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El castigo de Miriam
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Este relato es para aquellas que les gusta ser sumisas.

Ella estaba de rodillas en posición de obediencia con las manos atadas en su espalda. Pude ver que su saliva empezaba a salir lentamente mientras trataba de decir algo. Sin embargo, antes yo me había asegurado de que la bola de mordaza esté bien puesta de forma que solamente pudiera rogar por un orgasmo a través de sus intensas miradas.

Ella se llama Miriam y es una amiga que conocí en mi trabajo anterior. Ella mide 1,50 cm. Su piel es blanca y es delgada. Tiene los senos de tamaño normal y una cintura tan pequeña que yo podía darle la vuelta con un solo brazo. Ella y yo nos llevábamos bien y con el tiempo empezamos a conversar sobre gustos y algunos secretos de los ex novios. Tuve mucho interés en ella puesto que siempre se vestía de negro y me encantaba los tatuajes de su pierna derecha, una súcubo con un azote. Con el tiempo nos dimos cuenta de que nuestros más oscuros deseos coincidían también: El amo y la sumisa. Pero además de eso, ella tenía un secreto más…

Miriam, atractiva y delgada, quería liberarse de la mordaza de la boca mientras se me acercaba poco a poco arrastrándose en el piso. Al ver eso, me eché para atrás en el sofá y abrí mis piernas para que pueda ver lo duro que estaba mi pene en ese momento. Ella tenía unos brillos de lujuria en su mirada, de tal forma que casi me da lástima. Antes de compadecerla, recordé mi tatuaje de incubo, la cual tiene un azote con el nombre de ella representando que soy su amo. Eso me trajo de vuelta a mi papel de ser amo de una sumisa. Por fin, ella logró acercar a mis pies y pretendía de alzar la cabeza para ver mi pene cuando le jalé su largo y lacio cabello. Ví su carita de ángel con deseos de diabla al aproximar mis ojos a los de ella. Sus ojos marrones me revelaron que necesitaba saciar sus más profundos capricho.

– Trate de llegar a mi usted misma. – Le dije.

Mucho antes de ser amo de ella y ella mi sumisa, Miriam me contó que su fantasía sexual era ser humillada emocionalmente y ser castigada físicamente. No podía haber misericordia alguna en las intenciones de su amo. Si ella protestaba, ella tenía que ser castigada. A ella le encantaba ser amarrada de forma sutil para sentir las cuerdas sofocar cada centímetro de su blanca piel de seda, mientras los nudos tenían que invadir sus zonas erógenas para que se ponga muy excitada. A ella le encantaba mojarse con las vibraciones de sus juguetes mientras era inmovilizada voluntariamente.

Miriam sigue moviendo su cadera y cuerpo para llegar a mí, pero parecía que le estaba costando mucho. Le tomé por los brazos y la subí al sofá poniéndola de cuatro con la cara mirando hacia abajo. El piso por donde ella se había arrastrado hay un pequeño río de líquido transparente cuando la levanté, y allí fue donde percato que ella de verdad se había aguantado una semana sin tocarse ni tener un orgasmo. Para felicitarla tomé la paleta negra de súcubo y le doy un golpe en cada nalga. A ella le gusta sentir los golpes arriba de la pierna, justamente entre sus pequeñas nalgas y sus delgadas piernas. Así mismo la dejo las nalgas sonrojadas.

-Con qué no te gustó estas nalgadas. – Le digo con voz un poco más grave.

-Mmm… Mmm… Mmm…- susurra moviendo sus nalgas hacía mi.

-Así me gusta, zorrita. Al reconocer sus súplicas le di unas cuantas nalgadas con la paleta hasta dejarlas rojos.

-Argg… Ahh…- Miriam responde con su voz de forma estimulada en cada nalgada.

Sus labios vaginales están expuestos debajo de su calzón mojado. Tomo la paleta y empiezo a acariciar la superficie vagina por encima de su calzón. Miriam se sacude con ansiedad mientras su boca emite unos gemidos largos y constantes de placer. Sus gemidos no son agudos ni fuertes, pero son de tono gentil y estimulante. Como amo, esto es uno de los placeres que más me enciende y me pone a parar mi pene; pero ella no tiene que saberlo como esclava.

Le tomo por los hombros por detrás y la pongo sentada en el sofá viendo hacia arriba con sus senos al aire y con los pies en el piso. Ella cierra sus piernas, pero mi reacción es rápida y pude poner la paleta entre sus piernas tocando justamente su clítoris ya bastante excitado. Presioné la paleta un poco más sobre ella y veo otra vez el líquido trasparente mojando la paleta. Alejo la paleta y veo cómo este líquido se cuelga en el aire. Ella me mira con vergüenza…

– ¿Sientes vergüenza porque estás mojada y estás desnuda? – Le digo.

-Mmm… Mmm… Seh. – Sale una voz suave y cortada a través del gagball mientras asiente con la cabeza.

-Esto es bueno. Recuerdas la palabra de seguridad. ¿No? – Trato de confirmar.

Ella asiente otra vez. Tomo el vibrador, que de pura casualidad es de color negro, y lo enciendo al primer nivel. Paso el vibrador por el seno derecho de ella y veo las vibraciones hacen que su pezón estuviera aún más parado. Ella mueve su diminuta cadera y gime con su angelical voz. Recorro su cuerpo con el vibrador encendido hasta llegar a unos centímetros de su clítoris. En ese instante apagué el vibrador y le veo a los ojos. Puedo ver la desesperación en los ojos de ella y cómo su pequeño cuerpo se movía encima del vibrador apagado. Al moverse tanto y tener el piso previamente bañado con el fluido de su vagina, ella se resbala del sofá y se cae sobre piso mojado. Veo a ella tan alterada con ganas de susurrar algo, le remuevo la mordaza de boca. Sus labios de la boca estaban mojados de saliva y su vagina húmeda de excitación.

– ¿Quieres esto? – Le acerco mi pene a su boca estando de pie frente a ella.

– Sí, amo. Quiero chupar tu gran pene con mi boca, lamerlo con mi lengua hasta que te vengas en mí. – Me contesta.

– Entonces saque tu recompensa con tu boca – Le ordeno mientras le miro con autoridad.

– Sí. – Responde con ansiedad.

Al escuchar esto, le tomo el cabello y lo jalo fuertemente hacia atrás tirando su cara para que me mire desde abajo. Le pego una cachetada con fuerza adecuada y le recuerdo.

– Se dice: “Sí amo”. – Le ordeno otra vez.

– Sí amo. Merezco castigo por equivocarme. – Dice Miriam con voz tímida.

– Así me gusta, mi pequeña zorra. – Le recuerdo su papel en esta relación.

– Gracias, amo. Siempre seré su pequeña zor…. – Me responde obedientemente.

No le dejo terminar y le acomodo el vibrador directamente sobre su clítoris sosteniéndolo con el calzón para que no se salga tan fácilmente. Ella me vuelve a ver con una pequeña mueca de alegría… Lo enciendo y ella empieza a gemir poco a poco. Aprovecho el momento y meto mi endurecido pene en la boca de ella sin piedad. Lo meto hasta lo más profundo de su boca sintiendo cada centímetro de su lengua y la entrada de su garganta. Ella lucha por gemir y respirar mientras usa su larga lengua, el pequeño secreto de ella que normalmente no le cuenta a nadie ni lo muestra en ningún momento, para saborear las venas de mi pene. El sonido del vibrador excitando el su vagina y mi pena entrando y saliendo constantemente de su boca. Ella mueve las manos para librarse. Siento la lengua de ella rodear la punta de mi pene y me lo sujeta…

Un líquido caliente y blanco se sale y llena la boca de ella. Ella inmediatamente cierra la boca sobre mi pene y siento una intensa succión. Ella se había comido mi semen. Vuelvo a ver hacia abajo, y veo que debajo de ella hay un charco de fluido vaginal. Ella me mira con lujuria, otra vez… Tomé el collar de esclava con su nombre, se lo puse en su cuello gentilmente. Tomo la cadena que está sujeta al collar y le digo:

. Vamos a seguir con el castigo. Ya que no le di permiso de venirse. – Le digo.

– ¡Sí amo! Sus deseos son órdenes y hoy seré toda tuya. Hazlo que quiera conmigo. – Me responde mientras me sigue como una buena perrita con las mano y rodillas. Dejando rastro de excitación desde la sala hasta el cuarto…

Veo el reloj y sonrío. Apenas son las siete y cuarenta y tres de la noche… Todavía nos queda toda la noche para castigarla…

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