajo de las rodillas y su largo cabello recogido en dos trenzas.

-¿Estaban tus padres en casa?

-Estaban. Follaban en su habitación, que está entre la mía y la de mi hermana.

-¡¿Sintiendo al mochuelo y a los perros?!

-Pues sí. Follaban en silencio, pero de cuando en vez a mi madre se le escapaban gemidos de placer.

-Si tu los oías, tu hermana también lo hacía.

-Es obvio que sí, pero a eso ya está acostumbrada. Lo que la ponía negra, en el otro sentido, era el mochuelo.

-¿Fuiste a su habitación a ver como estaba?

-No, mi hermana, asustada, vino para mi cama.

-Un caramelito en la cama de un marica...

-Eso pensaba ella.

-¿Vas a negar que eres marica?

-Todos somos un poco maricas. y las mujeres un poco tortilleras.

-Yo, no.

-No, ya sé que no eres tortillera.

-Vete a la mierda. ¿Qué pasó en esa cama?

-Que Chus se metió en ella. Se tapó la cabeza con las sábanas y las mantas y se puso en posición fetal. Yo también me tapé la cabeza. Mi hermana olía a jabón de la Toja y polvos de talco. Le pregunté:

-¿Tienes miedo?

Me respondió:

-"Miedo y frío".

Me di la vuelta, le di la espalda, y la invité a abrazarse a mí para entrar en calor. Se abrazó. Al sentir sus tetas en mi espalda mi polla se puso dura como una piedra. Estuvimos así un par de minutos. Cuando dejó de temblar le cogí una mano y se la llevé a mi polla. La acarició como si estuviese acariciando a un perro o a un gato. Le cogí la mano, hice que apretase con ella mi polla y que la moviese de arriba abajo y de abajo arriba... Poco después giré la cabeza y busqué su boca, pero lo único que sentí fue su aliento. Le llevé la polla a los labios. Abrió la boca y me la mamó y me la meneó hasta que se la llené de leche.

Imaginé a Chus tragando leche y mi polla se puso dura.

-¿Qué pasó después?

-Nos destapamos. Quité los calzoncillos y limpié mi leche a ellos. Me puse enfrente de mi hermana. Le cogí las tetas y se las magreé por encima del camisón. Comenzó a gemir muy en bajito. Busqué sus labios y los encontré deseosos de besar. Chus se quitó el camisón y las bragas y pude chuparle las tetas. Eran grandes, duras y suaves como la seda. Sus pezones eran pequeñitos. Al rato bajé mi mano derecha. La metí dentro de sus bragas. Su chochito peludo parecía una pequeña charca. Le metí un dedo y sentí como mi hermana comenzaba a temblar. Esta vez no era con el frío ni con el miedo. Me habló por segunda vez, y me dijo:

-"Me corro, Cholo".

-Sentí como un chorro de jugo empapaba la palma de mi mano...

-Ver como se corre tu hermana debe ser el no va más.

-No la vi, estábamos a oscuras, eso sí, la sentí, y al sentirla se me puso la polla tiesa, tiesa, tiesa, y hice lo que nos explicó Celso que se le debe hacer a una mujer con la boca y con la lengua para que se corra.

-¿Le comiste el coño después de correrse?

-Sí. Con la luz de un relámpago, cuando se le iba a lamer los labios, vi que tenía el chochito cremoso, era como leche condensada, pero me supo a ostra. Después de lamer varias veces los labios, le follé la cuca con la punta de la lengua, luego, cuando le lamí de abajo arriba la perla, ya no me dio tiempo a lamerle el ojete, mi hermana, sin avisar, sin un sólo gemido, pero retorciéndose, se volvió a correr en mi boca. Sentí de nuevo su flujo calentito y lo tragué con tanto placer como ella había tragado mi leche.

-¿La follaste cuando acabó de gozar?

-Casi.

-¿Cómo que casi?

-Sí, casi. De lado, metí mi polla entre sus piernas cerradas. La polla se frotaba con los labios de su chochito, que se fue mojando más, mas y más. Sus tetas se apretujaban contra mi pecho. Aprendimos a darnos besos con lengua, ya que sólo oyéramos hablar de ellos... Llegó un momento en que mi hermana estaba tan caliente que abrió las piernas para que se la metiese. Le metí la puntita de la polla, y comiéndome la boca, comenzó a correrse de nuevo. La quité y me corrí fuera.

Conocía bien a Cholo, y sabía que si me estaba contando esto era porque algo tramaba. Debía ser algo muy fuerte, así que dejé que siguiese. Lo bueno, cuanto más se espere, mejor. Así, que le dije:

-A mi no me engañas. No la desvirgaste porque eres maricón.

-No, no la desvirgué yo porque me desvirgó ella a mí, claro que al desvirgarme también se desvirgó ella, se desvirgó el chochito y el culo.

Aquello me sobrepasaba. Sabía que había mujeres que les encantaba que las follasen analmente, pero Chus, si Chus parecía un ángel, una santa... Impaciente por saber, le dije:

-Cuenta, cuenta.

-Después de corrernos, mi hermana, me puso una teta en la boca y más tarde la otra mientras ella las magreaba. Luego subió encima de mi y me puso el chochito en la boca. Se ve que le encanta que se la coman. Saqué la lengua y dejé que disfrutase. Movió el culo de atrás hacia delante. Los pelos de su chochito me hacían cosquillas en la nariz. Su vagina soltaba tanto jugo que me embadurnaba la cara.

Minutos más tarde, mi madre, que debía estar de cachonda para arriba, alzó la voz, y le dijo a mi padre:

-"Me voy a correr otra vez, Faustino".

Las palabras de mi madre debieron excitar sobremanera a mi hermana, ya que después de sentirlas, me susurró al oído:

-"Y yo, yo también me corro, Cholo".

Una pequeña cascada de jugo calentito bajó por mi lengua y cayó en mi boca. Mi hermana volvía a temblar y a gemir muy bajito. Su corrida fue inmensa. Me harté de tragar aquel delicioso jugo de textura cremosa. Al acabar de correrse, me besó y luego me volvió a dar las tetas a chupar, esta vez sin magrearlas. Después llevó su chochito hasta mi polla empalmada. Moviendo el culo alrededor, la fue metiendo, despacito. Le entró justa, muy justa, justísima, pero le encantaba. Me comió a besos mientras la metió. Al tenerla toda dentro me folló con tanta ternura que creí que me estaba follando un ángel, pero no era un ángel, no, un ángel no se corre como se corrió ella, ni su chochito atenaza la polla y la baña de jugo como me la bañó ella, ni besa con tanta pasión. No, no era un ángel, era una diablesa. diablesa que después de correrse quitó la polla del chochito y jugó con ella en la entrada de su ojete. Hacía círculos sobre él. Yo empujaba tratando de meterla. En una de las veces que se quedó quieta con la polla en la entrada le metí la mitad del glande. La sacó y volvió a moverla alrededor de la entrada. Se volvió a parar y le metí el glande entero. La volvió a sacar y volvió a acariciar el ojete. Luego la metió en el chochito. Creí que me iba a follar otra vez con él, pero no, la sacó y puso la polla engrasada en la entrada del ojete. Le metí la cabeza. Empujó con su culo y la metió hasta el fondo. Al llegar al fondo me corrí dentro de su culo. Mientras me corrí no paró de besarme y de acariciar mi cabello. Tardó mucho en correrse, pero cuando lo hizo se corrió sacudiéndose como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico.

Empalmado como un toro, y deseando llegar a casa para pelármela, le dije:

-La corrida debió ser épica.

-Lo fue.

-¿Y qué más hicisteis?

-Nada, cuando se recuperó de la brutal corrida se puso las bragas y el camisón, y sin decir una palabra, volvió a su habitación.

Tenía que preguntárselo.

-¿Por qué me contaste esta historia?

-Porque esta noche mis padres van a Portugal a por tabaco y café de contrabando.

-¿Y?

-Y mi hermana me dijo esta mañana que le gustaría verme jugar con otro chico y después follar con los dos?

-No me jodas. ¿En una noche de pura pasó a puta?

Lo le gustó mi comentario.

-De puta, nada.

-Vale, de pura pasó a calentorra. ¿Y qué quiere ver? ¿Quiere ver cómo dos tipos se dan por culo?

-Supongo que sí.

-Búscate otro.

-Te quiere a ti. Siempre le gustaste.

-Por follar a tu hermana no voy a permitir que me des por culo.

-Escalera de color.

Me había pillado yendo a por uvas.

-¡¿Escalera de qué?!

Sonriendo, me respondió:

-Escalera de color. Paga las consumiciones.

Encima de la mesa puso la escalera de color, era de oros e iba del as al siete.

Me mosqueé.

-¡¿No me contarías esa historia para despistarme?!

-No me hacen falta artimañas para ganarte a las cartas.

Tuve que pagar las consumiciones.

Esa tarde, cuando vi a Chus, tenía unas ojeras como las de su hermano. Iba al río a lavar la ropa y llevaba una bañera en la cabeza. En el momento que me sonrió, me acerqué a ella y pensando en mi culo, le pregunté:

-¿Cómo tiene la polla el badulaque de tu hermano?

Me respondió:

-Pequeñita y delgadita

Quique.

P.D.- No os molestéis en comentar. Ya sé que da mucho trabajo.

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