Me metí tres dedos y me corrí como una zorra en el taxi

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Salí del trabajo como todos los días, el aire acondicionado del edificio todavía pegado a la piel y el cansancio acumulado en los hombros. Abrí WhatsApp apenas pisé la calle y te escribí lo de siempre: cómo te había ido, si habías comido, si el día te había dejado algún respiro. Tú contestaste con la misma normalidad de siempre. Todo tranquilo, sin sobresaltos, solo ganas de llegar a casa, quitarte la ropa de trabajo y dejarte caer en el sofá. Yo pensaba exactamente lo mismo. Ambos solo queríamos descansar.

El taxi llegó. Me metí en el asiento de atrás, acomodé la cartera en el regazo y dije la dirección. El conductor arrancó sin mirar atrás. El tráfico de siempre, el olor a asiento de cuero barato y el ruido lejano de bocinas. Fue entonces cuando pensé que el trayecto era demasiado largo para limitarme a hablar de lo ordinario. Abrí el chat otra vez y empecé a escribir más despacio, eligiendo cada palabra.

Te conté que el relato que me habías mandado la noche anterior me había dejado empapada. Que me lo había leído dos veces, la segunda con las piernas cruzadas con fuerza porque cada frase me hacía apretar los muslos. Te describí cómo me había imaginado exactamente lo que escribías: tú frente a mí, sin prisa, agarrándome de la cintura y empujándome contra la pared. Te dije que soñé con que me hicieras tuya sin pedir permiso, que me abrieras las piernas con las manos y te metieras de un solo empujón, duro, hasta el fondo, mientras me mirabas a los ojos y me decías que era tuya.

Mojé mis labios sin darme cuenta. Sentí el sabor de la saliva y al mismo tiempo te sentí a ti, como si estuvieras dentro de mí. La mano derecha bajó sola bajo la cartera. Primero solo presioné el vientre, suave, como si quisiera calmar algo. Después los dedos siguieron bajando, lentos, por encima de la tela de la falda. Noté la humedad en la entrepierna. No era solo un poco. Estaba empapada. La braga se me había pegado a los labios y cada pequeño movimiento del taxi hacía que la tela rozara el clítoris.

Te lo escribí todo. Te dije que estaba tocándome en el taxi, que los dedos ya habían encontrado el borde de la ropa interior y se habían metido debajo. Que estaba tan mojada que al separarme un poco los labios se escuchaba el sonido húmedo. Que me estaba frotando el clítoris en círculos lentos, presionando justo donde más me dolía de ganas, mientras te imaginaba a ti haciéndolo. Te conté que pensaba en tu boca ahí abajo, en cómo me abrirías con la lengua, cómo chuparías fuerte y después meterías dos dedos curvados hasta topar con ese punto que me hace arquear la espalda.

El conductor no se enteró de nada. Yo hablaba en voz baja, casi sin mover los labios, y la cartera me cubría la mano por completo. Seguía escribiendo con el pulgar de la otra mano, temblando un poco. Te dije que quería que me follaras como en el relato: sin preliminares largos, directo, metiéndome la polla de un golpe y empezando a embestirme fuerte mientras me sujetabas las muñecas por encima de la cabeza. Que me gustaba imaginar el sonido de tus huevos golpeándome el culo, el calor de tu cuerpo pegado al mío, el aliento caliente en mi oreja mientras me gruñías que era una puta mojada y que te iba a correr dentro.

Mis dedos se metieron más profundo. Dos dentro, abriéndome, empujando hacia arriba. El taxi dio un pequeño frenazo y el movimiento hizo que los dedos entraran hasta el fondo. Solté un suspiro bajo, casi un gemido. Estaba tan abierta y resbaladiza que no costaba nada. Saqué los dedos un segundo, los miré brillantes bajo la cartera y volví a meterlos, esta vez tres. Me abrí más. El clítoris lo frotaba con el pulgar, rápido, seco de saliva y de mi propio jugo. Te escribí que estaba corrida de antemano, que si siguiera así iba a correrme en el asiento del taxi, con la falda levantada y la braga a un lado, sin que nadie se diera cuenta.

Te conté cómo me imaginaba después: de rodillas en el suelo de tu casa, con la boca abierta, esperando que me empujaras la polla hasta la garganta. Que me agarraras del pelo y me follaras la boca sin cuidado, hasta que se me escapara la baba y me lloraran los ojos. Que después me levantaras, me giraras y me penetraras por detrás, agarrándome de las caderas y empujando tan fuerte que el sonido de la piel contra la piel llenara toda la habitación. Te dije que quería sentir cómo me llenabas, cómo latía tu polla dentro cuando estabas a punto de correrte, y que no te salieras. Que me lo dejaras todo dentro, caliente, y después me hicieras abrirme las piernas para ver cómo se escapaba de mi coño.

La mano no paraba. Los dedos entraban y salían con un ritmo cada vez más rápido. El pecho se me subía y bajaba. Sentía el pezón derecho rozando la tela del sujetador cada vez que respiraba hondo. Estaba tan sensible que casi dolía. Te escribí que me estaba tocando los pechos por encima de la blusa, pellizcando el pezón a través de la tela, imaginando que eras tú quien los chupaba con fuerza, quien los mordía un poco y después los calmaba con la lengua. Que quería que me los chuparas mientras me follabas, que no soltaras ninguno de los dos.

El tráfico seguía, pero el viaje se me hacía ridículamente corto. Cada semáforo en rojo era una oportunidad para meter los dedos más profundo, para apretar el clítoris con más fuerza, para escribirte otra frase sucia. Te dije que estaba a punto de correrme. Que los dedos ya no entraban y salían: se habían quedado dentro, curvados, presionando ese punto mientras el pulgar frotaba sin parar. Que sentía las paredes del coño apretarse solas alrededor de los dedos, que estaba goteando sobre el asiento, que si el conductor mirara por el retrovisor solo vería a una mujer con la cara enrojecida y la respiración agitada.

Casi no pude escribir la última frase. Los dedos se movían solos. El orgasmo llegó fuerte, seco al principio y después en oleadas. Apreté las piernas, hundí los dedos hasta el fondo y mordí el labio inferior para no gemir en voz alta. El coño se contrajo una y otra vez alrededor de mis dedos, empapándolos todavía más. Sentí cómo se me escapaba un poco de líquido caliente por la raja y bajaba hacia el culo. Seguí frotando el clítoris hasta que las contracciones se suavizaron y me dejaron temblando.

Saqué la mano despacio. Los dedos brillaban. Los limpié discretamente con un pañuelo que saqué de la cartera, pero el olor a sexo quedó ahí, entre nosotros dos aunque solo fuera por mensajes. Te escribí que me había corrido. Que el taxi seguía avanzando y yo seguía con las piernas abiertas bajo la falda, la braga empapada y el coño todavía abierto y sensible. Que cuando llegara a casa no iba a poder esperar. Que quería que estuvieras ya esperándome, con la polla dura, listo para metérmela sin hablar, sin preguntas, solo follarme como me habías descrito en ese relato que me había dejado tan mojada.

El conductor anunció que estábamos cerca. Yo miré la pantalla del móvil, el chat todavía abierto, tus mensajes de excitación llegando uno detrás de otro. El viaje nunca se me había hecho tan corto. Y la única razón era que, mientras el taxi avanzaba por la ciudad, yo ya te tenía dentro de la cabeza, dentro de los dedos y dentro de cada frase sucia que te había mandado.

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