2012. Noviembre. Las hermanas

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El hotel olía a ciprés y a cafés recién hechos. Era setiembre de 2011, aunque yo no sabía entonces que ese fin de semana cambiaría mi vida para siempre. Me llamo Jorge, tengo 43 años, y esa mañana me presenté en una conocida Conferencia Internacional de Psiquiatría y Psicología Aplicada como especialista en Gestión y Administración Institucional.

Mi pelo negro ya casi domesticado aún me daba un aire desaliñado que contrastaba con mi traje azul marino. Divorciado y sin pareja fija, había aprendido a navegar entre la gestión institucional, el mundo académico y mis noches de musicales en bares de Buenos Aires.

Fue en el coffee break de la mañana cuando la vi por primera vez.

Valeria estaba de espaldas a mí, discutiendo con una mujer de pelo castaño claro y vestimenta estrictamente blanca. La psicóloga —lo supe después—medía un metro sesenta y nueve, con un cuerpo esculpido por años de yoga dinámico y tetas operadas, que se movían con una naturalidad sorprendente bajo su blazer color mostaza. Su pelo corto, renegrido y despeinado intencionalmente, enmarcaba un rostro de facciones suaves, aretes circulares gigantes en sus orejas, collar triple en su garganta y ojos claros que brillaban con una inteligencia casi agresiva.

—Francisca, no me vengas con el discurso de la medicalización —escupió Valeria, dando un sorbo a su café—. La psiquiatría tradicional sigue siendo un corsé para la mente.

La otra mujer —su hermana mayor, comprendí más tarde—se mantenía rígida, estructurada, como si cada fibra de su ser hubiera sido diseñada para contener emociones. Supe después que Francisca, psiquiatra de treinta y ocho años, era soltera, sin hijos, sin relaciones que ella reconociera, llevaba el blanco como armadura y el negro como amenaza. Su cuerpo normal, de metro setenta y uno, se mantenía en una postura que evocaba a las columnas griegas: recta, imperturbable, fría y me llamo la atención lo ceñido de su pañuelo blanco en el cuello.

—Y tu enfoque humanista sigue siendo un parche para quienes temen la profundidad de la química cerebral —respondió Francisca, ajustando sus gafas de montura fina.

Me acerqué por pura curiosidad. El mundo académico está lleno de estas rivalidades, pero algo en la tensión entre ambas me resultó… eléctrico.

—Disculpen —intervine, extendiendo mi mano—. Me llamo Jorge, especialista en gestión y administración institucional.

Valeria se giró primero. Sus ojos claros me recorrieron de arriba abajo con una intensidad que me desarmó. No era una mirada de evaluación profesional; era algo más visceral, más antiguo.

—Valeria, psicología clínica. Y ella es mi hermana, Francisca, que cree que las personas son formulas químicas andantes.

Francisca me miró con reserva, pero algo en su pupila dilatada, delataba un interés contenido. Su apretón de manos fue breve, casi clínico, pero noté el pulso acelerado en su muñeca.

—Un placer —murmuró, y su voz tenía una profundidad inesperada, como si raramente usara ese registro.

Durante los días siguientes, las observe. Valeria, llegaba tarde a las charlas con el pelo mojado, con el aroma del sexo aún impregnado en su piel, sus aretes circulares gigantes y su collar triple, viejos símbolos de la esclavitud y sumisión. Pero era Francisca quien me atraía con un magnetismo que no lograba explicar. Su rigidez, su ropaje monocromático, su forma de cruzar las piernas en ángulos perfectos de noventa grados, su pañuelo ajustado al cuello, que para mí, eran luz verde de avance. Había en ella una tensión sexual reprimida.

Nos cruzamos en el bar del hotel la tercera noche, antes de partir al día siguiente. Ella estaba sola, leyendo un “paper” sobre esquizofrenia refractaria, con un whisky que apenas si tocaba.

—¿Su hermana siempre la provoca así? —pregunté, tomando asiento sin invitación.

Francisca levantó la vista, y por primera vez vi algo que no fuera control.

—Valeria busca mi atención desde que tenía cuatro años —dijo, y su voz tembló apenas—. Solo que ahora usa la psicología como excusa.

—¿Y usted se esconde tras la psiquiatría?

La pregunta hizo que sus ojos claros se humedecieron, y por un instante vi a la mujer detrás del traje blanco: sola, anhelando ser vista, tocada, deshecha.

—No sé a qué se refiere —mintió.

Me incliné hacia ella. Mi experiencia como músico me había enseñado a leer los silencios, los gestos mínimos, las respiraciones suspendidas.

—Creo que sí —susurré.

Francisca me habló de su soledad, de cómo la profesión la había consumido, de cómo el único contacto humano que conocía era el clínico, estéril, controlado. Yo escuché, y en mi escucha encontró un oasis que no sabía que necesitaba. Y así, llegamos a mi habitación y comenzó un romance que ella vivió con la intensidad de quien descubre el agua tras años de sed. Francisca se entregó con una pasión contenida durante décadas, que una vez liberada, resultó voraz.

La mujer de blanco se deshizo en gemidos que parecían arrancados de lo más profundo de su ser. Descubrí que bajo la rigidez se escondía una piel hipersensible, un cuerpo que respondía al menor estímulo con espasmos incontrolables.

De vuelta a Buenos Aires, nos encontramos tres semanas después, en mi departamento de Palermo. Habíamos cenado en un restaurante japonés, y ella había bebido sake y no estaba acostumbrada. Sus mejillas tenían un rubor que contrastaba dramáticamente con su usual palidez controlada.

Cuando cruzó el umbral de mi casa, Francisca se detuvo como si hubiera entrado en territorio prohibido. Sus ojos recorrieron los estantes con partituras, los instrumentos esparcidos, la cama deshecha que divisaba desde el living.

—Nunca había estado en casa de alguien así —confesó, y su voz era casi un susurro.

—¿Así cómo?

—Desordenada. Viva.

Me acerqué a ella lentamente, dándole tiempo de retroceder. Pero Francisca no se movió. Cuando mis manos encontraron su cintura, sentí que temblaba bajo la tela de su camisa blanca, siempre blanca, como si fuera su segunda piel.

—Podemos solo hablar —dije.

Ella negó con la cabeza, y sus ojos se cerraron cuando mis labios rozaron su cuello. El gemido que escapó de su garganta fue sorpresa pura, como si no reconociera su propia voz, mientras le quitaba el pañuelo ceñido.

La desvestí con la paciencia de quien desarma una bomba. Cada botón de su camisa revelaba piel que parecía no haber visto el sol en años, una blancura casi translúcida. Cuando sus tetas quedaron al descubierto —naturales, de tamaño mediano, con pezones de un rosa pálido que se endurecieron al contacto del aire—Francisca cruzó los brazos sobre su pecho en un gesto instintivo de protección.

—Eres hermosa —dije, y aparté sus manos suavemente.

La llevé a la cama y la recosté sobre mi colcha azul oscuro. Su cuerpo se mantenía tenso, las piernas cerradas, la respiración agitada. Me desvestí frente a ella, dejando que me viera: mis kilos de más, mi pene ya erecto que ella miró con una mezcla de temor y fascinación.

Le quité los zapatos de tacón bajo y masajeé sus arcos hasta que escuché un suspiro de alivio. Subí por sus pantorrillas, besé el interior de sus rodillas donde la piel era más suave, mordisqueé los muslos que ella mantenía apretados.

—Abrete Sésamo —susurré contra su piel.

Cuando finalmente separó las piernas, descubrí que estaba empapada. Su humedad había traspasado la tela de su ropa interior de algodón blanco, creando una mancha oscura que me excitó profundamente.

La penetré con los dedos primero. Se aferró a mis hombros, las uñas clavándose en mi piel, mientras yo movía la mano en un ritmo lento, buscando el punto que la haría perder el control.

—Ahí —gimió cuando encontré su punto G. Su cuerpo comenzó a moverse contra mi mano, una danza involuntaria que ella no podía controlar. Los sonidos que salían de su boca eran una mezcla de gemidos y sollozos, como si el placer fuera demasiado intenso para procesarlo.

Cuando la penetré, lo hice en una sola embestida lenta, sintiendo cómo su cuerpo se abría para recibirme. Francisca arqueó la espalda, sus tetas presionando contra mi pecho, y sus ojos se abrieron ampliamente.

—Mírame —ordené—. No cierres los ojos. Quiero verte.

Durante todo el acto, nuestras miradas permanecieron enlazadas mientras yo movía las caderas en un ritmo que empezó pausado y se fue acelerando. Su orgasmo la tomó por sorpresa; sentí cómo su vagina se contraía alrededor de mí en espasmos violentos, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda, cómo un grito ronco escapaba de su garganta.

No me detuve. Cuando llegué, lo hice con un gruñido que parecía arrancado de lo más profundo de mi ser, derramándome en su interior mientras ella me abrazaba con una fuerza que me sorprendió.

Siguieron los encuentros y yo en estado zen, de a ratos creía que tal vez volvería a la estabilidad emocional. Un día, en un bar cercano al trabajo veo acercarse a una figura conocida. Valeria se sentó sin pedir permiso y con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, me dice:

—Sé que estás con mi hermana —dijo, sin preámbulos—. Y quiero que sepas que me alegro. Ella lo necesitaba.

—¿Y vos? —pregunté, sintiendo que había más detrás de sus palabras.

Valeria se mordió el labio, un gesto que en ella parecía calculado pero que detecté como genuino nerviosismo.

—Tengo algo que no puedo contarle a nadie. Algo que me consume.

Comprendí al instante, que la calma antecede al huracán y no me equivoque.

Sin decir agua va, me habló de Marta, una psiquiatra de cincuenta y dos años, casada, con dos hijos, que la consultaba por depresión leve. Lo que había empezado como transferencia positiva se había transformado en un affaire clandestino que ya llevaba ocho meses.

—La veo en mi consulta los martes. Y después, cuando el último paciente se va, ella se queda. Cerramos la puerta con llave, y en mi diván de cuero negro… Se detuvo, evaluando mi reacción. Yo escuchaba, fascinado, por la imagen de esta mujer de vida tan diferente a la de su hermana.

—Marta es diferente a lo que imaginas —continuó Valeria—. Es sumisa. En su vida profesional es autoritaria, fría, exactamente como mi hermana. Pero cuando está conmigo, se deshace. Quiere que la domine, que la use, que la haga sentir. La voz de Valeria había bajado a un susurro conspiratorio. Había en ella una excitación evidente al describir estas escenas pero un silencio grave que sabía que estaba fuera de su línea ética (como si no la hubiera pasado).

—La tomo desde atrás, en el diván, con su ropa de médico todavía puesta. Le subo la falda, le bajo el culotte y entro en ella sin preliminares. Ella lo prefiere así, duro y rápido, sin miramientos. Grita contra el almohadón para que no la escuchen en el pasillo.

Sentí que mi cuerpo respondía a su relato. Valeria lo notó, y una sonrisa genuina iluminó su rostro por primera vez.

—¿Te excita? —Preguntó, y su mano encontró mi muslo bajo la mesa—. ¿Imaginarme con otra mujer? ¿Dominándola?

—Me excita tu honestidad —respondí, y era verdad.

Su mano subió por mi muslo hasta encontrar mi erección, que palpó a través de la tela de mis pantalones.

—Marta no es el problema —susurró Valeria, acariciándome con movimientos lentos—. El problema es que cuando estoy con ella, pienso en mi hermana. Cierro los ojos e imagino que es Francisca la que está bajo mí, quejándose, pidiéndome más.

Retiré su mano suavemente. No estaba dispuesto a ser un sustituto de su obsesión.

—Si querés a tu hermana —dije—, el camino no es a través de mí, habla con ella o no sé, ni quiero saber.

Valeria me miró con una mezcla de frustración y admiración.

—Sos más inteligente de lo que pareces, gestor institucional (con énfasis de disgusto)

Tarde o temprano todo estallaría y mi estado zen, se esfumo. Y así fueron pasando los meses, sexo desenfrenado con Francisca y charlas con Valeria, que aparecía de la nada mientras resistía los lances permanentes.

La situación me incomodaba tanto que urdí mi plan de escape. Cuando llegué a la casa de San Isidro en noviembre de 2012, dispuesto a cortar, me salió a recibir Valeria, Francisca estaba allí, acomodando unos floreros.

La casa era moderna, minimalista, con ventanales que daban a un jardín desnudo de otoño. Valeria tenía puesto un vestido de seda color vino que se adhería a sus curvas de yoga, dejando entrever que no llevaba nada debajo. Sus tetas operadas se perfilaban bajo la tela, los pezones ya endurecidos por la tensión del momento, sin los grandes aretes circulares y el triple collar.

Francisca fue a la terraza y se sentó en la reposera de mimbre, vestida de blanco como siempre, pero con el pelo suelto que caía en ondas castaño claro sobre sus hombros, la imagen la hacía parecer años más joven y no tenía el pañuelo ceñido a su cuello.

Muy confundido, comencé a ver lo inevitable. Y en un giro, aún más caótico, fue Valeria quien rompió el hielo. Se arrodilló frente a su hermana, tomando sus manos entre las suyas.

—Toda mi vida —dijo—. Competí con vos, te provoqué, busque tu atención de la forma más destructiva posible. Pero nunca te dije la verdad.

—¿Cuál verdad? —preguntó Francisca-

—Que te deseo. No como hermana… como mujer.

El silencio que siguió fue denso, eléctrico. Yo estaba parado en el umbral de la terraza, testigo de una confesión que cambiaría tres vidas.

—Yo lo sabía. O al menos lo sospechaba. Por eso me alejé, por eso me volví fría con vos. Tenía miedo de lo que podía significar.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo miedo de no saber qué significa.

Me acerqué entonces, sentándome en el borde de la reposera junto a Francisca. Tomé su mano libre, creando un triángulo de contacto físico.

—Podemos descubrirlo juntos —ofrecí—. Sin prisa, sin presiones.

Fue Valeria quien inició el contacto sexual. Se inclinó hacia adelante y besó el cuello de su hermana. Francisca se tensó por un instante, pero luego, lentamente, dejó caer la cabeza hacia atrás, ofreciendo más piel.

—Siempre quise hacer esto —murmuró Valeria contra su piel—. Tocarte. Saborearte.

Sus manos subieron por los muslos de Francisca, que estaban cubiertos por una falda blanca de lino. Cuando sus dedos encontraron la barrera de la tela, Francisca abrió las piernas ligeramente.

Valeria deslizó la mano por debajo de la falda, y el suspiro que escapó de Francisca me confirmó que había encontrado su destino. La psiquiatra, siempre tan controlada, se retorció en la silla mientras su hermana menor la tocaba con una familiaridad que solo podía venir de años de observación.

—Estás mojada —susurró Valeria, y había asombro en su voz—. Para mí.

—Para ustedes. Para los dos.

Me acerqué y besé a Francisca mientras Valeria continuaba su exploración. El beso fue diferente a todos los anteriores; había una capa de complicidad, de transgresión, que lo hacía más intenso. Cuando me separé, vi que Valeria había subido la falda de su hermana.

—Quiero ver—dije, y mi voz salió ronca.

Valeria obedeció. Con una delicadeza que contradecía su reputación de mujer impulsiva, bajó la tanga de encaje de Francisca, revelando su concha desnuda, los labios hinchados de excitación, el clítoris asomando.

—Es hermosa —susurró Valeria, y por primera vez vi lágrimas en sus ojos—. Eres hermosa, hermana.

Se inclinó y depositó un beso en el muslo interno de Francisca, luego otro más arriba, hasta que su lengua llego a su destino. El grito que soltó resonó en el jardín desierto, un sonido de liberación.

Fuimos al dormitorio principal, una habitación amplia con una cama king-size y vistas al jardín nocturno. Valeria y yo desvestimos a Francisca entre los dos, besando cada centímetro de piel que revelábamos. Cuando quedó completamente desnuda, nos tomamos un momento para admirarla.

—Ahora vos —ordenó Francisca con una autoridad que no había escuchado antes.

Valeria se desvistió con eficiencia, revelando el cuerpo que el yoga dinámico había esculpido: muslos fuertes, caderas estrechas, tetas firmes estéticamente perfectas. Su intimidad completamente depilada, los labios visibles ya brillantes de su propia humedad.

Cuando me tocó a mí, lo hizo con una urgencia que contrastaba con la lentitud de momentos antes. Me desabotonó la camisa, besó mi pecho, bajó por mi vientre hasta encontrar mi cinturón. Cuando liberó mi pene, ya erecto, dejó escapar un suspiro de apreciación.

—Hola, hermoso —murmuró, más para sí misma que para mí—. Vos sos el responsable.

La tomé de la mano y la guie hacia la cama, donde Francisca nos observaba con una mezcla de timidez y deseo. Nos arrodillamos a ambos lados de ella, y comenzamos a tocarla simultáneamente. Mientras yo acariciaba sus tetas, pellizcando sus pezones hasta que se endurecieron en pequeños guijarros rosados, Valeria bajó por su cuerpo hasta encontrar su sexo.

La doble estimulación la hizo a gemir sin control, arqueando la espalda, buscando contacto. Cuando Valeria introdujo dos dedos en su hermana mientras yo mordisqueaba sus pezones, Francisca explotó en su primer orgasmo de la noche, gritando y convulsionando durante largos segundos.

—Más —suplicó cuando pudo hablar—. Quiero más.

Valeria y yo intercambiamos una mirada. Había entendido el código: esta noche era para Francisca, para ayudarla a cruzar barreras que había mantenido durante toda su vida.

Posicioné a Francisca de espaldas y me coloqué entre sus piernas. Valeria se arrodilló junto a nosotros, observando con atención fascinada mientras yo penetraba a su hermana en una embestida lenta y profunda. Francisca jadeó, sus uñas clavándose en mis brazos.

Valeria se acercó, sus ojos fijos en el punto donde nuestros cuerpos se unían. Su mano encontró el clítoris de su hermana, frotándolo en círculos.

—Te siento dentro de ella —murmuró Valeria, y su voz estaba cargada de emoción—. Puedo sentir cómo la llenas.

La frase me excitó profundamente. Aumenté el ritmo, embistiendo más fuerte, mientras Valeria continuaba estimulando a su hermana. Francisca estaba perdida en sensaciones, su cabeza girando de lado a lado, sus pechos rebotando con cada embestida.

Cuando sentí que estaba cerca del segundo orgasmo, me retiré. Quería prolongar esto, hacer que durara. Valeria entendió mi intención y tomó mi lugar, pero no con su sexo: con su boca.

Valeria, la hermana menor, estaba entre las piernas de Francisca, su lengua trabajando con una habilidad que solo podía venir de años de fantasía.

Me masturbé mientras observaba, mi mano moviéndose en el ritmo que dictaba la escena. Cuando Valeria introdujo un dedo en el ano de su hermana, algo que Francisca claramente no esperaba, la mayor de las hermanas gritó y se corrió con una violencia que la dejó temblando.

Valeria emergió con el rostro brillante de los fluidos de su hermana, una sonrisa triunfante en los labios.

—Siempre supe que le gustaba —dijo.

Pasamos horas en esa cama, explorando configuraciones. Valeria quería ser penetrada por mí mientras besaba a su hermana, y accedí a su solicitud. La tomé desde atrás, aprovechando su flexibilidad de yoga para doblarla en posiciones que Francisca observaba con asombro.

—¡Así te la coges! ¡Administrador! —murmuraba Valeria mientras yo entraba en ella—. Imaginá que soy ella.

—¡Estoy acá! —respondía Francisca, acariciando el rostro de su hermana—

Cuando cambiamos posiciones, Francisca quiso estar arriba. Se sentó sobre mí, controlando el ritmo, la profundidad. Valeria se sentó en mi cara, ofreciéndome su sexo depilado para que lo lamiera mientras su hermana se movía sobre mi pene, mientras se besaban salvajemente

El sabor de Valeria era diferente al de Francisca: más intenso, más salado, con una acidez que me resultó adictiva. Mientras mi lengua trabajaba en su clítoris, sentía las contracciones de Francisca alrededor de mí.

La noche se convirtió en un torbellino de sensaciones. En algún momento, Valeria produjo un arnés con un consolador que guardaba en su maleta —”siempre preparada”, bromeó—y quiso penetrar a su hermana mientras yo la tomaba a ella por detrás.

Complejo pero gratificante. Valeria estaba de rodillas, el consolador negro entrando en Francisca, que gemía contra las almohadas. Yo estaba detrás de Valeria, adentro de su culo entrenado, algo que ella me había pedido específicamente.

—Así puedo sentirte a ti y darle a ella —explicó Valeria, su voz entrecortada —. Es como si los tres estuviéramos conectados.

Y lo estábamos. Cada embestida mía empujaba a Valeria hacia adelante, haciendo que el consolador entrara más profundo en Francisca. Los gemidos de las dos hermanas se mezclaban, una sinfonía de placer que yo dirigía con mis caderas.

Cuando Francisca alcanzó otro orgasmo, sus contracciones fueron tan fuertes que expulsaron el consolador. Valeria se rio, un sonido de alegría pura que contrastaba con la intensidad del momento.

—Demasiado para la doctora —bromeó, y por primera vez la palabra no sonó como una provocación.

—Demasiado para los tres —respondió Francisca, y se giró para besar a su hermana con una pasión que me dejó sin aliento.

Al amanecer, nos encontramos enredados en una configuración que parecía imposible pero era perfectamente natural: Valeria y Francisca acariciándose mutuamente mientras yo descansaba entre ellas, demasiado gastado para participar activamente pero lo suficientemente excitado como para observar.

Las hermanas se tocaban con una ternura que no había estado presente durante la noche. Sus manos se movían lentamente, explorando curvas familiares pero ahora vistas con otros ojos. Valeria acariciaba los senos de su hermana con reverencia, mientras Francisca trazaba patrones en el vientre plano de la menor.

—Siempre quise esto —repetía Valeria, como un mantra—. No solo el sexo. Esto. La cercanía.

—Yo también —confesó Francisca—. Pero tenía miedo. El tabú, la profesión, todo…

—Ya no importa —interrumpió Valeria, y besó a su hermana con una suavidad que contrastaba con la ferocidad de horas antes.

Me incorporé sobre un codo, observándolas. La luz del amanecer entraba por las ventanas, iluminando sus cuerpos desnudos en tonos dorados. Eran hermosas juntas, complementarias: la estructurada y la caótica, la controlada y la impulsiva, la que se escondía y la que buscaba.

—Gracias —dije, y ambas se giraron hacia mí.

—¿Por qué? —preguntaron al unísono, y se rieron de la sincronización.

—Por confiar en mí.

Valeria se acercó y me besó, un beso que sabía a ella y a su hermana mezclados. Luego Francisca hizo lo mismo, y por un momento perdí la noción de dónde terminaba una y comenzaba la otra.

—Fue más de lo que esperaba —dijo Francisca, y sus ojos se humedecieron—. Pero también menos.

—¿Menos? —pregunté, confundido.

—Menos… vergonzoso. Menos prohibido. Se sintió, correcto.

Valeria asintió, y por primera vez vi paz en su rostro. La competencia, la necesidad de validación, todo parecía haberse disuelto en la noche de pasión compartida.

La vida siguió su curso, Francisca y yo continuamos nuestra relación durante otros seis meses, hasta que ella se fue en un viaje sabático para procesar todo lo que había despertado. Valeria, liberada de su obsesión no confesada, pudo finalmente establecer una relación sana con una joven mendocina, una dermatóloga que nada tenía que ver con el mundo de la salud mental.

Noviembre de 2012 quedó grabado en los tres como un antes y un después. A veces, cuando toco ciertas canciones en mis noches musicales en Buenos Aires, recuerdo la terraza de San Isidro, el atardecer, y dos hermanas que finalmente se encontraron a través de mi cuerpo.

Porque eso fue lo que fui: un puente, un traductor, un espacio seguro donde el amor distorsionado de toda una vida pudo finalmente nombrarse. Y si hay algo que aprendí, es que a veces el erotismo más profundo no está en la acrobacia física, sino en la valentía de permitirse ser visto.

Valeria buscó toda su vida la validación de su hermana. Y en ese fin de semana, entre gemidos y confesiones, finalmente la encontró. No como psicóloga frente a psiquiatra. Como mujer frente a mujer. Como hermana frente a hermana.

Como amor frente a amor.

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