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El amigo de mi padre

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Su padre siempre ha sido un hombre sobreprotector, de esos padres con complejo de que su niña crezca y los abandone.  Eso porque su madre murió cuando ella tenía corta edad, y para él, llevar la crianza de una niña solo, fue duro, más no imposible.

Dana lo consideraba un buen padre, aunque no era permisivo y siempre era una plasta encima de ella. Aun así, había hecho lo mejor que podía para criarla solo, haciéndola casi a imagen y semejanza de él. Ella era, sin lugar a dudas, una persona cerrada en muchos sentidos. No tenía amigos cercanos, nunca había tenido pareja, y casi no salía. Al igual que su padre.

Físicamente era más parecida a su mamá, aunque alta como su padre. Normalmente no tenía problemas en desencajar con otros, más de su edad. Así que se acostumbró a llevar en sus hombros el peso de no tener amigos y convivir con nada más que canciones y dibujos.

Pensó que su vida siempre sería así de desesperante, pero llegó la dichosa edad de la punzada, a eso de los dieciocho. Demasiado tarde, a su parecer. Pues a esa edad, las chicas ya habían tenido su primera vez.

A escondidas, cuando su padre salía de viaje, se quedaba encerrada en su cuarto, viendo esos vídeos prohibidos que su padre nunca le enseñó. Él era tímido, no le gustaban esas cosas. Y a ella, pensó que no. Pero… Le fue imposible no sentir un picor, un gozar en su parte baja al ver tales vídeos, los más sencillos y caseros, porque era bien sabido por ella que el porno era engañoso.

Así fue su rutina un buen tiempo, hasta que cumplió diecinueve y decidió que debía estrenarse. A esa edad ya había logrado, por fin, una amiga. Una chica muy diferente a ella, Karla. Alegre, extrovertida y llena de energía. Siempre la sacaba de su casa a rastras.

Karla era lo mejor que tenía, y cuando le comentó que deseaba reventar su cereza de una vez por todas, como si aquello fuese algo que doliese con los años cargar. Su amiga le dijo que no era algo para avergonzarse, y aconsejó que no lo hiciera tan al afán de actualizarse a otras.

—De nada sirve que quieras hacerlo, cuando esa persona no te atrae, no se te va a abrir nada ahí abajo. Solo dolerá —.Dijo sabiamente Karla.

Y lo afirmó cuando, con un muchacho, trató de llegar lejos. No le atraía, ni en lo mínimo. Sus besos eran ásperos y asquerosos, sus manos la tocaban como si fuese un objeto. Y, al momento de tratar de entrar, simplemente no se mojó como había temido.

Corrió con suerte, se repetía mentalmente, puesto que el muchacho simplemente la dejó sin enojarse. Aunque no es como si pudiese o debiese hacerlo, ella no tenía la culpa. Ninguno la tenía. Bueno, tal vez él por ser tan basto.

Con eso en mente, su vida continuó, pensando que tal vez nunca iba a poder dilatarse al momento de la penetración.

O eso pensó, de nuevo, hasta que conoció al amigo de su padre.

Al verlo sintió como aquello que sintió muerto entre sus piernas revivía, y simplemente no pudo hacer nada más que mirarlo, analizando cada acción o gesto del hombre. Rondaba los treinta y tantos, tal vez tendría cuarenta, pero era, en definitiva, un DILF. Alto, corpulento, de quijada cuadrada y barba de candado, con ojos profundos y voz gruesa. Su cuerpo temblaba, y simplemente supo que él sería el indicado.

¿Cómo? No sabía, su padre seguramente no dejaría que su amigo, Rodrigo, se acercara a ella más de un saludo. Porque era un hombre sobreprotector, y ella, igualmente, no era la persona más directa y coqueta del mundo.

—Que difícil, cariño—. Le habló Karla, mientras compartían la cama de Dana, mirando al techo y analizando la situación. Ella sabía lo importante que era para su amiga el asunto de ser casi una monja a la edad de veinte, y verla tan constipada por un hombre de cuarenta era algo que no podía permitir. Aun así, ella era la que elegía—. ¿Y no puedes buscarlo en redes? —. Se le ocurrió, haciendo que ambas saltaran al computador de Dana.

— ¿Si tendrá Facebook?

—Todo el mundo tiene, hasta tu padre—. Todos sabían que su papá era prácticamente un monje.

Entraron a la cuenta de Dana, la cual se sabía el apellido del hombre, pues su padre hablaba más de él por su apellido que por su nombre. Buscó rápidamente entre las opciones, encontrándolo de primeras, pues tenía como amigo a su padre.

Su foto de perfil era de él, mostrando su cuerpo en una piscina.

—Demonios, está como se quiere—. Habló Karla—. Así hasta yo le doy a un cuarentón.

No demoraron en enviarle la solicitud, y Dana solo esperaba a que le respondiera.

Terminó el día, Dana estaba lavando sus dientes y escuchó una notificación en el celular.

Lo tomó y se dio cuenta que era Rodrigo, quien había aceptado, además de darle ‘me gusta’ a su foto de perfil. Mordió su labio, juagó sus dientes, y decidida como nunca, le escribió un mensaje corto.

“Gracias por aceptarme”

Pensó que allí quedaría todo, en una fantasía, en ella observando toda la noche las imágenes del hombre. Pero no. Rodrigo le respondía, es más, le buscaba conversación. Y ella, igualmente, le respondía con el mismo animo que al inicio.

—Cariño, necesito que le entregues esto a Vélez cuando llegue, estaré de viaje de última hora—. Le dio un beso en la mejilla, corriendo por el pasillo—. Me escribes cualquier cosa—. Y salió de la casa, dejando a la recién levantada con el corazón en la boca.

Rodrigo iba a venir, y estaban solos, y ella no había dejado de hablar con él todo ese tiempo. Aun así, nunca se sintió mental y físicamente preparada para verlo, porque aún no creía que estuviera lista. “uno nunca lo está” comentó Karla una vez, y ella supo que era ahora o nunca.

Se levantó corriendo, se metió al baño y colocó algo de música mientras se preparaba. O lo intentaba. Se lavó por completo, metiendo sus manos y dedos hasta por esos lugares que jamás pensó tocar de otra forma. El jabón hizo su trabajo, dejando una suave sensación junto al agua que la recorría. Pasó sus manos por las caderas, y las insertó en medio de sus nalgas, acariciando la línea con jabón, y dejando que el agua continuara el recorrido al suelo. Sus dedos también decidieron abrir los labios vaginales, permitiendo al agua entrar en su vagina, o al menos en el inicio de esta. Mojó su cabello, e hizo rulos con el acondicionador en este para hacerlo ver menos plano.

Salió después de unos minutos, y se metió al cuarto, eligiendo lo más bonito y menos cutre que tuviera. Casi todo eran jeans anchos y camisas sencillas con logos. Su padre la trataba como un niño, seguramente porque temía a que su niña creciera. Pero era su momento de crecer. Recordó ese vestido que le había comprado su padre para ir a una fiesta y que nunca usó porque se quedó dormida antes de ir.

Lo tomó. Era largo hasta la rodilla, de flores y un color blanco cremoso. De mangas largas, porque desde hacía unos años escondía un tatuaje en el brazo que su padre aún no veía, como por arte del santo, porque no era precisamente pequeño. Las mangas eran de encaje blanco, cubriendo también su clavícula, pero dejando ver el entre medio de sus senos.

Se acercó al espejo de cuerpo completo, terminando de ajustar sus zapatillas de color rojo, demasiado desgastadas para su gusto.

Entonces, como si fuese Dios quien tocara, salió disparada por toda la casa, hasta el primer piso, y abrió la puerta sin siquiera preguntar, porque, vamos, ¿quién más sería? Vivía en un condominio de casas, por ende, solo dejaban entrar conocidos o permitidos por su padre.

Se encontró casi golpeando su nariz con el pecho de Rodrigo, quién le dedico una de esas hermosas sonrisas que dejaban ver su hilera de dientes casi perfectamente blancos.

—Hola, Dana—. Habló, con esa profunda voz que le erizó el vello de la nuca. Se corrió un poco, invitándolo a pasar. Lo hizo. Era un hombre alto, de gran cuerpo, con el cabello algo largo de color marrón y ojos carismáticos verdes. Si su madre estuviera viva, definitivamente estaría babeando por ese hombre. Tan masculino y lleno de vida—. Tu padre me dejó unos papeles acá—. Ella asintió, dirigiéndose junto a él al estudio, donde su padre había dejado los documentos—. ¿Vas a una fiesta? —. Preguntó curioso.

— ¿Eh? No, ¿por qué? —. Ladeó la cabeza. La chica siempre le había parecido bastante mona, pero nunca la vio vestida tan… femenina. Tal vez porque, como le contaba José, el padre de Dana, ella no tenía interés alguno en verse extremadamente sexy, como muchas de su edad. Eso le llamó, la hacía lucir más particular.

—Estás muy linda—. Aunque era de mal gusto viniendo de él siendo mayor, pero ella solo sintió un calor subir a las orejas, tomando del escritorio la carpeta con una notita encima que su padre dejó. Se giró, entregándosela, aun con temor. No quería que se fuera tan pronto.

—Sí—. Trató de lucir natural, llevando un mechón de cabello tras la oreja, mientras fruncía los labios. Rodrigo tomó la carpeta.

—Bueno, tengo que irme—. La mirada de Dana se alzó, buscando la contraria con necesidad. No, no podía irse tan pronto. ¿Qué dijo Karla? Algo de tomar al toro por los cuernos. Pero Rodrigo no era un toro, y aunque entendía el símil, era difícil no pensar en los cuernos que le pondría a la esposa. ¿Tenía siquiera? Diablos, debió preguntar.

— ¿Tiene que ir con su mujer? —. Bien, eso había sido raro.

—No tengo esposa—. Lo dijo natural, como si aquello no hubiese sido de mal gusto. Rodrigo lo sabía, la leía, lo sabía desde que la vio por primera vez, desde que lo busco en redes sociales. Ella estaba interesada en él. Y él… No se negaba a que Dana era una chica linda y sencilla, como pocas. Pero era muy joven, y él no deseaba terminar de criar a nadie—. ¿Tú tienes novio? —. La veía nerviosa, como si aquello nunca lo hiciera.

—No he tenido—. Abrió un poco más los ojos de sorpresa. La chica era virgen, porque dudaba que se acostara con alguien que no fuese su pareja. O tal vez él tenía esos principios. Aun así, le sorprendía que alguien de veinte nunca se hubiese relacionado con alguien. Y eso, seguramente, era por José, pues era muy protector con la chica.

— ¿No te ha gustado nadie? —. Sus ojos lo volvieron a mirar, anhelantes, sinceros y con un brillo de determinación completo.

—Bueno… —. Tal vez el problema es que los chicos de su edad no se fijan en chicas tan simples como ella. Bien, era ahora o nunca, no más rodeos. Tomó su mano, y con miedo, la acercó a la contraria, rozándole los dedos. Jamás, en la vida, había tomado a alguien de la mano que no fuera su madre. Se sentía nuevo, extraño, una aptitud que había dado por muerta.

—Oh—. Lo sintió, y sabía que debía alejarse, en cambio, retuvo la respiración, deseando ver cuán lejos llegaba Dana. Los dedos de la chica subieron hasta su reloj de muñeca, y continuaron hasta donde tenía recogida la camisa. Bien, era momento de detenerla. Con su otra mano la tomó, suave, de la que estaba comenzando a recorrer su brazo—. Nena, esto no está bien—. Ella sintió que iba a llorar, la primera vez que iba tan lejos y era rechazada.

—L-l-lo siento… —. Su voz se quebraba. Se sentía idiota, era obvio, ella no era bonita como otras chicas, no era coqueta, tampoco era llamativa. Su cabello era abundante y desordenado, su rostro aniñado e infantil, sus lentes grandes y de marco con lunares negros y azules.

Rodrigo se derritió al verla casi llorar, tomándola de los hombros. Ella era linda, con ojos grandes y castaños, llenos de pestañas tupidas; sus labios rosados y pequeños, y una nariz delgada y fina. No era bajita, ni delgada como un palo. Pero tenía algo de ternura que le estrujó.

—No, no. Está bien. Es normal interesarse en hombres, me siento halagado de que una niña tan linda me vea de esa forma. Pero, soy muy grande para ti, debes buscar a alguien contemporáneo a ti, alguien con quien crezcas junt-… —. Y antes de que pudiera seguir hablando, Dana se tiró un poco hacia arriba, alcanzando los labios del mayor. Ambos sentían ese beso inexperto, pero era tan inocente.

Dana se alejó casi de inmediato.

—No busco que sea mi pareja—. Murmuró, cerca de los labios contrarios—. Quiero acostarme con usted—. Mordió su labio inferior, buscando algo en el suelo que la mantuviera entretenida de los ojos verdes frente a ella.

Rodrigo suspiró, sabía que no podría sacársela de la cabeza si se iba sin más, y ella era mayor de edad, ¿no? Se sentiría como un viejo verde, de eso seguro, pero verla dispuesta a continuar, lo hacía flaquear. ¡A la mierda la moral! Volvió a tomarle la mano.

—Vamos al cuarto antes de que me arrepienta—. Dana casi brinca de la alegría, y lo guió a tropezones por la sala, hasta las escaleras, y directo a su habitación. Cerró la puerta, las cortinas, y prendió uno de los focos. Rodrigo observó con atención cada largo del cuarto, cada uno más saturado de imágenes que el otro, además de pinturas—. ¿Pintas?

—Sí, me gusta—. Estaba quitándose sus zapatillas, lanzándolas lejos. Tenía condones por ahí, se los había dado Karla. “De lo mejor, para la primera vez” habló ella con sinceridad, también dándole lubricante por si no dilataba. No podía simplemente echarse para atrás, no con ese hombre.

—Wow—. Él seguía mirando cada una de las pinturas, las cuales estaban en todos lados. Hasta que la volvió a mirar, estaba sin zapatillas y bajando el cierre de su lindo vestido. Tragó duro, porque sabía que era la primera vez que la chica, y sabía también que no podía ser bruto y generarle un trauma. Menos si su padre se enteraba y terminaba castrándolo.

Ella terminó de quitarse el vestido, con algo de temor, y este cayó al suelo, dejando ver su cuerpo. Tenía senos voluminosos para tener veinte, una cintura bastante marcada, y unas caderas anchas con piernas gruesas. Un poco de peso de más, pero no era algo que ahuyentara a cualquiera. Ella se acercó, con una mirada gacha, y con paciencia, desabrochó botón por botón de su camisa.

— ¿Estás segura de esto? —. Atajó.

—Sí—. Sus dedos acariciaron el cuerpo velludo del hombre. Porque sí, él era un hombre, no un niño pretendiendo ser uno. Y eso le gustaba.

—Es tu primera vez, ¿no? ¿No te gustaría que fuera con tu novio? —. Lo miró, algo frustrada.

—Si va a molestar con eso todo el rato, no sigamos. Es molesto. No soy una niña, si le dije que quería con usted es por algo—. Jadeó, tomando aire antes de continuar—. No tengo experiencia porque nunca logro excitarme con los chicos de mi edad. Tampoco les intereso, son personas desagradables… —. Se acercó a la cama, que en realidad era un colchón doble con una base negra sin patas, también pintada con flores.

La vio, iracunda y triste. Entendía el sentimiento de no sentirse aceptado, pero también estaba jugando con fuego al estar con ella. No quería que se ilusionara, no quería que se sintiera usada. Pero verla a punto de llorar tampoco era su idea.

Se terminó de quitar la camisa, al igual que los zapatos y su pantalón, quedando en bóxer. Se sentó al lado de ella en la cama, y le acarició los hombros, acercándola a su cuerpo. El calor de ambos era cautivador, y el cuerpo de la chica era suave. Contó cada uno de los lunares, mientras trataba de darle confort.

— ¿Quieres hacerlo? —. Ella lo miró, Rodrigo acercó sus manos a los lentes vintage de Dana, y los quitó, dejándolos en la mesa.

Se acercó a los labios pequeños de ella, y los juntó con los propios. Encajó sus toscos labios con los contrarios, y ella trató de seguirle el ritmo mientras jugaba con los belfos. Lamió un poco la comisura de los labios menores, y entró por los dientes hasta pelear con la lengua de ella. Jugó con los labios, metió la lengua como si la boca de ella le perteneciera, y se separó al cabo de unos segundos.

—Me tienes que decir si algo no te gusta o te incomoda, ¿bien? —. Asintió, sintiendo que había elegido al hombre correcto en sus brazos.

Él la tomó haciendo que se tirara boca arriba a la cama. Se trepó encima dl cuerpo, y continuó besándola, hasta bajar por las mejillas y el cuello delgado de Dana. Olfateó su lindo aroma a jabón y algo de talco, y con sus manos se ayudó a quitarle el sostén. Los senos saltaron hacia los lados, y Rodrigo tomó ambos con sus palmas, masajeándolos, aplastándolos, pero delicadamente. Se acercó a darle un beso en cada uno, y de decidió a besar uno de los pezones.

La escuchó gemir, removiéndose un poco cuando succionó este.

— ¿Cómo se siente?

—Raro—. Susurró, iba a detenerse, pero ella le acarició el cabello que estaba recogido en una coleta—. Pero me gusta.

Continuó, mientras sus dedos acariciaban el vientre de ella, hasta llegar a su ropa interior, entrando por esta. La escuchó jadear de sorpresa, pero no se detuvo, acariciando los labios inferiores, y abriéndose paso hasta tocarle el clítoris y masajearlo una y otra vez, provocando que Dana temblara, buscando con necesidad más roce con sus dedos.

Lamió el pezón de ella, tratando de distraerla para meter uno de sus dedos. Dana tenía los ojos cerrados, Rodrigo metió otro dedo, y con su pulgar masajeó el clítoris, mientras la penetraba una y otra vez con dos de sus dedos. Los gemidos pasaron de ser lamentos a ser fuertes con cada embestida.

—P-p-para… M-me orino—. Sonrió, deteniéndose. Sacó los dedos, completamente húmedos.

—No es orina—. Besó su mejilla—. Ibas a eyacular.

Dana jadeaba, con los ojos empapados de lágrimas y el rímel algo corrido. Rodrigo bajó por su vientre, directo a terminar de quitarle los pantis, y metiéndose entre las piernas. Estaba con algo de vello, naturalmente, y sus labios estaban empapados. Abrió estos, y pasó su lengua por la vagina de Dana, haciéndola temblar.

—Oh, Dios—. Lo tomó del cabello, buscando más penetración. Él no se negó, comenzó a jugar con su lengua alrededor de su agujero, hasta lamer el clítoris, y bajar de nuevo, ingresando la punta de la lengua. Dana sintió que iba a ver las estrellas, apretándole el cabello. Lo sintió succionar, antes de meter un dedo, y continuar lamiéndola.

Él mismo se sintió excitado, terminando de lamerla para subir a besarle el hombro.

— ¿Dónde tienes condones? —. Ella, aun recuperándose, señaló la mesita de noche. Rodrigo tomó uno, al igual que el sobre de lubricante, aunque dudaba que lo necesitaran. Se colocó el condón, y volvió a posicionarse entre las piernas de la chica—. Bien, esto tal vez duela.

—¿Ah? —. Sintió entonces como algo intentaba abrir a la fuerza su vagina, y lo tomó con saña de los hombros—. ¡Carajo! —. Rio.

—Si no puedes, me dices. Me detendré.

—No, no. Sigue—. Trató de relajarse, respirando una y otra vez. Pero cada que sentía entrar, su cuerpo poco a poco empezaba a partirse a la mitad. O así lo sentía. ¿Ya llegaría al himen? Joder, deseaba que se terminara rápido—. ¿Cuánto falta?

—A penas la punta.

—Debes estar jodiéndome.

—En realidad, si te estoy jodiendo—. Le dio un besito en la nariz, y la agarró con fuerza de los muslos, entrando un poco más, más fácil, gracias a que ella estaba sumamente húmeda. La escuchó gemir, y su mano acarició la mejilla de Dana, retirando un poco las lágrimas que continuaban saliendo—. Ya vamos por la mitad. ¿Qué sientes?

—Que me voy a desangrar—. Rio, qué peculiar.

—Bien, hagamos esto: Cuenta de uno a diez, respirando.

Dana comenzó.

Uno…

Sintió que aquello se abría paso, como si fuese eterno.

Dos… Tres…

Poco a poco iba sintiendo que su organismo iba a ceder, y terminaría con la vagina rajada.

Cuatro… Cinco… Seis…

Gemía, solo podía hacer eso, porque su organismo parecía perderse en lo más profundo de su mente. La sensación de orinarse comenzaba a ser más palpable, necesitaba orinar con urgencia. Sus ojos estaban cerrados, la nueva experiencia satisfactoria ya no se veía tan gloriosa.

Siete… Ocho… Nueve… ¡Diez!

De golpe, sintió los huevos del mayor aplaudir contra sus nalgas, y abrió los ojos de golpe. Su espalda de arqueó, comenzó a babear sin poder detenerse, y sus uñas parecían querer desgarrarle la piel al culpable de su… placer. Se sentía bien, demasiado.

—Buena chica—. Le acarició el cabello, besándole el rostro. Sin esperar, puesto que él también estaba en su límite de tomar la inocencia, o algo así, de una joven, comenzó a moverse. Los gemidos de ella eran fuertes, mientras cada estocada sentía llegar profundo y destrozarla, llevándola al cielo y devolviéndola a la tierra. Y Rodrigo, en definitiva, se iría al infierno.

Los movimientos eran lentos, pero profundos. Así se mantuvo el ritmo. Poco a poco. Dana no iba a durar mucho más, de eso seguro. Pero verla tan preocupada de poderse orinar solo le daban ganas de molestarla más. Aumentó las embestidas.

—A-ah… —. Gimió ella, y presencio como una chica inocente daba su primer orgasmo. Aunque, más que esa idea, era Dana en general. Era una chica agradable en muchos sentidos, lo había notado cuando hablaban, en sus publicaciones y hasta en la forma tan corriente de ser; le atraía, y eso le daba miedo.

Continuó, hasta que su mismo orgasmo llegó, sintiendo como el interior de Dana se encogía por lo sensible de tal corrida. Al eyacular, se quedó un rato más disfrutando el calor de la chica, y esta solo jadeaba, tratando de recuperarse.

Salió, encontrándose con unos hilos de sangre, la mayor prueba de que la chica nunca había sido tocada.

Se acostó a su lado, y le besó la mejilla, atrayéndola a su pecho. Era cómodo, le gustaba.

— ¿Cómo estuvo? —. Jadeó—. ¿Te duele?

—No. Me siento cansada.

— ¿Sueño? —. Ella asintió—. Duerme. Yo debo irme. Pero te escribiré.

Dana durmió, y a pesar de que creyó que Rodrigo jamás la volvería a contactar, ambos siguieron hablando por mensajes, hasta que al final, decidieron empezar algo más allá de lo sexual.

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