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Las desventuras de un cornudo paralítico

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La historia de un cornudo desahuciado, impotente y paralítico, una puta esposa que no puede con la abstinencia sexual, y un perverso amante que se aprovechará de la situación.

—Aníbal, de ahora en adelante quiero te hagas cargo del despacho contable —dijo Federico acomodándose en la silla de ruegas—. Eres muy capaz; estás plenamente dotado de los conocimientos necesarios para llevar la empresa a flote. Además tus constantes diplomados y actualizaciones en la materia me hacen pensar que, de verdad, eres el indicado para tomar mi lugar.

—Pero… Federico —dijo Aníbal tragando saliva—, ¿estás seguro de lo que estás diciendo?

—Completamente —murmuró Federico con cierto pesar—. De todos modos, desde que me diagnosticaron cáncer de cirrosis hepática, hace seis meses, ya no he podido ejercer como debería. Si no fuera por ti, querido amigo, el despacho habría caído en quiebra desde hace mucho. Eres el mejor de los contadores que tengo en la empresa, Aníbal, además estás en tu mejor momento. Ahora el cáncer ha hecho metástasis y en cualquier momento moriré.

—Por favor, Fede, no digas eso ni de broma —musitó Aníbal con una vibración rara en la voz—. Vas a salir adelante. Te están suministrando quimioterapias y…

—… Y desde hace seis meses las putas quimioterapias son las que me han dejado como estoy —interrumpió el canceroso—; desfallecido, con el setenta por ciento de mi vista perdida, siempre con sueño, débil, pálido, flacucho, sin pelo. Y ahora inválido. Mi vida se está yendo a la mierda. ¿Sabes lo que es que mi esposa y tú tengan que cambiarme los pañales, exhibiendo mi cuerpo endeble, y mi piel en forma de pellejos sueltos? ¿Sabes lo que es vivir con el pesar de tener con lidiar con la pena de tener a mi hermosa esposa en abstinencia sexual desde hace medio año, cuando ella era fuego puro, una ardiente y sensual hembra? Y todo por el puto alcohol. Eso es lo que hace el alcohol, Aníbal, mata a la gente. Mírame a mí, a mis 48 años ya estoy hecho mierda.

—No solo fue por el alcohol, Fede. Ya te han explicado que fue por la hepatitis, y que no te atendiste a tiempo. El caso es que no tienes que ser tan débil y dejarte vencer tan deprisa. Tienes que echarle ganas a la vida, Fede. Hazlo por tu esposa y por la pequeña Solcito, que tiene cinco años.

—Me duelen, Aníbal, ambas me duelen. Pobre de mi Sofía, tan hermosa, tan bellísima. Ella tan fuego y ahora tan hielo…

Sofía, en efecto, era una hembra digna de mirar; medía 1.64 de estatura, y era de complexión delgada, por eso sus enormes senos y su respingón y redondo culo parecían desproporcionales a su menuda figura. Ese cuerpo de infarto la obligaban a usar siempre vestidos ceñidos a su figura sin ningún tipo de culpa; podía lucirlo, claro que sí, y todos podían admirarlo. Sofía era tan feliz enseñando sus tetas y su culo a través de sus diminutas prendas, que Federico nunca tuvo valor de compararla con una puta públicamente por temor a hacerla sentir mal. Porque sí, él la adoraba con toda su alma y jamás le habría dicho nada que la hiriera. Por el contrario, durante los últimos años Federico mismo le compraba esos sensuales putivestidos; incluso le había regalado ligueros, medias de red y diversas tangas que se enterraban en medio de sus dos masas de carne porque sabía que por las noches él podría disfrutar de esos encantos a la hora de fornicar.

Sí, definitivamente Sofía estaba buenísima; y para afianzar su sensualidad, ella solía ponerse zapatos de tacón alto, para disimular su pequeña estatura, dando un efecto mucho más prominente a su culo y a sus tetas; esas tetas blancas y redondas que constantemente parecían querer reventar su sostén de lo apretadas que se venían.

—Podría pasarme todo el día mirándote desnuda, mi amor —solía decirle Federico en sus mejores tiempos maritales—; ver cómo rebotan tus hermosas tetas de arriba abajo mientras me cabalgas.

—Estas tetas son tuyas, cariño mío —respondía ella mientras se mordía los labios y se estiraba como desquiciada sus pezones sonrosados—; toda yo y mi cuerpecito somos tuyas.

Sofía tenía 35 años, 13 años menos que su marido, y su jovialidad y mirada vivaracha a través de sus ojos verdes se habían visto mermadas tras la enfermedad de Federico.

Los primeros días la mujer perdió su candidez natural; desaparecieron sus hoyuelos traviesos en sus mejillas coloradas; sabiéndose esclava de lo que sería una enfermedad interminable que mantendría postrado al hombre que más amaba hasta el día de su muerte; la vida de Sofía estaba al borde de un hondo precipicio, hasta que la intervención de Aníbal Roel en su vida la cambió por completo.

—Por eso quiero que saques el despacho adelante, Aníbal —le insistió Federico a su amigo—. Necesito que preserves la cartera de clientes y, en lo posible, que la aumentes. Quiero que mantengas sólido mi patrimonio. Es lo único que podré dejarles a Sofía y a la pequeña Sol. No tengo en quien confiar lo más preciado que tengo más que en ti, Aníbal; en ti que has estado conmigo desde hace cinco años que te contraté en mi despacho. Además quiero agradecerte todo el tiempo que has dedicado en estos seis meses a mi familia. Me has acompañado moralmente desde el día primero en que me diagnosticaron cáncer, y me guardaste el secreto ante Sofía hasta que vinieron las quimioterapias y ya no pude guardarme este sufrimiento para mí solo. Has sido el pañuelo de lágrimas de mi querida Sofía desde entonces, y no sabes cuánto te agradezco que le hayas ayudado a sobrellevar este terrible momento; desde que te hiciste su amigo ella es otra, es más feliz. Se le ve más lúcida, positiva e idealista. Incluso mi hija te ve como el tío que nunca ha tenido. Gracias, Aníbal, porque te involucraste en los problemas de mi familia cuanto más lo he necesitado. No me arrepentiré jamás de haberte empleado. Mira que ahora hasta haces de mi enfermero y chofer cuando tienen que llevarme al hospital. He oído entre sueños que vienes todas las tardes a saber cómo estoy, que ayudas a Sofía con las compras de la casa, y que constantemente la acompañas a realizar los mandados y trámites que necesitamos por mi enfermedad.

—Dicen que los amigos de verdad se conocen en la enfermedad, Fede, y yo siempre estaré para ti, para Sofía y para Sol.

—Gracias, amigo mío, muchas gracias. No entiendo cómo, a tu edad, no has encontrado una buena compañera de vida si eres tan buen mozo, trabajador y atento.

Aníbal sonrió, y Federico no logró encontrar ese atisbo de frialdad que escapó del gesto del que consideraba el nuevo ángel de su familia.

Aníbal, a sus 38 años de edad, era un hombre de apariencia chulesca, pero se desenvolvía como alguien bastante formal y educado. De hecho el hombre tenía todo el derecho del mundo de sentirse así, un chulito y guaperas, ya que en verdad lo era. A Sofía le pareció tan atractivo y varonil desde el primer día que se conocieron, que tuvo un orgasmo visual tan solo con contemplarlo. A Sofía le parecía que Aníbal era una antítesis de su marido tanto en forma como en trato. El empleado y amigo de su marido medía 1.91 metros de estatura (a diferencia de los 1.73 de Federico), tenía unos brazos y pectorales musculosos y gruesos que se marcaban en sus camisas ajustadas; y cómo no, si su hobbie favorito era pasar sus ratos libres en natación, donde día a día acentuaba sus fibrosos músculos como nunca lo conseguiría hacer Federico ni siquiera en sus mejores años.

Sus ojos eran de un chocolate intenso que brillaban aún más con el marco de sus pestañas espesas y esas cejas abundantes que le daban a su rostro un aspecto de macho seductor y sombrío. Sus rasgos violentos y remarcados robaban las miradas de todas las mujeres, incluida Sofía. Sin duda la presencia de Aníbal en esa casa convirtió el destino agónico de familia de Federico en un momento de entretenimiento y alegría; o al menos lo era para Sofía y la pequeña Sol.

Con un poco de regalos y gracias, Aníbal consiguió ganarse el cariño de la pequeña Solcito, como él la llamaba de cariño, por lo que la estancia de ese buen joven era bien vista por Federico.

—¿Entonces, Aníbal? —Le insistió Federico aferrándose a la manija de la silla de ruedas con desesperación—. ¿Aceptas mi propuesta? ¿Aceptas tomar mi lugar en el corporativo?

Aníbal tragó saliva, enarcó una de sus espesas cejas y caviló unos segundos la proposición de su jefe.

—Dame esta noche para pensarlo, Fede, por favor.

—Ya, ya, como tú quieras. Pero de una vez te advierto que no aceptaré un no por respuesta.

Aníbal sonrió. Se levantó del sofá y se dirigió hasta la silla de ruedas de Federico.

—Ya te tocan las pastillas de las siete de la tarde, Fede. Sofía ha ido por Sol y me ha dejado encargado que te las suministre.

—Ah, esas pastillas amarillas de mierda saben terrible, ¿sabes? Y me provocan tanto sueño que enseguida me quedo dormido.

—Es por tu bien, Fede. Te calmarán el dolor.

—Durmiéndome… —se resignó el desahuciado dejándose conducir hasta su habitación, que por fortuna, desde el día que concibió la construcción de esa enorme casa, la planeó en la primera planta—. ¿Quién iba a pensar que un día me sería útil tener la recámara matrimonial en la primera planta y no en la segunda, como muchas veces me recriminé?

Aníbal se quitó su saco de sastre para poder maniobrar el cuerpo de Federico, a quien cogió como un muñeco de trapo y lo levantó con facilidad de la silla para depositarlo en la cama. Federico se sintió humillado; de hecho siempre que Aníbal lo maniobraba de un lado a otro (ya fuera para subirlo al vehículo o para llevarlo al baño), lo hacía con tal destreza y facilidad que Federico se sentía un pedazo de carne; un pequeño juguetito de esos con los que se divertía Solcito.

En el fondo Federico envidiaba a Aníbal, ¿por qué su empleado era apuesto, fibroso, fuerte, y hacía suspirar a las mujeres al verlo pasar?

Por suerte Sofía solo lo veía como un gran amigo; tal vez como su hermano, y Aníbal la respetaba. Sí, desde luego, a ojos de Federico, Aníbal era un tipo respetuoso que no merecía ser envidiado en secreto por él.

Aníbal le suministró el medicamento a su jefe y de pie, contemplando el saco de huesos en lo que el poderoso y orgulloso Federico Betancourt se había convertido, lo vio sumirse en un sueño profundo del cual no despertaría hasta dentro de 18 horas después.

¿Quién se iba a imaginar que luego de tantas humillaciones, regaños y gritos que Aníbal había sufrido por parte del arrogante y presumido de su jefe desde el primer día que fue contratado en el despacho, ahora le estuviera proponiendo quedarse al frente de su empresa?

—Pobre de ti, querido Fede; cuánto te compadezco, en verdad —musitó Aníbal con una sonrisa.

Dos cuartos de hora después, Aníbal le contaba a Sofía, en esa misma habitación, lo que había conversado con su esposo.

—¿Estás seguro de que podrás con el paquete? —preguntó la hermosa mujer con un hilo en la voz.

—Siempre desee tener mi propio despacho contable, Sofía, lo sabes bien, pero no a esta costa —contestó Aníbal con los ojos cerrados, jadeando—. No a costa de mi buen amigo Federico, que cada día se muere.

—Pero él está confiando en ti, Aníbal, no puedes decirle que no a su ofrecimiento. Te necesita, te necesita demasiado —dijo ella con agitación.

—Es que me duele tanto, Sofía, me duele tanto verlo así. ¿Cómo podré estar al frente de una empresa que él levantó desde hace veinte años, disfrutando de una jefatura que siempre soñé? Viendo cumplidas mis fantasías de ser el amo y señor de una empresa que a tu marido le costó.

—No tienes que sentirte mal por ello, Aníbal. Te lo has ganado a pulso; tu lealtad hacia él te ha dado tal honor.

A Sofía le lloraban los ojos mientras decía aquello; apenas si podía continuar hablando.

—¡Pero es que tú no lo entiendes, Sofía; yo seré muy feliz siendo el dirigente principal del despacho! Mi ego se verá por fin colmado de un gran éxito. Ganaré casi cinco veces más de lo que ahora me paga Fede; podré comprarme una mansión como esta si quiero; quizá hasta cinco autos, y derrocharé el dinero teniendo una vida que siempre quise, ¿te das cuenta, Sofía, de por qué me siento tan mal? Porque me apoderaré de todo lo que tiene tu marido. Tantos años de Fede trabajando día y noche, estresado, con desvelos, privándose de estar con ustedes, su familia; sacrificando su tiempo y sus energías, para que de pronto llegue yo y me quede con todo.

—No te sientas así, Aníbal, me duele oírte decir eso —musitaba Sofía sintiéndose atragantada.

—¿Te duele saber que soy un avaro, y que me regodearé de un éxito que a mí no me costó? Soy tan pretencioso, tan egocéntrico y tan narcisista, Sofía… Yo no construí su imperio, y sin embargo Fede está por coronarme como el emperador de todos sus bienes. No está bien, Sofi, no está nada bien. Me odio a mí mismo por sentir tanta vanidad.

Las piernas de Aníbal le temblaban, escalofriándole el resto de su cuerpo.

—No, no, lo que me duele es saber que te duele sentirte así —contestó Sofía con los ojos hinchados de tanto lagrimar. Su garganta la sentía tan inflamada como sus ojos, y por eso le costaba hablar—. No mereces sufrir, Aníbal. No le estás quitando nada a Federico. Él solito te lo está entregando para que tú lo administres y no nos dejes solas a Sol ni a mí. Tómalo como eso, como un derecho moral que te está entregando Fede por todo lo que has hecho por nosotros desde hace seis meses, desde que está desahuciado. ¿Ves? Es como un pago para ti. Has estado con nosotros cuando no era tu obligación. No tienes por qué tener remordimientos.

Aníbal jadeó, y entrecerró los ojos un par de veces.

—Viéndolo de eso modo, Sofía, creo que me siento mejor. Viéndolo desde esa perspectiva, creo que tienes razón, no debería de sentirme tan mal por tomar posesión de sus pertenencias.

—¿Ves? —contestó Sofía con una sonrisa de suficiencia—. Nunca más debes de sentir otra vez remordimientos por nada.

—Sí, sí… ufff. Así como lo planteas creo que tampoco debo de sentir remordimientos de estarte follando la boca como la puta que eres Sofía, Ahhh, Ahhh.

—¡Sí, síii, no tienes que sentir… re… mooor… diii… mient… ooos!

—Él me pidió que cuidara de ti, Sofía, que lograr distraerte por algunos momentos —le recordó Aníbal sujetando con una mano la cabeza de su amante sobre su verga, y amasando con la otra uno de los redondos y esféricos senos lechosos de Sofía.

—Y cómo lo has hecho, cabrón —intentó decir Sofía atragantándose con la enorme polla de su macho.

Cada vez que el glande tocaba la campanilla de su garganta, Sofía sufría arcadas y le salían lágrimas de los ojos. La hermosa hembra tenía corrido el maquillaje, el vestido lo tenía arriscado en sus caderas, y el sostén negro estaba a mitad de su cintura, dejando las dos grandes tetas de fuera.

Aníbal estaba sentado con las piernas separadas en el borde de la cama matrimonial donde dormía su jefe, que roncaba como oso atropellado, y Sofía yacía de rodillas frente a él, sobre la alfombra, saboreando con devoción de arriba abajo el glande y el tronco venudo de su descomunal herramienta como si la vida le fuera en ello.

Su boca estaba babosa y acuosa, le salía saliva y líquidos pre seminales por la comisura de sus labios, y el rojo intenso que había tenido antes en sus esponjosos labios ahora estaba desparramado en la circunferencia de su boca.

—Yo solo estoy cumpliendo lo que le prometí a tu marido… ¿verdad que estás feliz justo ahora, mientras me mamas la polla como la perra que eres?

—Uhhh. Gorg, gorg, gorg —respondió Sofía.

Al pasar el tiempo Sofía ya estaba completamente desnuda, a cuatro patas en su cama matrimonial. Su enorme culo estaba respingado y apuntaba hacia el falo de Aníbal, un tremendo instrumento que era el más gordo y largo que Sofía había visto en toda su vida. La polla brillaba hiniesta y mojada con el glande enrojecido rozando los pliegues hinchados y jugosos del coño de Sofía, después de tantas penetradas sin parar. Llevaban más de dos horas follando, las mismas que Federico llevaba dormido sin despertar.

—Y aún nos quedan más de quince horas, mi amor —gritó Sofía con voz sensual.

Desde hacía seis meses, Sofía y Aníbal cogían como perros en celo en cualquier parte de la casa de Federico; ya lo habían hecho en la sala, en la cocina, en los rellanos de la escalera, en el baño, en el jardín trasero, en el garaje, en la capilla personal que tenía la casa (porque la familia paterna de Federico era muy católica), en el sótano, en el desván, sobre la mesa, sobre la cuna de la niña (la habían tenido que reemplazar porque se había quebrado la segunda vez que lo hicieron allí). Habían profanado incluso los muros, cuando cogían parados y Sofía tenía que sostenerse sobre ellos (o cuando las corridas de Aníbal manchaban accidentalmente las paredes).

Pero eso sí, siempre fornicaban sintiendo respeto por Federico, externando mutuamente los remordimientos que les causaba tener que fornicar en detrimento de un moribundo. Se repetían una y otra vez, en cada orgasmo que Aníbal conseguía sacarle a Sofía con su lengua o con su verga, lo mucho que sentían tener que hacerle esto a Federico.

—Pero él debe de entender que una puta como tú necesita rabo, mi amor —la consolaba Aníbal mientras la montaba.

Incluso la primera vez que Aníbal le rompió el culo a Sofía (uno que ni siquiera su propio marido había estrenado), ambos convinieron no mirar por un día a los ojos de Federico. Ante todo tenía que haber respeto. El problema es que dejaron de mirar a los ojos a Federico desde entonces; porque sí, Aníbal se había vuelto adicto al culo de Sofía y ella no concebía tener una sesión de sexo desenfrenado sin que el amigo y empleado de su marido le dejara de meter su gorda polla por su estrecho ano.

Sofía a veces, solo a veces, se sentía bastante mal por traicionar de esa forma a Federico; sobre todo porque contabilizando esas sesiones de sexo que tenía con Aníbal se daba cuenta de que en apenas seis meses había follado casi el triple de veces con él de lo que lo había hecho con su propio marido en sus diez años que llevaban de casados.

—No te sientas mal, cariño —le dijo Aníbal a Sofía mientras le penetraba el chocho con fuerza—; nosotros no somos como otros amantes que hacen cornudo al esposo; nosotros sí nos preocupamos por él, además siempre lo respetamos. Cogemos solamente cuando él duerme, y lo hacemos justamente sobre su misma cama matrimonial para estar al pendiente de si sufre alguna crisis que merite hospitalización. ¿Te imaginas lo que pasaría si folláramos en otra habitación mientras él duerme, y que de repente le dé un infarto? Al menos aquí lo estamos viendo.

—Pero a veces se mueve y se estremece demasiado, Aníbal, y me asusta.

—Pero no tiembla su cuerpo a voluntad, putiSof; somos nosotros que estremeceos la cama mientras follamos como perros salvajes. Te he convertido en mi puta personal, aún si al principio te costó admitir que yo te gustaba y que querías sentir mi polla dentro de tu vagina y de tu hermoso culito. Pero pese a que eres mi puta personal, y yo tu adorado macho, ambos hemos sido buenos con el cornudito, ¿ves? Hasta le digo cornudito de cariño, y no puto cornudo lisiado de mierda.

—Es verdad, siempre lo has querido y respetado mucho, Aníbal, por eso te amo.

—Sí, putita mía. Otro en mi lugar te rompería el orto sin remordimientos, hasta llenártelo de leche mientras explotas en chorros orgásmico, mojándome mis huevos.

—Pero eso sí lo hemos hecho, papi rico; me has roto el orto mil veces y me lo has colmado de tu semen, haciéndome explotar en chorros orgásmicos que te mojan tus hermosas bolas.

—Pero lo he hecho sin malicia, putiSofi, ¿ves la diferencia? Otro en mi lugar le habría gritado a tu marido “mira cómo estalla el coño de tu puta mujercita, cornudo de mierda; mira cómo escupe chorros de líquidos sexuales mientras la taladro analmente, en tanto ella me suplica con voz de puta que no pare de perforarla, al tiempo que tú te estás muriendo como perro”.

—Es verdad, mi amor —respondió Sofía con una sonrisa diabólica—. Tú nunca le habrías dicho algo así, porque tú sí lo quieres y lo respetas.

—Igual que tú, mi amor, igual que tú lo quieres y lo respetas.

—Sí, porque si no lo quisiera me habría trepado a horcadas sobre su cuerpo inerte, aprovechando que está sedado con esas pastillas que lo mantienen dormido por horas, empinando mi culo directo a tu ancha polla para que lo penetres mientras pego alaridos de placer, cual zorra en éxtasis.

—Pero eso sí lo hemos hecho, mi putita; sí que te has trepado sobre el cornudito dormido, mientras yo te empotro salvamente y te doy riata mientras gritas de placer. Incluso has llegado mojar su ropita, y lo hemos tenido que cambiar para que cuando despierte no encuentre rastros de nuestra pasión desbordante.

—Sí, papito, ya sé que lo hemos hecho; pero nunca le he gritado “mira, cabrón cornudo, cómo me coge tu amigo y empleado mientras tú agonizas; mira cómo me hace su puta y me hace gritar de placer como tú nunca lo hiciste y ni lo podrás hacer jamás”.

—Tienes razón, zorra hermosa; jamás podrías decirle cosa semejante sabiendo cuánto lo adoras.

—Sí, lo adoro, tanto como adoro tu verga. Cómo me pone que me forniques así de rico; cómo me excita que me jales del cabello y me nalguees el culo mientras me gritas lo puta que soy.

Terminaron cogiendo en la posición de misionero, Sofía con las piernas sobre Aníbal, usando la panza de su marido como almohada, y Aníbal clavándola echado arriba de ella, mordiéndole los pezones, besándole el cuello y boca como un enamorado que pretende adorar a su diosa, y usando el índice derecho de su mano para acariciar en círculo su clítoris.

Sofía no paraba de gemir y gemir, y Aníbal no paraba de taladrar y taladrar, pero entonces, de repente, ante todo pronóstico, Federico despertó:

—¿Qué putas está sucediendo aquí? —gritó justo cuando Sofía explotaba en un orgasmo.

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Espero sus comentarios; son un aliciente para continuar escribiendo.

 

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