Eran las tres de la mañana del primero de enero de 1987 cuando entre a la guardia del Hospital local con Diego colgado de mi hombro, tapándose el ojo derecho con una servilleta ensangrentada. Afuera, los fuegos artificiales todavía explotaban sobre el cielo y desde alguna casa cercana llegaba el eco de música animada que alguien ponía para seguir festejando.
—Puto, ¡Corcho de sidra! —gritaba Diego, entre risas histéricas y dolor.
—¡Me pegó justo en el ojo, boludo!
Ambos con 21 años y bastante entonados, golpeamos la puerta de la guardia y nos recibe una joven enfermera.
—¿Jorge? —Dijo ella, y sus ojos me reconocieron antes de que yo pudiera saludar, era Soledad, mi prima mayor.
Tenía 23 años, residente de enfermería, le toco guardia desde el 30 de diciembre, hasta el 01 de enero a las 06.00. No compartimos el brindis de fin de año, donde la parentela se juntaba.
—Te manda saludos la abuela— dije, tal vez para disimular el estado y solo sonrió, mientras hacía pasar a mi amigo, al box de curaciones. Mi prima era baja —1,60 metros—, pero con un cuerpo que la hacía parecer más grande: setenta kilos distribuidos en curvas que su uniforme blanco no lograba disimular. Su pelo marrón caía en rulos desordenados hasta los hombros, y su boca —carnosa, siempre entreabierta—brillaba en la noche de año nuevo.
—Espera afuera, que me tocó la peor guardia del año —dijo, mientras revisaba el ojo de Diego. —¿Qué hicieron, idiotas?
—Brindis —respondí, sintiendo que la borrachera se me pasaba de golpe con su proximidad. Soledad negó con la cabeza, pero sonreía. Esa sonrisa suya, perezosa, que siempre había significado que estaba tramando algo.
Diego necesitaba puntos. El corcho de sidra le había cortado el párpado y había que limpiar la herida. Mientras Soledad preparaba el material, yo llamé a los padres de Diego desde el teléfono de la guardia —uno de esos aparatos de disco que todavía existían en 1987, tras una larga odisea para encontrar las fichas— y les expliqué que no era grave, que estaban atendiéndolo, que no se preocuparan y que vinieran a buscarlo. Cuando colgué, me di cuenta que los “amigos” que nos llevaron al Hospital se fueron. Yo esperé afuera, sentado en un viejo banco de madera dormitando de a ratos hasta que luego del tiempo prudencial los padres se llevaron a Diego, con el ojo vendado, una historia épica para contar y la promesa que me iba a pagar “la birra de por vida” por haberlo acompañado.
La guardia del Hospital estaba heavy y me dice mi prima no me haces un café o mate para mí y mi compañera, haciéndome pasar al kitchenette. Verla así, tan dinámica, resuelta y con aplomo, me dejo en pausa. La había visto crecer, claro. Éramos primos y siempre era la nerd. Pero esa noche, con 23 años y el uniforme blanco y diligente, me pareció alguien completamente diferente. Me saco de mis cavilaciones un doctor veterano que me pregunto quién era y cuando le iba a contestar, mi prima le dice quién soy y secamente le dice “acá no puede estar”. Cuando salí me dijo, “date una vuelta por el centro, hace tiempo primito y acompáñame a casa luego que salga de la guardia”. Sali a dar unas vueltas, hice tiempo y a las seis de la mañana, estaba firme como Granadero.
—Pense que no volvías —me dijo y la compañera, una simpática morocha dice “esos son caballeros”, la mire pasar con atenta mirada y mi prima me volvió a la realidad. Se había sacado el gorro de enfermera y los rulos le caían sobre la frente sudada. Me miró con esos ojos penetrantes. Durante un segundo pensé que se iba a reír de mí, que me iba a decir que era un nene travieso.
—Vamos que hay que caminar y esto viene cada vez más pesado.
La pensión donde vivía (desde que hacia la residencia) estaba a diez cuadras del hospital, en una casa “chorizo” que era residencia de estudiantes desde hace unos años. Cuando llegamos, el sol estaba a full y desde adentro salía música.
—Hay baile —dijo Soledad, deteniéndose en la puerta. —Los dueños hacen joda siempre que se puede— ¿Querés pasar?
No tenía ganas de volver a mi casa todavía. Mi vieja sabía que estaba con Diego y que probablemente dormiría en su casa. Tenía tiempo.
Soledad me agarró de la mano. Fue un gesto casual, casi fraternal, pero el contacto de su piel contra la mía —sudada, cálida—activó un mecanismo primitivo. Me llevó adentro, entre mesas improvisadas con restos de comida, gente bailando todavía con ropa de fiesta, y el olor a cerveza caliente y perfume barato que caracterizaba a los años ochenta.
—¡Sole! —gritó un chabón desde la barra de emergencia —¡Feliz año!
—¡Feliz año! —respondió ella, y me presentó como “mi primo Jorge” a media docena de personas que no iba a volver a ver en mi vida.
El baile era caótico. La música —una mezcla de rock nacional, cumbia santafesina y cuarteto cordobés —sonaba fuerte. Sobre todo el “tunga tunga”, para Soledad era su ambiente. Fue a su pieza, se cambió y volvió preparada “pa la guerra”. Una camisa con volados bien ajustada que dejaba ver la forma de sus tetas y unos jeans que marcaban un culo macizo y sin mediar palabra, me arrastró a la pista.
Bailamos. Yo no sabía bailar bien pero Soledad me guiaba. Su cuerpo de 1,60 metros, carnoso y compacto, se movía contra el mío con una familiaridad que no teníamos. Sentí su perfume —algo dulce, frutal —y sus manos en mi cintura, y el instinto crecía.
Bailamos hasta que la gente empezó a irse, arrastrando sillas, saludando con besos en la mejilla, dejando vasos sucios sobre las mesas. A las ocho, éramos casi los últimos.
—Ayudo a acomodar —dijo Soledad a los dueños, una pareja de cordobeses que no paraban de reír y poner cuartetos del año e ñaupa —Vayan, vayan, yo cierro.
Me miró —Esperáme en mi habitación —dijo, y su voz había cambiado. Ya no era la voz de “mi prima Sole”, era otra cosa. —Es la del fondo, a la derecha. Tengo que llevarle un regalo a tu vieja, de paso vamos juntos al asado familiar del mediodía.
La habitación de Soledad era pequeña: una cama de una plaza, un escritorio con libros de anatomía y farmacología, una ventana que daba a un patio interior con un limonero. Olía a ella —a ese perfume frutal, a cigarrillos Virginia Slims y a mujer “en edad de merecer”. Me senté en la cama. Afuera escuchaba a Soledad riendo con los dueños, moviendo sillas, haciendo ruido de copas. Esperé diez minutos. Quince. Veinte y me dormí. Se quedó de pie frente a mí, en medio de la habitación, con la camisa de volados y esas tetas divinas, los rulos despeinados, los ojos penetrantes fijos en los míos.
—Gracias por acompañarme —dijo, y no era una frase casual. Se acercó. Se sentó a mi lado en la cama, cerca bien cerca. Yo me quise levantar y me dice — quedáte ahí, ya tenes 20 —dijo, y no era una pregunta.
—Sí. —Yo 23.
Guardamos silencio. Afuera, el árbol de granada se movía por el viento de enero.
—Nunca te di mucha bola —continuó ella, mirándose las manos. —Porque eras chico. Pero ahora… —levantó la vista—. Ahora estas alto y fuerte. Y mi compañera de guardia te quería comer y me dio celos…
—¿Eh? —Soledad no respondió. Se inclinó y me besó.
Fue un beso de mujer, con lengua que sabía qué hacer, con labios carnosos que se moldeaban a los míos, con una mano que subía por mi pecho y se detenía en mi cuello.
Me apretó suavemente sobre la cama. Ella se acomodó arriba mío, sin dejar de besarme, y sentí su cuerpo entero contra el mío. Sus pechos contra mi pecho, su vientre contra mi vientre y dijo: Alguien está despierto.
Y sin rubor, saco mi herramienta de su lugar y comenzó una mamada de película y yo gemí como un idiota, sin poder contenerme.
—Shhh —susurró ella al oído. —Los viejos todavía están en la cocina.
Se incorporó. Se sacó la camisa, revelando un corpiño blanco de encaje que contrastaba con su piel morena. Sus pechos eran grandes, redondos, con venas azuladas visibles bajo la piel. Se inclinó sobre mí y me ayudó a sacarme la remera.
—Mirá esos hombros —dijo, acariciando mi torso. —Tenés cuerpo de hombre ya. Sus manos terminaron de bajar mi pantalón y los suyos y su boca carnosa siguió envolviéndome, Grité. No pude evitarlo. Ella levantó la vista, rio contra mi piel, y siguió. Su lengua dibujaba círculos, sus manos acariciaban la base, y yo sentía que me moría, que explotaba, que alcanzaba algo que no tenía nombre. Y su concha caliente me frotaban las piernas. Cuando estaba al borde, ella se detuvo.
—Todavía no —dijo, y se levantó. — Como me veo —Hermosa, le dije. Su cuerpo de veinte años, carnoso, real, con celulitis en los muslos y estrías en los costados de los senos, era tan reales como la magia del momento.
—Vení —dijo, y se tendió en la cama y se puso abajo y yo realice un movimiento de circo y me tomó de la cintura, me posicionó entre sus piernas, y cuando entré hasta el fondo, ambos gemimos.
—Despacio —susurró ella, con los ojos cerrados. —Así. Sí. Ahí.
Ella movía las caderas con un ritmo que yo no controlaba, que ella marcaba. Sus manos se agarraban de mi espalda, sus uñas se clavaban, sus rulos se extendían sobre la almohada como un halo marrón.
—Más rápido —pidió, y obedecí. —Así. Sí. Jorge…
Escuchar mi nombre en su boca, en ese momento, fue demasiado. Sentí que me venía, que no podía detenerlo, que explotaba dentro de ella con una fuerza que me dejó sin aliento, sin fuerzas, sin nada.
Soledad me abrazó mientras yo temblaba sobre ella
—Shhh —dijo, acariciando mi pelo revuelto. —Está bien. Está bien.
Me enseñó a tocarla, a encontrar el lugar exacto donde ella gemía más fuerte, a usar mis dedos con la paciencia que yo no había tenido. Vi un orgasmo potente, con los ojos cerrados, la boca abierta y el cuerpo arqueado. Me sentí macho alfa, cazador que ha conquistado.
Lo que siguió fue intenso, al mediodía nos duchamos juntos y fue espectacular, en el baño compartido del pasillo dimos una exhibición porno, hasta que sentimos que golpeaban la puerta, entre risas y caras rojas salimos a cambiados rumbo al asado familiar.
—Tu pelo —dijo ella, riéndose, y trató de acomodarme los mechones revueltos con sus manos. —Estás despeinado.
—Siempre estoy despeinado.
—Ahora más.
Caminamos juntos hasta la parada del taxi. No hablamos mucho. No había mucho que decir. Éramos primos, éramos amantes de una mañana de enero que quizás nunca más se volverían a encontrar.
—Tu vieja se va a dar cuenta —dijo Soledad, de pronto.
—¿De qué?
—De que estás diferente. De que me mirás diferente.
Me encogí de hombros. No me importaba. En ese momento, con el sabor de ella todavía en mi boca y el recuerdo de su cuerpo bajo el mío, no me importaba nada.
El asado familiar fue en casa de los abuelos, en un barrio semicentrico. Llegamos juntos y contamos como llegamos juntos, del corchazo de Diego, de lo pesado de la guardia, de mi caballerosidad, del compartir con los dueños de la pensión y de nuestra larga charla sobre la familia que nos trajo hasta acá. Nadie sospechó nada. Éramos primos, éramos familia, éramos invisibles para el escrutinio de los adultos.
Nos vimos una vez más, en febrero, antes que volviera a la Facultad. Fue en la pensión de nuevo, una tarde de domingo en que ella no tenía guardia. Hicimos el amor con la luz del sol entrando por la ventana, sin prisa, sabiendo que era el final.
A veces, cuando veo una enfermera de guardia en alguna serie de televisión, pienso en ella. En la prima mayor que me enseñó que el deseo no conoce de parentescos ni de horarios ni de lugares apropiados. Que el deseo simplemente es, y arde, y consume, y deja cenizas que a veces —solo a veces— se vuelven recuerdos hermosos.
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mmm… dicen que con la prima hasta que gima, y si son primas hermanas con más ganas!
Lindo relato!
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