Ahora de puta en una casa de masajes (1)

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Que la noche anterior había estado con tres tipos que le dijeron que el sábado inaugurarían una casa de masajes y estaban en busca de chicas atractivas, de mente abierta y que fueran totalmente discretas, pues se trataba de que los clientes estuvieran seguros de que su intimidad quedara en total privacidad y que a las chicas también se les garantizaba total discreción. Así que pensó en mí y por eso el motivo de su llamada, para invitarme a la inauguración.

Yo dudé en un principio, pues eso implicaría de cierta forma un compromiso que no podía asumir, ya que no pasaba por mi mente el “trabajar” de tiempo completo ni me llamaba la atención, y así se lo hice saber. Entonces mi amiga me dijo:

«Eso es precisamente lo que ellos buscan: chicas que acudan en sus tiempos libres sin compromiso alguno, y que siempre serán bien recibidas, ya que eso les significa que tendrán una gran variedad de chicas sin ser siempre las mismas para ofrecer a su distinguida clientela. Anímate, vamos juntas el sábado, yo paso por ti.»

Estuvo insistiéndome mucho hasta que acepté y me dijo que pasaría por mí a las cinco de la tarde para que platicáramos con el dueño y llegáramos a un acuerdo, y que por ropa no me preocupara, que ellos nos la proporcionarían.

El sábado, exactamente a las cinco de la tarde, Ximena estaba tocando el timbre de la casa. Yo ya estaba bañadita y arreglada. Salí de casa y nos fuimos a la dichosa casa de masajes, mientras en el camino Xime me platicaba más a detalle la situación.

Cuando llegamos a la casa, Xime habló por celular y le dijo a alguien que nos abrieran la cochera. Se abrió el portón y se estacionó en un cajón. Bajamos del auto y una chica nos dijo que la siguiéramos. Ella nos llevó hasta una habitación habilitada como despacho. Ahí estaba un hombre ya entrado en años, como de unos cincuenta, y nos dio la bienvenida, diciéndonos:

«Qué bien están, chicas. Así las queremos: buenotas y guapas.»

Nos explicó rápidamente en qué consistía el trabajo: a final de cuentas era ser complacientes en todos los sentidos con los clientes, con el ingrediente del masaje que debíamos darles previo a la relación sexual. En cuanto a las tarifas nos dijo que no nos preocupáramos por eso, que la casa se encargaba de todos esos detalles, que nosotras solo debíamos atender a los clientes y que al término de la jornada laboral ellos nos darían lo correspondiente, asegurándonos un ingreso no menor a cinco mil pesos por noche.

El horario era de veinticuatro horas, pero la ventaja que nosotras tendríamos era que podíamos acudir el tiempo y los días en que pudiéramos, eso sí, no menos de seis horas, dependiendo de la asistencia de los clientes. Que en la casa se daban todos los servicios y nunca las chicas salían a domicilios particulares ni a hoteles; en casa había de todo.

Ya estando de acuerdo, nos dijo que lo acompañáramos a conocer las instalaciones. Nos enseñó lo que era una sala muy grande, amueblada con muy buen gusto, que incluía una barra de cantina y con varias mesitas y sillas, una pista de baile y en donde modelaríamos a los clientes para que ellos escogieran a la que más les gustara, y una chica se encargaría de llevarnos con los clientes.

Luego nos llevó a recorrer por un pasillo lo que eran las habitaciones, una a una, todas muy elegantes y con detalles muy sensuales. Nos indicó que en una cajonera estaban los condones, lubricantes, duchas vaginales y un timbre semioculto que deberíamos usar en caso de tener problemas. Después nos llevó a un jardín en el que también había mesas y sillas y en donde también se atendería a los clientes.

Una vez recorrida toda la casa, nos dijo que regresaríamos a su despacho. Ahí nos preguntó si estábamos interesadas en el “trabajo” y cuándo estaríamos dispuestas a comenzar. Xime y yo cruzamos la mirada como acordando y le dijimos que sí y que podríamos trabajar de inmediato.

Entonces don Joaquín nos dio unos negligé blancos transparentes, unas tangas de hilo dental también transparentes y nos dijo que ese era el uniforme de trabajo, nada más.

«Así que pasen a los vestidores y arréglense muy guapas. Ahí encontrarán maquillajes, pinturas, sprays para el cabello, y en cuanto estén listas se vienen a la sala a esperar la clientela.»

Pero antes de retirarnos nos dijo:

«Ah, esperen, voltéense las dos y agáchense.»

Así lo hicimos y el muy condenado nos dio una nalgada a cada una, diciéndonos que era la nalgada de la buena suerte.

«Bueno, chicas, a trabajar, que la plática no emborracha y la casa pierde.»

Xime y yo nos fuimos al vestidor y escogimos la lencería que nos quedara, mientras las dos comentábamos la situación.

Xime me dijo:

«Creo que aquí me va a ir mejor que en el putero, pues los clientes vienen a lo que vienen, no a ver qué encuentran.»

Yo reí:

«Pues mira, Xime, yo pienso solo en disfrutar, y no tengo planes para estar de planta aquí, solo disfrutar ricas cogidas.»

Ella contestó riéndose:

«Eres tremenda, amiga. Eres puta por gusto. Dichosa tú.»

Ya estando arregladas, salimos del vestidor y nos fuimos a la sala, donde ya estaban otras cinco chicas, las cuales nos saludaron, pero nosotras nos sentamos en unas sillas aparte. Una chica nos trajo unas bebidas para pasar el rato mientras llegaban los clientes. Así estuvimos casi dos horas, hasta que empezaron a llegar los clientes y poco a poco el lugar se fue llenando.

Ya como a las nueve de la noche, las luces se apagaron y se encendieron unos reflectores alumbrando la pista de baile. Una presentadora a la que no veíamos anunció el desfile de chicas. Una mesera llegó a nuestra mesa y nos dijo que nos fuéramos a la parte de atrás de la sala, donde nos formó a todas las chicas. Nos instruyó para que, cuando nos tocara nuestro turno, al llegar al centro de la pista, hiciéramos movimientos sensuales para mostrar nuestros cuerpos y llamar la atención de los clientes.

Nos dijo que nos bautizarían con nombres artísticos en la presentación, nos dio unos antifaces para que nos los pusiéramos y a mi amiga Xime la bautizó como Celeste, y a mí como Dulce. Nos preguntó:

«¿Listas, chicas?»

«Sí», le contestamos.

Se retiró y la anunciadora fue presentándonos una a una. Cuando a Xime le tocó su turno, empezó su andar muy sensual, moviendo las caderas de un lado a otro. Al llegar al centro de la pista, giró sobre sí misma dando unas vueltas y tocándose las bubis, luego regresó a su lugar.

Entonces me nombraron a mí y Xime me dijo:

«Órale, amiga, lúcete muy puta.»

Y se rio. Al igual que ella, yo también caminé muy sensual, moviendo mis caderas, pero yo no me dirigí de inmediato al centro de la pista, sino que caminé alrededor de ella, más cerca de los clientes. Me volteaba y me agachaba enseñándoles mis nalgas. Todos chiflaban y gritaban:

«¡Mamacita, quierooo!»

Luego me fui al centro de la pista y empecé a quitarme el negligé. Me tocaba los pezones y la raja, me puse a cuatro patas girando para que todos me vieran agachadita. Modestia aparte, pero todos los clientes me gritaban muchas cosas. Esa situación me encantó. Luego me paré y me fui a donde todas las chicas.

Xime y yo estábamos por irnos a nuestras sillas cuando una chica me dijo:

«Dulce, acompáñame, unos clientes quieren tus servicios.»

La seguí y me llevó a una mesa donde estaban dos hombres maduros muy guapos y me sentó con ellos.

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