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El juego de los celos

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Debido a un comentario que recibí de Tita cuando publiqué “Consecuencias de las videocorridas recibidas”, mi segundo maratón al salir del confinamiento me di cuenta que los celos propiciaron que mi amante y yo nos corriéramos muy rico en un 69. Otra persona más me preguntó si alguna vez mi marido me había cogido sintiendo celos.

Sí, pero no fue de una persona en particular, o al menos no la mencionó, sino de una situación previa al coito. En cambio, en el caso de mi amante, sí hubo una persona: Luis, quien me envió unas videocorridas sobre las fotos que publiqué y en el audio se escuchaba su caliente voz diciendo “Mar, abre la boca, así... sí, toma... toma la leche así en la boca, toda para ti” y yo, al escucharlo y ver cómo le salía el semen, hasta la boca abrí… ¡Es que me gusta mucho tomar el biberón de carne lleno de leche, acariciando las bolas surtidoras!”.

Respondí que en el caso de mi marido hubo una ocasión en que él tuvo una reunión con sus amigos en nuestra casa y, ya tomados, ellos empezaron a mirarme arrechos. Obvio, era yo la única mujer, así que cada vez que pasaba me veían y me desvestían con la mirada. Al concluir la reunión y que ellos se fueron, mi marido, también borracho, me empezó a reclamar cuando nos desnudábamos para acostarnos. (¡Claro, hay que dormir así: encuerados!)

–Me di cuenta que cuando les ofrecías las botanas o les servías otro trago, te inclinabas para que te vieran las chiches –dijo con su voz pastosa de borracho.

–¡No seas mentiroso! ¿Cómo me iban a ver las chiches si el escote de la blusa era pequeño? –retobé de inmediato.

–¡Por eso te agachabas, puta, para enseñárselas y hacer que se les parara la verga! –insistió.

–¡Aun así, no me verían más que el canalito! –me defendí, e hice caso omiso de responder algo sobre si traían la verga parada por verme. Y sí, todos estaban arrechos, se notaba el monte en el pantalón, supongo que por el olor de mis feromonas, como ya era la hora de coger…

–¿Y los que estaban sentados atrás de ti? ¡Ésos hasta se resbalaban en el sillón para verte mejor las nalgas! –dijo haciendo un gesto de mirar hacia adelante con los ojos desorbitados.

–¿Cómo me iban a ver las nalgas, si la falda no está corta ni holgada? –pregunté molesta.

–¡Será el sereno! Sí enseñabas buena parte de tus piernas y tus nalgas se dibujaban muy bien en la falda – replicó insistente.

–¡Estás borracho! –le grité y me volteé dándole la espalda.

Él jaló la cobija dejándome destapada y, enojada, volteé a verlo. Su mirada era extremadamente libidinosa y su verga estaba paradísima.

–¡Eres una puta buenísima que busca cogida con todos! –dijo bajando su mano desde mi cintura recorriendo mis nalgas y al final metió los dedos centrales en mi cuca moviéndolos y sentí las caricias de los restantes en el clítoris y labios.

–¡No soy puta! –grité disfrutando las caricias, pero al terminar de hablar le quité la mano de mi vagina.

–¿No? ¡Mira cómo estás de mojada, mami! Así te pusiste de caliente por ver cómo les parabas la verga –dijo resbalando los dedos húmedos sobre mi espalda.

–¡Ponerse caliente con tus manos acariciándome el trasero no es ser puta! Además, con tus dedos en mi panocha, ¿cómo querías que la tuviera?: ¿seca…?

Se acercó a mí y de cucharita me metió de un solo envión toda su turgencia. ¡Sentí riquísimo! Me lo movió unas tres veces adentro y se salió para voltearme bocarriba y me cogió de misionero diciéndome “Eres una puta, mami, no lo niegues”. Lo enlacé con las piernas y los brazos. “Soy tu puta si quieres, papito” contesté y lo besé hasta sentir el calor de su venida en mi útero. ¡Tres chorros soltó dentro de mí mientras yo me derretía soltando líquido bañando sus huevos! Dormimos abrazados y empiernados.

Más tarde se despertó y me puso en posición de perrito. “Nalgona puta, estás buenísima”, dijo al ensartarme y me nalgueó fuerte mientras me cogía. “Puta, puta”, decía en cada una de las nalgadas que me daba a dos manos. Otra venida y otra dormida.

Me desperté sintiendo que me quería meter algo en la boca. ¡Otra vez traía la tranca dura! –cuando se emborracha, a mí me toca palo muchas veces, de todas las maneras posibles, en la noche; me coge, se viene (y yo también), se duerme (y yo también); así seguimos hasta que él queda rendido–. “Toma tu lechita, mami. ¿o se te antoja más la de mis amigos, puta?”, insistía. No me gusta que él tome, pero lo disfruto mucho…

El caso es que relacioné los comentarios que hicieron en mi relato con esa vez que mi marido me cogió bastante y supongo que fue por sentir celos de sus amigos que se calentaban al verme. Resumiendo, fueron los celos que sintió por la situación, pero no se refirió a ninguno de sus amigos en particular.

Recordé que esa fue una de las mejores noches de sus borracheras. Más tarde, mientras comentaba un correo que me envió un muchacho llamado Guillermo donde estaba un relato ficticio en el cual él y yo fornicábamos –el caso es que el relato en sí era caliente, pero a mí no me movió porque no pude identificarme, ni de lejos, con la situación presentada– y le trataba de explicar eso a Guillermo, recordé la situación que expuso otro amigo con nick “Vago82” en un relato ficticio para mí, el cual adolecía solamente de una situación creíble que nos llevara al coito para que yo lo tomara como algo bien hecho y que me mereciera una buena masturbada. Él lo reescribió añadiendo una situación plausible (lo publiqué con el título que él le puso: “El cielo en Mar”). Y me quedé pensando en posibles situaciones, celos y demás, cuando continué escribiendo las líneas para Guillermo y pensé en voz alta escribiendo algo referente al respecto de la travesura que empecé a urdir en ese momento y fui afinando pues tenía tres semanas para llevarla a buen fin. De esa travesura que salió más que bien, pese a mis temores, es de lo que trata este relato. Lo anterior sólo fue la introducción para justificar cómo llegué hasta aquí.

***

Faltaban tres semanas para que mi marido fuese relevado de la comisión que cumplía fuera del estado, en la cual sólo le autorizaron dos fines de semana para descansar en nuestro hogar y que disfrutamos completamente los tres: mi marido al ser deslechado completamente desde el viernes en la noche hasta la despedida del lunes en la madrugada; mi amante al gozarme el lunes completamente embadurnada del semen que le ordeñé a mi marido en las 50 horas que lo tuve a mi lado (también encima y abajo) sin bañarme pues me da limpieza a lengüetazos y me pone calentísima haciéndome venir mucho cuando chupa mi panocha y lame mis nalgas y piernas. Obviamente, la tercera persona beneficiada de esos días de descanso soy yo.

A su regreso, además de ordeñarlo y darle mi amor como es debido, le sugerí a Ramón, mi esposo, que hiciera una reunión el viernes con algunos de sus amigos de la cuadrilla para festejar su retorno, sugiriéndole también que trajeran a sus esposas o novias. Insistí en que esa sería una forma agradable de agradecerles su lealtad y camaradería en el trabajo. A mi esposo le pareció buena la idea y él decidió a quiénes invitar. En total seríamos seis parejas.

Llegó el día de la reunión, donde mis hijos mayores estarían atendiendo a la concurrencia. Hice un platillo sencillo: rollo de carne, el cual me queda muy sabroso. Además, preparamos muchos bocadillos y hubo suficiente botana para acompañar la bebida mientras platicábamos o bailábamos.

Dos esposas eran mayores que yo, otra más o menos de mi edad y otras dos más jóvenes. Eso sí, todas nos vestimos elegantemente y nos arreglamos bien. Una de las mayores sí estaba pintada de manera exagerada y con sus carnes abundantes retacó un vestido a media pierna (bien torneada a pesar del grosor superior) y con un escote donde parecía que de un momento a otro se le podrían saltar las enormes tetas, más cuando daba saltos en el baile y se ondulaban las carnes que resultaban atractivas para los hombres, incluido Ramón que se embobaba viéndola (sí, lo acepto, mi descripción subjetiva está sesgada por mis celos). Sin embargo, su marido parecía lucirla muy orgulloso de lo que se comía feliz todos los días.

Las menores muy guapas, tanto que sólo tenían un tenue toque de maquillaje, rímel y sombras, el tono de lápiz labial era suave; todo para resaltar lo que el tiempo aún no les cobraba. El cuerpo era fino y la falda de los vestidos llegaban un poco antes de la rodilla. Las tres restantes teníamos un cuerpo normal, pero la vestimenta de cada quien resaltaba su mejor atributo.

Yo traía un vestido liso con un escote provocador; el sujetador era delgado y tenía unas varillas que me levantaban las tetas. La falda era relativamente holgada con pliegues tableados que iniciaban a media nalga para lucir esa parte muy bien; mi cintura estaba en forma por el ejercicio diario que me imponía. Un poco llenita, sí, pero la tela marcaba muy bien el ombligo. Para completar la invitación a que me vieran ¡no me puse medias! Esto último fue en honor a mi amante quien al besarlas dice que le gusta ver cómo se erizan mis vellos; también a mi marido le gusta que no me ponga medias pues cuando tiene oportunidad sube sus manos recorriendo las piernas hasta llegar a mis nalgas.

De la fiesta no hay mucho que decir, el baile siempre fue con la respectiva pareja, salvo un “calabaceado” que organizó mi hija, que además del cambio obligatorio de pareja cada minuto, incluyó bailar en fila tomados de la cintura y cambiar de sentido unas tres o cuatro veces. Esa parte fue bastante caliente. Ramón se apropió un par de veces de la pintada y se quedaba viéndole las chiches descaradamente; en la fila también hubo toqueteos de la cintura hacia las tetas y hacia la parte superior de las nalgas, al menos eso sí me tocó con un par de hombres, incluido Pedro, el marido de la pintada.

Mi marido también se dio un buen “taco de ojo” viendo el bamboleo de las tetas de la pintada o descubrir el color de su tanga, también se quedaba con la boca abierta cuando el marido de ésta le estrujaba el pecho, en el baile de la fila, ya que no la tomaba de la cintura sino de las chichotas.

En las pláticas, esta vez sí procuré enseñar un poco más que otras veces, pero sólo cuando mi marido se daba cuenta, esa era mi estrategia; temí que se molestara, pero afortunadamente nunca hizo un mohín de desagrado. Eso era la travesura a la que me atreví y por la que le sugerí a Ramón lo de la fiesta. Los invitados se fueron retirando poco a poco. Todos muy tomados, excepto yo que los soportaba manteniendo buen ánimo. Al final sólo quedamos acompañados de Pedro y su esposa: la chichona, nalgona y pintada. Ambas parejas estábamos sentados frente a frente. A veces, la señora dejaba ver su tanga, que cubría un poco de su pubis depilado; mi marido cruzaba las piernas para disimular su erección. Me enojé, pero como la idea había sido mía y yo también había enseñado un poco más que otras veces, me aguanté de mostrar mi enojo.

Me levanté para recoger lo poco que quedaba, ya que mis hijos se habían retirado a dormir después de lavar los trastos. “Voy a terminar de recoger”, le dije a mi marido y abrí las piernas para levantarme y darle a Pedro una bonificación por la función que su esposa le regalaba a mi marido. También, al levantarme, apoyé mi mano sobre el paquetote de Ramón. La pintada dijo “yo te ayudo” y se puso de pie de idéntica manera que yo: piernas abiertas y apretón de verga.

–Gracias, no es necesario –le dije, pero ella insistió.

Levantamos lo que había, lavamos trastos y demás. Terminamos pronto y me dijo que ya se retirarían.

–Ya nos vamos, mi marido está ‘bien templado’ y hay que aprovecharlo antes de que esté más borracho. El tuyo ha de estar igual y por las mismas razones ya querrá quitarte esos calzoncitos azules que traes –concluyó, dándome un beso. Sólo le faltó decirme “y tallarte los pelos de la panocha”.

Yo la escuché como un reproche por haberme levantado abriendo las piernas, más que una justificación por haber hecho lo mismo que yo. Sólo sonreí, pensando para mis adentros que la puta era ella. Asunto que confirmé, pues al despedirse lo hizo de beso con mi marido y, mientras le agradecía la hospitalidad, ella, quien le había tomado la mano, se la restregó sobre el pecho, incluida la parte descubierta.

Cuando nos fuimos a acostar, mi marido me desvistió y yo a él. Le di un beso en el glande, después de bajarle el prepucio.

–¡Mámala, mami! –pidió y me lo metí a la boca y me acaricié el tamalito para sentir mejor el momento.

–¡Qué rica te quedó después de verle la tanga a esa pintada! –le dije buscando pleito porque aún seguía enojada con lo de la despedida– ¿O fue por acariciarle las chiches…?

–¿Para qué iba a buscar a una puta, si la que tengo en la casa está más bonita y sabe enseñar con delicadeza la mercancía? –replicó picando el anzuelo– ¿Crees que no me di cuenta que abriste las piernas al levantarte agarrándote de mi verga? –concluyó.

–Sólo te la agarré para comprobar que la señora esa te tenía al palo.

–¡Puta, tú eras quien andaba enseñando las tetas a todo el que quería vértelas! –reclamó, dándome acuse de que mis travesuras dieron en el blanco.

–¡Estás loco! La vista es muy natural, y yo no enseñaba para que vieran. Ellos veían porque yo estaba ahí –aclaré.

–Será, pero más de uno se embobaba viendo tus piernas sin medias, seguramente deseando acariciártelas hasta las nalgas que, por cierto, se te veían muy paraditas. Además, el ombligo era una invitación para llenarte la panza –dijo acariciándome la panza y poniendo su glande babeante en mi ombligo.

–Y tú, por estar viendo cómo le apretaba Pedro las chiches a la pintada, no viste cómo me estrecharon la cintura cuando bailamos en fila. Uno de los más jóvenes me resbaló la mano por mi nalga cuando terminó la pieza; sólo dijo “Perdón”, pero se le notaba cómo traía muy crecida la verga –le comenté dándole cuerda a su imaginación.

–¡Eso no lo vi, puta! Capaz que tú se la sobaste pues te gusta andar de puta –dijo completando lo que me hubiera gustado hacerle a su amigo y sonreí asintiendo con la cabeza –A ver, toma esta y hazle como te hubiera gustado hacerle a él –dijo poniendo mi mano en su pene y se lo jalé dándole un beso.

–Así se la hubiese agarrado para que me llenara la mano de lo mismo que ya traía mojado el pantalón al terminar de bailar –dije echándole más combustible a las llamas de sus celos.

–¡Puta! Te mereces un castigo –-dijo inclinándome para que me detuviera a la orilla de la cama

Y me penetró en la vagina de golpe. Se meció adentro varias veces y la sacó para metérmela en el culo, también de una sola estocada. Grité de dolor y él empezó a moverse y mis gritos cambiaron por quejidos de placer. “¡Toma, puta buscavergas!”, me decía en cada embestida, dándome fuertes nalgadas. ¡Qué rico y doloroso!, me sentí una puta que recibía mi castigo por mirar una verga parada por mi causa.

–¿Y qué me harías si te digo que me gustaría que tu amigo Pedro me chupe la panocha? ¿Me la mamarías agarrándome de las chiches? –le dije para continuar el juego– Anda, dime, ¿o quieres que me depile como su mujer para que me la mames tan rico como ella me dijo que se la chupa su marido? –le grité.

Obviamente no me dijo eso la señora, pero se me ocurrió que así debería ser entre ellos. Me tumbó en la cama, me abrió las piernas y empezó a chupar la panocha, pero se detuvo pronto.

–¡Es que sabes a puta, muy feo! –dijo abandonando la tarea.

–¿Ya se la has chupado a una puta? –le pregunté.

–Sólo a ti y no me gusta cómo sabes: amargo y a orines de varios días –explicó.

–Pues no son orines, es tu leche de varios días. Sí, soy tu puta y a eso sabe mi vagina, a dos o tres cogidas diarias, porque me gusta que me cojas… –dije montándome en él para cabalgarlo hasta que se vino, yo también me vine mucho.

Jalé la cobija y nos tapamos para dormir. Más noche se despertó y me dijo “A ver, cómo me la mamarías si yo fuera Pedro y tú su mujer”. Me puse sobre de él en posición de 69, dejando mi panocha en su cara y empecé a mamarlo con ganas. No sé si fue su calentura imaginando a la pintada, o el olor del atole lo que lo incitó a chuparme, lo hacía bien, pero le faltaba la enjundia de mi amante. “Chúpame el clítoris”, le pedí y lo hizo, lo sorbió delicioso. Ya le iba a pedir que también abarcara mis labios, pero me detuve, porque seguramente eso le daría pistas de que ya me lo habían hecho así, así que sólo le pedí “¡Hazlo como en las películas que vemos, quiero sentir tus ganas de mí!” y lo seguí mamando con fruición. Intentó hacerlo, pero se detuvo. Yo empecé a mover mi pubis sobre su cara, especialmente tallando mis labios en la barba y la nariz. Ramón no abrió la boca, pero soportó mi fiebre hasta que me vine y lo dejé como dejo a mi amante: cubierto con la pátina del amor…

–Gracias, papi –le dije entre jadeos que yo daba para recuperar el aire–. Lame mi panocha, seguro que es más rica porque sabe a lo que tú me das.

–Me gustó el olor de la pucha, pero el sabor no tanto, pero te prometo que voy a acostumbrarme para hacerte feliz, mami…

Sí, desde ese día comenzó una etapa más en nuestra relación: ¡ya me la chupó otra vez más!

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