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Primera vez infiel

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Soy Rodrigo, tengo 38 años y 12 de casado y 15 de relación con la que hoy es mi esposa. Soy un tipo de 1.81 de altura, complexión algo robusta, poco cabello, y decido ir ya rapado y uso una barba abultada. Mi esposa, María, es una chica chaparrita, aproximadamente 1.55, cintura delgada, pechos pequeños y firmes y un gran trasero que roba suspiros, rasgos asiáticos y cabello largo y negro.

Nuestra relación iba bien, nos casamos, tuvimos un pequeño niño y la vida fluía tranquilamente. Nuestra vida sexual fue activa de novios, como la de todos, supongo. Cuando nos casamos aún nos dábamos nuestras encerronas, al segundo año de casados tuvimos a nuestro único hijo y desde ahí, hasta la fecha, el sexo con mi esposa es escaso. Un buen mes es tener sexo dos veces. Su lívido se acabó y por más que insista ella simplemente no le interesa. Esto me ha traído a mí problemas de autoestima e inseguridad. Desde pensar que ya no le atraigo, hasta pensar que tal vez tenga a un amante por ahí que le satisfaga de formas que yo nunca pude. Y conforme pasaba más el tiempo ya no añoraba el sexo, sino la intimidad. Yo llegaba del trabajo y solo era saludarnos y platicar de temas económicos, escolares de nuestro hijo y problemas de sus familiares. Rara vez ella preguntaba y escuchaba lo que yo decía. A pesar de todo esto, nunca me paso por la mente meterme con otra mujer solo para satisfacer ese deseo sexual que tengo... hasta ese día.

Comenzó la pandemia, y conforme pasaba el tiempo en mi trabajo decidieron despedir a gran parte de la fuerza laboral

Entre ellos, yo. Esto en julio 2020, yo desesperado, en medio de una pandemia acudí a un amigo que trabajaba en una universidad para ver si había oportunidades. Me dio la mano y me consiguió un trabajo como profesor de primer semestre en la carrera de comunicación ahí en la universidad y al ser todo en línea fue ajustarse al cambio y preparar todo. Adelantemos a finales de 2021 y en la universidad donde yo daba clases se empezaron a hacer grupos híbridos, una cantidad asistía mientras la otra aún tomaba clases en línea. Ahí conocí a la maestra Carolina, 32 años, de 1.70, piel morena, cabello rizado y largo, labios carnosos, grandes ojos cafés, dos tetas de tamaño regular pero firmes, un culo normal también, pero de buen ver y unas piernas flacas y largas. Ella y yo comenzamos a llevarnos bien, platicábamos amenamente entre clases, almorzábamos juntos y se hizo una buena amistad con ella. Ella me contaba de su pareja, con la que tenía un niño y de la cual se quejaba debido a la falta de atención que el esposo ponía en su relación y solo estaba enfocado en su trabajo. Yo le contaba a ella de la falta de apego emocional que yo sentía con mi esposa y de cómo ya sentía perdido todo. Ambos éramos el paño de lágrimas del otro. Esto nos hizo acercarnos más y más. Nos mensajeábamos por celular, hablábamos por teléfono, íbamos al mismo gimnasio. Ya parecíamos novios, pero los dos hasta ese entonces teníamos bien marcado por nuestra moralidad, que nunca cruzaríamos esa línea.

Adelantemos la fecha hasta febrero de este año. En la universidad hicieron un evento del 14 de febrero para juntar fondos para la graduación de los que se graduarían de comunicación ese julio. Y hacían bodas ficticias y cobraban una pequeña cantidad para hacer una sesión de fotos. Caro y yo decidimos ayudar y nos ofrecimos. Hicimos nuestra sesión y cuando nos tomaban las fotos nos pidieron una foto como si estuviéramos a punto de besarnos. La hicimos, pero en los roces, lo cercano que estábamos el uno del otro, algo paso y los dos lo notamos y terminando la sesión, los alumnos siguieron con sus actividades y Caro y yo no podíamos dejar de vernos, la tome de la mano y poseído por el deseo nos metimos a un salón vacío al fondo de la escuela y nos besamos.

¡Que beso! Un beso que tal vez tenía tiempo ya cocinándose, ella mordía mis labios, yo quite una sudadera y su blusa rápidamente y tome sus dos pechos con fuerza, ella quitó mi cinturón y por encima del pantalón acariciaba mí ya duro miembro. Baje su pantalón y ella bajo mi zipper y saco mi grueso miembro de 15 cm y comenzó a masturbarme mientras no separábamos nuestras bocas. Con mi mano hice a un lado ese lindo calzón de encaje que llevaba y puse mi pene en la húmeda entrada a su cueva de placer. Me miró con cara de desesperación, los dos queríamos eso. Escapar de lo mundano de nuestras relaciones. Sentí cada centímetro de su vagina abrirse cuando introduje mi pene, sus jugos ya fluían y ella me abrazo fuertemente y mordió mi oreja, soltó un gemido que rápidamente apago con su mano. Yo tenía en ese entonces 6 meses sin haberlo hecho. No aguante mucho y avise la llegada de mi orgasmo. Cada embestida era un conteo regresivo para un tsunami de semen que inundaría su vagina. Nos besábamos, gemíamos y cuando ya no aguantaba más y estaba por salirme, me beso el cuello y al oído me dijo "dame tus mecos, no te salgas, papi" terminó de decir eso y un espasmo recorrió mi miembro, mis piernas perdieron fuerza y tuve un increíble orgasmo. Me vacíe completamente dentro de ella. ¡Que sensación! ¡El orgasmo, la intimidad, el sentir que le importas a alguien! Nos besamos unos minutos más y al final mi flácido pene salió solo. Nos vestimos y cada quien salió por su rumbo, para no levantar sospechas.

Terminó el evento y la lleve a su casa. Platicábamos como si nada hubiese pasado, camino a su casa, nuevamente me invadió la calentura y le dije "voy a tomar un atajo", el atajo era un motel. Ella me miró con cara de sorpresa. Entramos, pague, y apenas entre nuevamente nos fundimos en un riquísimo beso. Ella me tumbo en la cama y bajo mi pantalón, mi pene nuevamente duro asomó y ella sin pensarlo lo introdujo en su boca. Pasaba su lengua por lo largo de mi falo y se detenía y daba unos lengüetazos en mi glande y después lo metía de lleno hasta el fondo de su garganta, yo estaba cerca del orgasmo, pero no quería venirme en su boca, quería llenar nuevamente su vagina con mi leche. Me puse de pie y le despojé de toda prenda. Su vagina con escaso vello ya estaba húmeda, la tumbé sobre la cama y puse sus dos piernas contra mis hombros e introduje de golpe mi grueso pene. Ella dio un salto, de gemidos de dolor y placer se llenó el cuarto. Yo poseído por el placer que se me había negado por tanto tiempo, llevaba un ritmo frenético, el sudor ya bañaba nuestros cuerpos, me corrí dentro de ella nuevamente, pero no me importó, no detuve el ritmo y la puse de perrito y nuevamente con un ritmo frenético la embestí, era mía para hacer lo que quisiera. No queríamos hacer el amor ya, los dos deseábamos ese sexo duro y que sólo busca placer. "Ya! ¡ya! ¡Espérate, ya no puedo!" Fueron sus gritos, baje el ritmo, mi pene blanco, bañado en sus fluidos y en sus orgasmos, saque mi pene y un chorro de semen salió detrás de él. Me tumbe a su lado, nos dábamos dulces besos, su celular no dejaba de sonar, era su tía, que se encargaba de cuidar a su pequeño hijo. Se levanto y sus piernas temblaban, mientras contestaba la llamada, me puse de pie y la cargué, introduje mi miembro mientras ella hablaba con su tía. Tuvo un riquísimo orgasmo, orgasmo provocado por el riesgo de que su tía se diera cuenta que estaba siendo infiel. Que estaba disfrutando de un pene que no era el de su marido. La bajé en la cama y en lo que contaba a su tía como había estado el evento de la escuela yo me vine en su estómago. Siguió hablando unos minutos más, con sus dedos jugaba con mi semen en su estómago, paseándolo de un lado a otro. Colgó y me dijo "ya vámonos" con una cara de decepción, al no poder seguir nuestra sesión.

La dejé en casa de su tía. Esa fue la primera vez que fui infiel, no justifico mis acciones, pero esto abrió en mí una puerta que me ha llevado a liberar mi deseo sexual fuera de mi matrimonio y mi relación dentro del mismo ha mejorado. Al igual que mi autoestima y seguridad.

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