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El anonimato es afrodisíaco

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Fuimos a disfrutar una semana de descanso en un hotel de Punta Cana, el Bávaro Beach Resort para ser más exactos, animados por la publicidad que promovía este lugar como un destino turístico digno de visitar. La idea era conocer otros destinos y la República Dominicana nos pareció un destino atractivo.

El lugar es promocionado como un destino ideal para adultos, razón que nos motivó para ir allí, aún sin saber cuáles eran las entretenciones que allí nos esperaban. El sol, las playas, el mar, la música caribeña, la comida y muchas atracciones culturales y deportivas cautivan la atención y hacen agradable la estadía.

Cuando llegamos, el hotel parecía estar con alta ocupación. Se veía bastante gente en todas las estancias y aquello hacía más entretenida la estadía. La oferta de comida era excelente y los dos primeros días estuvimos dedicados a explorar el lugar y ver las opciones que había para conocer y aprovechar al máximo el tiempo que íbamos a estar allí.

El hotel ofrece diariamente entretenciones en varios escenarios, de modo que uno puede alternar las opciones y acudir al espectáculo que mejor le parezca. Uno de ellos, la discoteca, siempre está animada, así que fuimos allí al segundo día. Estuvimos bailando merengue y salsa hasta el cansancio y, nos pareció divertido y agradable aquel lugar. Había algunos hombres solos que, para no perder la oportunidad, invitaban a las damas a bailar y, varias de ellas, entre esas, mi esposa, encantadas aceptaban.

Laura se enganchó con un hombre moreno, digamos que normal, pero bastante simpático y agradable. Un bailarín consumado según ella. Después supimos que él era un profesor de matemáticas en un colegio de Puerto Rico, que estaba acompañando a una promoción de estudiantes que realizaban su excursión de fin de año, próximos a graduarse. Sus muchachos estudiantes, hombres y mujeres jóvenes estaban allí, pero, ellos, los profesores, no tenían pareja para bailar, así que procuraban adaptarse al ambiente y pasarla lo mejor que pudieran.

Lo cierto es que aquella noche, al parecer, ambos quedaron encantados con la mutua compañía y el contacto que les proporcionó estar juntos y bailar varias veces, porque, tal vez, a falta de parejas, el tipo la cogió a ella como pareja predilecta. Todo será, quizá refiriéndose a que se trataba de un tipo normal y corriente, pero baila muy bien, dijo ella. Se mueve muy rico y tiene ritmo. Llegaron el fin de semana y parece que se van en dos días.

Cuando volvimos a la habitación, mi esposa dijo que iba a salir un rato, pues quería respirar aire fresco y que el olor del mar le resultaba agradable. Nuestra habitación tenía vista a la playa y el mar, situados muy cerca. Y, ¿a dónde vas a ir?, pregunté. A ningún lado, dijo. Solo voy a estar aquí afuera, descansando un rato. Bueno, yo si tengo ganas de dormir, respondí. Ya vengo. No me demoró, dijo, y la vi caminar hacia el mar hasta que se perdió en la oscuridad.

No supe a qué hora o cuando regresó, porque me quedé dormido casi de inmediato. Lo cierto es que cuando me desperté, ella estaba durmiendo a mi lado, pero no me di cuenta a qué hora había llegado. Cuando despertó, pregunté, oye, y a ¿qué hora llegaste? Al ratico, pero tú ya dormías y roncabas. Y ¿qué hiciste? Me fui caminado por la playa hasta la marina y me devolví. Quería sentir el aroma del mar y el viento refrescando, porque en esa discoteca hacía calor y sude bastante bailando. Si, respondí. Además, como había tanta gente, el aire acondicionado parecía no dar abasto.

Fuimos a desayunar y después, nos embarcamos en un tour, para ir a visitar Santo Domingo. Y allí pasamos todo el día. Cuando regresamos, fuimos a comer a uno de los restaurantes temáticos que había en aquel lugar, donde ofrecen comida mexicana. Y estando allí, instalados en la mesa, vimos ingresar al profesor, quien, al vernos, fue directamente a nosotros, saludó a mi esposa, y se me presentó. Mucho gusto, señor, Jhonny. Tuve el placer de bailar con la dama el día de ayer en la discoteca. Si, dije, los vi. Bueno, lo felicito, me dijo, ella baila estupendo y lo hace sentir a uno muy bien. Gracias, le contesté.

¿Los puedo acompañar?, preguntó. Si, claro. ¿Está solo? Si, dijo. Dejé organizada a la gente con uno de mis compañeros y me escapé para liberarme del ajetreo y descansar un rato, así que me vine a cenar a este lugar, dijo. Más tarde, seguramente, los muchachos querrán ir a la discoteca. ¿Van a ir ustedes? A mí me gustaría, se adelantó a decir mi esposa. Bueno, la verdad, yo no lo había considerado, porque pasamos todo el día por fuera. De pronto sí, dije. Perfecto, dijo él, si van por allá nos hacemos mutua compañía.

Y, mientras cenábamos, Jhonny habló sobre su trabajo, lo que hacían con los muchachos en el colegio, anécdotas de otras experiencias con los muchachos y cosas por el estilo. Y, terminada la cena, se despidió y dijo que nos esperaba si es que nos decidíamos a ir. Yo quisiera descansar, afirmó, pero estos muchachos tienen una energía inagotable y debemos estar pendientes de ellos. Bueno, dije yo, si nos animamos, por allá llegamos.

Ese día había un espectáculo en otro lugar, al cual habíamos considerado asistir. Era una presentación de bailes dominicanos y del caribe, bastante animados, por cierto. Una vez terminado el evento, regresamos a nuestra habitación. ¿Al fin vamos a ir a la discoteca?, preguntó ella. Pues la verdad, yo no tengo ni cinco de ganas. Yo si quisiera ir un ratico, comentó. ¿Me acompañas? Bueno, vamos, pero si me coge el sueño, me devuelvo de inmediato; ¡mira la hora que es! Bueno, pero vinimos a esto ¿no? Pues, siempre y cuando uno le saque gusto, si, pero si uno no tiene ganas, pues no. Ay, deja la quejadera, es solo un ratico. Okey, vamos pues…

Cuando llegamos, el profesor estaba en la puerta y, al vernos, levantó sus manos para hacerse notar. Nos acercamos a él y nos dispusimos a entrar. Pensé que se habían arrepentido, dijo. No, contestó ella, fuimos al espectáculo de baile y, entre tanta distracción, se pasa el tiempo volando. Bueno, pero ya están aquí dijo él, quien estuvo muy atento y cordial en su trato, y sobre todo muy galán y caballero con mi esposa. Y, no más llegar a la mesa, de inmediato la convidó a bailar, cosa que ella aceptó, sin dudarlo. Yo me quedé en la mesa y vi cómo se gozaban y divertían en cada baile. El señor supo cómo ganarse la atención de mi mujer y ella estaba encantada con él. Lo aburridor del asunto es que ella y él se entretuvieron bailando toda la noche y se olvidaron que yo existía, de modo que muy pronto me entraron las ganas de dormir.

Decidí, entonces, ir hasta dónde ella estaba. Le dije, oye, tú estás encarretada con el señor este y a mí ya me dio sueño. Si quieres, quédate, pero yo ya no aguanto más. Me voy para la habitación. Bueno, dijo ella, estoy otro ratico y allá nos vemos. Me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Yo salí, sin siquiera mirar atrás, y me dirigí directo a la habitación. Al despertarme en la mañana, igual que el día anterior, ella dormía a mi lado. Y tampoco supe a qué hora había llegado.

Fuimos a desayunar algo tarde y, como no había nada programado para aquel día, nos fimos a tomar el sol en la playa, dormitar y recuperarnos de las andanzas del día anterior. Pasado el tiempo, pregunté, bueno, y al fin ¿en qué terminó lo de anoche? Lo normal, dijo ella. Bailamos hasta que cerraron el sitio, como a las 3 am. Y ¡ya! Jhonny es un tipo interesante. Bueno… y además de lo que habló ayer, ¿qué más ha dicho?, pregunté. Pues, no mucho; con esa música a todo volumen es muy poco lo que se puede conversar. Entiendo. Entonces fue sólo bailadera, tocadera y chupadera. ¡Quien dijo! respondió ella. Pues ¡me imagino! dije yo. Solo bailamos, respondió…

En la tarde, estando en la habitación, noté a mi esposa algo inquieta, como si tratara de decir algo, estuviera dubitativa y se abstuviera de hacerlo. ¿Pasa algo?, pregunté. No, nada, ¿por qué? Pues pareciera que quisieras decirme algo, pero no te atreves. No sé. Y, después de algunos minutos de silencio, entretenida, arreglándose en el baño, por fin, preguntó, oye, ¿te molestaría si invito a Jhonny a nuestra habitación? Y ¿por qué en la habitación?, pregunté. Porque no hay tanta gente, no hay ruido y se puede conversar libremente. Y ¿no puede ser en la playa, en algún salón o en otro lugar? ¿Tiene que ser en la habitación?

Se quedó mirándome, sin decir palabra. Bueno, ¿qué le encuentras de interesante al profesor? Que es una persona educada, con formación, alguien con quien se puede charlar de muchas cosas, porque sabe de todo, ha viajado y tiene experiencia. Además, ni él sabe nada de mí y tampoco yo sé mucho de él. Y después de habernos conocido, quizá más nunca nos volvamos a ver. Somos totalmente anónimos. Y, cómo es morenito, agregué, de seguro tiene la verga grande. Sí, dijo ella. Okey, lo que creo entender es que me estas pidiendo permiso para estar con ese tipo, aquí en la habitación, ¿no es cierto? Pues, no sé. ¿Cómo así que no sabes? Pues sí; no hemos hablado nada ni ha habido ninguna propuesta, de modo que puede pasar o no puede pasar. Y ¿tú que crees? No sé, dijo ella. Bueno, pregunte sonriendo, ¿te lo quieres follar? ¿Si o no? Si, dijo ella.

Está bien. ¿Y él sabe que yo soy parte del decorado? Es que no hemos hablado nada de eso, dijo ella. A ver si estoy entendiendo, dije. Él no te ha propuesto nada, ni te ha sugerido nada y tú lo que pretendes es traerlo aquí, seducirlo y, si se da, follar con él. ¿Cierto? Si, respondió. Y ¿cuál es la premura? Se van mañana, dijo ella. Y, ¿a qué hora quedaron de encontrarse? El aún no sabe. ¿Cómo así? Pues, no, aún no le he dicho. Y, entonces, ¿en qué momento pensabas decírselo? Quedamos de encontrarnos para cenar. ¿Tú y él, solos?, pregunté sorprendido. ¡No! bobo, los tres, como ayer. Ya decía yo que eso estaba raro.

Bueno, vamos a hacer una cosa, indiqué. Nos encontramos en la famosa cena, pero, yo me hago el despistado y me voy, y los dejo solos para que puedan ponerse de acuerdo. No le digas que yo voy a estar presente, porque de pronto no se siente cómodo y desiste. Pero ¡yo no quiero estar sola! dijo ella. Bueno, lo que podemos hacer es que yo me acomodo en uno de los asientos que hay en el balcón, en un rincón, y cerramos las cortinas, de modo que él no me vea. Tú haces tú show y, si cualquier cosa, yo estaré ahí para intervenir. Pero, ¿qué le digo? Que hay unos compañeros de trabajo también alojados en este hotel, que quise pasar a saludarlos y que de seguro me demoro. Y, si llega a verme, pues le dices la verdad. Si él decide continuar, bien. Y, si no, pues lo siento; otra vez será. Pues sí, me parece, dijo ella.

Fuimos a la zona de restaurantes y, como era de esperarse, el señor estaba atento, chequeando la gente que llegaba al lugar. Cuando nos vio, rápidamente se acercó a saludarnos. Hola, Laura, ¿cómo la has pasado el día de hoy? Bien, respondió ella, descansando. ¿Y usted?, pregunté yo. Bien, pendiente de los arreglos de última hora, porque ya mañana nos vamos. ¿Tan rápido? Pues, no tanto, ya completamos una semana aquí. Y, mientras conversábamos, nos fuimos acomodando en una mesa.

Bueno, profe, dije, y ¿cuál es la mayor responsabilidad cuidando estos muchachos? Son varias. Primero que todo, debemos estar atentos a que no vayan a sufrir un accidente, por imprudencias o por actuaciones temerarias o impulsivas. Y, segundo, estando atentos que no se vayan a involucrar sexualmente, sin protección, y no tengamos embarazos indeseados que lamentar. Y es que ¿eso sucede frecuentemente? No es lo corriente, pero si hemos tenido casos, y todos ellos se han dado cuando comparten juntos en este tipo de eventos; la compañía, el baile y el compartir hacen subir la calentura y uno nunca sabe qué pueda pasar.

Hablamos de varias cosas, pero, como habíamos acordado, yo tenía que ausentarme para que ellos pudieran hablar sin interrupciones, así que me despedí, diciendo, de una vez, que me iba a encontrar con unos compañeros de trabajo que, por casualidad, estaban alojados en un hotel cercano y que habíamos quedado de encontrarnos para tomar unas cervezas. ¿Te demoras?, preguntó ella. Yo diría que no, pero tú ya sabes cómo es eso. Espero estar a la 1 am de regreso, a más tardar. Bueno, profe, encantado de conocerle y que tenga buen viaje. Muchas gracias, dijo él. Los espero en San Juan, cuando quieran. Bueno, pero nos tiene que dar el contacto. Yo los dejo con Laura; no se preocupe. Entonces, desde mi perspectiva, las cosas ya estaban marchando.

Yo llegué primero a la habitación y me dediqué a acomodar las sillas en el balcón, de manera que tuviera acceso visual hacia la habitación, tratando de pasar desapercibido, utilizando únicamente las cortinas como escudo. La habitación tenía interruptores para graduar la intensidad de las luces, por lo cual las ajusté de manera que quedara todo en una conveniente media luz, que permitía mantener todo en penumbras y quedar yo, detrás de las cortinas, casi en total oscuridad. Me iba a tocar quedarme muy quieto.

Mi esposa llegó al rato. No dijo nada. Como no me encontró en la habitación, de primera mano, y viendo que todo estaba a media luz, se asomó al balcón. No me di cuenta que estabas aquí, dijo. Pues esa es la idea, contesté. Por nada del mundo debes dejar que el tipo se acerque a la ventana. Si eso va a pasar, ya me imagino saltando yo la barda y ocultándome a un lado de la habitación, que quedaba situada en un primer piso. Ella, mientras tanto, encendió el televisor y buscó en el TV CABLE, un canal de música. Seleccionó una música suave, tal vez Soft Rock de los años 60 y 70´s.

Estaba vestida con un vestido enterizo blanco, decorado con flores rojas y violetas, bastante bonito, que cubría un pequeño bikini blanco. Por lo demás, solo vestía unas sandalias de tacón alto que resaltaban la figura de sus piernas. Entró al baño, se retocó el maquillaje y pareció estar lista para recibir al invitado. Bueno, finalmente, ¿qué le dijiste para que viniera? La verdad, contestó. Y ¿cuál fue la verdad que le contaste? Que quería estar con él, como regalo de despedida. Y… Por supuesto aceptó, dijo ella, comentando que el señor estaba pensando lo mismo pero que no sabía cómo decírselo.

Eran las diez en punto cuando tocaron a la puerta. Ella abrió y, sin mediar palabra, Jhonny la abordó de inmediato, tomando su rostro con las manos y reteniéndolo para besarla con mucho vigor y pasión, algo que ella no pareció sorprenderla y lo permitió con agrado. De inmediato, el remilgado profesor, la empujo hacia atrás, la recostó contra la pared y, sin dejar de besarla, empezó a acariciarla por todas partes, poniendo especial atención en sus senos.

Luego, aprovechando que en el recibidor de la habitación había un gran espejo, dispuesto desde el techo hasta la pared, se puso de espaldas a ella, besando ahora su cuello, lamiendo sus orejas y amasando con especial intensidad sus senos, contemplando ambos su imagen reflejada. Y, en esa posición, el tímido profe, empezó a soltarle el vestido, que cayó a los pies de ella, quien, encantada, contorsionaba su cuerpo al ritmo de las caricias de aquel y empujaba sus caderas hacia él, sintiendo la dureza del pene de aquel hombre que parecía explotar dentro de sus pantalones.

Ella, ahora vestida por su diminuto bikini, veía en el espejo como aquel seguí amasando sus senos y, con la ropa todavía puesta, empujando su miembro contra las nalgas de mi mujer. Ella, con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, ofrecía sus nalgas a aquel y, colocando sus manos a la espalda, le frotaba su miembro erecto por encima de la ropa.

Jhonny no lo dudó más y, sin dejar de manosear a mi esposa, se fue despojando de la ropa. Ellos, mientras hacían esto, seguían encantados con la imagen que se veía reflejada en el espejo. Poco a poco Jhonny fue quedando desnudo, para placer de la excitada señora que, ahora, podía acariciar aquel miembro con toda libertad. Jhonny seguía empujando y, en un abrir y cerrar de ojos, despojó a mi mujer de sus bragas, que dando tan solo vestida con el corpiño de su bikini.

En el espejo se podía ver reflejado ahora la imagen del sexo de mi esposa y, detrás de ella, en medio de sus piernas, un miembro grande, duro y erecto que buscaba acomodarse. Inicialmente, Jhonny, desde atrás, restregó su miembro contra la vagina de mi mujer, sin llegar a penetrarla, pero, pasados unos instantes, hizo que ella inclinara su torso, apoyando las manos en la pared, a lado y lado del gran espejo, penetrándola desde atrás. Y ella, excitada como estaba, colaboraba para que las embestidas de aquel en esa posición fueran más cómodas y placenteras.

El empujaba y empujaba, mostrando en su rostro gestos de placer y satisfacción. Pienso que nunca llegó a pensar que se le fuera a dar esa oportunidad y estaba aprovechándola al máximo. Empujaba y empujaba, y seguía acariciando a mi mujer por todos los rincones de su cuerpo. Ella, para ese momento, solo atinaba a gemir tímidamente con cada embestida que aquel le proporcionaba. De repente, Jhonny se retiró y le dijo; Laura, mejor vamos a la cama. Y ella así lo hizo.

Anduvieron los cuatro pasos que los separaban de la gran cama y se acomodaron en ella. Laura se tendió boca arriba, abriendo sus piernas, y él, sin dudarlo un instante, la abordó de frente, en la posición de misionero e insertó ese gran miembro en la vagina de mi atribulada y excitada esposa. La sensación tuvo que ser intensa, porque cuando él lo hizo ella soltó un gemido de placer, como si le hubieran tocado las fibras mas profundas de su cuerpo.

El profe, sin perder tiempo, empezó a meter y sacar su miembro con un vigor y una rapidez increíble, logrando que mi esposa gimiera cada vez más rápido y fuerte. Cada embestida estaba acompasada por un gemido y eso, al parecer, hacía que Jhonny impusiera con más vigor su virilidad. Empujó y empujó hasta que ya no pudo más y, sacando su miembro de la vagina de ella, exhalo un chorro de líquido blanco y denso que cayó sobre el pecho de mi esposa. A continuación, se montó sobre el pecho de ella y, colocando su pene frente a la cara de mi mujer, ofreció su miembro para que se lo mamara. Y ella, así lo hizo.

Atenta y delicada, con su boca y con su lengua, se dedicó a lamer aquel gran miembro en toda su extensión. Jhonny, casi de inmediato, volvió a levantar presión. Le pidió a ella que se recostara boca abajo y así acostada como estaba, la penetró desde atrás. Nuevamente empezaron los gemidos de ella al ritmo de los embates de aquel. Al rato le pidió que se colocara en posición de perrito y, desde atrás, volvió a empujar con igual velocidad y ritmo, como antes lo había hecho.

No pasó mucho tiempo hasta que, en medio de gesticulaciones de placer, ella soltó un fuerte y profundo gemido, que acompañó con la expulsión de un profuso chorro de líquido, que humedeció las sábanas y alcanzó a salpicar las paredes de la habitación. La contracción continuada de sus pechos, con sus pezones totalmente duros y erectos, eran señal del gran placer que había experimentado estando sometida a las atenciones de aquel.

Pasado esto, ella se acomodó boca arriba, aún agitada por el esfuerzo. El, por su parte, le ofreció su boca para que lo besara. Y ella así lo hizo, de manera que sus cuerpos permanecieron unidos, él sobre ella, besándose de manera interminable. Aquel seguía acariciando a mi mujer con sus manos, sin perder detalle de su cuerpo.

Y, como siempre, la pregunta de rigor por parte de ellos. Laura, ¿cómo estuvo? Genial, respondió ella. Hacía rato que no me excitaba tanto. Me alegra, dijo él. Era lo menos que podía hacer para compensar lo bien que me hiciste sentir las otras noches. ¿Cómo así? pensé yo… ¿Qué había pasado las otras noches? Ella no había dicho nada. Con razón el tipo había llegado tan dispuesto. Bueno, le tendré que preguntar.

Pasado un rato, Jhonny dijo que lo mejor era irse, porque en cualquier momento yo podría llegar y que, además, tenían cosas que hacer desde muy temprano. Nuevamente, la besó, y ella, correspondiéndole, acarició con ganas su pene, una vez más, haciendo que se pudiera duro de nuevo, y de nuevo el hombre, no queriendo perder oportunidad, la penetró, pero esta vez delicadamente, moviéndose sobre ella acompasadamente mientras la besaba.

Aquello no duró mucho. Creo que ambos ya habían llegado al límite, así que Jhonny se levantó, se vistió mientras le contaba a ella lo que le esperaba con el grupo de muchachos y, una vez listo, se despidió, besándola nuevamente, y finalmente dejó la habitación.

Ella entró al baño, se duchó, se colocó un bikini y salió. Y ¿Qué fue lo que hicieron las otras noches? Nada, dijo ella. Entonces ¿por qué te agradecía? Lo normal. Y ¿qué es lo normal?, cuéntame. Bueno, asintió, pero espero que no te molestes. Me va a molestar que no me cuentes y que dejes esto en suspenso, contesté.

Anteayer en la noche, cuando nos conocimos, ciertamente me conecté con él en el baile. El tipo baila muy rico y, ya tú sabes, uno se junta al cuerpo del hombre y se transmiten sensaciones. Yo me excité. El tipo no desaprovechó oportunidad y me acarició mientras bailábamos, por todas partes, de modo que yo estaba súper caliente. Cuando estaban próximos a cerrar, me propuso que nos viéramos en el kiosco que hay en la playa. Yo fui hasta allá, nos vimos, conversamos, nos besamos y nos disfrutamos acariciándonos un rato. Pero nada más. El tipo nunca trató de sobrepasarse y solo fue hasta donde yo se lo permití.

Ayer, cuando nos quedamos solos en la discoteca, simplemente bailamos. El no insinuó nada. Fui yo la que le dije que si íbamos a caminar un rato y me dijo que sí. Fuimos hasta la marina en el muelle y, aprovechando que no había nadie, que estaba oscuro y que estábamos solos, le chupé su sexo hasta que lo hice venir mientras estaba sentado en una de las barandas. El me estimuló mi clítoris con su mano, me besó y me acarició, incluso hasta me desnudó, pero nada pasó.

Lo que pasó fue lo que viste hoy. Bueno… y ¿de dónde vino tanta calentura?, pregunté. Yo creo que no tener relación con la otra persona hace subir la excitación. Yo no lo conozco, él no me conoce, yo le gusto, él me gusta. Y entonces, viene la pregunta, ¿porque no? Yo creo que estar en el anonimato dispara el deseo y la respuesta es más intensa. Al menos eso es lo que me pareció. Quién lo creyera, pensé para mis adentros. Lo cierto es que había presenciado una de las mejores folladas que le han dado a mi señora en mucho tiempo. ¡Que viva el anonimato!

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