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Mi confesión (I)

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Contiene fantasías sobre ser cornudo, violación y demasiada introspección.

Siempre me ha invadido un sentimiento de culpa. Una dulce sombra que me acecha desde niño, donde me guarezco. Es la realidad que tomo intrépida para subvertirla.

Siempre he sido un ser patético. De crío el matoneo era pan de cada día: patadas, golpes, zancadillas y burlas por mi rotacismo. Esto siguió hasta mi agridulce adolescencia, cuando fui más consciente de mi condición.

En el bachillerato tuve algún que otro interés romántico, pero ninguno se concretó por inseguridad mía. Recuerdo cuando acepté de mala gana salir con unos compañeros de clase a una suerte de restaurante-bar. En la noche citadina, ellos pidieron cocteles y yo eso más un tentempié sofisticado. Frente a mí estaba uno de esos fugaces intereses.

Danna era una chica tímida, algo regordeta y no muy atractiva, pero dulce. Mis nervios me impidieron entablar conversación con ellos y mucho menos con Danna. Estaban en otro mundo; uno feliz, conectando.

Danna terminó saliendo con Esteban, el hijo de abogados con nariz de gancho y un buen futuro. No me bastó vencerlo en los exámenes estandarizados ni en el rendimiento académico: él siempre fue más feliz que yo.

Alguien de mi bajo linaje terminó labrando camino en la Escuela de Leyes. Pero continué sintiéndome ajeno a los equilibrados y risueños estudiantes de élite. Terminé transformando mi complejo de inferioridad en un fetiche por el cuerno consentido. Pero aquí lo gracioso, ¡esto sin nunca haber tenido pareja!

Pero pronto vino Sofía. La conocí en la misa en latín a la que asisto. Yendo a comulgar, me topé de improviso con ese gentil y delicado rostro, y unos ojos negros penetrantes que parecían tragarme debajo de ese velo.

Congeniamos pronto al asistir juntos y rezar el rosario cada cuanto. Tras unos meses se convirtió en mi amada.

Siempre hemos sido bastante recatados al tener en cuenta nuestras creencias. Pero el gusanillo seguía dentro de mí. Me la imaginaba saliendo con otros hombres a mis espaldas, siendo una traviesa por los callejones de esta Sodoma.

Ella vivía sola en un lujoso apartaestudio. Perfecto para mi perversa imaginación: invitaba a algún compañero de carrera, más fuerte y con mejor apellido que yo.

Ambos, en el sofá de la minúscula sala, comienzan a ojear manuales de anatomía, tratados y apuntes. Llegan a los músculos, y el chico pijo decide repasar la materia con mi novia.

El Adonis inventado comienza a pasarle sus venosas manos por sus piernas cubiertas por la larga falda. Sofía le reclama, pero el chico ignora su protesta y la besa sin parar mientes. La agarra de la nuca y muerde sus finos labios. Ella se resiste y esto empeora todo. El compañero empuja su lengua hasta el fondo de su boca hasta ceder. Tiene la mirada vacía, mientras él invade cada rincón.

Baja su mano y examina sus curvas. Aprieta su fina cintura, sus nalgas y sube para agarrarle un pecho. Siguen así por unos minutos hasta que se levanta, alza la falda y se acomoda entre las piernas de mi amada.

Sofía, como buena católica, es virgen. Y por supuesto que nunca piensa en anticonceptivos.

Empieza a desabrocharse el cinturón y quitarse el pantalón. Ella chilla, pidiéndole que pare; que se está guardando para nuestro matrimonio. Él responde deslizando sus bragas sin prisa, riendo con sorna como si jugara con su presa. La ropa interior termina rozando el piso, colgado de un talón.

Sofía le grita entre llantos, pero el himen se desgarra en unos segundos. Duele; las lágrimas de mi novia no paran. Él le roba otro beso mientras golpea el coño recién estrenado con sus fuertes caderas. Sin piedad, desgarra de un tirón el modesto vestido y descubre los senos que rebotan. En un impulso los azota con su palma abierta una y otra vez.

Se inclina y muerde los pezones de color rosa hasta hacerla gritar. Las tetas se cubren de esa saliva y Sofía solo puede sentir repulsión e impotencia.

El profanador suelta un rugido y anuncia que se viene. Sofía le suplica que afuera, por Dios. Un último gemido del hombre y procede a expulsar su semilla dentro. Sofía mira para abajo, perpleja. Él mantiene su polla por dentro; es más, la empuja cuanto más puede.

Ella le lanza unos golpecitos, lo patea e intenta empujarlo con sus piernitas. Pero él se mantiene inmóvil, asegurando que cada gota entre a su útero. Un minuto después, mientras Sofía llora desconsolada, finalmente saca su verga del húmedo y cálido agujero. Sale lustrosa y pasiva, trayendo consigo un hilillo espeso y rojiblanco.

Sofía queda rendida en el sofá, con el rostro lleno de saliva y lágrimas. Ensimismada, baja sus manos hasta su vulva y la sostiene, como si intentara frenar ese dolor. Al ver ese cuerpecito enrojecido por los azotes, el deshonor y el choque de la carne, el chico ríe y se viste. Va al baño a asearse y recoge sus cosas para irse.

Antes de abrir la puerta, saca unos cuantos billetes y los arroja sobre la mesita de café, al frente de Sofía en posición fetal. Con un rastro de chanza, le dice: "Toma, por si terminas preñada".

Este era el tipo de cosas que pensaba con mi novia en mente. Una mujer tan dulce y perfecta, ¿cómo podía pensar así de ella? Y con todo, me excitaba. Pero la culpa gana al placer, y pasé días sin salir de mi humilde apartamento. Ni siquiera me asomé a misa.

Llegó el día en que fue suficiente y Sofía comenzó a llamarme. Cada vez que miraba su nombre en la pantallita de mi móvil, no podía sino recordar todo eso. No contesté ninguna llamada. Preocupada, terminó pasando por mí. Hacía sonar el timbre y golpeaba la puerta de metal:

—¡David, contesta por favor!—, alcancé a escuchar—. ¡David!

Me levanté de mi catre y abrí despacio la puerta, revelándole una gran oscuridad.

—Pasa— le dije. Sofía se quedó pasmada, pero desestimó cómo estaba mi apartamento y me dio un abrazo. Apoyé mi cabeza en la de ella, llegando a oler su cabello. La apreté más fuerte cuando eso.

Abrí las persianas y la dejé pasar. Se sentó en el sofá y me preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?

—No, para nada. Pero no te preocupes, es algo con lo que siempre he lidiado.

—¿¡Cómo no me voy a preocupar, estúpido!? —me gritó—. ¿¡No sabes por lo que he pasado!? Desapareces por casi una semana, ¿cómo crees que me siento?

—Sí... Lo lamento, pero es algo que no debes saber.

—¿Por qué? —interrogó pasiva—. ¿T-Tienes a alguien más y por eso no me respondías? —titubeó; noté el tremor en su voz y por un momento pensé que rompería en llanto.

—¿Qué? No, espera. No es eso.

—¿¡Qué es entonces!?

—Mira... Es de esas cosas que no le cuentas a nadie, ¿sabes? Algo mío que no puede salir del pozo en que lo guardo.

Sofía se me quedó mirando, con esos ojos negros llenos de piedad. Ladeó la cabeza y frunció el ceño, intentando descifrarme. En un momento, me dijo con la voz más maternal:

—David, escucha. Sea lo que sea, debes saber que siempre estaré contigo. No me importa qué sea, pero tienes mi apoyo.

A mis 23, así comienza mi confesión.

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