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Despedida íntima

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Continúa a "La primera despedida".

*****

“Tres en una cama y sobraba cama y no era por frío, porque calor era lo que había de más”, así pensaba yo mientras soportaba el chupamocos de poniente que soplaba como una patada en los huevos, porque hacía sudorizar la piel del camello, que ya es decir. La noche fue larga; después de una sencilla cena para los mayores y un frugal banquete para nosotros, nos fuimos Néstor, Tono y yo a sufrir calor por el pueblo. Mi intención era acercarnos a la casa de Néstor y saludar a su madre, porque me parecía que iba a irme sin saludarla, mejor dicho, sin conocerla. Salimos de casa en short, ni camisa ni nada. Ellos, Néstor y Tono llevaban zapatillas, pero yo me puse unas chancletas por aquello de no ir descalzo. Me gusta ir descalzo, en casa lo hago, pero cuando salimos a la calle siempre que voy descalzo no para de decirme alguien que “si hay vidrios y me cortaré”, que “si un clavo y me entrará el tétanos”, que “si el pie se raspa con el suelo y crecen durezas”, etc., entonces lo mejor es calzarse con lo más simple.

Néstor había llamado a su madre para decirle que la íbamos a visitar. Pero ella le respondió que no estaba en casa y que, si acababa pronto, ya le avisaría para que fuéramos. En la conversación Néstor le había dicho que eso no tenía sentido porque para ir a verla teníamos que vestirnos adecuadamente, lo que no se improvisa. Entonces ella le había dicho que mejor que no fuéramos, ya nos conoceríamos en otra ocasión. Nestor se quedó disgustado y tuve que decirle que ya nos conoceríamos un día, que no era para derrumbarse. Tono lo animó diciéndole que otro día él vendría del pueblo y saludaría a su madre. Ya me estaba dando cuenta que yo no era el único que tenía diferencias con mi madre. Así que nos decidimos a salir como habíamos previsto. Yo llamé a Gaspar para decirle donde estábamos, pero me contestó lamentando no poder venir, porque estaban cenando, pero que vendría un rato a casa para despedirse.

Nos sentamos en una terraza de bar y pedimos un whisky y dos gyntonic. Néstor se puso a contarnos algunas historias de su tiempo de escolar, aunque él fue a una escuela pública del pueblo, donde estaban también Gaspar y Fernando; me parece que en las escuelas públicas había mayor libertad. Pero lo pasó mal, según contaba, porque no se sentía contento en ninguno de los muchos grupos con que estaba dividido el alumnado del colegio.

Veíamos que se iba yendo la gente y decidimos no quedarnos los últimos. Pedí la cuenta y pagué lo que me pareció una ridiculez por un whisky y dos gyntonics. La verdad es que eran muy simples y no tenían ni gracia, pero me pareció que era poca invitación para ser una última noche.

De regreso les comentaba esto de los precios del pueblo y lo poco que había costado, y les dije:

—”Como buen amigo, primo y hermano, tengo que pagar adecuadamente esta despedida pero en la cama, si os parece”.

—”Eso es lo que deseamos nosotros dos, enviarte a la ciudad con el mejor de los recuerdos de los que somos de pueblo”, dijo Tono, mientras Néstor asentía sonriente.

No pude resistirlo; aunque estábamos en la calle, de noche y pasando mucha gente que miraba con descaro, no me importó nada, los abracé uno a uno y les di un beso en la boca de los que se queda perpetuamente el propio sabor. Luego nos abrazamos los tres, y allí, en una de las esquinas ya cerca de casa, comenzamos a besarnos los tres a la vez. ¿He dicho besarnos? Mentiría si lo dejara así. Las manos ejercían con libertad por nuestros cuerpos y mi polla se puso tiesa, muy tiesa. Pero toqué por dentro del pantalón las pollas de mis acompañantes y estaban tiesas y húmedas por el líquido preseminal. Les dije que en lugar de continuar aquí, mejor ir a mi cama. Estaban de acuerdo, y cogidos los tres por los hombros y acariciándonos nos fuimos a casa. Los que nos vieron así de abrazados avanzando en medio de la calle pudieron pensar lo que les vino en gana, seguro que tenían razón en todo. Pero lo que no podrían adivinar jamás es que allí estaban despidiéndose no solo de unos días de intensa convivencia, sino de pertenecerse los tres para un amor casi imposible. Seguíamos amándonos, pero los tres sabíamos que dos de ellos iban a seguir su curso juntos y el otro iría a buscar su destino. Eso es precisamente lo que nos producía una enorme alegría. Ahí, dentro de esos tres corazones, nadie podría penetrar para entender lo que pasaba por esa locura en ese instante. Es que cuando se descubre el amor entre las personas, cuando ese amor es respetado y aceptado, se produce una inmensa alegría porque es fruto de una victoria muy singular, es la victoria contra nosotros mismos, nuestros gustos o nuestra pasión. Eso no lo podían comprender los transeúntes que nos miraban.

Tampoco hacía falta que lo comprendieran. Los que lo habían entendido estaban ahí caminando por la calle cogidos por los hombros casi como bailando juntos para ir de frente a conseguir la realización del propio destino. Estábamos ahí decididos a hacer realidad el amor de dos personas y la búsqueda de la tercera. Quizá un día pueda el mundo entender que todas las locuras que señalamos en los demás, que todas las desvergüenzas que vemos en los demás, que todas las deshonestidades por las que condenamos a los demás, no son locuras, ni desvergüenzas ni deshonestidades, sino amor, el amor que produce la alegría, el amor que produce la esperanza, el deseo de vivir, el deseo de negarse a sí mismo para darse al otro. Eso lo vivíamos nosotros tres en medio de la calle, sabedores de habernos decidido por ese amor contra la opinión pública, de habernos decidido y de haber sabido comprender y ser comprendidos.

Fue un gran descubrimiento que marcaría para siempre nuestras vidas. Por eso, la amistad que emergió de este momento fue mucho más fuerte que aquella que teníamos anteriormente por danos placer, por pasarlo bien y por el mero hecho de habernos encontrado y conocernos. Cuando la amistad se refunda en un abrazo posterior a todo lo que apetece al ser humano y se hace por hacer feliz al otro, esto es, se hace por amor, es una amistad más fuerte y más duradera. Y así lo ha sido.

En casa nos esperaban Gaspar y Fernando. Habían traído una botella de “bourbon”. Querían sellar con nosotros la amistad perpetua. No se extrañaron de nuestra alegría y la felicidad que rebosaba en nuestras caras, porque habían entendido lo que pasaba por nosotros. En lugar de estar tristes porque yo me iba, estábamos los cinco contentos porque el mundo se estaba poniendo a nuestros pies. En esta amena reunión en la que participaron el Tío Paco y mi padre, Tono y Néstor dieron a entender con toda claridad que se amaban y habían decidido prepararse para hacer la vida juntos en el momento oportuno. El Tío Paco miraba hacia arriba a un lado del techo. Era tal la intriga que me entró que no tuve otra que preguntar:

—”Abuelo, ¿qué miras ahí arriba? ¿qué ves?”.

—”Veo tus sueños cumplidos; veo a Tono y a Néstor en su casa, veo a tus primos en su casa; veo a lo mejor de mi familia, mi posteridad tomando caminos difíciles, pero mejores que los nuestros...”, dijo el Tío Paco.

—”No, abuelo, no es así —dijo Fernando— nosotros no seríamos como somos, ni tendríamos estos sentimientos y actitudes, de no ser por vosotros, por ti en concreto; es a ti a quien debemos nuestras decisiones acertadas, es el ejemplo que siempre nos has dado de serenidad. Mi padre, el tío Antonio, la tía Adelaida, tus hijos, nos han transmitido el bagaje de cariño, confianza y seguridad que tú sembraste en ellos y queremos agradecértelo”.

El abuelo se puso a llorar, mi padre estuvo a punto de llorar y Néstor lloraba. Le tuve que preguntar a Néstor por qué estaba llorando, y me contestó:

—”He visto al abuelo llorar y me he emocionado; por una parte yo no he vivido en mi casa estas cosas que vosotros decís, y por la otra no sé cómo agradecer el bien que me está haciendo haber entrado en esta casa y en esta familia. Nunca he conocido a mis abuelos, y aquí descubro que tengo a mi abuelo. Desde el primer día que vine noté su amabilidad y un cariño especial desconocido para mí. Tengo motivos para llorar y motivos para reír; ahora estoy llorando de emoción, y deseo reír de alegría y felicidad”.

Se levantó para dar un beso al Tío Paco y se escuchó que en voz baja, muy baja, le decía: “Abuelo, te quiero”. Y el Tío Paco se abrazó a Néstor como quien se abraza a su nieto. El Tío Paco le contestó:

—”Yo te cuidaré, y no dejes de venir cuando quieras —dirigiéndose a Tono, añadió— y tú ven con frecuencia, que Néstor y yo te estaremos esperando”.

Aquello se estaba poniendo muy sentimental y Gaspar levantó la botella para servir un último trago. Todos, puestos en pie, brindamos por nuestras vidas. Nos abrazamos a los mellizos para despedirnos y un beso fue lo que nos dispersó ellos a su casa y nosotros a nuestro dormitorio. A Gaspar le dije al oído:

—”No te olvides nunca de que también tienes una gran madre”.

Se me quedó mirando y al oído me dijo: “Tuya es también; pero ten cuidado con estos tunantes”. Y nos despedimos hasta siempre.

*****

Tres en una cama y sobraba cama. Habían decidido que yo estuviera en medio de los dos porque iban a hacer conmigo las mil perrerías, para que jamás me olvidase de ellos. Y lo hicieron. Ya creo que lo hicieron. Nos habíamos duchado para estar más “fresquitos” y nos habíamos lavado el recto. Ya nos habíamos apetecido después del frenazo que nos dimos en la calle.

Me echaron en la cama de un empellón y se pusieron encima. Néstor me besaba cada rincón de mi cara y de vez en cuando mis labios, mi lengua. Se entretenía besando los ojos y mordiendo los lóbulos de las orejas. A mí me apetecía su lengua y cuando llegaba colmaba mis delicias. Tono comenzó a besarme el pubis, pero pronto se cansó de los besos y fue al grano. Me mamaba la polla haciéndome vibrar. Era como tener dos amantes dispuestos a hacer gozar al amado. Luego se intercambiaron y era tanto el placer que me producían que ya no sé quién besaba mejor y quien mamaba mi polla con más arte.

Con mis manos me los acerqué a mi cara para que nos besáramos los tres porque tampoco quería venirme enseguida. Mientras nos besábamos alternativamente, llegué a tener las dos lenguas en mi boca y me puse a masturbar simultáneamente las dos pollas de mis amantes. Dejé que los dos se pusieran a mamar mi polla y mis bolas, pero les dije que yo quería las dos pollas para mí y nos convertimos en un 696, es decir, un 69 de tres, donde sentía cómo una boca chupaba y friccionaba mi pene y la otra se entretenía mordiendo mi escroto y separando con la boca mis testículos, mientras tanto primero iba alternando entre las dos pollas y luego los acomodé con mis manos para tener las dos en mi boca. Creo que hasta ese momento jamás había disfrutado tanto. Yo ya sentía que en cualquier momento podría venirme y que a ellos les pasaría otro tanto y les pedí que me penetraran los dos, y si pudieran los dos a la vez. Hablaron entre ellos y Néstor comenzó delicadamente la penetración, que yo sentía con suavidad y consiguió meter toda su polla dentro. Sentí un gran placer porque le crece bastante cuando se le pone erecta. Pero luego colocándose debajo de mí dio paso a Tono para que, teniendo Néstor su polla dentro de mí, Tono me atravesara con su garrote. No le resultó difícil. Sentí un poco de dolor, aunque poco es poco decir. Sentí dolor porque obligó a dilatarse el ano. Pero una vez dentro y, comenzando a moverse los dos acompasadamente, sentí el gustazo de tener las dos pollas de dos muy buenos amigos queridos. Néstor dijo:

—”Me voy”.

—”Suéltalo todo dentro”, contesté.

—”Yo también voy a soltar mi leche”, dijo Tono.

No tardaron, pero fue entonces cuando comenzaron a decir requiebros: “A este cabrón lo dejamos más tirado que a una puta”, fue una de Tono. “Con este culo de puta loca, no tenemos ni para comenzar”, dijo Néstor. Me quedé sorprendido porque no paraban de soltar frases: "Te voy a hacer llegar al orgasmo", "vas a gritar de placer". A cada frase les contestaba con palabras como éstas: “sí”, “guau”, “no te detengas”, “sigue”, “más rápido”, “más aprisa”, “más duro”, “ahí, ahí”, “más despacio”. Ellos no paraban de decir porquerías: “puta”, “maricona”, “puta chingona”, "te gusta, ¿no?”; “me encanta tu culo, ésta no va a ser la última vez que mi polla te atraviese”, “¿ves como te gusta?, mi polla te va a demostrar lo que es una buena follada...”, “ahora eres mío y no te vas a arrepentir”, “muévete, tenia tantas ganas de tenerte así”, “te necesito, me encantas”, “si tú fueras una puta, yo no sería gay”, etc. Por fin se vinieron los dos, Néstor un poco antes. Y les supliqué que no salieran de dentro de mí porque me sentía muy de ellos. Pero como no tardé en venirme se salieron para echarse encima de mi polla y recoger mis borbotones de lefa que tragaron y se besaban con mi lefa en sus bocas. Tuvieron compasión de mí y me dieron del fruto de mis entrañas con su propia boca. Todo un festín.

No hace falta contar que lo mismo hicimos con cada uno. Nos descansábamos un rato para reponer fuerzas y ayudar a los testículos a recomponerse y fuimos a por Néstor que no podía reprimir sus gemidos. Cuando le correspondió el turno a Tono fue divertido porque tuve que penetrar yo primero, pues Néstor no podía, pero al verme dentro de Tono, como que se llenó de celos y de un solo golpe por encima de mi polla, metió dentro la suya; eyaculamos al mismo tiempo. Cuando Tono eyaculó, a Néstor y a mí nos resultó cómodo, porque teníamos polla por demás. Descansamos y antes de dormirnos le dije a Néstor:

—”Con esta polla de Tono te vas a perder entre el pelambre.

Después de las risas y seguir tocándonos, parece que nos dormimos muy abrazados. Fue Tono quien nos despertó para desayunar. Pasamos por la ducha porque teníamos semen pegado en nuestros cuerpos desde las cejas a los pies. Fue una gran despedida.

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