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Un relato medieval

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El sol caía con fuerza sobre el campo de cultivo. Ana, la hija mayor del matrimonio, de tez pálida, cabello pelirrojo y constitución delgada, sudaba profusamente mientras se agachaba una y otra vez para arrancar las hierbas que crecían entre las plantas. Su padre, de edad madura, trabajaba a su lado. Su madre, con fiebre, se había quedado en la choza, descansando en su cama, fiando su curación a un milagro. El matasanos, un joven que sabía escribir, la había visitado hace dos días, y había convencido a la familia de que una lavativa era el mejor remedio. La paciente, en su estado de debilidad, no había ofrecido resistencia mientras la desnudaban. Luego el médico había introducido un instrumento que Ana nunca había visto por el ano.

La familia pertenecía a una de las aldeas que rodeaban el castillo. Como casi todos allí, trabajaba para un señor feudal. Aquel día era especial y al acabar el trabajo, mientras almorzaban, padre e hija iniciaron una conversación.

—Hoy viene el nuevo señor a cobrar las tasas. —anunció el padre con voz profunda en la que se notaba un matiz de desasosiego.

—¿Pero Sir Walter? —preguntó Ana.

—Sir Walter ha fallecido. La herida de flecha se infectó y no se ha recuperado.

Ana miró con preocupación a su progenitor. Aquel verano la cosecha no había sido buena, apenas habían podido comprar comida y lo poco que tenían lo habían usado para pagar al curandero. La visita del nuevo señor feudal venía en el peor momento.

—Le voy a decir que no tenemos nada y que ya le pagaremos.

—¡Hija! Sé razonable, sabes que esa opción no existe. —la reprendió su progenitor.

La muchacha reflexionó. Su padre tenía razón, además, aunque el nuevo señor no fuese cruel, seguro que quería dejar clara su autoridad. No obstante, aun sabiendo esto, continuó insistiendo tozudamente.

—Pero padre, madre tiene que comer y recuperarse. Yo...

Su padre le propinó un bofetón que la dejó con la mejilla colorada. Ana devolvió la mirada desafiante. Su padre era un buen hombre, que solo quería lo mejor para todos y ella estaba desafiando su autoridad. Ya desde niña, su carácter había sido impulsivo y orgulloso, y en más de una ocasión su padre y su madre le habían calentado el trasero con la vara. De mayor, había podido irse, o casarse, otras lo hacían. Pero ella no quería dejar a sus padres, sin ella, no podrían trabajar lo suficiente para vivir con dignidad. Además, los chicos de las aldeas que había conocido le parecían demasiado toscos o directamente estúpidos. Ella quería algo más, aunque no sabía muy bien el qué y sobre todo el cómo.

La comitiva llegó a la aldea y pronto se dispusieron las mesas para llevar a cabo la recaudación. Sir Fernand, el nuevo señor, rondaba los 26 años, se le veía alto, fuerte y con una mirada de inteligencia que llamaba la atención. Todos los aldeanos sin excepción aguardaban en la plaza, observando la escena con respeto y, por qué no decirlo, temor a lo desconocido.

—Gracias por la recepción. Como sabéis, hace unos días la enfermedad se llevó a vuestro señor. Yo soy el nuevo propietario y hoy vengo ante vosotros para transmitiros dos mensajes. El primero, renovar el acuerdo que teníais. Trabajaréis para mí y a cambio os ofrezco protección en el castillo. Os prometo justicia y que todo el que siga las reglas no ha de temer nada. El segundo, es que estoy buscando un sirviente. Tengo hombres a mi alrededor que me sirven bien, pero necesito a alguien que se ocupe de temas personales. Bien, empecemos con los pagos para ponernos al día.

Uno de los soldados que le acompañaban sacó un listado y comenzó a leer los nombres que allí aparecían. El cuarto nombre era el del padre de Ana.

—Tenéis mujer e hija.

—Así es, mi mujer está enferma y no ha podido venir y esta es mi hija. —dijo.

—Eso es irregular, vuestra mujer debería estar aquí.

—Seguid. —dijo Sir Fernand, no quería retrasarse de manera innecesaria.

El soldado no insistió en el tema y fue directo al grano.

—Está bien según esto debéis...

El pobre hombre palideció al oír la cantidad que ya conocía, aquello significaba dejarles sin sustento durante días.

—Señor, no podemos abonar esa cantidad, mi madre está enferma y el curandero se ha quedado con parte de... —intervino Ana dirigiéndose directamente al nuevo dueño.

—No es asunto mío... además, como os atrevéis a negaros a pagar. No sabéis acaso que el incumplimiento del pago significa ser azotada públicamente.

Ana bajó la mirada. Su apuesta había salido mal y el castigo parecía inevitable.

—Soldados, prended al padre y dadle treinta latigazos.

—Señor, os lo suplico. Él no tiene la culpa si... si habéis de castigar a alguien es a mi... —dijo Ana tratando de ocultar el miedo que sentía.

Fernand la miró con cara de pocos amigos. Aquella chica era una desvergonzada, sin embargo era atractiva y valiente o quizás al revés, el hecho es que le había impresionado.

—Tembláis... —comentó el señor observando las manos de la joven.

Ana levantó la mirada y venciendo su nerviosismo respondió.

—Estoy dispuesta.

Los soldados la agarraron por los brazos, luego uno de ellos arrancó el vestido dejando la espalda de al aire, a continuación la ataron a un poste. El tipo que cobraba se acercó a su caballo y cogió un látigo.

Ana apretó los dientes anticipando el dolor.

—¡Esperad! —dijo Fernand acercándose a la chica.

—Decidme, ¿querríais trabajar para mí como sirvienta?

—Sí, señor. —respondió la joven con convicción.

—No creáis que servirme será fácil, os enseñaré a leer y escribir, pero estaréis completamente a mi disposición, os castigaré cuando cometáis el mínimo error y satisfaréis mis necesidades más básicas cuando así lo desee. Trabajareis duro.

—Lo sé, agradezco la oportunidad que me dais, solo os ruego que tratéis con benevolencia a mi familia y... bueno

—Ya basta, llego tarde, desatadla.

La muchacha respiró con alivio.

—No penséis que os habéis librado del castigo. —le susurró su nuevo amo al oído.

La sesión de pagos continuó y solo tuvo lugar un incidente. Un hombre recibió veinte latigazos por no abonar la totalidad de la deuda. Ana le observó en silencio mientras se retorcía con cada azote. No se hacía muchas ilusiones, se había convertido en una esclava y su nuevo amo no dudaría en hacerla sufrir, pero aprendería a leer y escribir y... bueno, al menos saldría de aquella vida y su señor le haría.

Se ruborizó pensando en ello, al menos aquel tipo no era como otros pretendientes. Razonaba y podría aprender cosas.

En el castillo, asignaron a Ana una pequeña habitación al lado de la de su señor. Luego aparecieron unas doncellas con un barreño lleno de agua e invitaron a la recién llegada a desnudarse para el baño. Después, vestida con ropas sencillas pero limpias, fue llamada a los aposentos de su señor, quien la miró con aprobación y le ofreció comida y bebida. Terminada la cena, Sir Ferdinand tomo la palabra.

—Es hora de vuestro castigo. Id a ver a la cocinera y decidla de mi parte que os dé el cubo con las ramas.

A los pocos minutos regresó Ana con el cubo.

—Bien, levantad vuestro vestido y descubrid el culo.

La joven obedeció. Su trasero pálido quedó expuesto, a merced de su señor.

—Tenéis un culo bonito, pero bastante pálido. Creo que un poco de color le vendrá bien. Inclinaos y no os atreváis a moveros o será peor.

Ana, con los nervios agarrando su estómago, se inclinó dejando el culo en pompa y apretó el esfínter.

Fernand sacó una rama mojada del cubo, la agitó en el aire y luego, golpeó las nalgas de su sirvienta.

En total, la vara mordió el trasero de Ana veinte veces. Las lágrimas resbalaron por su rostro al recibir el penúltimo impacto. Los glúteos escocían.

—Está bien, podéis cubrir vuestra desnudez, espero que hayáis aprendido la lección. Mañana comenzaréis las clases para aprender a leer y escribir.

Ana era lista y aprendía con facilidad. Comía con su señor la mayoría de noches y se encargaba de que todo estuviese en orden. No obstante, y a pesar de sus esfuerzos, cometía errores y día sí y día no, sus nalgas probaban la vara. Un día se quejó.

—¿Qué he hecho mal? Si queréis verme el culo no tenéis más que pedirlo, no hace falta que me azotéis.

—Os daré el doble por vuestra insolencia. —dijo su amo.

Terminado el castigo Fernand tomó la palabra.

—No os vistáis, venid aquí, vuestras posaderas están muy rojas y necesitareis un ungüento para calmarlas. Tumbaros sobre la cama.

Ana hizo lo ordenado. Las ásperas manos de su señor se movían con inesperada suavidad extendiendo la crema. Luego, sin avisar, uno de sus dedos encontró la entrada a su vagina y la exploró. Ana gimió.

De vuelta en su habitación pensó en lo ocurrido y se masturbó.

Un mes después del masaje, se celebró un banquete. Varios compañeros de armas y alguna que otra mujer acudieron a disfrutar del vino y las viandas. Avanzada la velada, los efectos del alcohol se hicieron notar, había carcajadas fuera de lugar, comentarios gruesos y mucho eructo. Incluso un tipo de prominente barriga, tuvo a bien dejar escapar alguna que otra ventosidad. Las criadas que atendían la mesa, tenían que aguantar las bromas y los tocamientos a discreción, una de las invitadas, sin modestia alguna, descubrió los pechos. Ana, fue invitada a comer. A su lado, se sentaba un hombre de largas barbas Sir Bart, amigo personal de su señor.

Al principio todo fue bien, incluso la chica pudo participar en la conversación cuando esta derivó hacia el mundo de la poesía. Sin embargo, borracho, aquel tipo ya no se mostraba tan civilizado y se encaprichó con la doncella. Ana aguantó algunos tocamientos, pero cuando el sujeto sacó el pene y empujó su cabeza para que lo chupase, se reveló empujándole. Sir Bart montó en colera y exigió que "aquella furcia" fuese desnudada y azotada. Ana, roja de indignación, estaba asustada y miró a su señor en busca de ayuda. Sir Fernand también estaba algo borracho, sin embargo simpatizó con la situación de la mujer y en un ataque más de celos que de caballerosidad, intervino.

—¡Basta! Ana, id a mis aposentos y esperadme allí.

Sir Bart protestó y exigió, pero Fernand no era de los que cambian de opinión.

El tiempo parecía pasar con inusitada lentitud mientras Ana esperaba la llegada de su señor. Aquel incidente era mucho más grave que otros y a buen seguro que la esperaba un castigo ejemplar. Estaba nerviosa, pero tenía que preparar una estrategia. Si algo tenía claro es que a su señor no le gustaban las medias tintas, las dudas. Diría la verdad y afrontaría lo que viniese.

Después de lo que pareció una eternidad, la imponente figura de Fernand apareció en la estancia. Ana se levantó en señal de respeto.

—Desnúdate.

La orden era clara y no dejaba lugar a la interpretación.

Ana, dócilmente, obedeció y quedó en cueros ante su señor.

Fernand observó el cuerpo desnudo que tenía ante él y su miembro bajo las calzas ganó en tamaño.

—¿Qué voy a hacer con vos? Tendría que azotaros por el bochorno. Decidme que se os pasó por la cabeza.

Ana tragó saliva, pero aguantó la mirada de Fernand y respondió sin dudar.

—Vuestro amigo se propasó conmigo. Aguanté que me tocase el culo y las tetas, atribuyendo el comportamiento al alcohol, pero lo de chupársela fue demasiado.

—¿Me la chuparíais a mí? —respondió Ferdinand pillándola por sorpresa.

Ana observó un prominente bulto en los calzones de su señor.

—Tenéis una erección. —dijo sin pensar.

Ferdinand dibujó una sonrisa difícil de interpretar y luego, rompiendo el encanto del momento dijo.

—Inclinaos sobre la cama.

Ana obedeció. Aquel hombre la iba a pegar de nuevo. La joven apretó el culo.

Su señor se acercó y arrimó su cara al de ella. Cuando habló el olor a vino llegó a la nariz de la chica.

—Relajaos. Necesito que estéis menos tensa para follaros. —susurró en su oído.

El rubor tiñó de rojo las mejillas de la doncella y una corriente se adueñó de sus partes íntimas.

Aguardó.

De repente notó como las manos de su señor separaban sus nalgas y la punta de un pene cálido y palpitante se abría hueco en su interior.

La envestida, aunque esperada, la pilló por sorpresa. Dolía.

Luego llegó un segundo y un tercer empujón y el dolor se transformó en placer. Ana gritó y se sorprendió a si misma pidiendo más en voz alta. Su señor le dio más. El sonido de los huevos chocando con el culo se unió a una sucesión de jadeos, gemidos y palabras incomprensibles. En pleno proceso, Fernand acompañó los empujones con nalgadas a discreción. Hasta que tras una última penetración, sacó el pene del interior de la joven y dejando caer su cuerpo sobre el de ella, eyaculó.

Luego puso a Ana boca arriba, se tumbó sobre ella y la beso en la boca. El sabor a alcohol no era agradable, sin embargo, cuando las lenguas se encontraron y el intercambio de saliva tuvo lugar, la combinación se convirtió en algo adictivo y Ana tuvo el primer orgasmo de su vida. En aquel momento, nada podía detenerla.

Cuando su señor se levantó, Ana observó el miembro del que pendía un hilo de semen. Luego miró a Fernand.

—Deseáis que me encargue de vuestro pene.

—Pero no decíais...

—Es vuestro miembro señor, yo solo tengo ojos para vos...

El caballero asintió y Ana, abriendo la boquita, introdujo el falo de aquel hombre en ella y comenzó a chuparlo con pasión.

Fernand apretó el culo y gimió notando las atenciones de su sirvienta.

Los meses pasaron. Si bien, alguna vez Ana tuvo que enfrentarse a la vara, en la mayoría de las ocasiones, incluso tras portarse mal, el resultado era una sesión de sexo sin tabús. Fernand aprendió a confiar en Ana que, día a día, aprendía nuevas cosas. Pronto sus opiniones empezaron a contar.

Un buen día, mientras ambos yacían desnudos sobre la cama y Ferdinand jugaba con los pezones de las tetas de Ana, la mujer formuló una pregunta.

—¿Me queréis?

Ferdinand se detuvo, la miró durante un rato y luego dijo.

—¿Querríais casaros conmigo?

—Sí. —respondió la joven.

La boda fue celebrada con alborozo por todo el mundo. Ana, que tenía cabeza para los números, se encargó de administrar las aldeas desde ese momento en adelante. Al principio algunos trataron de aprovecharse de la situación, pero pronto se dieron cuenta de que la nueva esposa de Fernand no se andaba con tonterías. El principio de autoridad era innegociable y aquellos que osaron rebelarse probaron el látigo. Sin embargo, fruto de las reformas, las cosechas crecieron y los beneficios para nobles y campesinos aumentaron. Se instauraron fiestas para que los aldeanos disfrutasen, hubo avances en educación para aquellos que valían para ello, un matasanos controlaba la salud de los aldeanos con chequeos mensuales y se instauraron leyes contra el abuso.

—Vos sois el padre de Elisa ¿verdad? —interrogó Ana a un aldeano.

—Así es. —respondió este.

—Se comenta que la castigáis con frecuencia. Azotes, bofetadas, incluso habéis llegado a marcarla con hierro incandescente.

—Es mi hija y si se porta mal mi deber es educarla.

—Y estáis en lo cierto. Nadie os impide usar el castigo corporal para corregir, pero vuestra hija nos cuenta que lo vuestro raya la tortura. Elisa, ¿qué tenéis que decir?

La muchacha, muerta de miedo, sentía la mirada amenazante de su progenitor. La señora parecía amable y justa, pero después ella tenía que volver a casa y allí estaría bajo la autoridad de su progenitor.

—¿No decís nada? Venid conmigo.

Ambas mujeres entraron en una habitación.

—No temáis, estoy aquí para protegeros. Pero necesito vuestro testimonio. Quitaros la topa.

La joven se desnudó. Las nalgas tenían un color violáceo a causa de los golpes, los muslos presentaban quemaduras y bajo una teta tenía una marca hecha con hierro. Ana quedó impresionada.

—Esto se tiene que saber. Sé que la vergüenza es grande, pero, ¿podemos enseñar esto a la asamblea?

La chica se ruborizó, pero aceptó finalmente. Su padre la iba a pegar de todos modos y no creía que la fuese a matar. Ana volvió a la sala en compañía de la joven, y allí, en frente de todos, mostró las heridas infringidas.

—Esto es inadmisible. Aquí los únicos que tenemos derecho sobre todos somos mi marido y yo. ¿Está claro? Esta chica se viene conmigo, servirá en mi castillo.

—Es mi hija, yo me encargo de... —intervino el padre.

—¡Cómo os atrevéis a hablarme de esa manera! —espetó furiosa Ana.

—Soldados, prendedle y preparar el hierro candente.

Los soldados sujetaron al desdichado aldeano.

Su hija, fue a hablar, pero Ana la mandó callar.

—Marcadle las nalgas.

El hombre fue obligado a ponerse a cuatro patas. Un soldado se puso encima mientras otros dos sujetaban sus piernas. Un cuarto llegó, le bajó los calzones descubriendo un culo peludo y mandó traer el hierro al rojo vivo. El hombre se meó encima antes de que marcasen su nalga derecha con el hierro haciéndole aullar de dolor. Luego le marcaron la otra y le dejaron ahí. Al dolor se unía la humillación.

—Desapareced de mi vista antes de que me arrepienta y ordene que os azoten.

Elisa pasó a vivir en palacio y se hizo amiga de Ana. Un año después conoció a Fred, uno de los chicos que cuidaba los caballos y se enamoró. Hicieron el amor en el pajar. Una vez les pillaron, pero Fred, valientemente cargó con las culpas. Ana deseaba perdonar al chico, pero eso no hubiera sido justo, así que ordenó que le azotaran, eso sí, diez latigazos serían suficientes. Después del castigo permitieron a Elisa que pasara las noches con Fred con el pretexto de cuidar de las heridas. Huelga decir que entre los cuidados se incluyeron besos, caricias y mucho sexo.

Pasados los años, la fama y nombre de Ana, llegó lejos y aunque la historia haya convertido en leyenda su vida y algunos duden de la veracidad de lo aquí contado. Yo, que recogí el testimonio de los protagonistas, dejo este relato para que futuras generaciones sepan lo que ocurrió.

Anno Domini 1456

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