A solas

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«Pero no con Juan Manuel». Lo dijo en voz alta. ¡Extraño! Irene no solía hablar sola. Acababa de salir del baño, con la toalla blanca enrollada en la cabeza, recogiendo sus largos cabellos negros, descalza y goteante de lagrimones de agua que recorrían su cuerpo desnudo.

Fue al pasar por delante del espejo mural del comedor cuando las palabras brotaron espontáneas, diáfanas y espinosas. «Con él, no», repitió, esta vez mentalmente. Se colocó frente la otra Irene, esa que normalmente no veía, aunque iba con ella a todas partes. Sus ojos miraron sus ojos: oscuros, penetrantes, algo irónicos, pero cálidos. Las bolsas bajo los párpados le daban un aire intelectual; la curva gruesa del labio superior tenía por fuerza que despertar la sensualidad al primer vistazo. Eso, al menos es lo que le dijo Roque, su primera pareja, con el que dejó atrás los temores a ser penetrada, a disfrutar del sexo oral simultáneo, aquella primera vez…

La otra Irene le mostraba sus grandes senos, ligeramente separados, un poco caídos, con dos pezones inmensos, oscuros con forma de cerezas en relieve. Se plantó enfrente y volvió a su primer pensamiento, cuando se vio reflejada, con sus piernas altas y su paso grácil de gacela. La chispa interior del dedo concupiscente se lo había provocado, sencillamente, ver su propio cuerpo desnudo, húmedo, las tetas balanceándose libres, al aire; el felpudo oscuro en medio del espacio vacío entre sus muslos, un tanto arqueados; hasta veía a Irene mirar el sexo de Irene…

Tiró de la toalla con un gesto rápido y su cabello apareció como un latigazo seco; cayó sobre su cuello y notó el frescor de cada hebra en la espalda. Deslizó sus manos por el cuello recogiendo líneas de gotas de agua; bajo los arcos de las tetas acumuló otras y las extendió entre las yemas de los dedos. Sin saber porqué las llevó a sus labios y las paladeó con la lengua. Cada mano, frente a ella, acarició las mamellas y los pezones. Aquellos dedos propios y extranjeros del espejo pellizcaban los oscuros lóbulos, duros y tiesos… El deseo…

Puso ambas manos en el vientre y jugó con el sedoso bosquecillo de vello de su pubis. Abrió la carne de la otra en sí misma. Los gruesos labios se abrieron suaves y cómplices; los muslos se separaron. Arqueó el vientre. La rajita mostró un canal de color delicadamente rosado, el redondeado caramelo del clítoris… Con algo de la humedad de los pelillos oscuros lo acarició y lo circunvaló despacio, varias veces; lo estiró, lo empujó hacia dentro, arriba y abajo, lo apretó. Irene de dentro hervía al ver a la Irene de fuera, sexual, apetecible a sí misma.

Quería satisfacerse. Quería dejarse ir…, gozar. Notar el calor creciente, humedecerse sus paredes interiores, la viscosidad del flujo sexual desbordándose desde la vagina; la llegada del clímax…, el orgasmo: quería correrse, venirse y gritar de placer, notar los espasmos, los latigazos y los movimientos del clítoris y toda la energía en su vulva ardiente. Todo lo que no sentía desde hacía mucho; y nunca con Juan Manuel.

Metió sus dedos entre la carne, separando el mantito peludo. El placer la recorrió. Caliente aquel higuito insatisfecho y deseoso que veía ante sí: el coño de la Irene que encendía la concupiscencia de la otra Irene, que introducía sensualmente los dedos de Irene para el gozo desbordante de Irene; la Irene de enfrente follando a la Irene caliente, cachonda del espejo. Le gustaba aquel cuerpo femenino desnudo, sin ocultar nada; piel, vello, curvas, líneas, salientes y entrantes, lomas y pliegues: un cuerpo sabroso que le gustaría besar, lamer, paladear chupar y sorber. Empujó un pecho hacia su boca. Su lengua tocó el pezón duro, grande, cálido, salido. Lo lamió, y estirando al máximo consiguió besarlo, apretarlo entre los labios.

Sin saber cómo pensó en Trini. Le gustaba la manera de ser de Trini, la empleada de la carnicería del mercado. Rubia, pequeña, madura, jovial, chistosa. Siempre con pantalones ajustados. Con su cabello rizado, recibido en un moñito. Sus cálidos ojos melancólicos; sus labios pequeños y encarnados. La vio mentalmente: sus caderas, el nacimiento de los senos en el borde de la blusa… Imagino que el chocho que veía reflejado en el espejo era el chocho de Trini; que aquel brillo aceitoso que manchaba las yemas de los dedos de la Irene reflejada era el de Trini, con aquella perla violácea abultada como un caramelito era el de Trini mostrado para ella con desvergüenza, esperando que lo tocase, lo paladease, lo condujera a los centelleantes espasmos del orgasmo.

Introdujo los dedos hasta el fondo de la vagina. Gemía; los hacía girar en el túnel chorreante de fluido; los hundía y los sacaba una y otra vez… Irene jodía con Irene, mientras la Irene que follaba frente a la Irene follada del espejo imaginaba las nalgas desnudas de Trini, ofreciéndole la entrada de su chocho abierto, cada vez más mojado. Se llevó los dedos a la nariz; luego a la boca, y chupó los jugos ligeramente espesos. ¿A qué sabría el flujo de Trini, la cuevecita dilatada de su vagina? Quería imaginar el olor de aquel chocho. El que veía, olía, degustaba era el suyo propio, pero en su mente los labios abiertos, separados del sexo de Irene eran gemelos a los de Trini.

Introdujo con una mano los dedos dentro de su coño completamente mojado y con la otra frotó el hinchado clítoris aumentando la velocidad del dedo medio hasta que la avalancha de placer desató la respuesta a sacudidas de su orgasmo y desde el interior de su chocho la eyaculación de jugos femeninos la condujo a un paraíso de placer indescriptible.

Lentamente extrajo los dedos y sintió los agradables calambres que abrían y cerraban el chumino satisfecho. Miró fijamente la acuosa boca sexual de Irene y suspiró imaginando que quién observaba ese coño lubricado y gozoso eran los ojos traviesos de Trini. Puso un beso en la palma de su mano y la condujo al coño ya reposado y caminó despacio hacia su habitación.

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