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El regalo: Un antes y un después (Undécima parte)

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—Hola… Ehhh, Rodrigo ¿Cierto? Vaya pero que sorpresa. No pensé que fuera a ser tan rápido, pero claro que sí, jejeje. Te debo ese café y más por supuesto. ¿Qué te parece si nos vemos mañana en la tarde? —Me parece perfecto, le respondí.

Silvia me observaba nerviosa. Tomando una servilleta para limpiar su nariz, se dio la vuelta para recoger la botella de aguardiente y las copas, al igual el cenicero e ir hasta la cocina.

—Hablamos antes para definir en cual sitio. Aunque si conoces uno en especial me envías la ubicación y allí estaré. Que descanses y perdona por llamar a esta hora. —Le respondí a Martha finalmente.

—No te preocupes, en verdad. Muchas gracias y mañana te llamo. Un beso mi caballero salvador. —Y terminó Martha la llamada.

Yo dejé el teléfono en la mesa y enseguida mi esposa me encaró.

—Que estúpida soy, ¿no es verdad? Yo preocupada por lo que hice y que aquello no fuera a romper lo nuestro y ya veo que tú, quien sabe desde cuándo, me tenías ya reemplazo. —Súbitamente Silvia me habló, mirándome por encima del mesón.

—Pero no te confundas Rodrigo, si nuestro matrimonio se va a la mierda, no va a ser por mi culpa. Serás tú y solo tú el culpable. —Y en sus ojitos cafés empezó de nuevo a desbordarse el llanto. No aguanté verla así y fui a su encuentro.

Silvia levantó su rostro y me miró expectante. La tomé entre mis brazos y con mis labios fue besando sus ojos, absorbiendo su salina humedad. De a pocos también mi boca recorrió el trazado de las lágrimas por sus mejillas y finalmente terminé acariciando con mis dedos el contorno de sus deliciosos labios y lentamente sin dejar de mirarla, acerqué mi boca a la suya y nos besamos, largo, profundo, entregados íntimamente después de tanto desasosiego y completamente enamorados.

—Mi amor, la confundida eres tú. Yo jamás, escúchame Silvia, yo nunca haría algo para herirte, mortificarte o intentar acabar con lo nuestro. Yo te amo, desde el primer momento en que te vi lo supe. Tu mi vida, serás por siempre la única mujer a quien amaré. —Y mi esposa se aferró con sus brazos aún con mayor fuerza a mi torso. Apoyó su cabeza de lado sobre mi pecho para luego despegarse un poco y mirándome fijamente me dijo…

—Y tú mi amor, tu eres el hombre que escogí para compartir mi camino. Perdóname, me dejé llevar por estúpida. Lo siento realmente. Pero que te quede claro que no va a suceder nada más entre mi jefe y yo. Ha sido un error terrible de parte suya y una completa idiotez mía por aceptar sus besos y los regalos. Se los voy a devolver. ¡Todo!

—No te preocupes por eso mi amor, le respondí. Los detalles son lo de menos y sí ya lo aclaraste con tu jefe, pues no veo necesario que los devuelvas y pases por maleducada o una desagradecida. Yo debo confiar en ti, y no seré ese obstáculo, que te limite o te impida superarte en tu desarrollo profesional, de lo contrario nuestra relación no tendría sentido. —Y volví de nuevo a besarla, con más ternura que pasión.

Deslicé mis dos manos hasta alcanzar la redondez de sus nalgas, para apretarlas, amasarlas con firmeza. Humm, que placentera sensación aquella de ir incrementando la pasión arriba, besando y lamiendo su lengua, para a la vez sentir abajo que mi verga tomaba dureza bajo mi bóxer, restregándola contra su vientre y los dos ya respirando agitados, con deseos de llegar a algo más. Pero mi esposa, se apartó un poco, para dejarme notar las ganas en el rubor de sus mejillas y soltarme con cariño, una clara señal de ¡Prohibido pasar!

—No empecemos lo que no vamos a poder terminar mi vida. Ya sabes que me bajó la regla. Ni modos.

Y sin embargo yo, por encima de la tela de la camiseta, amasé sus pechos hasta lograr que sus pezones se endurecieran, palpándolos entre mis dedos, pellizcándolos un poco. Silvia se sonrió, puso sus manos sobre las mías y me besó nuevamente, ofreciéndome la calidez de su boca.

—¿De quién son este par de téticas preciosas? Le dije y mi mujer me respondió: ¡Mías, mi amor! Jajaja. Pero también únicamente tuyas. —Pues bien mi cielo, y apretando sus pezones entre mis dedos con mayor fuerza le dije… Entonces que ninguna mano o boca diferente a la mía los acaricien o los besen. ¿Estamos? —Y Silvia me regaló su apenada mirada para responderme después… ¡Eso depende mi amor!

—Depende de qué Silvia. Le respondí intrigado.

—¡Humm! mi cielo, de que estas manitas y esta boquita tuya, tampoco se posen en otros que no sean las mías. ¿Ok? —¡Pufff! Suspiré consternado, recordando aquellos momentos con Paola.

—Por cierto cielo, no me respondiste cuando te pregunté con quién estuviste hoy en Cercedilla. Es una mujer, ¿no es verdad? —¡Mierda! Se me había olvidado comentarle a Silvia, sobre ese « pequeño desliz».

Y en ese preciso momento, tanto como en el móvil de Silvia se recibía una notificación de un mensaje, yo en el mío escuchaba el sonido que llevaba un rato esperando. Los giros del destino, Silvia se acercó a la mesita auxiliar donde mantenía cargando su móvil y yo mientras tanto, abría la aplicación de mensajería en el mío y pensé en las vueltas que da la vida. Ahora era ella, mi esposa la celosa y yo el infiel que guardaba secretos.

—Silvia, buenas noches. ¿Te molesto?

—Escribiendo…

—Quería que supieras que hablé con tu amigo esta tarde.

—Escribiendo…

—Y me ha recomendado hablar antes con mi esposa. Tratar de llegar a un acuerdo, pero sin mostrarle las pruebas que tengo.

—Escribiendo…

—Solo hablar primero, en un tono conciliador, ya sabes. Es un buen tipo, muy inteligente. —Esperé preocupada algún comentario de índole más íntimo hacia mí, pero como no lo hizo, tranquilamente le respondí, en frente de mi esposo que a su vez escribía algo en su móvil.

—Buenas noches don Hugo, me alegra saber que hablará con su esposa. Es probable que ustedes arreglen sus problemas. Hablar… Casi es siempre la solución. —Doble check.

—Escribiendo…

—Pues Silvia, no estoy muy seguro de que sirva de algo pero por el bienestar de mis hijos lo voy a hacer. Y tú… ¿Cómo va todo con tu esposo?...

Levanté mi vista del teclado del móvil para observar como Rodrigo bebía un sorbo de su cerveza, muy atento a lo que escribía yo en el mío. Si Rodrigo quería jugar conmigo, yo también podría lanzar mis dardos.

—Don Hugo, la verdad me cansa mucho escribir, porque mejor no… ¿Puede hablar? O… ¿Está su esposa por ahí cerca? —Doble check.

—Escribiendo…

—No hay problema Silvia, después de dejar mi maleta lista, salí a correr un rato al parque y ahora estoy descansando frente a la entrada. Y tú… ¿Puedes hablar con tranquilidad?

Y totalmente decidida, me senté en el sofá, recompuse un poco mi cabello para posteriormente, dar un toque al símbolo de video llamada y esperé.

Silvia se escribía mensajes con alguien. Alguna compañera de trabajo o de pronto su amiga Mónica, quien desde Colombia, le comentaba cómo iba el tema de su reciente embarazo. Pero al observarla, noté que su enfado inicial cambió al leer uno de los mensajes y en sus ojos un brillo; en su boca se dibujó una satisfactoria sonrisa y luego se acomodó en el sofá de la sala, cruzando sus piernas y acomodando un cojín por detrás de su espalda, luego el otro en medio de sus muslos. Presentí que llegaba el momento de su venganza. Y por qué no, la mía también.

Fue la primera vez que escuché aquella voz. Grave, en una tonalidad algo baja, saludaba a mi esposa con algo de sorpresa. En él primero, enseguida en mí. Un… ¡Hola Jefe! ¿Cómo está usted? De mi esposa y por respuesta escuché de aquella voz masculina un… ¡Muy bien! Pero tú te ves mejor. Y Silvia sonrió.

Ese… ¡Te ves! disparó en mi las alarmas. ¡Estaban con seguridad en una video llamada! Mi esposa usando mi camiseta de hacer deporte por pijama que le quedaba por fortuna holgada, aunque dejaba transparentar un poco sus aureolas. Yo analizaba esa noche la postura, los gestos y las expresiones, colocando especial cuidado en el tono de la voz, tanto de aquel hombre como de mi esposa. Pero el sonido de un nuevo mensaje entrante, me hizo desviar la mirada y concentrarme en la explicación pendiente con mi rubia tentación.

—Rocky, Nene, perdóname por escribirte tan tarde. ¿Te molesto?

—Escribiendo…

—¿No estarás enojado conmigo? ¿O sí?

—Escribiendo…

—¿Rocky? Y ajá Nene, no me vas a responder. ¡No pongas en Ohio con yo! Carita triste y otra carita llorando.

—Escribiendo…

—Me muro si es así… ¡Plop! Me murí. Carita de muerta.

—Buenas noches señorita mimada pero incumplida. ¡Jajaja! Me hacen gracia tus emojis. Así quien se puede «enohiar» contigo. —Doble check.

—Escribiendo…

—Anda Nene, es que no me escribías nada. ¿Estás muy ocupado?

—No señorita Torres, solo que acabo de hablar con mi esposa y pues… —Doble check.

—Escribiendo…

—¿Y ajá? ¡Cuenta, cuenta!

—Ahora no Pao, tal vez mañana. Mejor concentrémonos en lo que necesitas aprender para mañana. ¿Papel y lápiz, en la mano? —Doble check.

—Escribiendo…

—¡Erdaaa Nene! no. Espera voy a buscar algo donde anotar.

—Jefe, me alegra que hablara con Albert. Tome nota de lo que él le aconseja. Ya verá que es por su bien, mejor dicho jefe, para su familia. —Y esperé la reacción en el rostro de mi esposo al enterarse de que hablaba en frente de él con el hombre que me había tentado–. Quería esa noche darle tranquilidad.

—Claro que sí, me respondió cordial mi jefe para luego proseguir con una nueva información. —Esperemos que salga todo muy bien. Por cierto Silvia, te van a llegar mañana unos documentos de una de las empresas nuevas. Ya sabes, la del inversionista de Turín. Los puedes ir revisando y verificas la situación financiera, con eso me podrás brindar tu diagnóstico sobre el desempeño de los dos últimos trimestres–. Terminó por decirme don Hugo. Y Rodrigo revisaba algo en su ordenador.

—Perfecto don Hugo, como usted diga. Luego, supongo que usted analizará en detalle la solvencia de esa empresa y medirá la condición patrimonial a corto plazo, no es verdad. —Y mi jefe sonriendo me respondió…

—Exactamente, por eso eres mi mano derecha. Juntos lo haremos la otra semana mi ángel. —¡Mierda! Y aquí íbamos de nuevo y con mi esposo cerca, escuchando todo. Inmediatamente voltee a verlo y efectivamente estaba Rodrigo concentrado, mirándome y pendiente de la conversación.

Este tipo tan abusivo, pensé. ¿Cómo así que su ángel? Y Silvia no le recriminó nada. Tan solo me miró angustiada cuando su jefecito le dijo aquellas palabras. Y Paola nada que volvía a la conversación. Debía como siempre, sentar un precedente…

—Silvia mi amor… ¿No has visto mis auriculares? No los encuentro por ninguna parte. —Y puse en mis labios mi mejor sonrisa de picardía.

Silvia lo notó, y yo estuve casi seguro de eso, creo que comprendió sobresaltada que yo deseaba que su jefe supiera que yo estaba allí y que «su ángel» era mi amor. Más no contaba yo, con que ella se sintiera incómoda por mi súbita intromisión y entonces se acomodó el cabello en una trenza improvisada encaramándola sobre su cabeza y después de dos vueltas, se lo dejó caer coquetamente sobre la parte delantera al costado derecho, pero al hacerlo y levantar el brazo libre, la bendita camiseta se tensó, dejando expuesto la tirantez de su endurecido pezón. ¿En venganza por mi llamada tan extraña para ella?

—Ehhh, no recuerdo haberlos visto. Es que como «últimamente» todo lo dejas tirado por ahí, pues se te pierden con ese desorden tuyo y vaya uno a saber cuál de tus «compañeritas» de oficina, los puede haber recogido. —Me respondió mi esposa tranquilamente, pero haciendo especial énfasis en dos palabras. Últimamente y compañeritas. ¡Golpe bajo!

Y bien eso tenía yo que devolverlo. Así que ni corto ni perezoso, también realicé una llamada pero esta vez desde mi portátil y con video. A grandes problemas, grandes soluciones. Bueno esa fue la idea inicial.

—Oye Silvia lo siento, no pensé que tu esposo estuviera por ahí cerca. —Me habló mi jefe preocupado por aquella pequeña «intromisión» de mi esposo, en nuestra conversación.

—No se preocupe jefe. Está trabajando en su ordenador. Bueno y… ¿En que estábamos? Ahh sí, lo de Turín. Estaré pendiente de esos informes y los revisaré con sumo cuidado. ¿Óigame jefe y por cierto, sale usted sólo a correr siempre a estas horas? —Se lo pregunté por cambiar el tema. Lo laboral lo dejaría para la oficina.

Y esperando la respuesta de mi jefe, escuché con claridad, una voz femenina proveniente del ordenador portátil de mi esposo, pero no retiré mi vista de la angosta pantalla de mi teléfono móvil. Una oreja allí y la otra… ¡Esa allá!

—A veces cuando puedo, –continuó mi jefe hablando– hago algo de ejercicio por las mañanas, pero a esta hora es muy tranquilo para correr y de paso, necesitaba pensar. Oye Silvia, estas segura que no hay problema con tu esposo, si quieres mejor hablamos mañana. —Y mi pobre jefe todo preocupado, recostado sobre un muro blanco. Tenía puesta una sudadera azul con franjas blancas y un bolsillo tipo canguro por delante. Una capucha gris ratón cubría su cabeza y en sus orejas, los pequeños audífonos inalámbricos. Así trajeado tan deportivamente, mi jefe se veía juvenilmente guapo.

—No tendría porque jefe, para eso vivimos juntos y no tenemos problema alguno. No hay nada que ocultar. —Y mirando a mi esposo le dije… ¡Mi amor! es mi jefe que mañana se va de viaje y estamos ultimando algunos detalles. No te incomoda, ¿no es verdad mi vida? —Y coloqué mi sonrisa de niña inocente, arrugando la nariz y pestañeando consecutivamente–. Quería a devolverle a Rodrigo su jugada.

—Ehhh, claro que no mi amor. A estas horas la llamada debe ser muy importante. Habla con tranquilidad mientras yo termino de explicarle a mi nueva compañera de trabajo algo y nos vamos a la camita que quiero arruncharme contigo. ¡Fresca mi cielo!, por mí no hay problema cariño mío. —Y finalicé mirando a Silvia y haciéndole el gesto aquel de tener el puño cerrado para luego ir levantando mi dedo medio. Y mi esposa frunció su ceño, pero en su boca mantuvo la falsa sonrisa. ¡Golpe con golpe se paga!

Por fin a la segunda marcación Paola respondió.

—Ajá Nene, pero como afanas. Casi no me das tiempo a ponerme la bata. ¡Jajaja! Mi «rolito» hermoso por poco y me toca llegar a tu clase en Baby Doll y así no creo que te puedas concentrar. ¡Bueno ya estoy lista! —Y Paola se mostraba ante la cámara con una bata de seda negra algo entreabierta. Sus dorados cabellos recogidos en una moña alta, y sin reparo alguno, con una toallita retirándose el maquillaje.

Silvia la pudo escuchar, más sin embargo no hizo alusión alguna a ese comentario de Paola, ni intención de voltear a mirarme y siguió hablando con su jefe como si nada.

—¿Lista entonces para la clase? Le pregunté. Pero antes de que mi rubia compañera me respondiera, la conversación entre mi esposa y su jefe se detuvo para enseguida, mi esposa voltear su cabeza y contarme, sin altanería alguna, a cambio de su vocecita de niña consentida y la cara cuando quería algo de mí, que hablaba con su jefe y que si me importaba que lo hicieran allí.

¿Rolito hermoso? ¿Baby Doll? ¿Pero que mierdas pasa aquí? Me pregunté al escuchar la voz de aquella mujer. Me hice la desentendida y me esforcé por no voltear a mirar a mi esposo y prestarle atención a mi jefe sobre algo de la nueva empresa de Turín. Obviamente distraída en escuchar lo más posible a mi esposo y su nueva compañera, no le prestaba interés alguno.

—Silvia… ¿Entendiste bien? —Y yo perdida le respondí honestamente que no.

—Don Hugo, la verdad me gustaría que me lo explicara de nuevo, pero deme un momento que estoy algo sedienta. —Y me quité de encima el cojín que mantenía sobre mis piernas y poniéndome en pie, fui hasta la mesa del comedor y sin pedir permiso tomé la lata de cerveza que estaba bebiendo mi esposo y le dije:

—Mi amor… ¿Me regalas un sorbito? Gracias. Tú tan lindo mi cielo. ¡Ahh! y te robo otro cigarrillito. —Y tomando la cerveza, junto a la cajetilla de cigarrillos, me dirigí al balcón.

Desde allí al estar mi esposo sentando en el comedor dándome la espalda, podría con seguridad observar el rostro de aquella mujer.

—Lista y dispuesta Nene, Jajaja. ¿Me veo horrible no es así? —Y acercó su rostro a la cámara, girando su rostro a diestra y siniestra. Aquí no supe si Silvia escuchó o se movió, nada. Solo me fijé en la hermosa y fresca piel de mi rubia tentación, tan lozana juventud y sus ojos para nada perdían la hermosura de su verde profundo.

—Bueno Pao, es lo que hay. Jajaja. Mentiras te ves muy bien, como siempre. —Le hablé a la rubia, mirando disimuladamente por encima del borde de la pantalla a mi esposa. —No, no giró su rostro pero si arqueó sus cejas, en clara demostración de estar más pendiente de mi conversación con Paola que la suya con el jefecito.

—Vamos a ver, para mañana debes saber explicar cómo hicimos el negocio y todo lo que logramos hoy. Vimos una oportunidad que por lo general es la debilidad y escarbamos en las personas, buscando una solución puntual a sus necesidades. Algunas personas creen necesitar algo y ahí es cuando llegamos para que les demos un pequeño empujón, y así puedan empezar a mejorar. Otras prefieren callar y escuchar. Son las más difíciles de descifrar. Y Paola tomaba nota de mis palabras, más sin embargo mi mujer seguía impasible su personal intercambio de opiniones sobre un trabajo pendiente.

—Recuerda que no se vende lo que no se ofrece y sin embargo Pao, tú y yo no vendemos, solo ofrecemos soluciones. Ahí radica la diferencia. La venta la logramos de acuerdo a cómo presentemos nuestra oferta. Los pequeños detalles Pao, son importantes. Muchas personas lo pasan por alto, pero nosotros no. Nosotros asesoramos, para nada presionamos como otras personas con regalitos o baratijas de publicidad. Hay que saber romper el hielo, y tú tienes el don natural de provocar el fuego necesario para derretirlo. —Y entonces después de mis últimas palabras, capté por completo la atención de Silvia.

Escuchaba más a mi esposo que lo que don Hugo me decía del nuevo inversor. Rodrigo hablaba con una mujer que a todas luces parecía muy cercana a él. Melosa en su trato y ese particular acento tan… ¿Costeño? Rodrigo le explicaba algún tema de ventas. Yo me hacia la desinteresada y estaba logrando mantener mi compostura, hasta que los escuche hablar del negocio que los dos habían logrado ese mismo día. Pero entonces mi esposo dijo algo sobre las cualidades innatas de esa mujer, de una manera muy… ¿Personal? Y se dispararon las pulsaciones de mi corazón. Rodrigo me había puesto en apuros al interrumpir la conversación con don Hugo, pues bien, ahora sería yo.

Me acerqué hasta la mesa del comedor y cariñosamente le robé su cerveza y le pedí un cigarrillo, todo con la ternura y claridad necesaria en mi voz, para que tanto esa mujer como mi jefe, tuvieran claro que entre Rodrigo y yo no había rastros de desunión ni ningún tipo de fisura que pudieran ellos aprovechar. Bueno, eso quise creer aquella noche.

Me coloqué en el balcón para fumar, beber y observar. La pantalla del computador portátil de Rodrigo, permanecía para mi disgusto, oculta por su espalda y la cabeza. Aunque desde aquella posición podía escuchar con mayor claridad la conversación.

—¡Oopss! Rocky ¿Tú esposa anda por ahí? ¿No se molestará contigo? —Me dijo Paola algo desconcertada.

—Para nada Pao, está hablando con su jefe un asunto del trabajo. Mejor continuemos. ¿Tienes las tablas financieras que te entregué el otro día? —Le pregunté con la clara intención de restarle importancia al hecho de que mi esposa, se hubiera hecho escuchar de aquella manera tan amorosa ante Paola y colocarse a mi espalda en el balcón, seguramente con la idea de observar la imagen de mi nueva compañera.

—¡Erdaaa! Nene, aguanta la burra, aguanta que por aquí las debo tener… Si, aquí están. Dime que hago con ellas. —Y después de revisar en el fondo de mi maletín, encontré los auriculares y los conecté a mi ordenador portátil para empezar la explicación de su uso. Dejando con la intriga a mí esposa.

—Mira Pao, la idea inicial era ofrecerles reemplazar una o dos, con algo de suerte las tres pero… ¿Recuerdas a los conductores? Te diste cuenta de la cantidad de hoteles en esa zona tan pequeña. Hay mucho trabajo por hacer allí, mucho turista por transportar. Mejorar la calidad del servicio. De allí me surgió la idea de una sociedad entre los conductores y de Don Tomás. Volverlos propietarios. Ventajas y beneficios. —Y a Paola, de manera juiciosa, la veía escribir en una libreta–. Y me concentré en la explicación del negocio y los planes financieros ofrecidos, desentendiéndome de la conversación que a mi espalda sostenían mi esposa y su jefe.

—Jefe, disculpe mi curiosidad, pero… ¿Que dice su esposa? ¿En verdad, no han hablado nada? —Y mientras preguntaba aquello a mi jefe, yo me movía un poco en el balcón, tratando de ver el rostro de aquella nueva compañera de mi marido. ¡Pero nada! Me sentía frustrada por ello.

—Pues Silvia, no mucho en verdad. Hoy hablamos poco. Le comenté sobre la llegada de nuestros hijos y mi idea de salir a la Sierra este fin de semana, sin ella, y resignada, lo aceptó. También le informé de mi viaje a las otras oficinas y ella me comentó algo de enviar al taller a su auto para revisarlo pues tuvo problemas con el coche, hoy por la tarde. Me dijo que venía de visitar a una terapeuta amiga suya, buscando alguna solución a lo nuestro y que quería que la perdonara, la escuchara y empezáramos los dos una terapia de pareja. Y la verdad Silvia, no me siento preparado aún para hacerlo. Por eso salí a correr. —El sonido grave de la voz de mi jefe, tristemente fue bajando la modulación del tono, dejándome notar el vacío que provoca una traición, en el corazón de quien ama en verdad.

—Lo entiendo don Hugo y comprendo lo difícil que debe ser para usted esta situación. Sin embargo la idea de su esposa no me parece nada mal. Si logran hablar con la ayuda de una persona profesional, quizá logren entenderse. Jefe… ¿Puedo preguntarle algo íntimo? —Y lo ví llegar hasta la entrada de aquella casa y en los escalones de la entrada se sentó, dando un sorbo a su botella de agua, para posteriormente, sonreír.

—Claro Silvia, ya sabes que confió en ti, te debo mucho porque tú te has convertido en mí… —Su amiga y asistente, jefe–. No le dejé terminar aquella frase, intuyendo que él se iba a referir a mi como su ángel, y eso podría mortificar a Rodrigo al escucharlo nuevamente. Mi jefe, agachó su cabeza casi hasta meterla entre sus piernas, pero aún con su mano estirada manteniendo algo inestable, la imagen en su móvil.

—Y bien, don Hugo, porque razón cree usted que su mujer hiciera lo que hizo. Debe haber una causa, motivos o razones para que ella lo traicionara. —Y en aquel instante sin que se pudiera percatar mi jefe, por detrás fue emergiendo una figura, primero los pies, calzando unas zapatillas rosas para estar en casa, luego sus piernas desnudas hasta llegar un poco por encima de sus rodillas, cubiertas por una bata elegante y en rosa pálido satinado y de mangas largas, decoradas con esmerados encajes en los bordes.

Sí, allí de pie estaba su esposa, la señora Martha. No me decidí en aquel momento, si en advertirle de su presencia o dejarle expresarse inocentemente ante ella. Y tomé la decisión de no hacerlo y dejar que ella escuchará de boca de su esposo, lo que él pensaba. Di una calada al poco cigarrillo que me quedaba y un sorbo igualmente largo a la lata de cerveza. Mi esposo continuaba dando su explicación a aquella desconocida, aparentemente sin ponerme atención.

—Silvia, te consta que yo no hago nada más que trabajar. Salgo de aquí para la oficina y de allí me regreso. Siempre pensando en mi familia, en que con mi esfuerzo no les falte nada, ni a mis hijos ni a Martha. Sí, tienes razón. Claro que he pensado estos días en que he podido fallar. Tal vez es mi culpa por no estar más pendiente de ella, pero no he dado motivos para que ella me engañara. —La señora Martha, que en un principio, permanecía impasible se fue acercando silenciosa detrás de él.

—Pues si don Hugo tiene usted razón, sin embargo el problema puede estar en otro lugar, dentro de ustedes dos, en su intimidad como pareja. ¡Ehhh! no quiero entrometerme pero… ¿Jefe que tal marchaban las cosas entre ustedes dos, con el sexo? Antes de… ¡Ya sabe! —Don Hugo enderezó un poco su espalda, para pensar su respuesta. —¡Si quiere no me responda!–. Le dije posteriormente pues lo percibí algo incómodo con mi pregunta.

—Estas insinuando que yo no… —Y luego de un suspiro, él me dejó apreciar que empezaban a humedecerse un poco, sus hermosos ojos grises–. Pues, no lo sé, Silvia. Creo que bien. ¡Vamos, qué como todas las parejas creo yo! Es verdad que ya no es como antes, no lo hacemos con la misma frecuencia que en un comienzo pero creo que lo hacíamos normal, a menudo. Sabes, creo que ella es muy tradicional con el tema del sexo y yo pues también, no necesito más. Ella has sido la única mujer en mi vida, sexualmente hablando. Nos conocimos muy jóvenes en la universidad. Nos enamoramos y nos casamos. Lo normal Silvia. Ya vinieron los hijos y ella dejó de trabajar para dedicarse a ellos y yo pues ya sabes… Trabajo, reuniones, viajes y más trabajo. Crees tú que… ¿Es por eso Silvia? Tú piensas que soy… ¿Seré tan malo en la cama? —Me preguntó mientras yo observaba con detenimiento el movimiento de la señora Martha y no, no podré olvidar cómo se llevaba la mano derecha a su boca para luego empezar a estirar su mano izquierda, extendiendo sus finos dedos hacia mi jefe pero sin llegar a hacerlo, encogerlos un instante antes, quizá por temor, vergüenza o para escuchar algo más, que le diera el valor faltante.

—No, no jefe, discúlpeme. Perdón yo solo estoy… Analizando la situación desde otro punto de vista. Usted nunca le ha sido infiel y ella tampoco antes de… pues de esto. De pronto estar tanto tiempo en casa sin hacer nada, se encontró de pronto desmotivada y eso hizo que le surgieran algunas preguntas, ideas de experimentar algo distinto, ya sabe jefe, para pensar en hacer lo que finalmente hizo. Y puede que surgiera en ella la necesidad de tener sexo solo por diversión jefe, como lo hacen a menudo los hombres. Esta mal, lo sé, jefe y no la disculpo pero ella tal vez si lo ame todavía. Hable con ella, con sinceridad, dele una oportunidad. Por qué don Hugo, yo creo que entre ustedes dos, aún existe amor. —Mi jefe solo movía su cabeza de izquierda a derecha, tratando de negar lo evidente.

—Usted de verdad la ama, lo pude ver en la tristeza de sus ojos. Si no fuera así, usted no habría dejado de escapar la oportunidad de estar con esa rubia que contrató o de haber intentado hacerlo conmigo. ¿No es verdad? Don Hugo levantó su cabeza, me miró un segundo o dos sin responderme, luego sonrió. Con el dedo índice y su pulgar, apoyados sobre el tabique de su nariz, se apretujó los ojos, para sin mirarme, contestar…

—Si Silvia, yo la amo. Pero en verdad que se me hace difícil mirarla a los ojos sin recordar… Es que no encuentro la manera de olvidar ni perdonar. —Por detrás de mi jefe, su mujer ya estiraba sus dos brazos, casi a punto de tocarle. Y se aferró con fuerza, abrazándolo por detrás, colocando su cabeza sobre el hombro para después darle un sonoro beso en la mejilla.

—Feliz noche jefe, hablamos mañana si me necesita. —Y di por concluida esa videollamada. Feliz de ayudar a mi jefe, de nuevo. Y ahora, iría por lo mío, que había dejado también yo, muy abandonado, iría junto a mi esposo para ser felices juntos.

—Bien Pao, creo que eso es todo. Mira, no te mates tanto la cabeza. Quiero que descanses ahora y si no entendiste algo, solo búscame con tu mirada y yo te sacaré del apuro. ¡Fresca preciosa!

—Y ajá, Rocky estoy nerviosa nene. No sé si vaya a poder dormir y menos si no me puedo sacar de mi cabeza ese beso que me diste. Y tu mano acariciando mi pecho… —Ummm, si Pao, pero ya te dije que eso fue un error de mi parte. Lo lamento. No pienses en eso y dormirás tranquila. Le respondí. — ¡Jajaja! Nene, creo que tienes razón aunque puede que duerma mejor si lo recuerdo mientras que me toco un poquito por aquí y por allá–. Me contestó de forma sensual, metiendo su mano por debajo de su bata, tocándose el mismo seno que yo había acariciado esa tarde.

—Bueno Pao, creo que por hoy han sido suficientes emociones. Vamos a la cama. Tu a la tuya y yo a la mía. —Y Paola frunciendo su ceño, seriamente me dijo a modo de despedida…

—Entonces Rocky… ¿Ya hablaron y la perdonaste? ¿Tan convincente fue? —Me preguntó la rubia barranquillera, sacándome la punta de su lengua a modo de burla.

—Hablar, hablamos, Pao. Perdonar aun no lo sé muy bien. Pero tranquila preciosa, que mañana tengo programada una cita para tomar café. Sueña bonito y mañana nos veremos temprano. —Y un beso me regaló a modo de despedida y desconecté la videollamada.

Y al terminar de decir aquellas palabras, sentí los brazos de mi esposa rodear mi cuello, colocar su rostro justo al lado de mi mejilla y decir…

—¡Humm! Mi vida ¿Te vas a demorar? Estoy cansadita y te quiero conmigo en la cama. —Y ahí íbamos de nuevo. Por suerte había terminado justo a tiempo.

—Ya terminé de explicarle todo, sucede mi vida que como Paola es nueva, mañana en la reunión de ventas debe explicar cómo cerramos la negociación de hoy. Recojo todo este desorden y terminamos de hablar. Y Silvia me besó la mejilla y luego tomando mi rostro entre sus manos me dijo…

—Bueno mi amor, me voy a la cama. Allá te espero, que dejaste un temita pendiente. ¿O piensas seguir durmiendo en tu nave espacial? —Se dirigió hasta la cocina, dejando la cerveza y el cenicero sobre el mesón y se fue perdiendo por el oscuro pasillo, contoneando sus caderas para mirarme de forma coqueta y enviarme desde allí un besito por los aires.

¡Pufff! Sí, nuevo suspiro. Y la verdad, no sabía cómo se lo iba a tomar mi esposa. Revelaciones tan coincidentes esa noche.

No demoró casi nada en llegar y pararse bajo el marco de la puerta de nuestra habitación, sin su almohada. Observándome un poco indeciso, pero persistí, levantando la frazada de su acostumbrado lado para dormir, a mi derecha.

—Ven mi amor y caliéntame, corporalmente hablando ¡ehh! Qué ya te conozco y sabes que «Nanai, nanai» por ahora mi vida. —Le dije a mi esposo invitándolo con la imagen de mi torso desnudo, mis senos a su vista, todo suyos.

—Me va costar contener mis ansías y los sabes ¿No? —Me dijo, para luego proceder a quitarse de encima su camiseta amarilla, acomodar su almohada al lado de la mía y acostarse a mi lado, echándome su brazo izquierdo por debajo y con el otro atrayéndome hacia él. Dejé reposar mi cabeza sobre su pecho y jugando yo con mis dedos un poco con el vello que rodeaba su tetilla derecha, le pregunté finalmente casi en susurros…

—¿Y ella es hermosa? Sentí que Rodrigo aspiró bastante oxígeno, levantando su pecho y mi cabeza con aquella acción voluntaria.

—Si mi amor, Paola es una muchacha bella. Por cierto, bastante extrovertida.

—¿Y te gusta? —Le pregunté.

—Claro que sí, es agradable y además ella es barranquillera, por lo tanto imagínate como es de desenvuelta y animada para hablar y actuar. Es la hija de alguien muy cercano a la junta directiva y me encargaron entrenarla bien. —Me respondió con bastante calma.

—Y hablando con sinceridad… ¿Debo preocuparme por ella? Lo que quiero decir amor es si tú y ella… ¿Es Paola la mujer que se supone, puede llevarte al paraíso? —Y volvió mi esposo a suspirar, elevarme, bajarme y su corazón a latir con mayor frecuencia. Me asusté y en mi pecho esa sensación de no querer saber, preocupada sin siquiera haber escuchado su respuesta.

—Nos besamos. ¡Hoy! —Me lo soltó así, sin anestesia–. Pero te juro que el motivo del primer beso fue estrictamente por negocios y por salvarnos los dos del ímpetu de un par de hermanos que nos vieron quizá como una atractiva posibilidad sexual.

—Uhum, Rodrigo déjame digerir esto un poco. Se besaron, un primer beso, ósea que hubo más. ¡Ok! Por qué sucedió, cómo así que por negocios y por salvarse. ¿De qué o quién? —Le pregunté a mi esposo algo menos angustiada pero con la intriga puesta en aquel segundo beso.

—Es que mi vida, los clientes son tres hermanos que manejan una agencia de turismo y los dos menores, hombre y mujer, son afines a su mismo género, son homosexuales y nos estaban acosando. ¡Nos besamos únicamente para espantarlos! —Me respondió con tranquilidad.

—Y surtió efecto, supongo. —Dije yo.

—Afortunadamente sí, pero el beso no fue suficiente, me tocó arrodillarme frente a Paola y meter mis dedos por debajo de sus shorts delante de ellos, para dejar más en claro que éramos bien heteros. ¿Quieres olerlos? —Y este idiota me pasó sus dedos por mis fosas nasales, espantándome, provocando que le diera un pequeño pellizco en su costado. —Y Rodrigo se rió a carcajadas de su atrevida broma.

—No seas cochino Rodrigo, como me haces eso. ¡Vete de aquí mejor! Y lávate de paso esas manos sucias. —Y me giré hacia el otro lado, pensando si creerme o no, que aquella confesión fuera totalmente cierta.

—Mi vida, claro que las tengo limpias, porque después de cerrar el negocio y almorzar con ese par, –ya más calmados– al regresar de aquel bonito lugar, me encontré en la imperiosa necesidad de frenar en una curva del camino y hacer mi acostumbrada obra de caridad. Había una mujer varada en un pequeño deportivo solicitando ayuda. Una bobada, pero pues el destino quiso que allí, tuviera que ensuciarme las manos y obviamente lavarlas después. Así que el olor de la vagina de Paola se perdió. ¡Qué lástima! —Me respondió en un tono de voz sosegado y bastante convincente.

Estaba jugando conmigo, así que me di vuelta otra vez, me acomodé de nuevo a su costado y metí mi mano bajo la tela de su bóxer, para tomar entre mis dedos su verga, ¡Mi pene! acariciando su cálida flacidez, apretando sus testículos suavemente para volver hasta su glande, que ya estaba tomando mayor grosor y rozar con mi pulgar su prepucio ya un poco húmedo.

—¿Y el segundo beso? ¿Y hubo un tercero, un cuarto? Dime cual fue el motivo. —Esta vez le respondí apoyando mi brazo sobre su pecho y mirándolo fijamente, sin soltar para nada lo que era exclusivamente mío.

—El motivo para un segundo y último beso, fuiste precisamente tú, mi amor. —Me dijo, mientras acariciaba con cariño mi espalda para luego proseguir–. Porque yo estaba enojado, ofendido, desanimado por la actitud tuya de estos últimos días. Pero no lo hice con ánimos de venganza. Ocurrió así por la falta de afecto y mi desolación, todo ello vuelto al revés por parte de una joven que vive a su manera, libre sin pensar en el que dirán, para no atarse a una normalidad que le haga sufrir. La besé y acaricié uno de sus senos, por un instante. Un momento que muchos con seguridad y al igual que tú, podrán llamar debilidad. Pero no mi vida, aunque me aparté de ella unos segundos después, lo real y cierto es que… ¡Mierda! La verdadera razón mi amor, es porque ella me atrae con su jovial belleza y su manera tan natural de hacerle frente al pensamiento normal de los demás. ¡Perdóname!

En verdad que comprendí las palabras de mi esposo. Reaccionó como yo lo supuse, buscar otros brazos que lo consolaran. ¡Sí! por mi culpa lo fui empujando a esos brazos, los de su nueva compañera. Y aunque noté que se humedecían mis ojos por enésima vez aquella noche, me contuve. Había llorado lo suficiente y ahora era necesario hacerle frente a ella, a él, y a quienes osaran dividir nuestra unión.

—No tengo nada que perdonarte mi amor, estabas herido y ofuscado como dices. Lo veo normal aunque me duele. —Rodrigo jugaba con mis cabellos entre sus dedos, frotando con suavidad mi cuero cabelludo.

—Mi amor… ¿No te parece que la vida nos está colocando en aprietos, como si quisiera separarnos? Y yo por lo menos no lo voy a permitir. Con mi jefe ya aclaré todo y por lo visto esta noche, creo que ya claudicará en sus intenciones de tentarme. Y espero que después de estas revelaciones, tú tampoco te dejes hacer tropezar. —Le respondí con toda la sinceridad abrigada en mi corazón y certeza en mi alma.

—Lo se mi amor, respondió mi esposo. —Y créeme cuando te digo que he resistido a bastantes situaciones muy estimulantes últimamente. Y no dejaré que se me escape la oportunidad de vivir mis días, junto a la mujer de mi vida. ¡Y esa eres solo tú! Antes me aparté del tablero sin jugar, pero ahora he comprendido que soy quien tiene el mazo de cartas para repartir. No te preocupes que yo sabré mantener a buen resguardo mis manos y tu «cosito». ¡Te amo mi vida! ¿Todo claro?

—Pues más te vale que mantengas este pajarito bien encerrado en su jaula, de lo contrario, me veré en la imperiosa necesidad de recortarle sus alas. —Y se lo oprimí un poco, sintiendo el palpitar de sus venas–. ¡Todo claro mi amor! También te amo, muchísimo. Y ahora a dormir. —Me acerqué hasta su boca con mis labios y besé los suyos, agradeciendo a la vida por tener junto a mí al hombre que daba sentido a mis días.

—¡Hasta mañana mi amor! —Me respondió, para luego acunarme entre sus brazos con una pregunta que me inquietó por lo intempestiva…

—Amor, esa mujer de tu jefecito… ¿Qué tal es? ¿Esta buena? —Humm, pues es muy bonita. Elegante pero yo no he coincidido con ella. Le contesté con mis ojos ya cerrados.

—Ya, pero digo… Cómo la viste en pelotas y bailando mambo horizontal con su amante… ¿Que tal será en la cama? ¿Sí lo mueve rico? —¡Jajaja! pues no se mi vida, al menos se veía que lo estaba disfrutando. ¿Por qué esa pregunta mi amor?

—Por nada en especial mi amor. Curiosidad. Que sueñes bonito mi vida.

—¡Hombres! Siempre pensando en sexo, le respondí. A lo cual mi esposo me contestó…

—No Silvia, te equivocas mi vida. En realidad estoy ahora pensando en un delicioso café y con dos de azúcar, como me gusta. Dulces sueños. —Y me abrazó aún más fuerte.

Continuará...

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